lunes, 22 de agosto de 2016

Los angelitos y el bandolero Luis Pardo.


Zócalo de Chiquián reformado, Unos se preguntan, ¿dónde se fueron los angelitos? Otros, ¿Que hace nuestro bandolero Luis Pardo en el centro de la plaza?


Hemos crecido en medio de  muchos mitos, leyendas,  pero  también   hemos  crecido  y  olvidado de crear conciencia al poblador, al ciudadano de  a pie,  sin valores, en lo que respecta a la educación por la cultura ,  que sin darnos cuenta, consciente o inconscientemente,  no lo tomamos muy en serio o miramos a otro lado.

Cada vez que hacemos una observación o una crítica (constructiva,  entiendo de esta manera)   lo hacemos comenzando de la parte intermedia,  cuando deberíamos partir desde sus raíz, en este caso, los verdaderos problemas  es que se carece de una educación eficiente, por lo tanto, nuestra formación como personas será el resultado de faltar el  aprecio al semejante, a nuestro pueblo, a nuestro medio ambiente.

Por otro lado, Tanto los residentes, como los visitantes,  atreves de sus autoridades, y con una partida especial, permanentemente deberían mantener el ornato y la arquitectura de nuestro añorado pueblo.


  Particularmente hago llegar mis felicitaciones al Sr. Alcalde Don Aníbal Bazán Alvarado y a su Plana Administrativa, por atreverse a  remodelar el Zócalo de Chiquian, y a los pobladores  en general, como los que nos encontramos lejos de ella, tener un poco de paciencia, así como el novio y la novia una vez casados y disfrutado  de su luna de miel,  esperan pacientemente  nueve meses, para ver el fruto de su amor, de la misma manera las flores y las rosas, de la Plaza de Chiquian, florecerán  a su debido tiempo.


Por último,  pedir al Sr. Alcalde, tomar en cuenta el clamor de los ciudadanos, a través de una consulta ciudadana, o sin tanta burocracia restablecer, lo más pronto posible, los angelitos en su lugar de origen. 
   
Después de todo, muy buenos días.
        
El Pichuychanca.

sábado, 20 de agosto de 2016

El canal de Jupash y la lavandera.

Canal de Jupash. Oleo, Máximo Ñato G

La señora Francisca xx, se gana la vida lavando ropa, además, lleva una cruz por el marido, insensato y alcohólico, que la agrede y la violenta cada vez que bebe. Después de todo, No hay tiempo que perder, a primera hora luego de amanecer, tesonera, ya se halla de pie con el fin de realizar las faenas cotidianas de esposa resignada y a la par de madre cariñosa, atenta y responsable con el objeto de conseguir las necesidades más significativas del sencillo y conflictivo hogar.        

En el atractivo pueblo incrustado entre encaramados cerros y cascadas, los habitantes aún duermen apaciblemente. En este halagüeño pueblo, donde reina una armoniosa quietud, Francisca xx, la lavandera, anda con pasos finos por las calles apretadas, alumbrado por el  foco que proyecta una luz amarilla y alicaída. En su andar, se topa con algunas personas conocidas, se han levantado temprano igual que ella. Saluda con cordialidad a cada uno de ellos. La fría ventisca que franquea la calzada, fustiga su delgado rostro. Más adelante, oye los primeros gorjeos de las avecillas, posado en el alero de la casa de uno y dos pisos. A medida que las tres agujas del reloj marcan el tiempo inexorable, arriba, en el cielo azulino, la caravana de estrellas centellantes, que durante toda la noche alumbraron como si  hubieran vigilado al dormido pueblo, se extinguen poco a poco. Ahora, sumisos, dan permiso a la luz dorada  del sol que emprende a dibujar siluetas de la majestuosa cumbre y el manto blanco de la Cordillera, de los imponentes cerros de singulares formas. Entre tanto, en los rededores del pueblo, la copa de la frondosa  arboleda, se inclina con el fin de saludar al primer caminante que desfila debajo de la copiosa rama que bisbisea y coquetea con el viento otoñal.

De pronto llega al lugar indicado, toca la puerta: —Tac-tac-tac... 

Del el otro lado, la dueña de la casa, que desde la madrugada se encuentra en plena faena, de barrer el patio y arreglar el jardín, con voz amable y querendona, contesta:  

 —¿Quién es?  

—Soy yo, la Señora que ha venido a lavar la ropa —responde con tono callado, detrás de la chirriante y arcaica puerta. 

La Mujer de unos 45  años, rostro ovalado, de ojos negros almendrados, uno de ellos ligeramente tumefacto, trae puesto el sombrero negro en la cabeza de donde sobresale dos largas trenzas que oscilaban sobre sus delgados hombros. El pañalón, color marrón, protege su menudo cuerpo del penetrante frio madrugador. Con cierta ansiedad, espera que le abra la puerta.


La señora, dentro de la casa, dejando de lado los quehaceres, camina directo a la puerta, respondiendo con tono de cordialidad:

 —Un momento, ya voy. —al llegar al límite de la casa, se dispone a retirar la menuda tranca que sirve de seguridad. Abre el quejumbroso zaguán y la recibe con una angelical sonrisa, meneando la lívida mano y con voz cariñosa, le invita a pasar: 

—Adelante. 

—-Gracias —responde la señora, ingresando  con pasos contenidos. 

Francisca xx, la lavandera, comenzando a ser una doncella, queda huérfana. Tiene dos hijos a quien sustentar. Está casada con un hombre alcohólico. El día anterior, por la noche, llegó  ebrio y desalineado, luego de haber estado vagando todo el día de taberna en taberna, ingresa zigzagueando por el estropeado zaguán  de la casa y atraviesa el patio empedrado en medio de la penumbra. Con ojos turbios e irrisorios, sentado en un rincón lóbrego del comedor, iluminado por un lamparín colgado de una viga, vocifera:

—¡Quiero mi cena! 

Los hijos de 10 y 8 años de edad, alarmados por el grito destemplado del iracundo padre, se despiertan. Apresurada, la esposa va a la cocina y luego de unos breves minutos, regresa con un plato humeante de sopa de harina de habas acompañado de unos trocitos de papa. El marido, con ojos ondeantes, observa por unos segundos, la comida posado en la mesa cubierto por un mantel. Tambaleándose, se incorpora. Su cuerpo descarnado oscila como el péndulo de un reloj de pared, reclama una vez más, con un tono de violencia:

—¡Solo esto hay para comer! 

Momento en que le da una cruel golpiza con su villana mano en la parte superior de su rostro haciéndola trastabillar. Los hijos, al observar esta desagradable y violenta escena, impotente y desesperada, solo les queda correr a los brazos protectores de cariño y amor de la madre agredida, desesperados empiezan a llorar, de miedo y de desamparo por parte del padre beodo que vuelve a sentarse sobre la estridente y tornadiza silla. Extendiendo sus flojas y escuálidas piernas, mirando al techo y el lamparín en donde circunvalan y vuelan zumbando las mariposas nocturnas, se queda dormido. 


En algunos hogares, los miembros que lo componen son considerables, muy numerosos. La madre o el padre trabaja como maestro o empleado público, se dedica a la ganadería, la agricultura o a un negocio u oficio. De esta manera, no alcanza el tiempo conveniente a fin de afrontar las labores diarias de la vivienda. Por lo tanto, necesitaban el apoyo de las señoras laboriosas, expertas y dignas que se dedican a la noble labor de lavar distintas piezas de ropa sean estas grandes pequeñas, gruesas; como chompas, pantalones, frazadas y colchas. Eran en vedad heroínas anónimas soportando el punzante frio de la mañana para ir a lavar por los rededores del pueblo y de esta manera amparar, ellas solas, su modesto hogar.

Su dedicada misión por lavar la ropa, tenía un precio establecido y cobraba por docena. El convenio es que tenía que devolver la ropa el mismo día en que se lo llevaba con el propósito de lavarlo, por lo tanto, debían acercarse a la casas de las señoras que solicitaban sus servicios  lo más temprano posible con el fin de acarrear las docenas de indumentarias, de este modo, cumplir y terminar pronto su esforzada y digna tarea. 

Una vez contabilizada la ropa lo coloca sobre el acu* tendido en el piso y de manera simultánea acomoda su herramienta de trabajo, el mazo, que lo traía camuflado y envuelto dentro de una bolsa de tela. La lavandera se posesionaba de cuclillas para unir las dos puntas extremas una de la otra, luego, agarra las otras dos crestas con ambas manos curtidas de tanto refregar las prendas húmedas, con habilidad, en milésimas de segundo, lo hace surcar por los aires en la forma de una parabólica y horizontal, encajando con precisión sobre su enjuta y cansada espalda, quedando como un morral.  

Sobre su consumida y doblada espalda, posa el morral. Con los accesorios y algunos recipientes necesarios debajo del macilento brazo, marcha con trancos pesados rumbo a los remotos y conocidos puquiales de Oro puquio, Parientana o al conducto de Jupash. En este último lugar da la sensación que fue construido especialmente para estos menesteres, de lavar la ropa. Un canal muy acogedor y símbolo de un típico pueblo alto andino. Una vez designado el lugar donde se sentía más cómoda, empezaba su sacrificada labor. 

Si el punto elegido era el canal de Jupash, tenía mayor desenvoltura para ejecutar su actividad por ser un espacio amplio y propicio. El canal estaba ubicado, con exactitud, en el centro de la sugestiva y estrecha calle Figueredo, con un vistoso y particular declive  de 100, 200 metros de largo. La obra efectuada, todo hace pensar y las evidencias lo demuestran,  que fue construido con perseverancia, sabiduría y estética por hombres anónimos, verdad es que no tiene una fecha exacta, más se cree que data de los tiempos de las primeras migraciones de los centros poblados de Matara y sus rededores.  El agua que recorre raudo y rumoroso por el llamativo canal, construido a base de piedras llanas, provenían del próvido manantial de Parientana y la acequia de Fragua. En la orilla de este chillón canal, se encuentra estacionado en hilera, desde tiempos prístinos, 4, 5 enormes  bloques de piedra rectangular cuya cresta era ligeramente plana.


A lo largo de este atractivo canal, desde las primeras horas del día, de preferencia, los sábados y domingos, Francisca xx, junto con sus compañeras del mismo oficio, comenzaban a cumplir su penosa y noble faena. Cuando por alguna circunstancia llegaba tarde, una de ellas, que parecía ser la que comandaba al grupo de lavanderas, sin moverse del lugar que ocupaba, en medio de una batahola y el alegre rumor del agua, con voz barroca, decía:  

—Hay que desplegar un espacio para nuestra querida panchita, hoy vino tarde porque seguro tuvo pleito con el marido pendenciero. 

El cuchicheo llegaba en segundos de la primera a la última de las lavanderas que estaban en fila, al borde del canal. Cuando las mujeres empiezan a hablar no hay quien las pueda detener. La comidilla continúa…Una señora bajita de ojos adormilados, de tez requemada por los agudos rayos del sol, se acerca por encima del hombro de la amiga que está al lado derecho y le susurra en tono de misterio:

—Me han contado que el fulano de tal, al zonzo vivo ese de…dicen que ayer le han visto… con… esa que no mata ni una mosca.

Al enterarse del chisme, la amiga, sorprendida, abre los grandes ojos pardos y lleva al instante, sin darse cuenta, una de las manos mojadas con la espuma del detergente a la boca, luego de unos segundos, limpiándose el borbollón del rostro cobrizo y redondo, responde con voz débil:

—No lo puedo creer, no. 

Más la mujer bajita, con pasión y metiendo cizaña al asunto, alza la voz que las demás lavanderas del frente, de la otra orilla, levantan la cabeza y agudizan los oídos, queriendo enterarse de la nueva maledicencia, objeta: 

—¡Pues créelo! Eso es lo que me han contado… 

—¡Ay! ¡Quién se lo iba imaginar! —La amiga, aún incrédula, hace una pausa y luego agrega: 

—Sabe qué, para creerlo, tendría que verlo con mis propios ojos.   

El canal de Jupash, en medio del alboroto, era el lugar apropiado donde nacían las primicias de los principales sucesos, el comadreo de uno y de otro personaje del pueblo.                               

Mientras tanto, Francisca, virtuosa lavandera, apremiada, vierte el detergente en la tina, llena de agua, con el propósito de introducir y extraer constantemente las prendas. Y con empeño, emprende a restregar las piezas, terminando por acostumbrarse a la intemperie y al agua frígida de la mañana cuando apenas surgía el sol por el horizonte, detrás de la  inalterable Cordillera. Cuando la faena se hace ardua y embarazosa, llegaba el momento oportuno para colocar las piezas gruesas como las frazadas, colchas, cortinas, manteles, empapados de detergente sobre la cima de la colosal piedra. Mientras el maligno sol se desplazaba, con lentitud, arriba en el integro  espacio azulenco, los rayos hirientes quemaba el rostro de la lavandera. Sin amilanarse blande entre las manos, congeladas y aguerridas, el macizo mazo de madera que lo levanta una y otra vez sin descansar ni flaquear, con el objeto de  golpear, con todo su aliento y su fuerza femenina, encima de las prendas pesadas…plash-plash-plash… salpicando el agua helada, con las blancas espumas del detergente, en su ovalado rostro y en el  feble cuerpo, cubierto por un delantal. De esta manera, extraía la mugre. Momentos después, sacando fuerzas de flaqueza, enjuaga, exprime y sacude las piezas gordas y enormes para  tenderlos en lugares especiales y exponerlos bajo los potentes rayos del sol para que se secara lo más pronto posible. 

 El Pichuychanca.

Chiquian, 16 de enero 2016.



 


martes, 16 de agosto de 2016

Magia y misterio de la Cordillera de huayhuash

Que privilegiados somos de ser bolognesinos y haber crecido en medio de esta  magia de la naturaleza, que de ella  nacemos, en ella vivimos y a ella en el tiempo retornaremos , más ella, seguirá exitiendo...

P/D En el primer video hacer un clic
Luego otro en donde dice: MIRAR EN YOUTUBE. 

Espero que lo disfruten.


El Pichuychanca

miércoles, 3 de agosto de 2016

Panoramas de mi pueblo I


El atractivo pueblo de Chiquián, capital de la Provincia de Bolognesi, a 3,200 msnm, está ubicado al sur de Ancash a 2 horas 1/2 de viaje de Huaraz y  8  de Lima, capital del Perú.

Chiquián, pueblo mágico, mecido sobre blanda meseta, se encuentra rodeado de la hermosa  Cordillera de Huayhuash,  con atractivas  lagunas que cambian de color según la posición del sol y la estación del año; cuyo nevado, el enigmático Yerupajá, es el segundo más alto del Perú y de cerros piramidales que guardan restos precolombinos. De la insondable quebrada de Usgor, emerge la  llamativa cascada del mismo nombre. Caminando por este paradisiaco paraje, a veinte minutos del pueblo,  se aprecia el precioso valle de Aynin.  

Chiquian, produce uno de los mejores  quesos y la mantequilla de toda la región de Ancash.

El Pichuychanca.

Chiquian, calle Tarapacá julio 2017


Aquí algunas fotos recientes 

  

Contemplando la mágica alborada. 

El pueblo sigue durmiendo. Yo le robo su profundo sopor. 


En la madrugada, un misterioso silencio corre por el zócalo


Remanso y paz en las noches mudas del zócallo.



















El Pichuychanca.

miércoles, 27 de julio de 2016

Oda para el maestro.


Wamanchuri, cuyo nombre significa hijo del halcón, aguzaba los cinco sentidos con el fin de vigilar la manada de ovejas, de esta manera, evitaba que se aislaran uno del otro.  La tarde poco a poco comenzaba a inclinarse y el cruel frio se asomaba por todos los resguardos de la estepa. De los densos nubarrones bajaba una ligera llovizna, regando el extenso prado. 

El colorido gorro, forraba la cabeza, las orejitas ateridas y parte del rostro encarnado de Wamanchuri. Originado por la brisa seca, el pómulo y la comisura de la boca reflejaban ranuras sinuosas y tenía el labio amoratado. El ponchito que pendía del diminuto hombro, provocado por el aullador viento, de vez en cuando flamea como una bandera. El grueso pantalón de percal abrigaba las pequeñas piernas y los calcetines de lana los tenaces pies donde estaba encajada la ojota. En la manita yerta, sujetaba una vara vieja de eucalipto con el objetivo de guiar a las ovejas de un lugar a otro. Cuando cruzaba arroyos, riachuelos y charcos de agua, de pronto se animaba a cantar…

Cumbres blancas, montañas mías / Ríos, lagunas, estepas mías / cubierto por negras nubes, /  Ustedes, serán eternamente  mis compañeros…

Wamanchuri, de voz parecido al trino de un jilguero, a veces  interrumpía su entonado canto, no porque quería dejar de cantar, si no, porque, presuroso y preocupado, marchaba tras de las ovejas que se alejaban del rebaño, o se sentía agotado de andar largos trechos.

Luego, de carraspear su menuda garganta, ajustar sus finas cuerdas vocales, continuaba con la siguiente estrofa. Entonces, desde lo más profundo de su  lozano y gallardo pecho, cantaba con voz vibrante y quejumbrosa que hasta el inmenso páramo se estremecía.

Cumbres blancas, montañas mías…/ compañeras de toda la vida/ Son ustedes la cuna de mi infancia/ La patria de mis  ancestros…

Sus ancestros dedicados al pastoreo como la mayoría del medio millar o quizás más de los pobladores que habitaban en la pequeña aldea, donde las casas se ubicaban un tanto distante uno del otro, jamás recibieron ninguna instrucción educativa. Eran obligados a pastar o forzados a trabajar en las haciendas bajo la orden del capataz, Sinforoso. Éste, con ojos dominantes y mirada furibunda, rostro ovalado y nariz prominente, de carácter irascible, cada vez que llegaba a la aldea montado sobre el caballo negro, que le aplicaba severos latigazos en las ancas, desplazándose frente a los sumisos aldeanos, increpaba: 

—¡Ustedes, nacieron con el objetivo de ponerse bajo la orden del amo, los hijos de ustedes no tienen necesidad de ir a la escuela! ¡La educación es solo para los descendientes del patrón!, ¡vosotros viven para servir al señor! ¡A trabajar zánganos de…!  


En la cercanía de la aldea, junto con los amigos, el pequeño apacentador sentado en  prudente distancia sobre la pirca y debajo de la sombra de un viejo arbusto, con el bracito cruzado sobre el minúsculo torso, al ver este alboroto, se le estremeció el cuerpo. Temeroso, encogió los hombritos al oír la ofensa lanzada por el servil y despótico capataz,  

Cuando Wamanchuri apacentaba la piara de ovejas, en  fresca y apacible mañana, de pronto logró distinguir, lejano, a un extraño que caminaba directo a la aldea. El foráneo, detuvo su agotado paso, al ver alrededor suyo descubri. la presencia del pequeño pastor y decidió acercarse con el fin de saludarle. El piadoso corazón de Wamanchuri presentía algo extraordinario. Cuanto más se acercaba el desconocido, su ser se agitaba, le vibraba el cuerpo, no porque sea de frío o de susto, sino porque se sentía atendido, que le daban importancia. En otras ocasiones los extraños que llegaban, en seguida se volvían sin tomar en cuenta ni consideración a los niños de la aldea. 

Al hombre ignoto de contextura mediana, que aparentaba tener 25 años, el sombrero negro de alas cortas le cubría su cabeza, el capote verde olivo, el pantalón del mismo tono, ajado por el tiempo y el uso, los negros zapatos, empañados de polvo, arrebujaba su cuerpo enjuto. Cuando llegó frente al ovejero, sonriendo le tendió su ancha  mano, él dudó por unos segundos, que le parecía interminable. Nervioso, no sabía con qué mano corresponder el afable saludo de aquel hombre, que  con tono animoso preguntó:  

 —¿Cómo te llamas?

 —Me llamo… Wamanchuri  —contestó turbado y voz  temblorosa, bajó la mirada y meció  de un lado a otro su vieja vara de eucalipto sobre los pastos frescos. 

—Sé lo que significa tu nombre, —le dijo en tono afable, y continuó—  el mío es Amaru  — soltando un gesto de confianza, prosiguió la apacible plática:

—Sabes, he venido aquí, con el fin de construir la escuela, me designaron como maestro para enseñar a los niños de tu aldea. —Wamanchuri, que oía con suma solicitud, de modo espontaneo y agitado, no vaciló en abrazar a aquel desconocido, que más adelante sería su maestro.  

Cuando el sol se hundía en el horizonte y la cálida tarde ponía fin a la placentera platica, decidieron regresar a la aldea. El violento viento golpeaba el rostro del futuro alumno y del flamante maestro. En medio de la estepa, sombría y silenciosa, la multitud de lúcidas estrellas, la luna pálida, que de pronto aparecía en los hondos huecos del cielo, adornado de escasas y suaves nubes como copos de algodón, eran testigos del afortunado encuentro de aquellos dos seres que el destino les había alineado en su camino.  

Al día siguiente, el rocío, tieso, brillaba sobre los pastos verdes. Los patos silvestres y las aves canturreaban, despertando a los aldeanos. Las pequeñas ovejas balitando me-me-me buscaban a la madre, estas acudían rebosantes para amamantarlos. La primera luz del sol se desplomaba sobre la gélida aldea.      

Los aldeanos, realizaban una decisiva asamblea, entre acuerdos y discrepancias. Uno grupo se oponían a la construcción de la escuela, exponiendo razones sin fundamento alguno. Uno de ellos, que objetaba o discutía por alguna generosa acción para el beneficio de los habitantes de la  aldea, increpó al nuevo maestro y le habló en tono displicente: 

—¿Para qué necesitamos una escuela? Somos gente del campo y laboramos para nuestros amos, ellos que escriban y lean, nosotros vivimos de nuestro trabajo, ¿Para qué enviar a la escuela a los hijos? Ellos siguen nuestros pasos como ha sido siempre…de hace tiempo…

El maestro, ecuánime, sin alterarse, pero sorprendido de oír argumentos tan frágiles, lanzó un hondo suspiró, observó con extrema compasión a cada uno de los aldeanos. Sereno, impuso su autoridad y decidido hablo con voz  penetrante: 

—El Comité Distrital y Regional, por Asamblea General Extraordinaria, dispuso que los niños de esta aldea, de inmediato, deben ser educados, con ese objetivo me enviaron aquí. Los que estén de acuerdo con este mandato, mañana empezamos a construir la escuela. Y los que no desean, pueden continuar con sus labores cotidianas, al fin y al cabo, más tarde que nunca, comprenderán el esfuerzo que hoy iniciamos a erigir el futuro luminoso de vuestros hijos. —de este modo, dio por concluido su convincente y breve intervención.  

El maestro, de regreso, por el camino polvoriento, cavilaba “la decisión de pocos hombres conscientes, es decir, la calidad, mas no la cantidad, está al servicio de la sociedad, para  transformar el futuro de la comunidad”. Al día siguiente, al frente de su casa, se presentó un reducido grupo de aldeanos cargando los azadones sobre el hombro. Junto con el nuevo maestro, con fervor y resueltos, marcharon al lugar indicado. Todos los días, por la mañana, con tesonero esfuerzo, sobreponiéndose al cansancio a veces olvidándose de comer, adobe tras adobe, levantaban los modestos muros, colocaban las vigas, las ventanas y las puertas. Semanas después, afloraba la  flamante escuela.

***


A todo esto el tiempo corrió como una angustiada gacela. Circulaban comunicados, avisos, anunciando la inauguración de la renovada escuela, de amplios patios y salones. Se enviaban telegramas a los ex alumnos, ex maestros, que se encontraban lejos de la crecida, y anchurosa aldea. Alguno de ellos respondía con saludos y felicitaciones por tan importante acontecimiento. Durante días los directivos deliberaban, con intenso ardor, designar el nombre adecuado para el nuevo centro educativo.

Un día antes de la inauguración llegaron los invitados de honor, ex maestros y alumnos, entre ellos, Wamanchuri, ahora destacado pensador, especializado en ciencias sociales y filosofía, enseñaba en una de las universidades de mayor prestigio del país, además solicitado y requerido para dar conferencias en diferentes instituciones. De igual manera, a este magno evento, entusiasmados, concurrían  los sencillos  pobladores.

Los invitados, toman sus respectivos asientos. La concurrencia, apurados, acuden en masa al trascendental acontecimiento para toda la aldea. Al llegar al flamante auditorio, buscaban un lugar donde sentarse con comodidad. Uno de ellos, Wamanchuri, mira con agudeza, ora aquí ora allá, para ubicar al maestro que deseaba verlo de hace mucho, mucho tiempo, pero el agitado y absorto trabajo se lo había impedido. 

Antes del inicio de la ceremonia de inauguración, Wamanchuri, de nuevo, se puso de pie. Con los almendrados ojos, ansioso, miraba el auditorio de extremo a extremo. De pronto, vio a un anciano caminar con lentitud, auxiliado por el bastón. Su rostro estaba surcado de imperceptibles arrugas por el transcurso del inexorable tiempo, tenía el cabello cenizo. Su corazón se estremeció, como cuando estaba en el páramo de aquel tiempo lejano cuando lo vio por primera vez. Reconoció a su entrañable preceptor, quiso correr para abrazarlo, pero se contuvo. Espero  que tomara asiento, cerca de la última fila del auditorio,

El discípulo estaba en la orilla opuesta, dos filas más adelante. De vez en cuando tornaba su cerviz para verlo, y cada vez que lo veía, su corazón latía, colmado de emoción. Veía a su maestro, cual hombre que ya llevaba los años sobre el hombro, pero a pesar de todo advertía que seguía siendo el  mismo maestro que trasmitía paz, solidaridad, sencillez y sensibilidad humana. Jamás se olvidó de estas cualidades de su tutor que ahora estaba, después de largo tiempo, muy cerca de él.

El Director y algunos invitados, en plena inauguración, propusieron, con elección, que nombre elegir para la reformada escuela. Los presentes, proponían nombres de sabios, científicos, escritores, todos ellos, en su mayoría extranjeros y, un número reducido de personajes tan importantes del país,  de la región o del mismo lugar.


Wamanchuri, con paciencia, escuchó todas las mociones para elegir el nombre que llevaría la escuela. Giró la cabeza y, con aquellos ojos grandes, vio a su mentor con profunda gratitud.  Otra vez quiso correr para abrazarlo. Se contuvo una vez más. Se incorporó y pidió la palabra. En ese instante recordó la voz de su maestro, cuando pidió  ayuda a los aldeanos para construir la escuela, su corazón embalsado de emoción y con voz palpitante, hablo: 

—He escuchado con suma atención todas las sugerencias del posible nombre que debe llevar la escuela, hay un adagio que dice: “Nadie es profeta en su tierra”. Algunos de los presentes aquí, en este nuevo y magno auditorio, propusieron nombres reconocidas personalidades pero... los nombrados, en su mayoría, son hombres  extranjeros, es más, no han tenido el orgullo, en el buen sentido de la palabra, se sugerir a hombres connacionales; de la región ni mucho menos se acordaron de algunos intelectuales importantes que se sacrificaron por sacar adelante a nuestra aldea, yo, pregunto: 

—¿Los nombres aludidos, en su mayoría, de hombres ajenos de nuestra realidad, que han hecho por nuestra aldea? ¿Han sacrificado su tiempo su vida para el bien de todos los alumnos y nosotros los aldeanos? ¿Merecen llevar su nombre de este flamante centro educativo que en el pasado se construyó con tanto esfuerzo? Pues hoy es el momento oportuno de revertir este viejo proverbio reseñándoles nuestra propia historia, la historia de nuestra vieja  escuela que parece que lo han olvidado por completo. Porque una aldea sin memoria no tiene historia. —El auditorio se hallaba en silencio sepulcral y el viejo maestro miraba, ha aquel,  con circunspección y ánimo, sin llegar a reconocer al alumno. Wamanchuri, continuó disertando con voz pausada:

—Algunos años atrás, en nuestra aldea, los habitantes vivíamos en completo analfabetismo, en aquel entonces, se presentó el maestro para construir la primera escuela ubicado en la periferia y en la falda del cerro, distante de nuestras moradas. A pesar de la oposición de la mayoría, fueron pocos los aldeanos que, con tesón y entusiasmo, levantaron las  rústicas paredes, colocaron la ventana, la puerta y el techo. Luego, nosotros los alumnos, ninguno se quedaba en casa. Íbamos alegres, nadie nos obligaba ir a la fuerza. El profesor, sonriendo cada mañana, venía a cada una de las viviendas, alentándonos, nos llevaba al plantel. Por el camino, en coro entonábamos canciones nuevas que no habíamos escuchado antes. En tiempos de lluvia él marchaba primero. Para tener que pasar un riachuelo, él nos cargaba en sus nervudos hombros y en sus fuertes brazos para no toparnos con el agua helada. Sacrificaba su salud por nosotros. No sé cómo pudo soportar la inclemencia del frío, tan solo por vernos sonreír. Nos enseñaba con esmerada atención. Nuestros asientos eran de paja que él mismo recolectaba muy temprano por la mañana. Nos sentábamos uno junto al otro, hombro con hombro para trasmitir el calor que necesitábamos. El lápiz lo partía, con cuidado y equidad, en dos para que todos los alumnos tuvieran la oportunidad de escribir en los cuadernos desgastados. Agarraba nuestras pequeñas  manos y nos enseñaba a escribir las primeras vocales, a deletrear las primeras silabas, las primeras palabras, las primeras oraciones. Cuando no respondíamos a sus expectativas, con estoicismo volvía a aleccionarnos con cariño paternal ¡Que voluntad, altruismo y solidaridad de aquel maestro! 


Mi maestro, citaba que la educación no es un servicio, sino  un derecho, nos recalcaba, que la educación debe ser integral y, que el conocimiento está al servicio para la comunidad. Con la fuerza del conocimiento y sabiduría se protege a los débiles y se trasmite a los que carecen de ella. Aquel maestro entregó su vida, sin egoísmo,  por el futuro de cada uno de sus discípulos. 

¿Es que no somos gratos con el primer maestro que nos forjo y formo para el desarrollo personal de los alumnos y por ende el de nuestra aldea? Esta es nuestra real historia de aquella primera vieja e inolvidable escuela y del maestro entrañable. Por lo tanto, mi sugerencia es que, la flamante y reconstruida escuela lleve el nombre de nuestro maestro, en reconocimiento, distinción y homenaje a Él. —volvió la mirada hacia el querido mentor, a su amado maestro, continuó hablando:

 —¿Qué mejor reconocimiento en vida se le puede ofrecer al preceptor?  De aquel maestro del que les hablo, está aún aquí, entre  nosotros. Mi proposición es que, la escuela debe llevar su nombre  —hizo una pausa y pronuncio el nuevo nombre de la escuela:  

—¡AMARU! — El maestro, al escuchar su nombre, del auditorio surgió una salva de resonantes aplausos y él no pudo contener las lágrimas, su rostro se hundió en el reverso de sus plegadas manos que se apoyaba  sobre el cayado,   

Al terminar su intervención, fue con paso ligero al encuentro con su querido preceptor, cuando se acercaba, éste, recién pudo reconocer al discípulo. El corazón del maestro y discípulo vibraban de emoción y con un enorme abrazo esperado por tanto tiempo estaban juntos otra vez, Amaru, el Dios de la sabiduría y Wamanchuri, el hijo del halcón. La escuela llevará su nombre, hasta la posteridad.                           

El Pichuychanca                                         Chiquian 27 de julio del 2016





martes, 5 de julio de 2016

El Maestro


Cordillera de Huayhuash

“Yo nací en la más oscura ignorancia, y mi maestro espiritual me abrió los ojos con la antorcha del conocimiento. A él le ofrezco mis respetuosas reverencias”.
Con este verso védico de profunda reflexión y significado, saludo a los maestros que nos impartieron conocimiento desde las aulas del  jardín, ahora llamado nido; primaria, secundaria, y los que tuvimos la oportunidad de pisar las aulas universitarias, a todos ellos agradecer con  gratitud por tal dedicación para con sus alumnos.
Todos en este mundo material nácenos en ignorancia, esta instrucción védica nos dice “No permanezcan en esta oscuridad; vengan a la luz”. En realidad este mundo material es un lugar oscuro, eso es su naturaleza y, está siendo iluminado por la luz del sol, la luz de la luna y la electricidad.  Así que cualquier persona que nace en este mundo material, empezando desde la persona más erudita hasta la hormiga más insignificante, todo el mundo  está en la oscuridad.   

Nevado del Yerupaja.



Todo el mundo está en la oscuridad, y aquel que abre los ojos con la antorcha del conocimiento es el maestro. Oscuridad significa sin conocimiento, Por lo tanto, el deber del maestro es abrir los ojos de los alumnos que están en la oscuridad con la antorcha del conocimiento. La persona que abre nuestros ojos así,  es el maestro, así pues, uno debe dar y ofrecer reconocimiento y reverencias  a dicha personalidad.
La responsabilidad del maestro es comportarse correctamente, incluso antes de empezar a enseñar con principios de valores ética y moralidad.
“El hombre que posee una comprensión tal, actúa con la mente y la inteligencia perfectamente controlada, abandona todo sentido de propiedad de sus posiciones y actúa únicamente para satisfacer las necesidades básicas de la vida. Obrando así, no es afectado por las reacciones indecentes”. BG 4-21
P/d
Saludos a los maestros de mi escuela N° 292  los que ya no están, pero queda  en el recuerdo de cada uno de sus alumnos; Josué Alvarado, Hernan Reyes,Teódulfo Ramírez, Luisa Silva, Moisés Rayo, a los que están presentes; Romeo Reyes, Leonor Fuentes, Nila Zúñiga y Wife Ortiz
A los maestros del CCB Eloy Cox, Orlando Ñato, Elva Colquicocha, Cucha Yábar, Flora Vazquez, Rubén Robles, Carlos Callantes, Elisa Cossío, Luis Villavicencio, Luis Chiri, Alejandro Zullón, Jesús Ayala, Chale Rivera, Cesar Cubas, Hortensio Balarezo, Zoraida Padilla, Alfonso Padilla, Irene Torres, Guido. Facundo Jara, Elsa Anicama, Soledad Zuñiga, Gilberto Angulo   y la plana administrativa, Don Carmelino Carrillo, Ambrosio Gamarra, Luis Jaimes, Garay, Ernestina Garro, Elida Rivera.

El Pichuychabca.         

sábado, 2 de julio de 2016

El fabricante de cirios y el sacristan


El sacristán, cruzó el añejo zaguán de su casa y éste sollozó con hondo dolor al momento de cerrarlo. En seguida, se hecho a andar por la vereda y la calle deprimida, testigo mudo de las huellas que dejaba a su espalda. Caminaba derrotero a su jornada espiritual.  

Cuando el nuevo día derrotaba poco a poco a la glacial aurora, de manera simultánea, dos siluetas humanas emergían por distintas arterias. El primero de ellos, el sacristán, se asomaba con pasos perezosos por la primera y amplia cuadra del jirón Comercio. Para protegerse del frio y de la leve llovizna de la mañana, traía puesto sobre su cabeza plateada, el sombrero de paño y sobre los hombros cortos un saco color negro. Del cuello rollizo, pendía la bufanda blanca. Las, parvas piernas estaban protegidas por el pantalón, planchado con esmero, y los pies encajados en los zapatos, marca diamante, embetunados con pulcritud. A la luz del día, su aspecto parecía como si estuviera de luto.

El sacristán, llega de los arrabales del pueblo, a un kilómetro de distancia. Marchó por el húmedo y amplio sendero. La suela de los zapatos quedó embadurnada de barro por cruzar infinidad de nimiedades de pantano. Ya en medio camino, se detiene por un momento y los ve con diligencia. Con una mano se apoya en el viejo poste de alumbrado público e inclina el cuerpo, estira el pie al filo de la vereda adoquinada y lo encoge una y otra vez para desprender el barro engomado en la suela del zapato. Repite esta operación con el otro pie. Queda aliviado al quitar este peso. Sin demora, de la cabeza separa el sombrero, adheridas de fulgurantes gotitas de agua, y de inmediato, lo sacude dos, tres veces con la mano entumecida. Torna la mirada tanto al norte como al sur y con pasos contenidos, se desplaza por el Jr. Comercio hasta llegar a la sosegada Plaza Mayor.

En medio de la bifurcación de las calles y los corredores de la plaza, opta por el que va directo a la iglesia. Al Llegar, con extremada devoción, mira el crucifijo punteado en el portón. Extrae el sombrero de la cabeza, estira el mediano brazo derecho con el fin de formalizar el signo de la cruz…en nombre del padre del…. Sin perder el tiempo, se dirige por el costado de la iglesia rumbo a la sacristía, es el momento, en el que, Julio Alvarado, emprende sus labores como sacristán.

Al abrir la puerta de la sacristía, que da acceso al espacioso templo de paredes anchas, crepita con desaliento. El frio vientecillo que revolotea de un rincón a otro, transporta el aroma de remota construcción. El amplio salón, esconde un aspecto sombrío en donde prevalece el sosiego y un religioso silencio. De las imágenes que están en el Altar Mayor y de los que están ubicados en los costados, desde y sobre sus pedestales, varios pares de ojos adormilados y fijos, titilan por la luz exhausta que ingresa por los pequeños y redondos ventanales que están estacionados en la cima de las gigantescas paredes de adobe.


El sacristán, con el primer cirio encendido, sostenido en la mano aterida, la llama amarilla flamea en la medida que se acerca a la Santísima Eucaristía. Con cierta dificultad, se postra frente al Santísimo con el propósito de dotar su pertinente reverencia, persignándose por segunda vez. Luego enciende cuatro cirios y lo sitúa en los extremos de la mesa en donde el anciano reverendo, el cura Tello, realizará todos los ritos de la homilía. De modo minucioso ojea el mínimo detalle, y al momento, sube con absoluta entrega y veneración por la estrecha escalera, incrustado en la ancha pared, con el objetivo de llegar junto a los iconos del Altar Mayor. Presto, da un par de suaves palmadas para despertarlos del profundo sueño. Sin dilación, empieza a colocar con desvelo los dilatados cirios y, cuando los enciende, de cada imagen, prorrumpe el rostro lozano, penitente, de mirada sumergida en contemplación.

Antes de doblar las campanas, por tercera y última vez, el sacristán, con ímpetu desmedido, agarra las pesadas y aceradas manijas del portón con el propósito de abrirlo, y cuando empieza a jalarlo, cruje de manera consternada. Al quedar abierto de medio a medio, ingresa vivamente la luz natural de las siete y media de la mañana y despeja la lóbrega penumbra del amplio recinto de las plegarias y del encuentro con la divinidad. Es la misa del día domingo previo a las ceremonias de Semana Santa. Días de cuaresma.

Una vez más, está próximo la distinguida celebración de Semana Santa, trasladado por los españoles desde la época de la invasión y posteriormente la colonización a esta parte de América, a través de las humillaciones y laceraciones ejecutadas por la Santa Inquisición. En el Perú, implantaron esta nueva fe, en el laborioso y noble espíritu del hombre andino, como consecuencia, trasmitieron un nuevo símbolo de tradición y particularidad en cada pueblo, Chiquián, no es ajeno a esta fiesta religiosa.

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Aborda los primeros días de marzo; son horas matutinas de un nuevo día. Sopla la ventisca helada. Alrededor del pueblo, la atmosfera se torna turbia e imperceptible. Hilos fríos de garua comienza a descender, fenómeno natural que funda la Cordillera blanca, el manto verde de los prados. A medida que se disipa el alba, se aleja la gélida llovizna. La ordeñadora, abrigada del pañalón y el sombrero cubriendo la cabeza, lleva entre sus delicadas y solícitas manos pequeños porongos de leche. Se dirige con paso ligero al amplio corral, propiedad de Crisologo Ramírez, en donde cada mañana, sin interrupción y percibiendo aromas de estiércol, ordeña la voluminosa ubre cargada de leche, alimento divino de la noble vaca, catalogada como una de las siete madres del ser humano.

Al frente de este redil, durante varias semanas, por la mañana, Julián Soto, el fabricante de cirios, con ponderación, despliega la ruidosa puerta de madera de la fábrica artesanal de velas. El piso apelmazado, regado el día anterior, difunde el aroma a tierra mojada.


En el centro del local, se encuentra el fogón hecho de adobe y de regular tamaño, las leñas arden a fuego lento. El par de peroles, sobre la resistente plancha de fierro con 2 orificios de mediano tamaño, calienta el agua. Por encima de los peroles se halla ubicado un recipiente pequeño en el que se verterá, paso a paso, los materiales como la cera de parafina, la estearina los colorantes y esencias, todo ello mezclados con previa fórmula, conocido de modo empírico por el fabricante. El baño María, va derritiendo la cera.

Son tiempos de faenas en conjunto y de camaradería. Los fieles colaboran por voluntad propia. Alinean los moldes que penden de un prolongado cordón que esta sujetado en un par de maderos, plantados firmemente en los flancos de los peroles. Luego, con esmero, se turnan con el objetivo de surtir la aromática cera sobre el pabilo.

La siguiente silueta humana, el segundo, emerge del taller de cirios ubicado en la intersección de las calles Bolívar y Tarapacá. De aspecto compasivo, rostro triangular y nariz aguilucha, de los cuencos resalta los ojos relativamente saltones y negros. Del hombro descarnado cuelga el tradicional poncho Chiquiano y sobre su cabeza ovalada, posa el sombrero color marrón. Camina por las orillas de la calle Bolívar con pasos contenidos. De pronto, en su circunspecto andar, el fabricante de cirios, Julián Soto, se cruzó con un encopetado personaje del pueblo que traía puesto un abrigo y las manos enterradas en los bolsillos de aquella prenda marchita…repentinamente:

—¡Buenos días Julián! —Saludó atentamente, mostrando la mano enguantada. El nombrado, levantó la mirada que lo tenía hundido en la acera empedrada, respondió con parquedad: —Buenos días… —continuaron su camino. Mientras se alejaban, las espaldas quedaban al frente uno del otro. —“Y a este que le sucedió, siempre anda mirando por encima de los hombros a los demás y sin saludar; hoy, ¿le habrá picado algún bicho?, ¿se levantó con el pie derecho o, será porque se acerca Semana Santa?” —Pensaba Julián, mientras seguía su acompasado andar por la angosta y empedrada calle.

Llegó a la Iglesia San Francisco, con rostro contrito se aproximó a la Pira Bautismal en donde duerme la fría y cristalina agua bendita. Palpó aquel líquido, dobló la rodilla y en seguida, hizo la señal de la cruz con respetuosa reverencia ante el Altar Mayor y a los iconos presentes. A continuación, arrastró los pasos con lentitud, atravesó la entrada protegido por el portón con el propósito de dirigirse a la sacristía.

Era el encuentro de los dos personajes del pueblo que durante varios años, cada uno de ellos emprendían de manera consecuente y diligente sus actividades religiosas. El fabricante de cirios, traía bajo los consumidos brazos un paquete de regular tamaño envuelto con papales dobles. Arremangándose el gabán sobre su estrecho hombro, prudente, depositó el envoltorio de los dilatados cirios, recién fabricados, sobre una mesa ubicado en el lóbrego recodo de la sacristía.

Estos cirios dilatados, fabricados de manera artesanal, quedaban satisfechos a la vista del sacristán que aprobaba lo impecable de su presentación en cuanto a la elaboración y las respectivas decoraciones. La multitud de fieles acompañará la procesión nocturna con el cirio en la mano, junto a la afamada banda de músicos de Florentino Aldave, por las calles ceñidas del pueblo. Son las festividades de Semana Santa.

El Pichuychanca. Chiquian 3 de julio 2016