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viernes, 14 de noviembre de 2025

Estadio de Jircan


El antiguo estadio de Jican, ubicado en el corazón del barrio del mismo nombre de la santa tierra, Chiquian, recinto emblemático que al contemplarlo con mis ocho sentidos revivo los recuerdos inolvidables de mi infancia y adolescencia. Este campo deportivo fue informador de innumerables encuentros de futbol que reunía a la multitud de simpatizantes de este popular deporte.

Recuerdo cuando con el pecho vibrante corría sobre su suelo ceniciento, sintiendo punzadas de los rayos oblicuos de sol sobre la espalda y el celoso viento golpeando mi rostro juvenil, mientras disputaba cada balón con ardor y osadía. El estadio fue el recinto donde se unían los simpatizantes, donde los vecinos se convertían en seguidores de los tradicionales equipos del Sport Jaimes, Alianza Chiquian, Sport Cahuide y el Club Atlético Tarapacá, y donde el antagonismo deportivo se vivía con intensidad. 

Las gradas, la tribuna de piedra y tierra estaban siempre colmadas de gente animando, gritando y cantando por el equipo de su simpatía. Los partidos de futbol eran más que un espontáneo  juego, era un espectáculo que aglutinaba al gentío y nos hacía sentir orgullosos de preservar y defender los colores del equipo de nuestros amores del cual dejábamos la  última gota de sudor y el último aliento dentro del campo deportivo. El estadio de Jircan fue un punto seductor donde fluía, a raudales y libremente, el fervor y la felicidad.

Aunque el cruel tiempo ha pasado sin darme cuenta, robando mi infancia y adolecencia, con profundo dolor en el corazón, miro que el estadio se encuentra deteriorado por completo. Mi memoria otoñal,  todavía recuerda de aquellos partidos y tiempos vividos en las tribunas y en el mismo campo que siguen siendo inolvidables para mí. El idílico estadio de Jircan era más que un recinto de futbol, fue un distintivo del pueblo entero y sobre todo la pasión que nos unía. Su legado sigue vivo en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de jugar en su sacro suelo, y de los aficionados, fanaticos de este popular deporte, con el pecho palpitante y  emocionados, cantaban, saltaban en la rustica tribuna alentando al equipo de su simpatía.

        

El pichuychanca      

Chiquian,  14 de octubre 2025.     





domingo, 2 de noviembre de 2025

Telares tradicionales de mi pueblo


Los telares de mi pueblo, La incontrastable y generosa villa ciudad de Chiquian, todavía es una joya irremplazable que refleja la riqueza cultural que sigue preservando sus valores, raíces y costumbres ancestrales. De hace mucho tiempo, en las manos diestras de los tejedores, la lana de oveja y alpaca se transforma en hermosas prendas tradicionales que narra la historia y la identidad de nuestro pueblo, un pedacito de cielo incrustado en un rincón del ande peruano. 

El tiempo cruel no perdona. La industria manufacturera que se moderniza día a día ha reemplazado a los telares lejanos, sin embargo estas máquinas ancestrales viven en la memoria y la tradición del pueblo y los sabios tejedores todavía lo utilizan con una creatividad extraordinaria, por ende, siguen siendo un manantial de estímulo para artistas y artesanos locales y de todo el mundo. Su belleza y alcance continúa siendo valorado y aclamado.        

Los antiguos telares, que resisten con heroicidad hasta hoy en día,  son un símbolo de vínculo entre los mortales humanos y la Madre-Naturaleza. Lo materia prima utilizados para crear y procesar los tejidos provienen de la munífica Pachamama que comunica la conveniencia de la unidad y el equilibrio con el medio ambiente. 

Evoco, tardes cálidas del pasado, de cómo en los talleres de varias familias, padres e hijos de heterogénea edad,  entusiasmados, se reunían del alba a la vera del ocaso del sol, con el fin de elaborar hermosas piezas de arte textil. Con hilos de colores vibrantes y técnicas ancestrales, entre la trama y la urdiembre,  confeccionaban los típicos ponchos color habano, frazadas coloridas con diseños únicos, bayetas, alforjas, chompas y bufandas  que luego serían comercializados en el mercado local, nacional y también internacional.

La fabricación de llamativas prendas en estos legendarios telares no solo es un medio de sustento económico para las familias, sino también una forma de preservar y trasmitir la cultura y la tradición de Chiquian. Cada pieza tejida es un reflejo de la creatividad y la habilidad artesanal  de nuestros tejedores, y un testimonio de la importancia de la artesanía en la identidad cultural de nuestro pueblo, y sobre todo la responsabilidad de toda la comunidad Chiquiana de preservarlo.

El Pichuychanca

Chiquian, 2 de noviembr2025

Telar del Sr Valdivia.

Filomeno Carhuachin. Uno de los pocos
Tejedores en Chiquian

El Sr Valdivia. Entre la trama y la hurdiembre
Entre el manejo de los pedales de madera
Pronto saldrá el poncho tradicional de
la provincia de Bolognesi, Chiquian


Máquina tradicional para hilvanar el hilo de
oveja, alpaca y vicuña.

Frazada, herencia de los abuelos
Confeccionada el año 1952
La huella diestra de los 
Tejedores de Chiquian


Detalles de la hermosa frazada. 





La trama y la hurdiembre

Pedales

Confección del Poncho




Poncho tradicional de la provincia de
Bolognesi- Chiquian


Frazada confeccionada el año
1943 el el taller de don
Benito Moreno.
Se exibe en La casa de la cultura
de la provincia de Bolognesi- Chiquian


martes, 29 de octubre de 2024

Bienaventuranza


Luego de haber arreglado el jardín y ordenado el patio con suma diligencia, en estos espacios antiguos de la morada materna donde siento completa beatitud, de repente, el tedio, sin prisa pero sin pausa, desmantela mi estado de ánimo con una vaga melancolía. 

Sin embargo, la tarde apacible, en pleno declive del sol que brilla como el oro bruñido, invita a darme un paseo con paso cansino y a un ritmo agradable con el fin de enseñarme su escondida hermosura.

En mi pausada andanza por la periferia de la patria chica querida, el viento  me sorprende con su furioso soplo  y en un segundo infla como a un globo mi pantalón y el albo poncho. Este frío ventarrón, arrastrándose por las chacras despojadas y de los  caminos ásperos, hace vibrar la copa descarnada de los viejos eucaliptos, las espigas pajizas de los escasos sembríos de trigo, de igual modo, a las pesadas mazorcas del maíz.

En el fugaz y hurón peregrinaje, un silencio retraído, agazapado tras las praderas sin bardas, me acosa sin cesar. Colmado de completo sosiego, cada paso, disfruto de la hermosa tarde serena. Ya en el ineludible ocaso del sol, de pronto, alzo la mirada hacia el extenso cielo en dónde flotan los policromos algodones, a veces grises, a veces ambarinos, a veces rojizos. Me da la impresión que se enfrentan en una dura batalla por ir adelante la una de la otra. 

Allende, sobre la fragosa cima cana de la cordillera blanca, las nubes cálidas que se desplazan con increíble lentitud, como el caracol dentro del húmedo y nutrido jardín, graciosas, sonriendo todas ellas, se divierten frente a mis ojos contemplativos.

Alternándose con arrebatadores rubores me  transportan en la soñadora bienaventuranza de mi mesurada pero feliz infancia que el infalible tiempo me ha privado.

El Pichuychanca.
Chiquian 2 de mayo 2021