martes, 7 de julio de 2026

Peregrinación al cerro de Jaracoto

Vista panoramica de
Chiquian, desde Jaracoto

Partí de la casa materna bajo el esplendoroso sol, y sus rayos oblicuos comenzaban a  aguijonear mi espalda cuando andaba por el sendero inclinado, cuesta arriba. Era diez de la mañana. Llevaba una botella de agua, frutas, pan con queso, y el voto de retornar en horas de la tarde. Seguí el camino, regado de piedras y escaleras que los abuelos nos dejaron como herencia, con el fin de llegar al pico del cerro de Jaracoto donde cada 7 de junio, alumnos del cuarto año de secundaria del Colegio Coronel Bolognesi, izan el mástil y el emblema nacional flamea solitaria frente al cruel viento.  
    
Al inicio de mi periplo por el empinado cerro quedé confundido. Encontrar pequeños precipicios, sobresaltado, me latía la mente y el corazón. De repente, en medio del cerro, el sendero, ante la mirada fija que traía puesta sobre él, desapareció entre yerbas silvestres de todo tipo y tamaño. El caso es que caminaba por primera vez por estos lares. Me extravié. No por distracción, sino porque Jaracoto tal vez quería que lo descubriera a mi manera. Meditaba, “será por aquí”, “será por allá”- Después de andar cierta distancia con mis pasos cansinos, levante la angustiosa mirada, y cerca de 200, 300 metros, por fin pude ver el pabellón plantado en la cumbre del cerro, ondeando gozoso. Y entonces, cruzando cercos y pircas, llegué a la deseada meta hasta ese momento desconocido para mí.
   
En lo alto, el viento no besa, no acaricia, silba y golpea fuerte. Aquí en la cima está el mástil, huérfano, inmóvil, resistiendo. Cuando el pendón bicolor remonta, no ondea. Combate contra el ventarrón de la altura, contra el frío, contra la indiferencia. De este lugar alejado y alto que roza con el cielo azul, se logra observar el distrito de Huasta, el Centro Poblado de Pampan, Quisipata y los nevados que circundan la planicie de Pampa de Lampas. Desde aquí Chiquián se ve menudo e inmortal a la vez. La santa tierra se ve enclavado en el fondo, entre cerros y nevados, como un heredero que no pretende marcharse de casa. Todavía se ven los escasos techos rojos, la iglesia, Plaza Mayor, el río que cruza el valle de Aynin, el espacio arqueológico de Capillapunta, y más allá el blanco nevado del Yerupaja y Tucu  vigilando. No deseaba volver, por obvias razones, por donde vine a este mirador natural y apacible. 

Entonces, decidí escalar el prado del cerro de Jaracoto, cuesta arriba. Atravesé atajos, cercos y pircas impenetrables. Bifurcación de caminos sin saber cuál era el que me llevaría a mi destino. Desorientado, terminé subiendo hasta dar con el canal de Tucu, mi propósito. Aquí el atroz viento golpea más fuerte. Estoy a casi 4,000 msnm y el agua helada, clara y apacible  corre pegada a la ladera, de los cerros de forma parabólica, como si llevara siglos siguiendo su ancho cauce. El canal de Tucu no ruge. Murmura. En tanto andaba a su lado, con las piernas abrumadas y los pulmones pidiendo tregua, entendí que perderme era parte de la expedición. Estos solitarios y hermosos lares obligan a mirarlo bien.

De aquí en adelante el sendero se puso dadivoso. Ya peregrinaba por  toda la cumbre del cerro de Huancar.  Los prados inclinados estaba bañado de flores: amarillas, moradas, rojas, Abril y mayo es verdadera y rebosante primavera por estos lares. El cerro histórico, como le dicen los mayores, no es solo piedra. En agosto se viste  de alfombra amarilla para dar la bienvenida a los hijos chiquianos, chiquianas  y personas que lo visitan. En silencio, acompañado de dos chuchos, Frodo y Froda, bajaba por el camino de Huancar, sudado, cansado con el tambor del pecho latiendo. Se asomaba la oscura noche.

El cerro de  Jaracoto me recuerda de dónde Soy. El canal de Tucu me enseña a no rendirme, las flores me recuerdan que hasta la piedra florece. El cerro de Jaracoto me  dice que este pedazo de tierra, aunque esté incrustado entre montañas blancas y negras, vale la pena defenderlo.

El Pichuychanca
Chiquian, 7 de junio 2026.


Vista panorámica de Chiquian desde el cerro de Jaracoto


Vale de Aynin, nevado de Tucu, Centro poblado de Pampan, distrito de Huasta

Emblema Nacional, flamea en la cumbre del cerro de Jaracoto.



Viata panorámica desde la orilla del canal de Tucu

Cordillera de Huayhuash

Nevado de Tucu.

La incontrastable y generosa villa ciudad de Chiquian

 

Cueva de calaveras







Canal de Tucu










viernes, 3 de julio de 2026

Recuerdos del maestro y la escuela

Con los amigos de la escuela, Jorge, Luis
el profesor Romeo, José y Hugo

Después de interminables años de separación de la patria chica querida, Chiquian, cuando andaba por la periferia, las delgadas calles, hoy pavimentadas, en pleno ocaso de sosegado atardecer, y los rayos del sol que se hundía en el horizonte, de pronto de mi  memoria surgieron los recuerdos de la imborrable infancia y la histórica escuela. 

Al siguiente día me animé a visitar el plantel de don Josué, en aquel tiempo, ubicado en un rincón acogedor del barrio bautizado como Tranca. Lo encontré transformado por completo. Los dignos salones de adobe, con el extendido pizarrón negro, el techo de teja y el patio ceniciento, que ayer me albergó con dulzura, fueron reemplazados por el ladrillo y cemento. ¡En hora buena!   Pero también de nombre, hoy se llama Guillermo Bracale Ramos.

Parado al frente de la escuela, que durante cinco años fue mi segundo hogar, de nuevo, en segundos resucitaba en mi memoria recuerdos inolvidables de la infancia, y en mi imaginación, las fogosas huellas borradas por el cruel tiempo. En seguida, sin poder contenerme de la emoción, ardientes lágrimas se asomaban en mis penosos ojos regando mi rostro otoñal.      

Evoco a don Josué, el director de la escuela, con su sonrisa cálida y su dedicación por la educación, que junto a los queridos maestros, cada uno con su temperamento y metodología, no solo nos impartían lecciones de letras y números a los traviesos escolares, sino también principios fundamentales como valores, ética y moral. 

En segundos, que parecían minutos u horas, mi memoria, repasaba las aulas resplandecidas por la luz mañanera del sol que, poco a poco, se filtraba a través de la ventana, de espejos cristalinos y resquebrajados, con el fin de abrigarlo con su bondadoso calor. El pizarrón, rectangular y negro, enclavado en la pared de adobe, en contacto con las tizas de colores, emita un murmullo discreto mientras el profesor exponía su clase con perseverancia y afán. La escuela fue una institución de búsqueda de algo nuevo para mí, donde la curiosidad y la creatividad brotaban bajo la guía experta de estimados maestros, de modo especial de Romeo Reyes Gamarra, mi tutor.

Durante la permanencia en la escuela de don Josué, además de ser un espacio de instrucción, fue un lugar donde se forjaron amistades y se fundarían recuerdos que persistirán hasta el postrero aliento de mi existencia. El corredor Sebastián Salazar Bondi, el patio ceniciento, el austero jardín bien conservado, fueron confesores de diversiones, retozos y ocurrencias infantiles tanto de los amigos como el mío.

Don Josué y los demás maestros procuraban brindarnos una educación de calidad, su tesón e ímpetu por la enseñanza eran palpables en cada clase. Su influencia en mi vida ha sido fecunda y les estaré eternamente agradecido por los conocimientos y valores que me impartieron

A la escuela de don Josué, a los maestros, Hernán Reyes Aguirre, Moisés Rayo Minaya, Luisa Silva Romero, Leonor Fuentes Pardo, Nila Zúñiga Gamarra, Romeo Reyes Gamarra, Teudulfo Ramírez, Wilfredo Ortiz Aranda y al Director, Josué Alvarado Cruz, siempre y con infinita gratitud los tendré presente en mi memoria y el corazón como un recordatorio de la categoría que tuvo en la enseñanza de aquel tiempo, y el impacto que derramó en la vida de los escolares y de las personas en general.       

El pichuychanca      

Chiquian, 3 de julio 2026.     

En plena tertulia. Encuentro 2011

Vista panorámica de Chiquian desde el cerro de Jaracoto, 


sábado, 2 de mayo de 2026

Ya brillan blancas lucecitas



Ya brillan blancas lucecitas


Es tiempo de tornar a la morada.
Echándome la cámara al hombro,
Aprieto el paso a resquemor del agotamiento.
A todo esto, 
La tarde cálida se apaga.
Y a la puesta del sol
Llega la negra noche.
Pero, por encima del blanco nevado
Refulge vagamente al borde del cielo...
¿Qué será eso? ¿Un incendio?
Pero no; se está asomando la luna palida.
Y abajo, al fonfo, 
Ya brillan blancas lucecitas 
En mi patria chica querida,
Iluninando sus estrechas callecitas.

El pichuychanca
Chiquian, 11 de julio 2025

*Dos dias de paseo bajo la luna llena.