miércoles, 26 de mayo de 2021

Poemas musicalizados de Cesar Vallejo

Es un placer escuchar los poemas musicalizados, de uno de los más renombrados poetas de habla hispana, nuestro inmortal Cesar Vallejo, en la voz de diferentes y reconocidos interpretes del acervo popular.

Aqui algunos videos.


El Pichuychanca.

jueves, 20 de mayo de 2021

Yungay, aluvion 1970. Sobrevivientes. Testimonio II


El monstruoso sismo de 7.9 grados de magnitud, ocurrido el 31 de mayo de 1970, que conmovió a los habitantes de la región alto andino de Ancash, duro 45 segundos. Como consecuencia de este violento movimiento telúrico, la ciudad de Huaraz, capital de Ancash y el pueblo de Yungay, circunvalado de serpenteados e imponentes nevados, fueron los más afectados. A causa de este fenómeno natural, hubo un saldo cerca de 70,000 mil muertos, 20,000 desaparecidos y miles de heridos.

Luego de sobrevivir del brutal terremoto y del espantoso aluvión, la Sra. Huinchos viuda de Vergara, junto a la amplia ventana de la habitación, ensimismada, descansa sobre el sillón, parece evocar del aciago momento de su milagrosa supervivencia. Por esos azares de la vida ahora estoy frente a ella con el deseo de saber los detalles de aquel suceso que tuvo que pasar por esa penosa y agobiante etapa de su vida. Con los ojos de piadosa mirada, con voz trémula, pero más calmada, continuó con su relato:

“Yo, sentía haber perdido la razón. Sobresaltada y enervada, casi arrastrada con vigor, caminaba de la mano por mi esposo. Sólo oía su voz estremecida que musitaba: 

— ¡Vamos!, vamos rápido, por el camino hacia Caraz, es el lugar apropiado para acampar.

Desesperados y extenuados, por fin, logramos llegar salvos a la zona más elevada, de la enorme peña de Huachahuay. Ahí, ya se cobijaban 6 sobrevivientes, todos ellos con el  rostro, abrumado, palidecido y tiritando de frío. De este sector, distante del pueblo, con Neme, mi esposo, mirábamos alrededor con esperanza indecible de ver si había alguna casa de pie. Nos parecía despertar de una larga pesadilla, toda la zona urbana de Yungay, se hallaba asolado, bajo los escombros de grandes cúmulos de hielo, rocas de todo tamaño y de una inmensa masa de lodo.

No había señales de vida. Yungay, desapareció de nuestros ojos para siempre. Percibíamos un sordo silencio inacabable. Era las 3.30 de la tarde, cuando por el firmamento se elevaba con indolencia una enorme masa de compacta y pavorosa polvareda. Las nubes, inmóviles y umbrías aún más oscurecieron el día. La tarde y el tiempo, parecían haberse adelantado 3 horas, daba la impresión que las agujas del reloj  marcaban las 6 de la tarde.

El viento soplaba impetuoso, espoleaba el cuerpo, encontrándonos en total desamparo, percibíamos el agudo frio más de lo acostumbrado. A mi niño le abrigaba, con el único cobertor que tenía a la mano, la chompa de mi esposo. Le cobijaba en mi regazo alcanzándole mis pechos para que lactara. Al mirar las 4 veladas direcciones; este, oeste, norte sur, nos parecía estar en un sombrío desierto. Junto a los demás sobrevivientes, equidistantes de aquella hosca y maligna calamidad, fustigada por los fenómenos de la Madre Naturaleza, aumentó en nosotros una profunda e inconfesable zozobra.


Luego del devastador aluvión, en medio del penetrante y misterioso silencio, ahí sobre la peña, nos sentíamos abandonados a nuestra suerte. Los sobrevivientes se veían con el rostro afligido, insepulto, inconsolable, no era necesario expresar palabra alguna, infundido de profundo dolor por la pérdida de los familiares y amigos. Por la adversidad que vivíamos, nadie se atrevía a moverse del lugar, por temor a las constantes réplicas del terremoto. De rato en rato se oía, quizás del único, el llanto deplorable de mi hijo.

Los segundos parecían minutos y los minutos horas, las horas…fueron una eternidad. A eso de las 7, bajo la enmarañada penumbra de la noche, con pasos cansinos, se aproximaba, una silueta humana, un sobreviviente. El hombre entrado en edad otoñal, era  el encargado de cuidar el colegio, donado para ese entonces por la embajada de México, generoso y solidario, con voz trepidante, nos propuso:

— Señores, vamos al colegio con el fin de pernoctar esta noche, como se van a quedar aquí a campo abierto y en tanto frio. —luego de su generosa invitación, aliviados le dimos las gracias. El magnánimo señor, añadió— Por el momento podemos alimentarnos con el trigor y la leche en polvo, que por suerte, no fueron dañados.

De la peña, descendimos en plena oscuridad. Llegamos al colegio y el portero nos ubicó en uno salón que resistió en desplomarse, el resto no se encontraba en buenas condiciones. Arriesgando nuestra propia integridad física, intentamos dormir en el piso helado, pero no era posible por las redobladas replicas. Toda la noche pasamos corre aquí, corre allá; entre el colegio y la peña, de la peña al colegio.

Al siguiente día, la mañana amaneció doliente. En el espacio todavía permanecía la espesa y lóbrega polvareda, inmóvil. Más arriba, nubes pardas imponían a su voluntad un  aspecto desolador del pueblo. El silencio, profundo y lánguido, nos envolvía de desesperanza. El joven cocinero, que se adelantó en la atormentada fuga, huyendo del espantoso aluvión, no sabíamos si estaba muerto o vivo.

Mientras un sobreviviente buscaba leña, otro construía un improvisado fogón en la periferia del colegio. Estando yo de espaldas, escuché una voz despepitada:

— ¡Señora-a-a! —veloz torné la mirada y vi la imagen angustiada del cocinero que me había reconocido, ante la presencia de los emocionados sobrevivientes. Mientras corría a mi encuentro con los brazos abiertos  y con voz ahogada, gritaba:

—¡Señora-a-a! ¡Señora-a-a! ¡Está viva, viva! —llegando a mi lado me abrazó fuerte, muy  fuerte y prolongado, también se abrazó con mi esposo y cargo a mí niño. Sollozando a lágrima viva,  y con voz entrecortada, decía: 

—Verlos vivos,  yo, vuelvo a vivir.


Amaneció. Los sobrevivientes al observar que las aulas del colegio no guardaban buenas condiciones para seguir pernoctando, en común acuerdo decidimos marchar a un lugar, por así decirlo, invulnerable. Cuando nos disponíamos partir, de repente, vimos una silueta humana que se acercaba, como una hormiga solidaria, trayendo sobre sus enjutos hombros, un pesado colchón de lana, le esperamos con cierto desasosiego. Ya junto al desconsolado grupo, se aproximó a mi esposo que estaba a mí lado. Con generosa mirada  y con voz ronca, hablo:

—Señor Vergara, lleve este colchón, su esposa está embarazada, y en las noches, entre ustedes, puedan abrigar a su niño. —aquel hombre magnánimo, era el amigo de mi padre, desaparecido por cauda el aluvión.

Alertados, marchamos en hilera, los siete u ocho sobrevivientes, con el objetivo de hallar un recinto que guarde cierta seguridad a donde poder acampar. Hombres de buen corazón y solidarios, turnándose de tramo en tramo, cargaban, sobre sus heterogéneos hombros, el pesado colchón. Luego de unos minutos, llegamos a una chacra recién cosechada, de maíz. Más allá advertimos un lugar despojado y silencioso, como nosotros con las manos casi vacías. Con lo poco que se pudo recuperar, entre ellos; víveres cómo una escasa bolsa de leche en polvo y el trigor, enseres de cocina; ollas pequeñas y algunos cubiertos, todo ello, propiedad del colegio, ubicado en la periferia de Yungay. Elegimos el paraje para alojarnos.

Se acordó formar comisiones con el propósito de realizar, de modo recíproco, el armazón de las chozas. Luego de emparejar el piso con fustes y las manos amoratadas, en el pétreo suelo, empotraron los palos y sobre ellos pusieron las ramas de los árboles de todo tipo y diversas plantas silvestres, traídos con esfuerzo y afán de lugares distantes. Edificaron con empeño el temporal cobijo. Con las pancas del maíz, para mi alivio y de los demás sobrevivientes, cubrieron todos los agujeros de las cabañas, para evitar que atraviese el agudo frio y el cruel viento de la noche. En un recodo de la chacra, montaron un familiar fogón. El joven cocinero preparaba la comida. Al momento de probarlo, el gusto era desabrido y mirábamos como reclamándole, él nos devolvía con otra mirada de compasión: “he preparado la comida con los escasos ingredientes que  están al alcance de mi mano”. El hambre agobiaba y en sepulcral  silencio, teníamos que seguir comiendo.

La estática polvareda y las nubes oscuras, tercas y obstinadas, no nos permitían ver el cielo azulenco en toda su dimensión. Descansando a nuestra suerte dentro de nuestras chozas, de repente, a la lejanía, escuchamos el sordo sonido del motor de un avión, veloz, todos salimos del cobijo, al centro de la chacra. Cada vez que se acercaba y estando a la expectativa, apresurados, unos fueron a recoger las ramas del eucalipto regados cerca del refugio, otros, expeditos se despojaban de la única chompa. El avión volaba raudo sobre nosotros, con desesperación, agitamos las prendas y ramas con trémulas manos, gritamos a viva y a una sola voz desde lo más recóndito de nuestro ser:

— ¡Aquí! ¡Aquí estamos! ¡Por favor, aquí-i-i! ¡Aquí-i-i!...


El bullicioso ruido del motor, ahogaban nuestras roncas voces que se perdían en el áspero espacio. Los pilotos no alcanzaron a vernos. Al tercer y cuarto día, sobrevolaban aviones arrojando paquetes, que descendían como meteoros, cayendo en los pueblitos y aldeas distantes donde no fueron afectados por el aluvión o el terremoto. Los Pobladores de otras aldeas comentaban que dichos paquetes se desplomaban…sobre el rio Santa.

La pesarosa tarde, transcurría en  silencio casi absoluto. Por ahí, cerca de las chozas, por los alrededores de la chacra, se percibía el trino melancólico de los pájaros. Nubes oscuras y encrespadas, y el frío se deslizaban paso a paso, aguijoneando al extinguido pueblo y a los sobrevivientes. El ocaso se acentuó aún más, con una lobreguez inaudita. Los grillos, desde su  inubicable escondrijo, cantaban quejumbrosos, cri-cri-cri. Cuando el cocinero se aproximaba al fogón para encenderlo y calentar la comida que sobró del almuerzo, del otro lado de la pirca, advertía quebradizos murmullos y lastimeros gemidos.

Con el cuerpo escarapelado, cauteloso, trepo la pirca circunvalado de tupida yerba silvestre. De pie, desde lo alto, asombrado, pegó  una voz desenfrenada que nos dejó sobrecogidos a los compañeros:

—¡Vengan! ¡Vengan! —presurosos y turbados, salimos de la cabaña respondiendo en coro:

—¿Qué sucede? 

—¡Rápido! ¡Rápido!... vengan —con su recia y aterida mano apuntaba al otro lado, animoso decía:

—¡Aquí hay unos niños!, ¡Hay unos niños que están a salvo!, ¡suban, suban!…vamos a auxiliarlos…

El cocinero los había descubierto adormilados tiritando de frio, arrellanados uno junto al otro, hombro a hombro y su liliputiense espalda apostados en la álgida pared de piedra. El rostro infantil estaba untado de polvo, los ojitos denotaban angustia, susto, no habían comido durante todo el día. Los niños habían asistido al circo Verolina, todos ellos fluctuaban entre los 6 y los 10 años de edad. Luego le  proporcionamos la cena, consumiendo con cierto anhelo y aprieto, llegó la indefectible y umbrosa noche, teniendo que amoldarnos en mí choza para poder dormir… hasta el siguiente día, una vez más, sería algo incierto.

Los víveres se habían agotado y los supervivientes habían aumentado. ¿Qué hacer?  Por las orillas de la abatida zona urbana de Yungay quedaban casas derruidas y abandonadas. Por las cercanías, deambulaban corderos, vacas y aves de corral. Los enseres de cocina no eran suficientes. No teníamos ningún tipo de alimento, ¡ni uno!, aunque sea lo esencial y tampoco los ingredientes necesarios para la comida. El alegre y rumoroso riachuelo estaba callado, su inclinado curso fue obstruido a consecuencia del violento sismo, por lo tanto, el agua escaseaba. Los niños, sin padres, aún temerosos, tenían hambre, mi niño de a poco se deshidrataba. Era un cuadro desolador pero…teníamos que sobrevivir…

En medio de este desconcierto y desasosiego estaba a prueba nuestro pudor. Aun en esta coyuntura, guardamos el respeto por las cosas ajenas. Sin embargo, comprendimos que en esos momentos de catástrofe teníamos que tomar una decisión. Nuestra moral y ética se sintió trastocado por una carestía dominante; el hambre, la vivienda y el abrigo.


Entonces, un grupo se dirigió a las casas devastadas,  con el fin de encontrar los alimentos e ingredientes de primera necesidad, los menajes y enseres de cocina, y otro grupo, a coger las aves de corral para luego degollarlo, y en los siguientes días, los corderos. Un tercer grupo, fue a traer el agua del riachuelo ubicado a cientos de metros, empozado y turbio, para destilarlo, colocaba la penca al fondo del arroyuelo, y al cabo de largo tiempo, dos tres horas, retornaban, fatigados, con los pequeños recipientes llenos de agua cristalina. No abastecía para el almuerzo, esta faena se hizo en varios viajes. Se armó la olla común.

El aplicado cocinero, preparaba el almuerzo con lo que estaba al alcance de su amoratada mano. Cuando me acerqué a la olla, solo vi agua hervida, color terroso, y trozos de carne de gallina. Con el cucharon de palo, vertió unas gotas sobre la cuchara que lo sostenía en mis delgados dedos y cuando lo saboreé, lo percibí sin gusto, estaba insípido, sin sal y sin los respectivos ingredientes. El cocinero, al darse cuenta de mi gesto inconexo, después de probar el caldo, me miró y con voz afligida, expresó:

—Señora, eso es todo lo que hay.

—¿Y los niños, lo tomaran?  —le pregunte con voz apagada.

—¿Qué podemos hacer?, el hambre les agobia, lo tomaran, —me objetó aún más dolorido.

En los siguientes días, nos sentíamos desfallecidos, desmoralizados y atormentados. Por las noches ya no soportábamos el penetrante frío. Los niños lloraban la ausencia de sus padres desaparecidos y de hambre. El desayuno y el lonche consistían sólo de papas sancochadas untadas con mantequilla y agua hervida. Estas provisiones lo encontraron al azar, en una de las casas derruidas. Yo, desde mi choza, que no podía movilizarme por estar embarazada y tener a mi niño enfermo que sufría de una enfermedad neurálgica, observaba, acongojada y llorosa, como una agraciada niña de 8 años, se portaba como una adolecente responsable, a su hermanito de 6 años, siempre le cobijaba con la poca ropa que llevaba puesta. En un rincón de la chacra le ayudaba a hacer sus necesidades fisiológicas. Estos chicos tan agraciados, eran los hijos de los guapos vecinos de mis padres, que también se dedicaban al negocio, fueron adoptados, como los demás niños, por familias extranjeras.

Mi blusa estaba hecha jirones porque lo rompía para reemplazar con el único pañal que tenía mi niño. Todas las mañanas, a primera hora, mi esposo iba a la quebrada de  Ancash para lavarlo junto con su camiseta interior que también me servía como pañal. Cuando le aseaba a mí niño, mi corazón se estrujaba y lloraba a lágrima viva al ver sus enanas entrepiernas que estaba del todo escaldado, su finita piel, lo tenía rojo, a carne viva. Me sentía la madre más desdichada de ver a mi crio con semejante herida, el sollozaba y sollozaba sin descansar en mis endebles brazos y yo apenada e impotente lloraba con hondo dolor.

De las aldeas, ubicados en las alturas de Yungay,  bajaron algunas bondadosas campesinas para apoyarnos en la cocina o cualquier otra actividad donde requeríamos su ayuda voluntaria. Cuando una de ellas escuchó el lamento suplicante de mi hijito, se acercó a la choza y al darse cuenta de la escaldadura, con voz suave, me comentó:


—Señora, mañana le traigo la caquita molida del cuy, eso es muy bueno para la escaldadura, ya verá, no se aflija, eso le va a sanar, lo va a secar. —yo, me quedé estupefacta e incrédula, con su proposición. Le di las gracias.

Al día siguiente, al amanecer, la generosa campesina, puntual, se presentó con lo ofrecido. La medicina milenaria de nuestros antepasados hoy desconocido por la mayoría de los habitantes de este país, por falta de interés o ignorancia, de manera soberbia, hemos dejado de aplicarlo como una medicina alternativa. Aún desconfiada, pero  con mucho esmero y esperanza, después de cada aseo, 2, 3 veces al día, le aplicaba la caquita de cuy. Parecía un prodigio, la escaldadura, de pronto, ¡Se iba secando!, serenándome por el momento, porque mi otra preocupación, era que mi niño se deshidrata poco a poco.

Luego de varios días de abrumada e  intolerable estrechez, los helicópteros se presentaron, trayendo ropa y víveres. Al llegar este apoyo, los sobrevivientes nos sentimos aliviados y muy contentos. Pero ese alborozo desaparecía a medida de que las donaciones, tanto del extranjero como el nacional, en cuanto a la comida y la ropa, que era una de nuestras mayores necesidades, se encontraban en extremo usados o deteriorados. Al respecto, se han tejido muchos rumores sobre esto. Decían: que los encargados de estas donaciones como LAJAN, fueron los que se habían apropiado los trajes, atuendos nuevos y lo cambiaron con ropas estropeadas. Fui testigo presencial y no le estoy mintiendo… Por ejemplo, escogí un zapato, jamás encontré su par. Buscaba otro, igual, tampoco lo hallaba. Me tuve que conformar con un par de zapatos que eran semejantes pero no iguales. En cuanto a las comidas, todas eran desabridas, y los panes se hallaban con moho.

Junto a estas donaciones, llegaron también un grupo de galenos peruanos y rusos de diferentes especialidades. Armaron carpas de campaña. Al enterarse de la presencia de los médicos, llegó un pelotón de personas de las diferentes estancias y aldeas que se asentaban por los rededores de Yungay. Preocupada por la salud de mi niño cada vez más desvaído y seco, lo llevé en mis agotados brazos. Aguarde mi turno, en el lugar donde se habían instalado. Para mi buena fortuna, fui la primera en ser llamada. El doctor, ruso, luego de auscultarlo con suma solicitud, con su español enrevesado me dijo:

— Estamos a tiempo, le vamos a suministrar algunas medicinas y tendrá que quedarse unas horas para ver cómo reacciona.

Transcurrieron los días, mi niño, con retardo mental, se recuperaba paso a paso de la deshidratación. Para mi ventura su rostro, candoroso y cárdeno, ya reflejaba su  lozana sonrisa.”

La señora, después de este doloroso relato, se acordaba de la prodigiosa figura de la joven campesina, de quien estaba muy agradecida por haberle ofrecido, en el momento oportuno, la recomendación y la medicina natural, con el cual había sanado las heridas de su niño, producto de la escaldadura. Más tranquila y con mucha satisfacción, me platicaba de las obras que había realizado su esposo, ya fallecido, cómo Alcalde provisional. Cómo encargado de la alcaldía, me comentaba con fruición, su esposo don Nemias Vergara, fue uno de los gestores para restaurar el obelisco del Cristo Monumental, la reubicación y construcción del local para la Guardia Civil, de la escuela y el colegio. Además, agregaba con gozo, que había editado algunos escritos de su esposo, era escritor. Su relato, nuestra platica, no hubiera terminado, si mi cuñada, tendida en la cama, al otro lado de la cortina, no le decía  que su comida, traído hace un buen rato por la encargada de su distribución, ya se enfriaba. En ese momento, le brinde mi rolliza mano para que se reincorpore del sillón y se apoye, la conduje a la mesita. Con avidez empezó a comer, era la hora de la cena.

Mientras degustaba la comida, le contemplaba en silencio, cavilando, “¿Cuantos relatos, cuentos y recuerdos quedarán cerca de su octogenaria memoria?”

El Pichuychanca.
Lima, Hospital Es Salud Edgardo Rebagliati. 8 de febrero 2020





viernes, 14 de mayo de 2021

A un poeta muerto

Este fragmento del poema A UN POETA MUERTO de Luis Cernuda, cobra vigencia hasta en el aspecto social, cultural y político. 

Triste sino nacer

 Con algún don ilustre

  Aquí, donde los hombres

   En su miseria sólo saben

    El insulto, la mofa, el recelo profundo

     Ante aquel que ilumina las palabras opacas

      Por el oculto fuego originario.


       Luis Cernuda. 

        Poeta y escritor español. 



    

  

jueves, 6 de mayo de 2021

Madres, vivas y muertas


Madres, vivas y muertas


Las madres no duermen con hijos pequeños, Las madres no duermen con hijos mayores, Las madres no duermen con hijos de edad. ¡Oh, insomnio sagrado! ¿Y cómo pagar a las madres por tanto desvelo? ¿Besando sus manos, sus frentes, sus canas? ¿Regando las flores de sus tumbas tempranas? ¡Imposible pagarlo!... Cómo al sol por su luz, Cómo a la Tierra por su verdor. ¡Imposible pagarlo!... Hay que hacer, simplemente, algo bueno, Muy bueno, Hay que hacer algo grande: Entonces, felices, las madres reirán entre lloros, Las madres vivas y las madres muertas, las de todos. Oleg Shestinski Poeta de la Unión Soviética, 1929 El Pichuychanca
Lima, mayo 2021   

Mi madre. Luz Romero Milla.

En algún lugar de Chiquian.

También iba de caza.

Momento para la foto.

De paseo, en las periferias de Chiquian.

Participaba en los carnavales, se fue cantando arbolito de manzana.

Destacada boleibolista. Tarapaqueña.


Campeona de boleibol.

En algún lugar. 


Con sus hermanas. Clausura de capacitación de maestros. Colegio Guadalupe.

Lidia, Ernesto. Mis tíos.


Hermanas de mi madre. Lidia, Heraclides.

Momentos de distracción. Físicamente ya no están. Las recuerdo a través de las fotos.

Tiempo para la foto y el paseo. Con ese carnero llamado canelin, aprendi el "arte del toreo"


 Los sábados era su dia preferido para disfrutar de un ameno paseo. 

El Pichuychanca.

martes, 4 de mayo de 2021

Palabras para la libertad

 Palabras para la libertad

Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y enfermarse, como se cansan y enferman los hombres y los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder un poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibildiad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados.


Sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuáles son estas palabras en la que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y aquí están otra vez esta noche, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida, tal como la entendemos, no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. (...) Pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se le siente con la fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. 


Una vez más surgen entre nosotros palabras cuya necesaria repetición las está limando, desgastando, apagando. Digo libertad, digo democracia, y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un cliché sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque esa es la naturaleza misma del cliché y del estereotipo, anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo. (...)


Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. Ese valor, que debería ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el camino frente a los laberintos y las trampas que nos tiende el enemigo, ese valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por sentado y por válido, descontando que la libertad es la libertad, y la justicia es la justicia, así tal cual y sin más, como el cigarrillo que ofrecemos o que nos ofrecen. (...)


Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos, intentan todo lo posible para imponernos una concepción de la vida, del Estado, de la sociedad y del individuo, basada en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista del poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual.


 Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de inflitración es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manera de servirse de los mismos conceptos que estamos utilizando aquí esta noche para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología. (...) Para ellos la libertad es su libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida ciegamente por masas realmente masificadas. (...)


La excesiva confianza nuestra en el valor positivo que tienen esos términos puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han demostrado su capacidad de insunuar, de introducir paso a paso un vocablo que se presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se vea con la suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas, puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en términos como individuo, como justicia social, como derechos humanos, según sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo. (...)


Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y el que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Solo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, solo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que les devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia, con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan.

Julio Cortázar

viernes, 30 de abril de 2021

Yungay, aluvión 1970. Testimonio I


Estoy frente al Hospital, Es Salud Eduardo Rebagliati edificio, antiguo y conservado, de 14 pisos. Al ingresar a este nosocomio, por la puerta que da a la Av. Salaverry, de inmediato, resucitan en mi mente dolorosos recuerdos cuando hace algunos años atrás, preocupado, acompañaba por largos días e inquietas noches, sin salir de este recinto, a mi madre enferma. 

Ahora, ingreso de nuevo a este mismo lugar con el propósito de visitar a un familiar después de que fuera sometida a una intervención quirúrgica, la noche anterior. Familiares de los pacientes, uno tras otro, esperan el turno para acceder al remoto y trémulo ascensor, con profusos años de uso. Ascensor que sigue funcionando a la perfección, gracias al minucioso mantenimiento. Uno de ellos, haciendo cola, que va al piso N° 7, soy yo. De pronto sale una multitud de personas y otro pelotón  ingresa al elevador. El encargado pregunta a que piso nos dirigimos y pulsa las luminosas clavijas de los números anunciados. Presto, cierra las puertas y trepidante empieza a elevarse. Observo rostros con diversos estados de ánimo. . .

Ya camino por el pasillo del piso número 7. Las losetas blancas y grises, dotado de limpieza, brillan. Al lado izquierdo del corredor, las habitaciones tienen una sola cama. Un paciente descansa sobre un sillón, con el pie vendado y levantado sobre una silla. Mientras espera la visita familiar, lee un periódico de setenta céntimos. Al lado derecho del pasillo, las habitaciones tienen dos camas, los familiares acompañan al paciente. Las enfermeras llevan, en un coche; los envases de suero, medicinas y las agujas para ser aplicados a los dolientes que lo necesitan. Del fondo del pasadizo, que tiene aromas típicos a medicina, surge una camilla, sobre ella, tendido un enfermo, dos técnicas, vestidas de blanco, una atrás y la otra delante, lo llevan quien sabe a dónde, ¿a la sala de operaciones o, para un examen? 

Me aproximo a la habitación número 710 y aflora la imagen de Perching, mi hermano, con rostro aliviado, síntoma de que su esposa salió bien de la operación. Le saludo, y reciproca mi efusivo e intenso abrazo. En seguida, paso a ver a la paciente que descansa, aliviada, sobre la cama. 

Al platicar con, Lucy, mi cuñada, sobre su estado de salud con todos los presentes, Perching, su hijo Piero con su enamorada, veo que en la cama contigua, separado por una cortina, esta una paciente mayor, de más o menos 75 años de edad. Señora de cabello corto y color cenizo, ojos de piadosa mirada, tez cobriza. En la comisura de su boca reflejaba los pliegues lo mismo que en su pequeña frente. Se incorpora con dilación y se arrellana sobre el sillón que está junto al catre. Cavilosa, mira a través de los cristales de la amplia ventana, el patio del hospital, en donde los intensos rayos del sol, aguijonea al experto jardinero que regaba con esmero la exigua rosaleda.


Con anterioridad, antes de mi llegada, la señora, de la cama adyacente,  le solicitó un servicio a mi hermano para que le consiga ciertos alimentos para el hijo, discapacitado, que le visitaría más tarde. Perching y Piero, su hijo, regresaron con el encargo. Luego de esta actitud altruista de parte de mi hermano, les acompañé al restaurante, en el trayecto, Perching me comentaba que la señora tiene una hija que la visitaba por breve tiempo. 

De regreso, luego de 2 horas, el hijo incapacitado, se había retirado con el propósito de llegar al asilo, a la hora puntual, en donde la señora le había internado, de momento, hasta que los doctores le dieran de alta. Perching se emplazó al pie de la litera, a mi costado, mientras su cuñada, que llegó en nuestra ausencia, platicaba de manera amena con su esposa. Mi hermano, se arrimó aún más a mi lado con el fin de comunicarme con voz apagada:

 — La señora, de la cama del costado, es de Yungay.

Enterado de donde era la señora, mi casi otoñal memoria viajó veloz, recordando aquel infausto acontecimiento, el terremoto y el aluvión del año 1970.

Informado que la señora era de Yungay, mayor fue mi interés e inquietud de querer saber, por boca de ella, del persistente recuerdo que aflora en la mente cómo burbuja del agua hervida, no sólo de los sobrevivientes y de las personas de la Región de Ancash, sino también del país entero, del aciago aluvión que azotara con virulencia, su tierra añorada. 

Cada aniversario de este fatídico suceso, oí muchos relatos y leyendas, pero, no de modo  directo de uno/a que se haya  salvado, dentro de los miles de habitantes del desaparecido y hermoso  pueblo de Yungay. 

En este Hospital Es Salud Edgardo Rebagliati, habitación número 710, arrellanada en el sillón, junto a los traslucidos cristales del amplio ventanal, en mi delante, estaba una sobreviviente, la señora…Huinchos viuda de Vergara. 

Me aproximé con sesuda prudencia y le pedí permiso si podía sentarme junto a ella, del cual accedió con placer mi petición. Me ubiqué de espalda a los cristales de la ventana y en medio del vocerío de los familiares que llegaron con el fin de enterarse sobre la salud de mi cuñada, inicie el dialogo con cautela y le pregunté en tono grave: 

— ¿No le abrumo, si le pregunto sobre lo sucedido con el aluvión de Yungay? —En seguida agregué —¿Usted estuvo presente en aquel acontecimiento fatal? 

Luego de esta interrogación, tal vez muy directo, entre ella y yo, hubo un monumental silencio, a pesar de las voces ininteligibles que llegaba del otro lado de la cortina. Después de unos segundos, agarrándose las pequeñas y acanaladas manos, miró hacia el patio con sus piadosos ojos, en seguida, el blanco techo, como que hacia un esfuerzo por traer a su longeva memoria los sombríos acaecimientos producidos por el terremoto de 1970. Con lánguida mirada, profunda e inmóvil, con voz mortecina, manifestó: 


— No te preocupes, mi dolencia no es nada grave, pero ahí vamos dándole duro a la vida —hizo una pausa y prosiguió —por aquel entonces ya contaba con 25 años de edad, estaba casada y ya tenía un hijo de un año y dos meses y cuatro meses de gestación cuando ocurrió lo del aluvión.  

Haciendo un reposo de sus vagos recuerdos, le interpelé:

—¿Recuerda usted, los hechos de aquel momento?

 —No todo pero los sucesos más difíciles y trascendentales, que pasé en este pasaje de mi breve existencia, se me quedó gravado para toda la vida, jamás lo olvidaré. Me parece que fue ayer, lo llevaré hasta cuando me marche de este mundo —expresó con voz interpolada,  

Se dio tiempo para serenarse e inicio el relato de su vivencia personal:     
                 
“Con mi esposo, mi esposo se llamaba Nemias Vergara, ya teníamos previsto desde la noche anterior, sábado, trasladarnos rumbo a la chacra. Ese día, 31 de mayo, amaneció radiante, animado; los nacientes rayos dorados del sol, empezaba a aguijonear a la cima cana del Huascaran, a la cumbre de los cerros aun reverdecidos  y al techo rojo de las casas. Arriba, el espacio, se hallaba rematadamente azulenco, libre de nubes. El suave y fresco viento de la mañana arrastraba, desde el jardín a nuestro aposento, sugestivos aromas de diversas flores y rosas. Cómo cada día domingo, tomamos el desayuno un poco  tarde. Mi esposo y yo además de ser docentes, nos dedicábamos al negocio de materiales de construcción, la tienda estaba cerca del mercado, en el centro del pueblo, junto con el de mis padres que se dedicaba a la venta de abarrotes y estaba a cargo del estanco de coca. En esas circunstancias de sosiego, de súbito, un colega, profesor, se presentó a la casa solicitando, de manera urgente, cemento y  fierros.

De regreso, ya en casa, cuando mi esposo comentaba que mejor sería ir a la chacra, a las 2 de la tarde, después de almorzar…, tañen la puerta, fuerte y de modo constante. Mi compañero con tono afectuoso, me dice:

—Anda a ver quién es —atravesé el patio que lo regué mientras mi esposo estuvo ausente, al abrir el zaguán me topé con las figura de 2 colegas de mi esposo, notando en sus rostros cárdenos, señales de ebriedad. Uno de ellos preguntó con lenta voz:

— ¿Se encuentra Nemias? —Mi esposo, que también había salido hasta el centro del patio, reconoció la voz y se acercó al añejo pórtico, colocándose a mi lado, habló con recia voz:

— Hola Pablo, buenos días, ¿Ocurre algo?

— Vamos a la casa de Eusebio, para brindar unas copas, hoy es su cumpleaños. —Mi esposo, reflexivo, en tono amigable comento:

— Es temprano para ir a su casa, ¿no les parece? —Luego añadió—  preferible sería ir en la tarde, pero tampoco podré, tengo que partir a la chacra. —justificándose con razón, les propuso —Mientras tanto, por favor, pasen a la sala. —Y así convinieron en permanecer en la casa, en seguida, Nemias mandó a comprar cerveza”.


La Señora Huinchos, detiene el relato por un momento con el fin de referirse acerca de su tierra natal, antes del fatídico terremoto que provocó el aluvión de 1970. Yungay, me dice, era muy atractivo, las casas, en su mayoría de 2 pisos, poseían llamativos balcones que embellecía aún más la calle angosta y empedrada. Gozaba de amplio patio adornado de un bello y odorífico jardín. Cada domingo, los campesino/as venían de las aldeas cercanas trayendo sus productos agrícolas que, colocados alrededor del mercado, ofrecían al público. El comercio estaba en auge, tal es así, que los pobladores de Caraz y Carhuaz acudían aquí, para realizar las compras. En la entrada del cementerio se podía apreciar la pulcra estatua del Cristo Redentor de Yungay, erigido en el año 1966 y en la plaza se hallaba las hermosas y desafiantes palmeras, mirando al imponente nevado del Huascaran. Al otro lado, la maravillosa Iglesia colonial Santo Domingo. 

Como si estuviera ante un alumno, la señora Huinchos, me describe datos históricos de su tierra natal y continúa ilustrándome. El nombre de Yungay, me explica, proviene del vocablo quechua “yunga” o “yunca” que significa cálido, “valle cálido”. Además como docente que fue por aquella época, me reveló y aclaró que el término o la denominación tradicional de “Yungay hermosura” fue mencionado por el explorador alemán Richard Witt en 1842 y que erróneamente es adjudicado a Antonio Raimondi. Luego de manifestarme estos importantes detalles, una vez más, miró a través de los cristales, los nuevos edificios construidos alrededor del hospital, suspiró y continuó con su relato:

“Después de almorzar, el sol comenzaba a  inclinarse y el viento sereno empujaba de un lado a otro a las nubes pardas que causaban hoscas sombras sobre los techos y calles del pueblo. Mi esposo, con uno de los colegas seguía tomando, el otro, luego de permanecer por breve tiempo, se retiró. Yo, al día siguiente, lunes, tenía que estar muy temprano en la escuela, ya estaba embarazada de 4 meses. Meditando que ropa ponerme, es cuando rememoro del vestido de mi gestación anterior. Subí al cuarto, al encontrarlo, de inmediato, me probé, para mi buena fortuna  encajó en mi cuerpo. Como tenía que ir a la chacra a ver los sembríos, me puse la ropa de campo, bajé y fui directo al jardín con el propósito de podar algunas plantas mientras ellos, don Nemias y el amigo, terminaban de tomar.

En el momento que salía del jardín, sentí un leve temblor, di unos pasos más y la tierra seguía temblando. Entonces, aterrada, grité con voz que salía de mis entrañas: 

— ¡Temblo-o-o-r!  ¡Temblo-o-o-o-r! —en seguida, vi a mi esposo, al amigo y al cocinero que teníamos a nuestro servicio, saliendo de la sala, desesperados uno tras otro, con el semblante pálido y achispado.

—Ya va pasar, ya va pasar —decía mi esposo cuando llegó mi lado. Sin embargo, la tierra seguía temblando de modo espantoso. 


El amigo, que estaba junto a nosotros, de repente, empezó a clamar con voz desgarradora:

— ¡Mi familia! ¡Mi familia! —se retiró despavorido de la casa, tirando el zaguán. Yo, angustiada, seguía gritando: 

—¡Abrancito-o-o! ¡Abrancito-o-o!, ¡Neme, Abrancito está en el escritorio, en su cuna! 

Mi esposo, dominando el susto de ese terrorífico momento, raudo fue al rescate de mi hijito, que se hallaba en profundo sueño. De  vuelta, apenas cruzó el corredor, acunando al hijo entre su pecho y los brazos calurosos, llegó a mi lado. Y al segundo se desplomó el techo, causando un estruendoso y horrendo crujido, en seguida, le siguieron las cuatro paredes de la casa de donde surgió una espesa y terrosa polvareda. Estábamos aturdidos. Alrededor nuestro, todo era oscuro e incomprensible. De pronto, el joven cocinero, chillaba con pavor: 

— ¡Don Nemias; se viene el Huascaran! ¡Se viene el Huascaran!...

Sin saber a dónde ir, desesperada, con tono atropellado, pedía marchar: 

— ¡Al cementerio! ¡Al cementerio! —mi esposo jalándome de la mano, decía con voz ronca: 

— ¡No!, ¡Vamos a la pista de Caraz! ¡A la pista de Caraz! 

En medio de aquel caos emocional, mi esposo me jalaba con fuerza y decidimos marchar, salvando sobre la casa demolida, a la pista de Caraz. Segundos después, percibíamos un intenso y desgarrador frio. De los cerros provenían sordos rumores amenazantes, entonando cantos fúnebres. Advertíamos impetuosos ecos, zumbidos, ruidos asombrosos y desconocidos, jamás escuchado. Tras de nosotros, cerca, lejos, la gente corría, se hincaban, con voces desgañitadas, continuaban clamando:

— ¡Terremoto-o-o! ¡Terremoto-o-o! , ¡Se viene el Huascaran!.. 

Cuando por un instante torné la mirada, de la martirizada huida, vi arriba, a la entrada de Yungay, una inmensa ola negra que se acercaba doblándose como una serpiente siniestra abriendo sus fauces para tragarse todo lo que hallaba en su mortal trayecto.

— ¡Neme! ¡Neme! ¡Dame a mi hijo! ¡Yo, me quedo aquí! ¡Ya está sobre nosotros! —Le gritaba fuera de sí —¡Corre! ¡Corre! —me animaba para seguirlo. 

Detrás de nosotros venia un jovencito que, luego de vociferar con inaudita desesperación: — ¡Sí, señora, ya está sobre nosotros!, ¡estamos perdidos! —se desmayó. 

Sin detener nuestra fuga, de aquel siniestro aluvión, pude observar que algunos  vecinos, por la impresión que se vivía, perdían el conocimiento”.     
       
Por un momento, la señora con ojos de piadosa mirada, guarda absoluto silencio, como deseando obtener una respuesta a estos escalofriantes fenómenos naturales, que arrasó con todo lo que encontró en su devastador curso.


Luego del movimiento telúrico, una inmensa masa de hielo, se desprendió de la parte norte del nevado del Huascaran, impactando contra la pared de la quebrada del rio de Ranrahirca cuyo efecto formó un estancamiento de agua, desviando furiosamente su curso en 30 grados que dio inicio su apocalíptico recorrido con dirección al desafortunado pueblo de Yungay.

“Mientras el aluvión desbordado con 40 millones de metros cúbicos de hielo, fango y rocas que media aproximadamente 1Km de ancho y con una velocidad de 200 a 500 Km/h  va arrastrando y sepultando en su horrendo e inexorable curso, cadáveres  de campesinos, infantes, turistas ahogados, junto con el de sus bueyes, corderos, aves de corral y las vigas de las casas, arrancando arboles de raíz, sementeras y por último a la población entera en los fatales 18 Km que avanzó. 

De repente. Esa resonancia, ese  eco inverosímil, extrañamente se interrumpió. Ganada por la angustia, cuando volví la mirada por segunda vez, Yungay, en tres minutos, había desaparecido de mí vista, de principio a fin, para siempre. De nuevo grite, desfallecida: 

— ¡Mi papá-a! ¡Mi mamá-a-a!... ¡los pañales de Abrancito-o! —mi esposo, abrazándome con uno de sus brazos me consolaba, susurrando con voz apagada y trémula:

 — Amor, nos hemos quedado en absoluto desamparo, sin nada; sin casa ni parientes.

Agotados, caminamos con el objetivo de alcanzar la parte alta de la inmensa peña de Huachahuay, cerca del cementerio. Con este cuadro infausto de la naturaleza, me parecía estar soñando. De todo lo hermoso  que atesoraba Yungay, sobrevivieron, imperturbables, sosteniéndose sobre sus cimientos férreos, desafiando al demoledor aluvión, cuatro erguidas palmeras, ubicado en la desierta Plaza Mayor y al frente, alejado, en lo alto del cementerio, la estatua del Cristo Redentor de Yungay.” 

Su voz se ahogó, suspiró con profundidad. Al notar que estaba muy afligida, me aproximé para confortarla y solidarizarme con la anciana enferma, sola, arrellanada en el sillón, con el otro recóndito dolor de aquella imperecedera tragedia.     
      
De esta aciaga calamidad, pocos lograron salvarse de entre miles y miles de personas, como los siguientes testimonios cortos que a ella le contaron:

“Un señor, que lo conocía de vista, me contó que se encontraba cerca del mercado, apenas sintió el temblor, empezó a correr al sector de Aura, donde vivía su familia. En su veloz travesía por las calles ceñidas, pudo observar a la muchedumbre corriendo de un lugar a otro con los rostros despavoridos, a mis padres ancianos y a una multitud de gente, prosternados con los ojos cerrados y los brazos en alto, implorando: ¡Khuyapayawayku! ¡Khuyapayawayku! (¡Señor ten piedad! ¡Señor ten piedad!). En su recorrido, me contaba, veía  muertos y heridos, tendidos en el suelo empedrado de las apretadas calles, esperando ser socorridos.

 

Estaba  determinado llegar a su domicilio; corría y corría, sorteando paredes que se desplomaban de donde surgía la densa polvareda, elevándose con lentitud inaudita oscurecía la calle por completo. Postes y paredes meciéndose de un lado a otro, como los altos arboles de copiosa copa, inclinándose por el fuerte viento. Se alejaba de la cuidad, sin saber que venía el  encrespado aluvión. Había pasado la calle Espinar, por donde  yo vivía y creyendo que yo había muerto, vio a mis vecinos, al señor Cesar Lagos, su esposa, a su papá, su hermano, también, arrodillados, en el centro de la arteria, turbados y espeluznados, sin saber qué hacer ni a donde ir. Cuando llegó a su destino, al volver la mirada hacia el pueblo, este, se encontraba con un aspecto inusual, monstruoso, sombrío, desierto, Yungay, estaba bajo los escombros de bloques de hielo, lodo y rocas, en un cerrar y abrir de ojos, había desaparecido completamente de la faz de la tierra”.

 Dentro del centenar de maestros y maestras que enseñaban en Yungay, sobrevivieron cuatro, Reyna Veramendi, Elvira Vásquez, y Carmen Giraldo, esta última docente, le describió lo siguiente: 

“Huyendo del sismo, estremecidas por las resonancias extrañas que arribaba de los cerros y las quebradas, con mi anciana madre, sin pensar 2 veces, corríamos directo al panteón. Cuando subíamos los primeros peldaños, con penosa dificultad, a razón de que mi madre, exhausta, ya no podía caminar a paso firme, al escuchar cada vez más cerca el violento e inverosímil sonido y cuando de repente advertí, aún lejano, una ola negra, gigante y espantosa que nos acechaba, entonces, con desesperación, con las ultimas fuerzas y el aliento que me quedaba, empecé a jalarla a rastras, de pronto, vuelvo la mirada para ver a mi madre,  y como si fuera un sueño, ya no estaba conmigo, el protervo aluvión me la había quitado de mi propia  mano. Era una escena apocalíptica, embarazoso de describirlo”.    
Continuará… 
Con sobrevivientes.  

El Pichuychanca.   
Lima, Hospital Es Salud Edgardo Rebagliati  8 de febrero 2020

domingo, 25 de abril de 2021

¿Quién es el verdadero terruco?


Hoy en día, con mucha pasión pero sin un estudio mínimo de análisis dialectico e histórico, se habla a los 4 vientos del adjetivo terruco, que procede de la palabra terror. Este adjetivo, se viene publicando, propalando y lanzando de manera masiva en estas redes sociales, los medios de comunicación y por los periodistas manipuladores —chayoteros, mermeleros— para señalar sin misericordia a alguien que piensa diferente y con  suficiente argumento por responder con acierto y de modo certero a los que carecen de ideales y doctrinas  tanto en filosofía, economía política y ciencias sociales,

Vamos a recurrir a la Real Academia Española (RAE) para comprender las acepciones del término de terror, son las siguientes: pavor, pánico, espanto, susto, ansiedad, miedo, angustia etc. Si hacemos un estudio a la luz de la verdad nos vamos a encontrar que quienes impusieron el terror, de hace mucho tiempo, fue la clase dominante, la sociedad esclavista, y eso nos enseña la historia. Para no ir muy lejos, veamos por ejemplo el caso más concreto en nuestro país.

Si retraemos nuestra historia, hoy olvidada por ciertos intereses de clase, los invasores españoles cargados de codicia, como hoy en día, aplicaron su costumbre y cultura, por todo el imperio incaico  en base al terror, el pánico con la espada y la Biblia. Su primera víctima fue el Inca Atahualpa.

Cuando le preguntaron si creía en Dios, él respondió, a ese término abstracto, con un rotundo:

 — ¡NO! 

— ¡Entonces!, ¿en qué crees? —le volvieron a preguntar            

—Creo en la luna, porque nos brinda su luz en las noches. Creo en el sol, porque nos da energía para vivir, y creo en la lluvia, porque riega nuestras sementeras.

Por decir estas simples verdades  fue torturado y ahorcado. ¿Quién era el terruco?

Ya en la colonia, los cajamarquinos, cusqueños y todos los habitantes del imperio incaico fueron desterrados de sus propias tierras y explotados en las minas por los encomenderos, y por otro lado, la Santa Inquisición torturando a los hombres que se oponian a su fe. Percibiendo todas estas tropelías de parte de los invasores, José Gabriel Cóndor Kanki, Túpac Amaru II decide hacer justicia por medio de una revolución contra su opresor, el Rey de España. Cuando el padre de los desvalidos, de los marginados, de los pobres, fue traicionado y hecho prisionero, el visitador Areche, le propuso una serie de promesas a cambio de  revelar los nombres de sus cómplices, luego de unos segundos, nuestro gran precursor, que jamás debe ser olvidado, le respondió con desprecio “Aquí no hay más cómplice que tú y yo; Tú por opresor, y yo por libertador, merecemos la muerte” Túpac Amaru II fue descuartizado, decapitado junto a su esposa, familiares,  en nombre de la Biblia y el Rey, en la plaza de Wcaypata. ¿Quién era el terruco?

Transcurren los años, y el sistema social no ha cambiado absolutamente en nada. En esta coyuntura actual, todos los recursos naturales del país, gracias a los congresistas, jueces, políticos y presidentes corruptos, —antes encomenderos, visitadores, terratenientes y virreyes— a través de la Constitución espuria de 1993 elaborado en el gobierno del dictador Fujimori que se basa en la propiedad privada, se los han entregado a las empresas transnacionales y a la oligarquía criolla que no pagan sus respectivos impuestos y es más les hacen Leyes con nombre propio para exonérarlos. 

Esos recursos naturales que lo vemos pasar por nuestras narices y sin provecho, está  resguardado por las fuerzas armadas y la policía, que le pagamos con nuestros impuestos, no dejan ni aproximarse a los verdaderos dueños que somos todos los peruanos, al contrario somos reprimidos, cómo en la época de la colonia, por reclamar nuestros justos derechos ¿Quien es el terruco?

El Perú atesorando ingente riqueza, que otros paises desearían tener, los ciudadanos de a pie carecemos de una adecuada atención pública tanto en el sector de la salud y educación, todo por incapacidad del estado burgués con estos políticos pillos, presidentes, ministros y jueces vendidos al don dinero de la oligarquía o les importa un bledo el pueblo en dónde cada día hay más  infantes anémicos, personas con tuberculosis, personas sin empleo, sin seguro, causando angustia y temor cuando llegan a la edad de la jubilación. ¿Quien es el terruco?

¿Acaso no es cierto que desde la época de la invasión española, hasta hoy en día, -en nombre de la monarquía, de la democracia- hemos sido gobernados por una elite de la oligarquía codiciosa, depredadora, sanguinaria y corrupta?

¡Ay!, gente, gente, aun no te das cuenta, de ¿quién es el verdadero terruco?

 El Pichuychanca.

Lima 21 de abril 2021       

Luna llena, lampara de mi noche sosegada, me acompañaste por estos senderos