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viernes, 5 de julio de 2024

Cascada, intacta, fresca y cantarina


La seductora cascada de Usgor, ubicado en la esotérica quebrada del mismo nombre, desde tiempos remotos es el distintivo más preciado por el sencillo, locuaz y noble poblador de la tierra natal, Chiquian. 

Relato.

De hace mucho tiempo atrás, como de costumbre, de generación en generación, familias, amigos, amigas, muchachos embelesados, a fin de conocer la cascada, atraviesan la espaciosa vía de donde se puede apreciar el impresionante paisaje del valle de Aynin. Esta vez, una de las parentelas de entusiastas y generosos padres, en feliz paseo, llevan a los mimados hijos de temprana edad, rumbo a la rumorosa y atractiva cascada con el propósito de  regodearse, juntos y a sus anchas, con la arrulladora y serpenteada caída del agua, oír su música y su canto telúrico.
 
En el trayecto, de trecho en trecho, padres e hijos, detienen su paciente andar. Los amorosos progenitores abrazan y alzan a los inquietos descendientes con fin de que aprendan, desde su vigoroso y caluroso regazo, a contemplar, valorar y apreciar el hermoso valle de Aynin, 

Por la noche, en serena luna llena, en el apacible comedor de una de las casas, alumbrado por la inmóvil y mortecina luz del cirio, de manera similar y por coincidencia, en la sala de otra casa, iluminado por la luz lánguida de los focos amarillos, energía que provenía de la planta eléctrica de umpay, después de la merienda, en la hora de la sobremesa, los afectuosos padres cuentan a los retoños con tal arrobamiento, como sus predecesores le narraron en tiempos idos, qué, si los niños que van solos a este cautivador lugar, sin la compañía de los tutores, de las orillas de la llamativa cascada, incrustada en la insondable quebrada, bañada por balsámicas plantas silvestres, de repente, surgen los rubicundos y risueños hichiculgos que los atraen con fuerza misteriosa, hechicera y se los llevan a lugares ignotos. 

Cuando los hijos que oían el cuento con estupor y la piel hecho como el de la gallina, de golpe, a la madre se le ocurre mandar con tono de mando:

—Omar, ve a traer la ropa que está tendido en el patio. —para  mala fortuna del hijo, el lugar indicado se hallaba helado y de una sombría  penumbra. Entonces, de inmediato, el cuerpo infantil se le estremecía de espanto creyendo que algún espectro le aguardaba desde un  lóbrego recodo del portal.

Años después. Omar y los  amigos, los niños de ayer, hoy entrando a la temprana pubertad, presumidos, sin informar de su andanza secreta a los padres, narradores de cuentos, temerarios, bullangueros, pero también con el pequeño cuerpo escarapelado, arriban a la entrada de aquella recóndita cascada. 

El pelotón de niños curiosos, andan, pasito a pasito, por la angosta y fangosa senda. Temerosos y con los mechones erizados, caminan en sentido contrario del rumoroso riachuelo que discurre fatigado y apesadumbrado por su inclinado cauce.

Alertas y cautelosos, observan las altas paredes de rocas negras y violáceas de la honda quebrada. De las colinas adyacentes, advierten las plantas pedestres y la arboleda que florecen con un vivo verdor. Arbustos que suben y suben directo al cielo sin descansar y en cuyo fondo, delante del eterno muro, reverbera la estruendosa cascada bajo los tibios rayos del sol. 

Avizoran con cierta inquietud, hasta donde les alcance la lozana vista, los cuatro puntos cardinales. Ansiosos, giran su minúscula cabeza cual soliviantado pichuychanca. Sin ver ni hallar a los susodichos pelirrojos hichiculgos, hurtador de niños, se sienten seguros de su curiosidad, de su aventura, En seguida,  victoriosos, cual cervatillo juguetón deciden darse un remojón en sus aguas heladas.

Para Omar, la existencia infantil y la pubertad quedó atrás y llegó la flor de la vida, la ansiada adolescencia y la juventud. El embelesado mozuelo con el rebosante y palpitante pecho, junto a la sonrosada moza, Libia, la niña de sus ojos, furtivos, se dirigen derrotero a la cautivadora cascada con el fin de confesarle su lozano sentimiento de devoción por ella.

Ahí, entre las altas y verdosas colinas,  escuchando el trino de los pájaros cantores. Entre frondosa yerba pedestre. Entre hojas balsámicas, y el rumor del viento fisgón. Ambos, atraídos como un imán por la cascada cantarina, sonrojados, sin mediar palabra alguna, tan solo cautivados por el sentimiento de Cupido, con las manos lozanas, entrelazadas y agitadas, perciben, por vez primera, las salpicaduras de su agua hechicera.

Ah, tiempo... tiempo impío, junto con el más allá has tocado la puerta a nuestros ancestros. A los amigos contemporáneos y a mí nos has robado, sin clemencia, nuestra feliz infancia, nuestra inquieta pubertad y nuestra divina juventud que creíamos que era eterna. Sin embargo, la cascada, nuestra gallarda cascada, el emblema de mi dorada patria chica, permanece intacta,  fresca, cantarina, esperando con avidez a las nuevas generaciones para relatar la misma leyenda, o tal vez, contar nuevas e indelebles historias.

El Pichuychanca.

Chiquian 27 de Abril 2021




Acompaño a este video estas fotos.









El Pichuychanca

Archivo fotos y video 2018

Chiquian 27 de Abril 2021

 

viernes, 9 de febrero de 2024

Carnavales en el canal de Jupash



Oleo cortesia de 
Maximo Ñato Gamarra

¿Cuándo y quienes lo construyeron? ¿Existe una fecha de su registro inaugural de cuando se echó a correr el agua cristalina, rumorosa y alegre, por el inclinado y divino canal?

Agua, sustancia de vida, que procedía de 2 lugares históricos: uno, del remoto y munífico puquial de Parientana, y el otro, venia como una cinta blanca serpenteada, de la acequia de Chicchog, culminando su fogoso recorrido en el lugar denominado fragua. Los dos conductos, al unirse en matrimonio, generaban el otrora y añorado canal de Jupash.

Mi tributo a los hombres de envidiable paciencia y de campesina sabiduría que construyeron, en exhausto y arduo trabajo, el extendido y espléndido canal. Canal hecho, tal vez en tiempos de estío primaveral o bajo la llovizna invernal, con manos ateridas, encallecidas y con un alto grado de conocimiento en arquitectura y diseño. Cauce situado en el corazón de la jubilosa calle Figueredo del cálido barrio de Jupash. Una obra maestra.

Las piedras, en la forma de losa, acarreados de lugares ignotos, acaramelados como flamantes novios, en perfecta armonía y exactitud, se hallaban adheridas una tras otra tanto al ras del piso oblicuo como en los muros de contención que a través del severo tiempo resistieron por decenas o quizás por centenas de años. En las orillas del viejo canal, yacían mudas piedras de regular tamaño, labradas con un alto nivel de habilidad en la figura impecable de un cuadrado y de un rectángulo.

En las frías mañanas, arrulladas por el diagonal y la incipiente luz amarilla del sol, las resueltas lavanderas del pueblo, presurosas, se acercaban al apacible canal cargando sobre su vigorosa espalda el morral atestado de ropa. La concurrida orilla, en presencia de estas mujeres de un dialogo ilimitado, fluido, apasionado e inconfundible se transformaba en una fiesta matinal.

Todo comenzaba con el murmullo risueño del agua reflejada por la tibia lumbre de la estrella del día y la persistente e intensa habladuría de las mujeres, aplicadas en su ardua tarea en el inclinado borde del canal. Mientras propalan como un reguero de pólvora, de boca en boca, desde la primera hasta la última mujer lavandera, los últimos acontecimientos y novedades del pueblo, con ánimo, agitan con sus manos ateridas, a menudo y veloz, las prendas húmedas colmado de blancos borbollones.

Llega el mes de febrero. En los alegres días de carnaval, al atardecer, cuando en el lento declinar del sol sus bermejas luces titilaban sin fuerza sobre el agua del manso canal, era el momento en que los mozos y las mozas, delante de los chuichis* de sonrisas ingenuas, de los padres y abuelos con gesto alegre y a veces de pocos amigos, apresurados cogían con el recipiente el valioso elemento líquido y lanzándose mutuamente el agua fría, quedaban empapados por completo, quedando con los cuerpos yertos tanto de uno como del otro contendiente. Si por a o b, desaparecía el recipiente, osados jóvenes atrapaban a las distraídas muchachas, la hualpaban** y en vilo la llevan al canal con el propósito de tulpusirlas*** en el agua que sin inmutarse dichosa seguía corriendo por su cauce. Luego de esta barahúnda juvenil, la ropa húmeda abrazaba el pecho de las mozas y el sol, escondido entre nubes lisas, jovial, contemplaba las torneadas y bronceadas piernas.

El susurro del agua de aquel canal añorado, hasta hoy en día, ha quedado grabado con tinta indeleble en mi otoñal imaginación. Sin reparo y con garrafal oscurantismo sobre el símbolo heredado de nuestros ancestros, valorado hasta entonces, por orden de autoridades insensatas, fue sepultado de modo artero y sin piedad con el esperpento del cemento.

El pichuychanca. Chiquian 2 de mayo 2021

Notas

(Chiuchis)* Infantes, niños

(Hualpar)** cargar.

Hualpaban = cargaban

(Tulpusir)*** hundir en el agua

Tulpusiar = hundirla en el agua


Calle Figueredo. Otrora canal de Jupash. Cortesía, oleo del pintor Máximo Ñato Gamarrara

Actual calle Figueredo 1ra cuadra

Actual calle Figueredo. 1ra cuadra

Chiquian vista panorámica desde las faldas de Cspilla Punta


domingo, 23 de julio de 2023

Confesiones de un danzante


A medida que las culturas lejanas se desarrollaban,  de manera simultánea,  el hombre  comenzó a bailar, y usó la danza para exteriorizar y trasmitir sus emociones más básicas a través del movimiento corporal con el propósito de comunicarse y entrar en contacto con el universo que lo rodea.

Observar la danza de los Negritos de Chiquian,  —estilo Yahuar Mayu, ríos de sangre— y ver en cada danzante trasmitir su inconfundible cadencia, sentimiento y emoción, eso quedó grabado como una tinta indeleble en mi infantil imaginación. En aquel momento siempre era mi deseo de bailar esta antigua y bella danza. Pero mi sentimiento ardía rebosante de orgullo en mi pequeño pecho por practicar mi deporte preferido, el futbol. Sin embargo, también debo confesar, que, por un lado me fascinaba ver las danzas tradicionales y por otro, lo digo con toda sinceridad, bailar frente al público me causaba una inconfesable e insospechada timidez.

La danza de los negritos representa la capacidad del arte de expresar la evocación de un momento emocional importante como el dolor intenso, el sufrimiento, físico y moral, del  hombre de raza negra ocurrido en la época de la esclavitud, y aquí en el Perú, en la época del aciago coloniaje español. Quizás por ello se le denomina Yahuar Mayu, ríos de sangre. No voy a escribir ni relatar sobre la historia de cómo y cuándo se originó  esta pesarosa danza que es parte de nuestra esencia cultural que debe perdurar en el tiempo, sino del sentimiento y la emoción que se advierte desde el momento que uno se engalana como danzante de la danza de los negritos de Chiquian. 

La danza ha sido es y será una incesante expresión de emociones que, a través del tiempo y del danzante, muestra más que el mero sentimiento de disfrute y satisfacción. Danzar la danza de los negritos, con el movimiento corporal, lento, melancólico y armónico, se expresa lo que se siente en cada momento, decir con el cuerpo aquello que percibimos los sentimientos de dolor, pena y sufrimiento del hombre de raza negra.

Percibir el baile es muy distinto a lo que expresamos y con ello, hacer sentir al otro, al espectador. En la coreografía de esta hermosa danza de los negritos de Chiquian, el danzante conecta y comparte su mundo interno, espiritual y mágico con la animada concurrencia liberando su cuerpo, su mente y su ser. El movimiento del torso, del paso calmoso y cadencioso, de los brazos, del regatón en la mano, el sonido de la campañilla dota al cuerpo de singular expresividad. Esta danza de los negritos está en función de la acción del suplicio y del lamento, luego en las mudanzas se muestra alegre y jocosa. Danza que se halla estrechamente ligada a la música sonora, pausada y doliente de los predominantes instrumentos del arpa, el violín, la sordina y el saxo.

Mi flamante experiencia como danzante de la danza de los negritos de Chiquian, en el concurso de música y danzas ancashinas, denominado Huascaran, organizado por el programa televisivo Cantos del Perú, en el cual ocupamos el honroso segundo puesto,  he expresado  aquello que lo tenía oculto por cuantiosos años. Gracias a la perseverancia y al tesón que me impuse, he vencido a mis propias dificultades y los apremiantes temores. Además, confieso con toda franqueza que hoy valoro con verdadero placer esta danza, que colma de ventura mi corazón otoñal. 

He percibido un encanto inexplicable en el entusiasmo del público. El movimiento de una multitud de espectadores, al apoderarnos de sus sentimientos y fundirlos en un sentimiento único mediante nuestra expresión corporal, hace que vivan un instante en nuestra vida, todo esto, es un goce del alma que embriaga el corazón y que no olvidaré jamás.     

También debo aseverar que bailar es parte intrínseca del ser humano y nos da la posibilidad de volver a los orígenes de nuestra autentica danza que debemos valorar con amor propio la cultura y el arte que nos han dejado como herencia nuestros antepasados.

El Pichuychanca.

Lima, 9 de julio 2023 


Danzantes de la Casa de la Cultura de la Provincia de Bolognesi Chiquian.

Dannyra Ramirez

Leonardo Cárdenas

Ever Reyes

Nuestro maestro. Cirilo Antaurco.

Fernando Ramírez

Hugo Vilchez

Victor Hugo Chapillaquen.
El Millisho de la danza de los negritos de Chiquian.

Conjunto Melodias Bolognesi.



viernes, 23 de junio de 2023

El precoz músico y el estadio de Jircan


Cuando por la mañana, de lunes a viernes, salía gozoso de la casa materna ubicada en la empedrada calle Tarapacá, con el objetivo de partir derrotero a la querida escuela de don Josué, el Director, de manera ineludible desfilaba por la tribuna sur del estadio de Jircan, hasta ese entonces, incierto para mis nacientes 6 años de edad.
Al pasar por la frontera del estadio, cubierto por un muro ancho hecho de adobe y de regular altura, curioso, detenía mis pasitos mesurados por el intenso deseo de saber lo que más llamaba mi atención: alcanzar el inalcanzable e intachable par de ventanillas, de forma ovalada, y ver lo que había detrás de ellas.
De este lugar —el estadio de Jircan— a mi morada, en el caluroso mes de julio, en el festivo mes de agosto y de octubre, cada fin de semana, alcanzaba oír el destemplado e intermitente bullicio de un entusiasmado gentío. A mi corta edad ya me imaginaba que eran los fanáticos del futbol, alentando al equipo de su simpatía.
Uno, dos... años después, paso a paso me fui familiarizando con este bucólico recinto. A unos metros antes de llegar a la entrada principal del acogedor estadio, al costado, en la calle inclinada, había un terreno, atractivo y llano, cuya superficie era como un tapiz de color marrón que vertía un intenso olor a estiércol de vaca, pulverizado. En este espacio de grato entretenimiento que me parecía correr sobre una alfombra de algodón, desafiante, bullanguero e impetuoso, jugaba futbol con los amigos de la infancia.
En el transcurso del disputado encuentro en el que participaba con ahínco, percibía las actitudes y emociones espontáneas propio de un infante retozón; de los cándidos abrazos con diminutos brazos, el contacto, el rozamiento ligero con los menudos cuerpos para proteger, acariciar y dominar la escurridiza pelota de jebe ya sea con el piececito derecho o con el piececito izquierdo. Luego sonrisas por el triunfo, enojos y lloros por la derrota. En fin, después de todo me sentía tan cerca y tan jubiloso con los caros amigos de mí venturosa inocencia.
Terminado el reñido partido, los noveles futbolistas del futuro, hacíamos una colecta, centavo tras centavo, monedas sustraídas en secreto de nuestro sacrificado ahorro, en mi caso, resguardado por mi madre —ahorro por la comisión de la venta de periódicos y de las propinas que me daban de vez en cuando los parientes cercanos— y junto con aquellos amiguitos que no podían aportar la cuota por alguna circunstancia desconocida para mí, todos, absolutamente todos, con el rostro húmedo, la frente perlada y oliendo a estiércol de vaca, en compacta y alborozada camaradería, sedientos, nos dirigíamos rumbo a la austera tienda de la señora Jesusa, mujer gordinflona de lento desplazamiento, con el propósito de comprar una jarra grande repleta de la sabrosa y refrescante chicha de jora.
Entre los 10, 12 exhaustos deportistas, sentados al borde de la vereda empedrada y pegados hombro con hombro, degustando la exquisita chicha, en eterna plática, acalorados y alzando atronadoramente la voz cual bandada de tiernos loros en pleno vuelo y de bullicioso cotorreo se comentaba del intenso encuentro de fútbol.
Uno de los chiuchis*, no conforme con el resultado, hablaba con vocecita chillona:
—¡Shay!,** por suerte nos ganaron.
—pero ganamos.
—y esa huachita que te hizo...
—fue un champazo***
—te hizo huachita y te quedaste picón, eso es, ¡picón!
—¡ya... ya... basta de hablar!
Y así, iban y venían los ardorosos comentarios al término de nuestro deporte favorito. Animados y en camaradería, cada uno con su vaso, compartíamos con delicia, sorbo a sorbo, la refrescante y milenaria bebida.
En el grupo de infantes retozones, había uno que resaltaba por su singular afición y querencia por doblar, en perfecta armonía, la tinya y el pincullo, instrumentos divinos y tradicionales del Perú Profundo. El precoz músico de rostro atezado como la corteza de la leña expuesta al sol, se llamaba Flavio. Con la baqueta de huaromo, consentida por su mano yerta, hacia vibrar la tinya con hondos y sordos sonidos agudos, marcando el ritmo de la melodía que el viento sereno del atardecer arrastraba hasta nuestros lozanos oídos. Del pincullo, entre sus fríos y húmedos labios, los movedizos y hábiles dedos sobre los agujeros, ondulaban sonidos, armoniosos y graves como el canto sonoro de los cisnes enamorados.

Cuando la serena tarde llegaba a su fin y empezaba la oscura noche, agazapado como un gato esperando lanzarse en el momento oportuno sobre su presa, el ratón, o con cualquier otro pretexto ingenuo, yo, huía o salía de la casa materna trayecto al estadio de Jircan. Lugar de encuentro, previo acuerdo con los amiguitos del barrio.
En apacibles noches, mimados por una multitud de luminosas luciérnagas, por el lunar albino del vasto cielo oscuro, e imaginando la época de carnavales; al son del melódico y sonoro pincullo, el repiqueteo constante y acompasado de la tinya ejecutado por nuestro predilecto y precoz músico, detrás de nosotros, arrebatados y festivos, enlazando nuestros minúsculos brazos, codo a codo, calcando a las personas mayores, íbamos por todo el ceniciento perímetro del estadio, bailando con garbo y cantando a todo pulmón numerosas canciones y una de ellas, que recuerdo con persistencia, es esta inolvidable comparsa del carnaval chiquiano... : —Esta será/ o no será/ la casa/ que yo buscaba / tal vez vengo muy…
En mis largas estancias en la patria chica querida, de estos 5 últimos años, he visitado el anacrónico y evocado recinto, desdeñado por los miembros de la comunidad campesina y despojada por el violento tiempo. Me perfora el alma de intensa pena y de dolor, de ver cómo las paredes de adobe, sin las ventanillas ovaladas que en mi infancia los veía con mucho aprecio y curiosidad, poco a poco, se caen, se caen a pedazos como si me estuvieran arrancando una parte de mi existencia.
En medio del sombrío y recóndito silencio, embargado por la añoranza, en mi soledad he vuelto a transitar los sectores de su superficie, cascajo y ceniciento, por donde corría, con fervor, con pundonor, tras la pelota de cuero de 32 paños, defendiendo con arrebato los colores de mi querida escuela. Y en mi adolescencia, la selección del CCB y al Club Atlético Tarapacá.
***
El estadio, las plazas y los parques, lugares adecuados para solazarse y congeniar de manera saludable con las amistades de toda edad, hoy en día se encuentran desiertos, silenciosos y sin vida, ausente de críos inquietos. Los niños de hoy ya no acuden a estos espacios para corresponder la naciente y franca amistad que surgen en edades tempranas, y sin duda, para no olvidarse nunca jamás. Han perdido el sentimiento de camaradería y de solidaridad para compartir un vaso de chicha de jora, ya no se miran a los ojos inocentes llenos de asombro, ira, jolgorio, no tienen contacto con los calurosos bracitos imberbes para abrazarse festejando un gol, disfrutar de algún otro juego infantil o de una incauta aventura. Percibo al niño de hoy, más solitario, individualista, egoísta y autómata porque supone que se divierte, feliz, frente al frío celular que no guarda ni trasmite la misma emoción y actitud natural de un niño de su misma edad. En nombre de la democracia y la tecnología, en posición de una minoría, el mundo y los humanos cada día se resquebrajan.
El pichuychanca. Chiquian, 9 de mayo 2021
(*) Chiuchis= pequeños, infantes, niños.
(**) Shay= amigo.
(***) Champaso= suertudo.
Las siguientes fotos corresponden a los hermosos atardeceres, recordando mi infancia, de mi querido Chiquian...






El pichuychanca.

Chiquian, 9 de mayo 2021

viernes, 17 de febrero de 2023

Chiquian, donde crecí



Jamás pensé de andar desandando lo andado por callecitas que no pierden su encanto, su tradición. Por senderos callados, desiertos y de piedra dura.  Es cuando entonces, en la memoria otoñal surgen los recuerdos infantiles como burbujas del agua en estado de hervor.

Ausente de la patria chica querida durante largos años, que me parecía una eternidad, al pisar su afable suelo, que brota aroma a tierra mojada, renacen mis pasos infantiles. Mi ser rejuvenece como en la flor de la vida. Solo quiero, deseo, ver con intenso fervor, eternas primaveras. Sólo si es posible, solo aquí... en Chiquian, donde crecí. 

El Pichuychanca.
Chiquian, 17 de febrero 2023


Plaza Mayor. Chiquian

Tejados de teja, torre de la Iglesia, verdes praderas y los cerros que bordean a mi Chiquian querido. 

Huamgan

Recogiendo mis pasos perdidos por este apasible pasaje pastoril.

El Pichuychanca
Chiquian, 17 de febrero 2023

viernes, 26 de agosto de 2022

La centenaria glorieta


Chiquian. Sentado en una de las bancas, frente de la pileta de la placida Plaza Mayor, disfruto de un reparador descanso de la quietud del mediodía. Percibo el frescor del suave viento. Contemplo la bucólica orilla, la asfaltada y bifurcada acera por dónde, de vez en cuando, circulan personas de heterogénea edad. Aprecio a los 4 longevos árboles que sisea con cierta pereza. Aquí, en la lejanía, considero a los antiguos senderos construidos por los aplicados ancestros, a la cima de los vigilantes y disimiles cerros que adornan a la patria chica amada. En estas circunstancias de total abstracción, de repente, se presenta la  repentina llovizna vernal que a lo lejos se  parece a una cortina transparente. Entonces, sin  dudar, presuroso, corrí a la centenaria glorieta para cobijarme bajo su munífico techo.

Hoy, 15 de setiembre 2021, en este nostálgico lugar, de pronto aflora mi vivencia infantil y de mi memoria resucitan las amenas e interminables tertulias que oía de alegres y avispados jóvenes, de los adultos de rostro discreto y de personas mayores de andar pausado, unos irascibles, otros pacientes, cada uno de ellos, con voz singular, matizada.

En tardes serenas de cada fin de semana o  en ocasiones especiales, cuando en pleno declive de la luz del sol, ambarina y oblicua, aguijoneaba las paredes y la cima  albina de la seductora cordillera y al manto limonado de los arcanos cerros, hollado por el estío primaveral, los jóvenes tertulianos se reunían con puntualidad, alegrando la Plaza con sus chillonas y cambiantes voces de infante a adolescente.  

Los tertulianos adultos y mayores, uno y otro de temperamento plural, ataviado con el vestuario  típico de Chiquian y de toda la provincia de Bolognesi —el poncho habano pendido del hombro, el sombrero, la bufanda— uno tras otro, puntual, a la hora exacta, se acercaban a la acogedora glorieta como si acudieran a un centro de trabajo. 

En este dulce y silente espacio, para ese entonces, conversaban sobre temas de actualidad. Yo, a los  8, 9 años, atento, apreciaba estas sesudas tertulias. Sin embargo, cuando el  debate se tornaba discrepante, antagónico, veía, sorprendido y apasionado, los gestos que se lanzaban uno y otro tertuliano. Con el rostro colorado como un tomate,  levantaban el brazo con el objetivo de señalar con el dedo índice a su oponente, y miradas conciliadoras de otros. Estas reuniones, amenas y acaloradas, se llevaban a cabo  en veladas noches de cielo claro sembrados de titilantes luceros, acompañado bajo el lunar blanco que alumbraba y ataviaba  con su luz argentada a la rumorosa pileta,  a la florida rosaleda, a la torre de la iglesia, a las mudas calles y a la misma glorieta centenaria. 


Mi remembranza infantil fluye alborotado de gratas y sonoras retretas de divinas melodías ejecutado por una filarmónica banda de música que, en tarde fría, cerca de la oscura noche, embriagaba el espíritu de los asistentes. Incitando a bailar a las parejas con cadencia y garbo. Y entre mis pensamientos cavilaba "¿Por qué no recurrir o recuperar esta vieja tradición uno o dos veces por mes para alegrar, en apacibles noches, el espíritu de toda la población?"

En esta centenaria glorieta;  recuerdo haber oído a encumbrados oradores, proclamando con gestos de aliento y convencimiento célebres discursos sobre eventos políticos, sociales y culturales. A solistas y orquestas de nuestra localidad, en plena juventud, interpretando hermosas canciones, vibrantes y rítmicas composiciones. En los días festivos del calendario anual, oír a los alumnos, ataviados con pulcritud, declamando con voz estentórea hermosos poemas.

Continuando con los usos y costumbres del pueblo, el 4 de setiembre de cada año, el día de las elecciones, los flamantes funcionarios, con fe y lealtad, se aproximan a la octogonal glorieta y frente a la imagen de la Santa Patrona y de la ansiosa muchedumbre, ávido de buenas nuevas, con el fin de estampar su firma en el registro de funcionarios y ante la autoridad competente, se comprometen de manera voluntaria y con responsabilidad de realizar la próxima fiesta patronal Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian, qué, a partir del año 2018, es reconocido y denominado cómo Patrimonio Cultural de la Nación, título que debe enaltecer a todo ciudadano chiquiano y bolognesino.   

Se ha logrado obtener esta distinción honorífica, gracias al arduo trabajo de investigación, de esta solariega costumbre, por la insigne Casa de la Cultura de la Provincia de Bolognesi Chiquian. A partir de la fecha de haber sido nombrado como tal, en adelante, debe ser celosamente cuidado y resguardado por toda la comunidad chiquiana y bolognesinas desde el inicio hasta la culminación de la fiesta de  cada año.

El Pichuychanca
Chiquian, Plaza Mayor, 15 de setiembre 2021


De este histórico lugar de manera espontánea surgieron estas fotos.






El Pichuychanca.

Chiquian 15 de setiembre 2021

sábado, 2 de abril de 2022

Portones y zaguanes





Colmado de nostalgia por el pueblo, que lo llevo en el corazón rebosante de cariño, de nuevo ando por las calles, mudas, en horas matinales, de cuando en cuando en frescos atardeceres. En este desandar de lo andado, mi pensamiento viaja al pasado y el recuerdo empieza a desfilar de mis pasos embelesados y retozones de la infancia y la adolescencia de ayer. 

A medida que pasaba los años, de pronto, con pasos contenidos, me dirigía al jardín, en seguida, a la escuela, luego al colegio. En ese entonces, mandado por mi bondadosa madre, en inconfundibles periodos del año, con los baldes acerados, raudo, acudía al manantial de Parientana con el propósito de acarrear el agua. En otro momento, partía a toda prisa al estadio de Jircan con el fin de jugar fútbol, o a la chacra con el objetivo de traer el choclo y la alfalfa, en estas apremiadas circunstancias, no me percataba por nada del mundo, salvo de unos cuantos, de la existencia de los solariegos zaguanes y de los portones.

Ahí, bajo el umbral del joven o vejo portón y la luz mortecina del farol, acompañado de las perlas del cielo oscurecido en noche clara sin luna, o con la presencia de la luna menguante agazapada entre lisas nubes, los flamantes y clandestinos enamorados, arrebujados de tibios abrazos, se robaban besos acalorados y húmedos. 

El zaguán, de distinto tamaño y forma, daba acceso directo al amplio patio en donde los revoltosos niños jugaban de modo perseverante y sin preocupación alguna. También, era la entrada hacia el jardín cuyas plantas derramaban aromas embriagantes, junto a este espacio estaba el corral, lugar de oportuno reposo para las borregas de abundante lana y de las intrépidas cabras, luego de haberse alimentado en los verdes prados durante todo el día. Así mismo, el redil era el recinto de sosiego de las vacas con su ubre colmado de leche para ordeñarlos al día siguiente, así como también, de los exhaustos caballos luego de haber transportado al amo de su vivienda a lugares ignotos y viceversa. 

Todavía hay casas que se hallan de pie resistiendo estoicamente al ineludible y cruel tiempo. Como también, hay casas que sufren modificaciones de sus primigenias estructuras y los corrales desaparecen poco a poco y, junto a ellos, el antiguo zaguán de tañidos estrepitosos que no se cansaban ni se lamentaban cuando se les abría para recibir con afecto al visitante,  o se les cerraba para guardar ciertos secretos de la casa, siempre fiel a su dueño.   

Ahora, cuando marcho con pasos pausados, por las calles campestres de mi dorada patria chica, avizoro con más detenimiento a las casas de remotos portones heridas por el paso del violento tiempo, entonces, de inmediato, mis pensamientos me dicen con profunda nostalgia: "Aquí vivía...  "

El Pichuychanca

Chiquian, 28 de marzo


P/ d. Son muchas, muchas fotos de las antiguas puertas y portones de casi todas las casas de la tierra natal. Fotos captadas, con mucho cariño, de calle en calle. Algunos zaguanes deben pasar, me imagino por el estado que se encuentran, de los 50 a los 100 años. Y más. 

Espero no cansarlos por las decenas de fotos de las inolvidables puertas y portones de vuestra casa, por donde ingresaban y salian en tiempos idos y de seguro les hará latir el pecho al recordar con añoranza de su infancia y adolescencia. Aqui las imagenes  ¿Lo reconocen, cual es el tuyo?

En el perímetro del zócalo. 





Zaguanes del Jr. 28 de Julio.




























Los zaguanes del Jr. Bracale







Zaguanes del Jr Sauces.









Puertas y portones del Jr. Comercio.




















































































Puertas y portones del Jr. Espinar.





























Zaguanes del Jr. Figueredo.






























Puertas y portones del Jr. 2 de Mayo







































































Puertas y portones del Jr. Leoncio Prado










































Puertas y portones del Jr. Tarapacá



































Puertas y portones del Jr. Sáenz Peña

















































Continuará...

El Pichuychanca

Chiquian 28 de marzo 2022