jueves, 31 de mayo de 2018

La noche

Chiquian. Las siete de la noche 

La noche


Para el ojo luminoso del globo terráqueo 
ha llegado el inexorable ocaso
Lento, lento adviene la noche prieta
abriendo sus fauces como león herido. 
Escarchas brillantes adosadas en el cielo oscuro 
no alumbra la senda como la luna plateada siendo una sola. 
   
Duerme los extramuros del pueblo,    
duerme el mismo pueblo apacible, 
duerme la placida calle campestre 
relucida por bombillas de luz agónica. 
Duerme la gente piadosa. Sobre el tejado, 
a escondidas canta la paca-paca.
 
Reina el sosiego en la periferia del pueblo. 
Sólo se oye el susurro del estoico manantial. 
La oscura noche, lánguida y entristecida, 
al individuo venturoso y al desdichado, 
¡por igual y sin reparo los ha cubierto!

El  Pichuychanca
Chiquian -  Oro Puquio 3 de marzo 2018

domingo, 29 de abril de 2018

Cordillera de Huahuash, mes de marzo, neblinas prietas y apretadas

Es uno de los días del mes de marzo en mi villa dorada. Amanece; y de los valles y de los humedales y de los manantiales y de las quebradas manan las brumas prietas y apretadas. Mas adelante, por un instante se quedan inmóviles y  dormidas y quietas entre los barrancos y los altozanos.

De súbito se despiertan y empiezan ha abrazar, con ímpetu, a las hermosas cumbres de la Cordillera de Huayhuash. Luego, las nieblas celosas lo arropan por completo de aquellos que lo contemplan con ojos de  descomunal admiración, o de manera desconfiada, esconderlo, aún más, de aquellos que lo depredan.

Pasa el tiempo, el viento frio, soplando con suavidad, y acompañado de los luengos cabelos rubios del sol, corren a las brumas pardas como cortinas para regalarnos esta belleza.    

Aquí algunas fotos.
















    El Pichuychanca

    Chiquian, abril 2018

Chiquian, mes de marzo

En Chiquian, mi querencia, mengua la silenciosa noche del mes marzo, cubierto por un manto de suave algodón negro.

Y sobre las disimiles cimas de la cordillera blanca afloraba ya el fulgor de la alborada y las avecillas con sus trinos melódicos inauguraban el nuevo dia desde los mantos verdes de los prados y la cornisa de las casas pastoriles. 


Y estas son las fotos.   





















    El Pichuychanca.

    Chiquian, abril 2018

sábado, 28 de abril de 2018

Postrero lucero

Crepúsculo matutino en Chiquian


Postrero lucero


En la penumbra de la alborada 
se despierta el apacible verde prado,  
En el umbral de la rosada madrugada,
titila con apatía el postrero lucero
   
Soñoliento está el caritativo pueblo. 
De los arboles la copa copiosa crepita, 
de los jardines la olorosa rosa susurra 
En el campo se agita el ondulado riachuelo.
  
El sol, desde el lejano horizonte,
con su brío lumínico, 
con su luengo cabello ambarino 
barre la lánguida alborada.
  
Labriegos de espíritu generoso, 
con el rostro adusto al campo van.
Con azadas en el descarnado hombro, 
por cóncavos senderos, cantando van.
Una bandada de pichuychancas 
junto a los labriegos con trino sonoro van  
    
Por el angostillo empedrado y apretado,
apoyado del báculo, un anciano retraído,
camina con paso circunspecto y cansado,
dolorido eleva su cerviz hacia el confín,  
¡será tal vez, el postrero lucero que vea! 

El  Pichuychanca 
Chiquian - Parientana  25 de febrero 2018





martes, 24 de abril de 2018

Sepultaron nuestra historia.

Oleo Jupah. Autor Regulo Ñato Gamarra. Foto cortesía Regulo Ñato Gamarra  


Mi historia, vuestras historias ha sido borrada, de la noche a la mañana. Enterraron una de las más bellas y tradicionales calles de la irresistible tierra natal. Nuestro Chiquian añorado.
Emblema, tal parece que las autoridades actuales no saben lo que significa esta palabra. Esta calle era el símbolo, en donde concurrían abnegadas señoras para lavar grandes cantidades de ropa. Mocitos y mocitas acudían en el mes de febrero de cada año, para celebrar alegres y divertidas tardes de fiesta de los carnavales jugando con sus aguas frías y cristalinas. Este era aquel canal construido hermosamente en base de piedras lisas y planas. El recorrido de sus aguas por la declive calle Figueredo, conocido como Jupash, procedían de los manantiales de Parientana y los humedales de Jupash.
Sepultaron Jupash, sepultaron nuestra historia.  
Se impuso burdamente el poder y el negocio del cemento
La municipalidad carece de una oficina que se ocupe del ornato y la arquitectura del pueblo.
En todo caso hubieran construido una réplica con la facilidades de estudios de diseño y materiales que hoy existen, conforme el bello cuadro, arriba expuesto, como símbolo y atractivo turístico, que, ahora más que nunca, lo necesita nuestra tierra. 
Jupash Actualmente 

El Pichuychanca. .      

sábado, 7 de abril de 2018

Cascada de Usgor


Cascada de  Usgor


Por el acantilado sopla el tímido viento. 
La densa floresta bañada de roció matinal, se doblega 
La cascada, rumorosa y romancera,  
cual melena sinuosa de moza enaltecida,
en límpida aurora, mana dichosa de misteriosa colina.
    
Una itinerante niebla escarlata, 
de vez en vez, arropa a la nacarada luna llena. 
Más allá, la verde arboleda murmura.
En apacible atardecer,
el garzo cielo de cálidos colores se viste.   
 
Sobre trémulo y boscoso arbusto,
el precioso ruiseñor trina sonoro. 
Cautivados por el mágico canto,
furtivos enamorados,
por vez primera y el corazón en llamas, 
enlazan los castos y húmedos labios carmesí.
La hechicera cascada 
sella el amor primaveral con frenesí.

El  Pichuychanca.
Chiquian- Usgor 14 de febrero 2018



          

Cascada de Usgor

viernes, 16 de marzo de 2018

El destino de los niños.


Sopla el madrugador viento anunciando la correría de la estrella del día por el garzo cielo. En los corrales, las gallinas, en fila, desfilan detrás del solitario y altivo gallo. El presumido gallo, con sus membrudas patas, una y otra vez, remueve el piso de donde surgen capas de polvo. Estira las alas emplumadas, alarga el pescuezo y con la cola temblona, descarga un vibrante y prolongado  co-co-ro.co-o-o.

En mi travesía por las calles apretadas, me topo con los auténticos huertos y jardines olvidados, en donde alguna vez crecieron junto a la cerca, los floridos gladiolos, geranios y rosas, vertiendo cada uno de ellos, su particular aroma. Es otoño.

Ya me encuentro por el sendero empinado que conduce al cerro de Capilla Punta. En los bordes, plantas desnudas azotadas por el sol, cubren a la escasa pirca construida hace tiempo por manos desconocidas. En la pared de piedra, los lagartos (shulacos)* de múltiples edades, desde temprana hora del día de ardiente calor, se apuestan en el  lugar más alto con el propósito de recibir los punzantes rayos del sol. Advierto a un longevo lagarto que está tendido sobre una acalorada piedra, en la cúspide de la pica. Frente a mí, con el entrecejo fruncido, con movimientos torpes, gira su alargada cabecita mirando de un lado a otro, con el fin de preverse de algún peligro. Los lagartos jóvenes y adultos afinan los oídos al percibir que mis fatigados pasos se aproximan, raudos se escabullen atravesando por debajo de las plantas devastadas con el propósito de guarecerse en sus recónditas guaridas. En su huida, causan imperceptibles y apáticos ruidos.

Por las faldas del cerro se extiende una extensa alfombra amarilla. Las hojas marchitadas, tendidas en el suelo, se quejan bajo mi pausado paso y de las que se resisten en caer,  dolientes y sumisas lloran. Por estos lares se escucha el lánguido trino de los pájaros. Los riachuelos dejaron de susurrar.    
 
Desde este inclinado lugar, aprecio con admiración  el bello panorama del magnánimo y mágico pueblo de Chiquian. ¡Qué hermosa vista! Observo con fascinación el nevado de Tucu, el valle y el río de Aynin que parece una cinta ondeante, los cerros multiformes, los barrancos y los prados. Me topo con el inicio de cumbres de los diferentes nevados de la Cordillera de Huayhuash. ¡Estoy en mi pequeña patria celestial! Pero, cuando mis ojos se van deleitando con las calles apretujadas y con el enjambre de techos rojos de las casas del vistoso pueblo, asentados sobre una mediana explanada, logro ver construcciones “modernas” desdibujando el genuino y típico panorama de un pueblo serrano. Como aficionado al arte de la fotografía, no pierdo tiempo y aprovecho el momento oportuno para  captar óptimas fotos de aquellos paisajes majestuosos.


De regreso, decido tomar el camino que conduce por las faldas de Racrán. Desciendo junto al melancólico riachuelo que viene como alma en pena de la cascada de Putu. El sol, en pleno ocaso, aun aguijonea mi cuerpo batido con sus diagonales rayos ambarinos, necesito reposar. Sentado en el borde del sendero, en la soledad y el silencio, sobre la grama seca y áspera, entre los muros de piedra y bajo las raleadas sombras de un remoto árbol de aliso que bisbisea con debilidad, bebo los últimos sorbos de agua, acarreados del manantial de Parientana y hervido la noche anterior. Una bandada de loros silvestres, piando en coro, surcan los aires en busca de los escasos y últimos alimentos del día.  

Reanudo mi marcha de regreso y,…de pronto,  lejos, se asoman por aquel sendero inclinado y empedrado, bordeado de alineados muros de piedra, levantados a la perfección, dos niños que aparentan tener nueve y siete años, acompañados de un pequeño perro color marrón claro que al percibir mi presencia, con diminutos saltos, se adelanta y, pega chillones ladridos -¡Guau! ¡Guau! Se detiene y me mira fijamente, se preguntaría “quien es este extraño que se cruza en nuestro camino” ¡Guau!, pega media vuelta y retorna junto a sus pequeños amos para seguir soltando incansables sonoros ladridos, esta vez, detrás de los pimpollos.

Con pasitos cansinos, arrastrando los pies  avanzan cuesta arriba. El de mayor edad, con el cabello corto, ojos grandes y negros, con el rostro quemado por los rayos del sol y la comisura de sus labios con ranuras escarlatas, con voz aguda, me saludó: 

—¡Buenas tardes…tío!

—Buenas tardes ---devolví el saludo, y estreche la manito, enjuta y cuarteada, que me estiraba.

El chiquitín mayor, mirando al menor, le indicó:

—Saluda al… tío, hermanito. Ya ves, debe ser fotógrafo, ahí lleva su cámara.
Mirándome de frente con sus ojillos claros y limpios como el agua, perdiendo el temor y sonriendo un poquito, el infante me dio con ánimo su minúscula mano sonrosada y amoratada. Yo se la apreté amistosamente y le pregunte:

—¿Viejo, Cómo te llamas? ¿Dónde se dirigen a estas horas? Ya es tarde para que anden solos por aquí.


Pegando la mirada en aquel camino empedrado, luego colocándose a mi lado con afectiva confianza infantil y enarcando las pobladas cejas negras, con voz sobria y pausada, hablo:

—¡No soy viejo! no ve usted tío, soy totalmente un niño, me llamo Nicolás, y estamos cumpliendo una orden junto con mi hermano Teófilo.

Los mocitos, estaban llenos de polvo y mugre, despeinados y con la perlada frente húmeda a causa del sudor, transformándose en diminutas gotitas que resbalaban sobre sus caritas cárdenas. Traían sus ropas de percal algo ajadas y desordenadas. El hermanito menor tenía una pelota bajo los brazos, entonces me imaginé que habían estado jugando, en algún lugar, al futbol, que me hizo recordar mi pasada infancia. Del otro hermano, de su liliputiense y estrecho hombro pendía una soguilla delgada. El pequeño socio que escoltaba sus andanzas, dejo de ladrar. Instintivamente y de manera simultánea los tres nos sentamos bajo las sombras de un antiguo zaguán de una chacra. De sus gruesas aldabas,  aseguraba una delgada estaca. El perrito color marrón claro, despreocupado, hizo lo mismo, fatigado, movía su cola peluda, se tendió entre los 2 hermanitos. Por un instante reino un silencio misterioso, solo se oía a lo lejos el sordo canto del ruiseñor y percibíamos el viento frio que circulaba por aquel camino bordeado de pircas. Empezó nuestro corto diálogo: 

—¿A dónde se dirigen? Pregunte nuevamente, con curiosidad.

Teófilo, se puso de pie, extendiendo su enano brazo, señaló con el dedo índice de su manita, el lugar de la quebrada adonde se encontraban las plantas secas, respondió con voz apagada:

—Estamos yendo a recoger leña. —“¿Y tu padre donde esta?”  Nicolás el hermanito menor, respondió con un susurro —“Nuestro papá… nos abandonó” — “Se fue de la casa, con la hermana de mi mamá” —Repuso con voz entrecortada, Teófilo —“¿Y tu mamá?” —“trabaja vendiendo frutas por el rededor del mercado” —“¿Tu papá vive aquí?” —“No, no sabemos nada de él, ni él, de nosotros” —“¿Están estudiando?” —“Si, estamos estudiando, pero hace una semana que no voy a la escuela, estoy ayudando a mi mamá, se encuentra delicada de salud, Nicolás sigue estudiando” —Con ojitos dolientes, se miran ambos hermanitos. Alzo la mirada en dirección del vetusto árbol de aliso. No hago más preguntas.     
Percibí que mis ojos se nublaban, parpadee fuerte para que ni una lágrima ardorosa no brotara delante de los mocitos. Cavilaba, “¿Qué mundo es este? “ ¿Cuál será el destino de estos niños y de los demás niños de igual condición?”  Pensando de este modo, de inmediato, me desprendí del poco dinero que llevaba, colocándolo entre sus  encarnadas  manecitas de cada uno de los azarosos mocitos. 

Me despedí consternado, con el corazón oprimido de aquellos dos cándidos niños, pensando en su regreso. Sobre sus enjutas espalditas transportarían la leña, luego, ser atizados en el fogón, para preparar  una modesta cena  por la madre enferma o, quizás por los mismos desdichados críos.

Surgió en mí, muchas preguntas políticas y sociales. Usted amable lector se imaginará.

El Pichuychanca 
Chiquian 16 de marzo 2018




1) (Shulacos) Término quechua para referirse a la lagartija, familia de los reptiles