domingo, 29 de abril de 2018

Cordillera de Huahuash, mes de marzo, neblinas prietas y apretadas

Es uno de los días del mes de marzo en mi villa dorada. Amanece; y de los valles y de los humedales y de los manantiales y de las quebradas manan las brumas prietas y apretadas. Mas adelante, por un instante se quedan inmóviles y  dormidas y quietas entre los barrancos y los altozanos.

De súbito se despiertan y empiezan ha abrazar, con ímpetu, a las hermosas cumbres de la Cordillera de Huayhuash. Luego, las nieblas celosas lo arropan por completo de aquellos que lo contemplan con ojos de  descomunal admiración, o de manera desconfiada, esconderlo, aún más, de aquellos que lo depredan.

Pasa el tiempo, el viento frio, soplando con suavidad, y acompañado de los luengos cabelos rubios del sol, corren a las brumas pardas como cortinas para regalarnos esta belleza.    

Aquí algunas fotos.
















    El Pichuychanca

    Chiquian, abril 2018

Chiquian, mes de marzo

En Chiquian, mi querencia, mengua la silenciosa noche del mes marzo, cubierto por un manto de suave algodón negro.

Y sobre las disimiles cimas de la cordillera blanca afloraba ya el fulgor de la alborada y las avecillas con sus trinos melódicos inauguraban el nuevo dia desde los mantos verdes de los prados y la cornisa de las casas pastoriles. 


Y estas son las fotos.   





















    El Pichuychanca.

    Chiquian, abril 2018

sábado, 28 de abril de 2018

Postrero lucero

Crepúsculo matutino en Chiquian


Postrero lucero


En la penumbra de la alborada 
se despierta el apacible verde prado,  
En el umbral de la rosada madrugada,
titila con apatía el postrero lucero
   
Soñoliento está el caritativo pueblo. 
De los arboles la copa copiosa crepita, 
de los jardines la olorosa rosa susurra 
En el campo se agita el ondulado riachuelo.
  
El sol, desde el lejano horizonte,
con su brío lumínico, 
con su luengo cabello ambarino 
barre la lánguida alborada.
  
Labriegos de espíritu generoso, 
con el rostro adusto al campo van.
Con azadas en el descarnado hombro, 
por cóncavos senderos, cantando van.
Una bandada de pichuychancas 
junto a los labriegos con trino sonoro van  
    
Por el angostillo empedrado y apretado,
apoyado del báculo, un anciano retraído,
camina con paso circunspecto y cansado,
dolorido eleva su cerviz hacia el confín,  
¡será tal vez, el postrero lucero que vea! 

El  Pichuychanca 
Chiquian - Parientana  25 de febrero 2018





martes, 24 de abril de 2018

Sepultaron nuestra historia.

Oleo Jupah. Autor Regulo Ñato Gamarra. Foto cortesía Regulo Ñato Gamarra  


Mi historia, vuestras historias ha sido borrada, de la noche a la mañana. Enterraron una de las más bellas y tradicionales calles de la irresistible tierra natal. Nuestro Chiquian añorado.
Emblema, tal parece que las autoridades actuales no saben lo que significa esta palabra. Esta calle era el símbolo, en donde concurrían abnegadas señoras para lavar grandes cantidades de ropa. Mocitos y mocitas acudían en el mes de febrero de cada año, para celebrar alegres y divertidas tardes de fiesta de los carnavales jugando con sus aguas frías y cristalinas. Este era aquel canal construido hermosamente en base de piedras lisas y planas. El recorrido de sus aguas por la declive calle Figueredo, conocido como Jupash, procedían de los manantiales de Parientana y los humedales de Jupash.
Sepultaron Jupash, sepultaron nuestra historia.  
Se impuso burdamente el poder y el negocio del cemento
La municipalidad carece de una oficina que se ocupe del ornato y la arquitectura del pueblo.
En todo caso hubieran construido una réplica con la facilidades de estudios de diseño y materiales que hoy existen, conforme el bello cuadro, arriba expuesto, como símbolo y atractivo turístico, que, ahora más que nunca, lo necesita nuestra tierra. 
Jupash Actualmente 

El Pichuychanca. .      

sábado, 7 de abril de 2018

Cascada de Usgor


Cascada de  Usgor


Por el acantilado sopla el tímido viento. 
La densa floresta bañada de roció matinal, se doblega 
La cascada, rumorosa y romancera,  
cual melena sinuosa de moza enaltecida,
en límpida aurora, mana dichosa de misteriosa colina.
    
Una itinerante niebla escarlata, 
de vez en vez, arropa a la nacarada luna llena. 
Más allá, la verde arboleda murmura.
En apacible atardecer,
el garzo cielo de cálidos colores se viste.   
 
Sobre trémulo y boscoso arbusto,
el precioso ruiseñor trina sonoro. 
Cautivados por el mágico canto,
furtivos enamorados,
por vez primera y el corazón en llamas, 
enlazan los castos y húmedos labios carmesí.
La hechicera cascada 
sella el amor primaveral con frenesí.

El  Pichuychanca.
Chiquian- Usgor 14 de febrero 2018



          

Cascada de Usgor

viernes, 16 de marzo de 2018

El destino de los niños.


Sopla el madrugador viento anunciando la correría de la estrella del día por el garzo cielo. En los corrales, las gallinas, en fila, desfilan detrás del solitario y altivo gallo. El presumido gallo, con sus membrudas patas, una y otra vez, remueve el piso de donde surgen capas de polvo. Estira las alas emplumadas, alarga el pescuezo y con la cola temblona, descarga un vibrante y prolongado  co-co-ro.co-o-o.

En mi travesía por las calles apretadas, me topo con los auténticos huertos y jardines olvidados, en donde alguna vez crecieron junto a la cerca, los floridos gladiolos, geranios y rosas, vertiendo cada uno de ellos, su particular aroma. Es otoño.

Ya me encuentro por el sendero empinado que conduce al cerro de Capilla Punta. En los bordes, plantas desnudas azotadas por el sol, cubren a la escasa pirca construida hace tiempo por manos desconocidas. En la pared de piedra, los lagartos (shulacos)* de múltiples edades, desde temprana hora del día de ardiente calor, se apuestan en el  lugar más alto con el propósito de recibir los punzantes rayos del sol. Advierto a un longevo lagarto que está tendido sobre una acalorada piedra, en la cúspide de la pica. Frente a mí, con el entrecejo fruncido, con movimientos torpes, gira su alargada cabecita mirando de un lado a otro, con el fin de preverse de algún peligro. Los lagartos jóvenes y adultos afinan los oídos al percibir que mis fatigados pasos se aproximan, raudos se escabullen atravesando por debajo de las plantas devastadas con el propósito de guarecerse en sus recónditas guaridas. En su huida, causan imperceptibles y apáticos ruidos.

Por las faldas del cerro se extiende una extensa alfombra amarilla. Las hojas marchitadas, tendidas en el suelo, se quejan bajo mi pausado paso y de las que se resisten en caer,  dolientes y sumisas lloran. Por estos lares se escucha el lánguido trino de los pájaros. Los riachuelos dejaron de susurrar.    
 
Desde este inclinado lugar, aprecio con admiración  el bello panorama del magnánimo y mágico pueblo de Chiquian. ¡Qué hermosa vista! Observo con fascinación el nevado de Tucu, el valle y el río de Aynin que parece una cinta ondeante, los cerros multiformes, los barrancos y los prados. Me topo con el inicio de cumbres de los diferentes nevados de la Cordillera de Huayhuash. ¡Estoy en mi pequeña patria celestial! Pero, cuando mis ojos se van deleitando con las calles apretujadas y con el enjambre de techos rojos de las casas del vistoso pueblo, asentados sobre una mediana explanada, logro ver construcciones “modernas” desdibujando el genuino y típico panorama de un pueblo serrano. Como aficionado al arte de la fotografía, no pierdo tiempo y aprovecho el momento oportuno para  captar óptimas fotos de aquellos paisajes majestuosos.


De regreso, decido tomar el camino que conduce por las faldas de Racrán. Desciendo junto al melancólico riachuelo que viene como alma en pena de la cascada de Putu. El sol, en pleno ocaso, aun aguijonea mi cuerpo batido con sus diagonales rayos ambarinos, necesito reposar. Sentado en el borde del sendero, en la soledad y el silencio, sobre la grama seca y áspera, entre los muros de piedra y bajo las raleadas sombras de un remoto árbol de aliso que bisbisea con debilidad, bebo los últimos sorbos de agua, acarreados del manantial de Parientana y hervido la noche anterior. Una bandada de loros silvestres, piando en coro, surcan los aires en busca de los escasos y últimos alimentos del día.  

Reanudo mi marcha de regreso y,…de pronto,  lejos, se asoman por aquel sendero inclinado y empedrado, bordeado de alineados muros de piedra, levantados a la perfección, dos niños que aparentan tener nueve y siete años, acompañados de un pequeño perro color marrón claro que al percibir mi presencia, con diminutos saltos, se adelanta y, pega chillones ladridos -¡Guau! ¡Guau! Se detiene y me mira fijamente, se preguntaría “quien es este extraño que se cruza en nuestro camino” ¡Guau!, pega media vuelta y retorna junto a sus pequeños amos para seguir soltando incansables sonoros ladridos, esta vez, detrás de los pimpollos.

Con pasitos cansinos, arrastrando los pies  avanzan cuesta arriba. El de mayor edad, con el cabello corto, ojos grandes y negros, con el rostro quemado por los rayos del sol y la comisura de sus labios con ranuras escarlatas, con voz aguda, me saludó: 

—¡Buenas tardes…tío!

—Buenas tardes ---devolví el saludo, y estreche la manito, enjuta y cuarteada, que me estiraba.

El chiquitín mayor, mirando al menor, le indicó:

—Saluda al… tío, hermanito. Ya ves, debe ser fotógrafo, ahí lleva su cámara.
Mirándome de frente con sus ojillos claros y limpios como el agua, perdiendo el temor y sonriendo un poquito, el infante me dio con ánimo su minúscula mano sonrosada y amoratada. Yo se la apreté amistosamente y le pregunte:

—¿Viejo, Cómo te llamas? ¿Dónde se dirigen a estas horas? Ya es tarde para que anden solos por aquí.


Pegando la mirada en aquel camino empedrado, luego colocándose a mi lado con afectiva confianza infantil y enarcando las pobladas cejas negras, con voz sobria y pausada, hablo:

—¡No soy viejo! no ve usted tío, soy totalmente un niño, me llamo Nicolás, y estamos cumpliendo una orden junto con mi hermano Teófilo.

Los mocitos, estaban llenos de polvo y mugre, despeinados y con la perlada frente húmeda a causa del sudor, transformándose en diminutas gotitas que resbalaban sobre sus caritas cárdenas. Traían sus ropas de percal algo ajadas y desordenadas. El hermanito menor tenía una pelota bajo los brazos, entonces me imaginé que habían estado jugando, en algún lugar, al futbol, que me hizo recordar mi pasada infancia. Del otro hermano, de su liliputiense y estrecho hombro pendía una soguilla delgada. El pequeño socio que escoltaba sus andanzas, dejo de ladrar. Instintivamente y de manera simultánea los tres nos sentamos bajo las sombras de un antiguo zaguán de una chacra. De sus gruesas aldabas,  aseguraba una delgada estaca. El perrito color marrón claro, despreocupado, hizo lo mismo, fatigado, movía su cola peluda, se tendió entre los 2 hermanitos. Por un instante reino un silencio misterioso, solo se oía a lo lejos el sordo canto del ruiseñor y percibíamos el viento frio que circulaba por aquel camino bordeado de pircas. Empezó nuestro corto diálogo: 

—¿A dónde se dirigen? Pregunte nuevamente, con curiosidad.

Teófilo, se puso de pie, extendiendo su enano brazo, señaló con el dedo índice de su manita, el lugar de la quebrada adonde se encontraban las plantas secas, respondió con voz apagada:

—Estamos yendo a recoger leña. —“¿Y tu padre donde esta?”  Nicolás el hermanito menor, respondió con un susurro —“Nuestro papá… nos abandonó” — “Se fue de la casa, con la hermana de mi mamá” —Repuso con voz entrecortada, Teófilo —“¿Y tu mamá?” —“trabaja vendiendo frutas por el rededor del mercado” —“¿Tu papá vive aquí?” —“No, no sabemos nada de él, ni él, de nosotros” —“¿Están estudiando?” —“Si, estamos estudiando, pero hace una semana que no voy a la escuela, estoy ayudando a mi mamá, se encuentra delicada de salud, Nicolás sigue estudiando” —Con ojitos dolientes, se miran ambos hermanitos. Alzo la mirada en dirección del vetusto árbol de aliso. No hago más preguntas.     
Percibí que mis ojos se nublaban, parpadee fuerte para que ni una lágrima ardorosa no brotara delante de los mocitos. Cavilaba, “¿Qué mundo es este? “ ¿Cuál será el destino de estos niños y de los demás niños de igual condición?”  Pensando de este modo, de inmediato, me desprendí del poco dinero que llevaba, colocándolo entre sus  encarnadas  manecitas de cada uno de los azarosos mocitos. 

Me despedí consternado, con el corazón oprimido de aquellos dos cándidos niños, pensando en su regreso. Sobre sus enjutas espalditas transportarían la leña, luego, ser atizados en el fogón, para preparar  una modesta cena  por la madre enferma o, quizás por los mismos desdichados críos.

Surgió en mí, muchas preguntas políticas y sociales. Usted amable lector se imaginará.

El Pichuychanca 
Chiquian 16 de marzo 2018




1) (Shulacos) Término quechua para referirse a la lagartija, familia de los reptiles 



viernes, 23 de febrero de 2018

Espectros, aparecidos y duendes…


Cada cierta noche, de preferencia los fines de semana, luego de escuchar la liturgia de las 7 de la noche celebrado por el anciano cura Tello, hombre a puertas de jubilarse de la orden de los “beatos”, infantes, adolescentes y jóvenes, abrigado con el poncho, se apelotonan debajo del techo del octogonal kiosco de la Plaza Mayor. Uno a uno se sientan muy juntos, hombro a hombro, sobre el piso helado. Sentados en la posición de yoga, les permitía narrar con cierta facilidad viejos y nutridos relatos, cuentos y leyendas oído oralmente de los labios del padre o parientes cercanos, luego del almuerzo o de la cena. En otro momento quizás por el hermano mayor. Incluso entre niños se relatan, a su manera, cuentos que estremecen su microscópico cuerpo mirándose uno al otro con ojitos de pavor.

Al momento de escuchar, con enorme atención, el relato de uno de los narradores, de una trágica leyenda o de dramáticos cuentos de aparecidos, espectros, ánimas y duendes, la luz mortecina, que iluminaba la calle comprimida, avivaba sombrías siluetas amorfas. Las personas, con pasos ligeros, se dirigían a su domicilio. El pueblo, el angostillo y la periferia quedaban en completo silencio.  

En la callejuela, no entraba la luz ni del tamaño de la punta  de una aguja. En el patio, ceñido y opaco, la ropa tendida en el cordel se mece monótono al compás del insomne y misterioso viento. En las arterias, la brisa nocturna arrastra todo lo que encuentra a su paso; hojas secas, papeles y demás objetos que parecen animales noctámbulos caminando en busca de comida o a seres inanimados deslizándose al ras del suelo. En calle, muda en extremo, se halla el charco de agua cristalina que reflejan imágenes difusas de aquel que pasaba por su lado. La luz lánguida de los focos ambarinos, proyectan sombras indescifrables y brumosas. En el huerto y el jardín, los grillos corean de tal modo que se asemeja a una marcha  fúnebre. La rosaleda, cabecea quejándose con imperceptible e  insondable murmullo.

Luego de haber prestado oído, con absoluta abstracción, las narraciones sobre aquellos seres fantasmales, de los aparecidos de alma en pena, que camina por la calle oscura buscando algún refugio, de los pequeños encantadores y rubicundos hichiculgos que emergían misteriosamente de entre las aguas de la cascada de Usgor con el fin de llevarse a los niños quien sabe a dónde. Todos los presentes cruzaban miradas de angustia y de nerviosismo, preguntándose cada uno de ellos “¿ahora como regresamos a casa?”. 


Uno tras otro se incorporan. Desde aquel singular y frio kiosco, divisan con estupor por el rededor de la Plaza Mayor, vacío y en sepulcral silencio. De las aristas, solo se asomaba el viento nocturno y hosco que incitaba susurros tenebrosos… “saz-saz-saz”… de la copiosa copa de los 4 longevos árboles. De la pileta se escuchaba el chapoteo lánguido de las gotas agónicas del agua que se desplomaban… “tac-tac-tac”… sobre la  redonda alberca. 

A pesar de la escasa luz, los intrépidos oyentes de las estremecedoras narraciones, ven uno al otro el rostro insepulto. Apoderándose de ellos, aún más, el pánico.   
 
Tres oyentes, de 16, 14 y 12 años,  agitado y teneroso, regresan a su casa por calles pardas y sin vida, para mala suerte, vivían en distintas direcciones. 

Resulta fácil de comprender, sobre los acontecimientos que sucederán, sobre el retorno de aquellos jovenzuelos rumbo a sus hogares… 

El mozuelo de 16 años de edad, traía puesto un abrigo negro, y sobre la cabeza el sombrero del mismo color de ala  y copa corta. Cauteloso, anda por la agónica calle. Cuando percibía el menor ruido, se detenía con ojos angustiados y el corazón le palpitaba a toda prisa, pum-pum-pum, y cerrando los ojos pensaba, “debe ser un espectro”. Esto le ocurrió más de una vez… en el trayecto de regreso a su casa. 

…Llega a la entrada principal de su morada, agitado, con la mano temblorosa, del bolsillo extrajo la llave y abrió el zaguán, que crujió con hondo dolor. Cuando se disponía pasar, de pronto, vio que del fondo del enlutado patio del lado izquierdo, venían a su encuentro varios cuerpos flotantes, “¡son los espectros!” caviló para sí mismo. En un santiamén cerró la puerta. En la estrecha vereda de la calle, turbado, apoyó su enjuta espalda contra la puerta. Pálido de miedo, pensó: “¡no me puedo quedar aquí, en la calle, con este cruel frio de la noche!”. Desenterrando el pavor, decidió  abrir la puerta, ni bien lo traspuso, ¡lo cerró!, y, mirando de frente, ¡exclusivamente de frente! corrió, corrió como un ciervo huyendo de miedo y del peligro que le acecha el tigre, en dirección a la escalera que se hallaba al lado derecho del patio. Desesperado y sin miramiento, sube por las gradas. Al alcanzar el último peldaño, de repente, percibe que le quitaban el sombrero, se detuvo por milésimas de segundos, llevó la mano, temblorosa de sobresalto, a la cabeza y, efectivamente el sombrero ya no estaba en su lugar, sentía morirse de horror. Reanudó su carrera y entró al cuarto, prendió la luz alicaída y sin desvestirse se tendió sobre la cama cubriéndose totalmente con las gruesas frazadas. Temblando del espanto, logro conciliar el sueño por largas horas. 

Se despertó todavía, soñoliento y asustado. Con lentitud, procurando no hacer ruido, abrió la puerta, estiró el cuello y aguaitó. Con temor traspasó la puerta, dio dos pasos y del balcón observó que las camisas tendidas sobre el cordel, pendidos de los colgadores de ropa, se bamboleaban con languidez causados por la suave brisa de la mañana. Luego direcciono la mirada sobre el piso del patio, para su sorpresa, el sombrero estaba tendido con la copa que miraba hacia arriba y en dirección a la escalera. Cuando se disponía bajar, observo el cordón de luz desprendido y suspendido de entre la pared y el soporte del balcón. Caviló, “¡El que me quito el sombrero anoche, fue el cordón!” y “¡El cuerpo flotante, los espectros, que vi, fueron las camisas tendidas!” “¡Que susto que me pegué,  todo fue una ilusión! 

Contado por Ulises Zúñiga Gamarra.


El segundo oyente, de manera discreta y con inquietud, momentos antes se había apartado de aquella asamblea
de narraciones mágicas e inexplicables. Acompañaba a una guapa mocita que la pretendía. De modo receloso, ambos caminaban por las despobladas calles. Mientras se desplazaban al domicilio de la pretendiente, escucharon el canto del malagüero paca-paca, posado en la pico del tejado rojo. Cuentan que cuando vadea la apretada y lóbrega calle con su llanto, “pacapacapaca”, anuncia la muerte de la persona. Con el cuerpo escarapelado, los ojos turbados, por debajo del poncho de lana, la doncella se aferró de la delgada mano del mancebo, sintiéndolo igualmente tembloroso. Apoyó su frágil cabeza sobre su hombro. Estimulado por el soplo del viento frío de la noche, el cabello negro azabache y rizado arrullaba el rostro del angustiado enamorado. Olvidando por un instante la angustia y  el pavor que le abatía, abrazó  y besó los frescos labios carmesí de la damisela.

Con extremado desasosiego, trajinan, de modo sutil, cogidos de la mano, por la inclinada y velada calle. Los pies de los flamantes enamorados, con el rostro lívido, les parecían flotar sobre el empedrado suelo y el cuerpo lozano impalpable. En medio de esta peripecia, por fin llegaron a la vivienda de la chica conquistada. El susto por lo que les atormentaba en ese momento, no había tiempo para hablar del flamante cariño que se profesaban.  El galán se despidió con un palpitante y prolongado segundo beso. 

De pronto, franqueó un ventarrón que hizo crujir las gruesas ramas del viejo árbol de  eucalipto, ubicado al borde del camino. Al poco rato se produjo un  silencio sobrenatural. De una de las casas, del barrio de Jupash, detrás de los cristales de la pequeña ventana, de un candelabro, en la forma de un  tridente, tres cirios que ardía sin fuerza, en un santiamén se apagó y el tragaluz chirrió como si alguien lo hubiera cerrado. “Son los murmullos de la noche, los murmullos de los aparecidos”, pensó el embelesado muchacho, con asombro. Erizándole los moños, su semblante expresaba temor e impotencia. 

Se echó a caminar, casi corriendo, por el declive de la inexpresiva y sibilina calle, A una distancia de una cuadra y media, avistó una silueta. Cada vez que se acercaba, la silueta en la forma de un toro, hacia lo mismo. Cuando se detenía, el toro corpulento retrocedía, imaginaba que se preparaba para embestirlo. El aire nocturno y  gemidor hacia un zumbido escalofriante, luego ceso por un momento, el silencio resultaba aún más dramático  Tenia el entrecejo plegado y el rostro consumido y cadavérico como una cera. El mocito asustado, susurro una súplica. 


Decidido de ganar al miedo, volvió a caminar. Cada vez más cerca, la silueta del corpulento toro dejó de ir a su encuentro, tampoco retrocedía. Aterrado, detuvo los pasos, algo extraordinario sucedía, de a poco el enorme espectro se aplanaba. Cuando llegó al lugar, con el corazón palpitando, pudo observar aquella sombra, no era más que un largo y ancho charco de agua cristalina alumbrado por la luz mortecina del foco colocado en la cima del poste de madera. De la orilla, observó su propia y opaca imagen. De pronto sopló el viento, ondeando la mansa agua que deformó su perfil, en seguida, de modo violento, crujió un pesado zaguán. Una vez más el pavor se apoderaba de él, y se echó a correr y correr, imaginándose que del charco de agua surgiría el toro corpulento y real. Con esta idea, jadeando y blanco, llegó a su casa. 

Contado por Perching Vílchez Romero.

Por último, nuestro cándido pimpollo, del que nadie se percató de su presencia, mejor dicho, pasó desapercibido por la mayoría de los adolescentes que más se preocupaban por su propio interés de como volver a su casa en medio de aquella lúgubre calle, de cuyos quinqués irradiaban agonizantes luces, en donde reinaba la quietud absoluta e indescifrable. 

Con pasitos contenidos, arrugando el minúsculo hombro, caminaba solitario, rumbo a su casa. Regresaba con la mirada intensa e inmóvil sobre el suelo empedrado y con el semblante lleno de pavor, pálido como el de un pequeño difunto. No había a quien acudir por ayuda. En ese intervalo, sopló el viento nocturno golpeando su rostro aterido y haciendo bailar el ponchito sobre sus fornido cuerpito. De repente, crepitó un ventanal del segundo piso de una casa, cerca de la calle transversal. Levantó la mirada, poseído de estupor,  se imaginó observar un objeto blanquecino no identificado que cruzaba a toda prisa al ras del suelo de aquella lúgubre calle. De tanto haber escuchado, con suma atención, el cuento de aparecidos y duendes, con temor, pensó que era uno de ellos. 

Sometiendo al miedo, y adquiriendo valor, la única arma para salir de cualquier peligro y de un susto, estar en un lugar libre, sin dudar, mejor es echarse a correr. El mocito se echó a correr, lo más que pudo, en medio de la calle grisácea y tétrica, el ponchito, sin darse cuenta, se extendía como las alas de un murciélago. Al llegar a la entrada de su casa, por donde tenía que pasar por un largo y obscuro callejón, temblando de miedo, se detuvo, al darse cuenta que un par de objetos, a una distancia de diez metros, brillaban de manera intermitente desde el viejo y trepidante zaguán. Colmado de miedo, conjeturó, que eran los ojos del duende que le estaba esperando para llevárselo. De pronto, el brazo de la puerta se abrió y emergió un resplandor iluminando todo el aterrador callejón, hasta entonces, en completa oscuridad, gritó con vocecita estentórea: 

—¡Mamá-a-a-a el duende me quiere lleva.a.ar! 


Alargando la letra “a” hasta su último aliento, se puso a llorar a lágrima viva. La madre que en ese momento salía a buscarlo, reconoció la voz del crio y corrió para arrullarlo y cobijarlo bajo el caluroso
abrazo maternal y protegerlo del pánico que le abrumaba. El infante, agarró fuerte la mano de la madre, traspasaron aquel callejón ayudados con la luz de la linterna. Del jardín iluminado por la luz deprimida de la bombilla, escuchó una canción monótona y triste del grillo, el manzano cabeceaba susurrando con desazón. La madre, que acariciaba y mecía el liliputiense cuerpo, trataba de explicarle de lo que había visto eran simplemente luciérnagas que se habían prendido en la puerta y que los duendes no existían, solo eran cuentos. El asustado crio, se durmió en el regazo de la madre. 

Contado por Hugo Vílchez Romero.
  
El Pichuychanca
Chiquian, 23 de febrero 2018