Rubor
manan inmemoriales páginas
de la infancia, de la adolescencia.
Quizás no del lastimero primer llanto,
quizás no del espinoso primer paso,
pero contado después por la blanda voz
de la solícita y virtuosa madre.
De pronto, en la vecindad bulliciosa
cual cervatillo retozón sin rebato alguno,
y en franca camaradería, con ardorosos amiguitos
de cándida sonrisa,
de tumefacta cara,
en la estrecha arteria empedrada por entero,
exaltados, jugábamos a las canicas y al trompo,
temerarios, corriendo bullanguero ¡tras la pelota de futbol!
En los años primaverales
el candoroso corazón
se estremecía de tibia ternura,
cuando mi embelesada contemplación
se cruzaba con los brillantes luceros
de la salerosa mocita de cara cárdena,
de angelical encanto colmada de rubor.
Hallándonos en la periferia del pueblo,
percibían nuestros alborotados sentidos
el frescor del viento del dulce atardecer,
el canto de avecillas cantoras.
el gozoso riachuelo de abatido murmullo.
Y, cortejados por la curiosa luna,
lumbrera de eterna noche,
sus ilimitados dedos plateados
mimaba nuestro rostro encendido.
Arrullando las manos de terciopelo
del inolvidable primer amor,
con el corazón agitado, el rostro ruborizado,
sellaba la primera palpación húmeda
en sus labios de miel, virginal.
El Pichuychanca.
Chiquian, Tulpa Japana Lima 19 de Abril 2020





























