Solo pero en compañía de dos menudos chuchos, ando a paso pausado por los mudos y delgados corredores de la Plaza Mayor de Chiquian, ahora, iluminado de potente luz blanca.
La noche se encuentra en absoluto silencio mortal. Las agujas del reloj, con pausa, y a paso de tortuga, se acerca a la una de la madrugada. Los cuatro centenarios árboles, uno frente al otro, acompañado de ocho pinos ornamentales, todos ellos tiritan de frio.
El agua de la pileta que hace pocos años se desplomaba gozosa sobre la alberca como el aguacero del sereno nubarrón, mojando los sedientos prados, está taciturna, su alegre rumor se extraña. Aprisa pasa el viento madrugador acariciando mi cuerpo, y besando mi rostro adusto como el enovio enamorado a la prometida, la niña de sus ojos.
Me contaron, y siguen contando de generación en generación, que a estas horas de la madrugada, en este lugar y por estas aceras solitarias y bifurcadas de la Plaza, anda toda risueña una hermosa dama insinuando a los varones que se hallan shinka shinka. Chispos
El susodicho, la víctima, como una mantequilla que se derrite en el aceite, es vencido por la mirada sugestiva de la dama..., pero cuando ya está junto a ella, abrazados, de pronto baja la mirada con el rostro rojo como un tomate, y, en ese momento se da cuenta que la damisela tenía los pies semejante a las patas de un gallo sin llegar a pisar el suelo; estremecido, con la piel de gallina, no le queda otra opción más que desprenderse con cierta violencia de los cálidos brazos y del embrujo de aquella mujer, y huir desesperadamente con pasos tambaleantes.
Corre, corre y corre sin mirar atrás. Con el rostro semejante al de un cadáver y los vellos erizados, jadeante, por fin llega a su morada completamente sobrio. La ebriedad se le esfumó.
Cuentos de guegue alma oído más de una vez.
El Pichuychanca
Chiquian, 2 de octubre 2025
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