martes, 24 de febrero de 2026

Partida de la última octogenaria

 


La centenaria calle Tarapacá, testigo mudo de improntas plantadas por multitud de personas de distinta edad, y una de las más representativas de Chiquian, se encuentra taciturna y desierta. La octogenaria, Luzmila Lázaro viuda de Garro,  que durante décadas regentó su tienda de coca y licor, ha fallecido. Los parroquianos concurrían a su taberna con el fin de mostrar su talento en el arte de la guitarra y el canto. 

Mientras los afamados guitarristas tocaban el temple chiquiano, que hoy en día, paso a paso, se va perdiendo en el tiempo, los intérpretes, entonaban el huayno lugareño con voz de tenor, y también había los otros, que desafinaban el ritmo de la canción.  De cuando en cuando, alzaban la copa de licor, y a la vez que fumaban un cigarrillo, cantaban en coro un vals de la vieja guardia, y otras canciones más como yaravíes, boleros, pasillos y rancheras.  De pronto un soñoliento comensal pedía con despepitada voz “¡dos cervezas!”, presurosa, la dueña atendía con amabilidad.      

En la taberna se vivía con asombrosa intensidad. Mientras los amigos, chispos, disfrutaban un buen trago de licor con un puñado de hojas de coca, las últimas noticias del pueblo corrían como un reguero de pólvora. Tertulias, cuentos y relatos estaba a la orden del día. Y en medio de una sincera amistad, formado desde la infancia, surgían extendidas  y amenas  conversaciones donde se compartía historias de acontecimientos que suscitaban emociones de tristeza y alegría. 

Con el deceso de la última octogenaria, Luzmila Lázaro viuda de Garro, esposa, madre, tía, suegra y abuela, noble y ejemplo de vida, desaparece la entrañable generación de vecinos, vecinas que hicieron de esta calle Tarapacá, y el barrio de Jircan, un sitio de reunión con el fin de dialogar la rica historia de tradición e identidad del amado terruño.

La calle Tarapacá, donde habité los 15 primaverales años de mi existencia, ha quedado desolada, desierta. En esta calzada inolvidable, durante la infancia y parte de la adolescencia, fui testigo presencial de actividades profesionales, manuales y artísticas tanto de los varones como de las mujeres de mi querida vecindad.

Cesáreo Minaya, Víctor Garro y  Joaquim Aguirre, diestros tejedores en telares artesanales, que elaboraban ponchos, frazadas, alforjas con hermosos acabados, ya no viven. Melchora Ramírez, excelente costurera, arrellanada sobre la silla de cojín grueso y afelpado, que cosía con habilidad y paciencia, ya no existe. Simón Garro, Leonardo Allauca, peluqueros, que cortaban el cabello de todo tipo — delgado, erizo, lacio u ondulado—, con una maquina  manual que emitía susurros imperceptibles tic…tic… tic…, ya no están. Eleodoro Gamarra, Florentino Aldave, Carlos Alvarado, músicos, que llenaban las noches claras sin luna con sonoras melodías del violín, el arpa y el acordeón, partieron al mundo espiritual. Alejandro Aldave, Amina Rayo, Julia Aldave, Eleodoro Gamarra y Carlos Alvarado, profesores que enseñaban con admirable tesón y entrega, ya no están en su aula con el pizarrón negro empotrado en la pared de adobe,  y tizas de colores colocados al pie de la pizarra. Bernita, la hilandera de candorosa sonrisa, que en ciertas tardes tranquilas hilaba la lana con destreza, ya no está. Mateo Ocrospoma, jinete y ganadero, montado sobre el lomo del brioso corcel, que cuidaba su rebaño con apego y devoción, ya no vive. Maurelio Reyes, panadero, perito en hacer panes en el horno tradicional de leña, que llenaban la calle con el inconfundible aroma de pan de piso, bizcochos, cariocas, pan de punta, rosquitas, cachitos, ya no existe. Julián Soto, que descubrió la imagen de Sr. de Conchuyacu, danzante del zapateo tradicional de los dialitos, fabricante de cirios, santo varón, ya no está. Felipe Ramírez, sastre, que aplanaba los ternos con plancha de carbón, bailarín de la danza de los negritos y diablitos de Chiquian, cantor de coplas sacras, hace tiempo que hizo un viaje sin retorno. Ernesto Sornosa Dorado, boticario, hombre elegante y probo que atendía a sus pacientes con amabilidad, ya no está. Todos ellos partieron al sueño eterno, regresaron a la tierra sagrada, dejando atrás una escuela de trabajo, de esfuerzo y de amor por la patria chica querida. 

En el jirón Tarapacá; que ayer se escuchaba el rumor quejumbroso de los telares, el raudo trote de los caballos, el sonoro sonido de los instrumentos musicales, y en la taberna, la voz ronca del solista que cantaba canciones melancólicas y alegres, quedó en silencio y vacío hoy. El aroma típico de diferentes tipos de pan recién sacado del horno, tanto en la mañana como en la tarde, se esfumó. Sin embargo, La partida de la última octogenaria, Luzmila Lázaro viuda de Garro, es una fuente de reflexión, un mensaje: nos enseña que la existencia es transitoria, por lo tanto, debemos valorar y preservar la memoria de aquellos que ya no viven con nosotros. 

El aliento de la calle Tarapacá vive en cada uno de los flamantes vecinos, en cada piedra, en cada planta que brota en el jardín, en cada rincón de este barrio querido, Jircan, y de la tierra que amamos, la Incontrastable y generosa villa ciudad de Chiquian. 

El Pichuychanca.

Chiquian, 16 de febrero 2026



 


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