domingo, 4 de junio de 2017

Siembra, primera visita. Cosecha de papas en Huaca Corral (III)


Los padres, la noche anterior, dejaron dispuesto todo lo referente para el alimento del desayuno, el almuerzo del medio día y las herramientas estacionadas en su debido lugar. Los asnos y ovejas, orondos descansaban en el corral. La semilla, preservado en óptima condición en el almacén oscuro o el altillo, por donde pasaba la luz difusa del día por la pequeña ventana, sirvieron de acopio para la íntegra capacidad de germinación, alentando la formación de los vigorosos brotes de la pap
a, estaba lista para la siembra.

La aplicada madre prepara el desayuno y el refrigerio, Samara, la hija mayor, de ojos grandes y negros, rauda, sale a comprar el pan de piso. Evaristo, el segundo hijo, vivaracho, contextura delgada, ayuda en la ajetreada labor del padre, Esteban, el tercer hijo, de ojos redondos, cuida y se recrea con los 2 hermanos menores, Nazaret y Ezequiel. En ese ínterin, el padre, con habilidad y esmero, coloca sobre el lomo del burro mohíno, el saco de la semilla de papa, en seguida, lo asegura y sujeta hasta quedar firme con el fin de que no se balancee y desplome en medio del largo y soporífero camino. Cuando terminaba de colocar la montura de madera, con la asistencia de Evaristo, sobre el lomo del segundo burro color pardo; dócil y experimentado en trotar por senderos empinados, la esposa, de la opaca cocina humeante por el fogón y el aroma a leña atizada, le llamaba con voz chillona:

—¡Melquiades, está servido el desayuno!, ¡hijos míos, a sentarse de una vez!

Luego de haber disfrutado, en armonía familiar, el delicioso desayuno, salen uno tras otro al amplio patio, en cuyo extremo, desde tiempos remotos, vegetaban 2 árboles de eucalipto de densa copa. De entre las ramas, empapadas de rocío, una bandada de pájaros alza veloz vuelo a lugares ignorados. Los hijos aun tiritan de frio, murmuran a media voz en medio de la ventisca fría. De las minúsculas bocas, exhalan un transparente hálito. El padre, coloca el colorido chullo sobre la cabeza de cabellos erizos del último hijo. Con enorme afecto, lo acuna entre sus acartonados brazos. En seguida, hace lo mismo con la penúltima hija, le da un beso paternal sobre su lozana y virginal frente, Apoyado por la esposa los acomoda sobre la montura. El padre, de manera diestra, fija y salvaguardan a los 2 pequeños hijos sobre el noble bruto. En el tercer burro anciano, coloca y asegura la alforja en cuyos lados contiene las ollas de comida para el almuerzo. Parten rumbo a Huaca Corral.


En la Incontrastable y generosa villa ciudad de Chiquián, parecía haber un éxodo. Una legión de comuneros de asoleado rostro, sonrientes, en medio de cuchicheos, bajo la luz del alba y el torturador frio, se aglomera en las calles angostas. Se vive una fiesta popular. De los corrales, se escucha el orfeón del canto de los gallos, da la impresión como si le estuvieran despidiendo de un viaje sin retorno. Abandonan el pueblo llevando las ovejas, las bestias de carga, y azadas que posan sobre el firme hombro del laborioso aparcero. Por el camino que conduce a Caranca, del riachuelo de caudal liviano y de agua helada, en el curso de su cauce de exigua profundidad, provoca un ruido monótono, a partir del cual surgen nieblas transparentes que se deshacen en un santiamén por el soplo del airecillo fresco. Los comuneros, conducen a los animales, exclamando con voz cortante: —¡Arre burro arre! ¡Arre burro! —cuando se detienen por alguna causa o, simplemente por capricho. —¡So-o-o, so-o-o! —cuando se adelantan, deseando llegar presto a su destino. —¡Usha, usha! —a las borregas que se apartaban de la escasa piara. Se oye el constante repiqueteo del duro casco y la pezuña de los nobles brutos y de las turbadas ovejas, sobre las piedras del camino inclinado bordeado de pequeñas yerbas que empiezan a crecer manando matizadas fragancias cuyos tallos débiles, empujados por el viento, oscilaban hasta besar el cascajo y húmedo suelo.

El viento aullador de la mañana, desgarra a la inmensa sabana de nube gris, que impide ver el cielo azul. El nubarrón, temeroso, se transforma y alinea en pequeños mantos de algodón, que provoca sombras por el ancho y ceniciento camino, la carretera. Surcan las depresiones de Pucrupaj, Matarrajgra, llegan a Conchuyaco. En este lugar, los comuneros con virtudes teológicas de fe y religiosidad, dan su reverencia a la imagen milagrosa del mismo nombre, El Sr. de Conchuyaco. El vientecillo sopla y arranca del suelo munúsculos remolinos de polvo que se extinguen en el abismo.

Al inicio del bello paraje de Huaca Corral, de pronto, un aparcero se detiene en la primera parcela, y así, uno tras otro, se desplazan con el fin de llegar al último terreno que le fue asignado para la siembra de la papa. Los generosos comuneros, observan la tierra fértil, encajada en la colina, henchida por la humedad, producto de la lluvia y el riego. Las aves canturrean, la mañana es propicia y alegre, La tierra, acuosa y feraz, les espera con anhelo con el fin de plantar en su entraña la primera semilla de la papa.

A lo largo y ancho de la estepa de Huaca Corral se nota a cientos de siluetas de formas parabólicas, que se mueven constantemente. Con los pies fijos sobre el suelo, la cintura de bisagra que permite el balanceo del tórax, los brazos de arriba abajo y la racuana entre las manos, exhalan y respiran con fuerza, en estas circunstancias, despliegan los surcos. Mientras tanto, las habilidosas mujeres, abren hoyos cerca de 8, 10 Cm e introducen las semillas de papa en el vientre de la magnánima tierra. Los débiles rayos del sol caen sobre la espalda del comunero y entibia las vertientes y quebradas de poca profundidad, donde los hijos pastorean y cuidan a la escasa manada de ovejas.


Una singular afonía se propaga por el inagotable y apartado prado. Se percibe el silbido del viento helado, el sonido suave de la racuana que abre los surcos sobre la tierra pastosa y prolífica. Se oye el trino de las aves, que vuelan sobre la cabeza del comunero, buscando comida, voces distantes de uno u otro aparcero. De pronto, desde la orilla de la parcela, Ezequiel, el último hijo de cuatro años, con voz fina y grave, reclama:

—¡Maaaa tengo hambreé!

Luego de haber almorzado al borde de la parcela y bajo la sombra de las escasas plantas silvestres, reanudan la faena hasta cuando los rayos del sol apuntaban de forma oblicua en dirección del espléndido manto blanco de la Cordillera.

Aún agotado por el arduo trabajo durante todo el día, los comuneros sienten eterna dicha de haber concluido la faena del sembrado de la milenaria semilla en la tierra fecunda de Huaca Corral. Dentro de 150 días volverán con la certeza de obtener una exitosa cosecha de papas

Primera quincena de diciembre…

Cada vez más se intensifica la época de lluvia. El corazón del aparcero rebosa de gozo y de esperanza de obtener óptima cosecha de papa de la álgida pero fértil tierra de la generosa vertiente de Huaca Corral. El vasto cielo garzo, colmado de nubes hirsutas, contribuía de tener un aspecto y una peculiaridad de un paraje incógnito.

En la cumbre y en la falda de los cerros, las plantas prosaicas y diversos árboles, después de haber desafiado el tiempo de inclemente helada de los meses de otoño, se resistieron a sucumbir. De la floresta marchitada, provocado sin piedad alguna, por los rayos punzantes del sol, las hojas de la rama demacrada eran arrancadas tras el violento soplo del viento que lo arrastraba quien sabe adónde. Luego de haber estado en agonía en este rudo periodo, Ahora, cual ave fénix que renace de sus cenizas, las plantas lozanas vuelve a reverdecer y a crecer. Desde el llano del pueblo, a lo lejos, se ve en la pradera los enarbolados arbustos frescos tendido como enrevesada alfombra verde.

En la primera luz del día y soportando el frio, Melquiades, junto con los demás comuneros, se disponen a marchar trayecto a las parcelas de Huaca Corral. Por el angosto e inclinado sendero que conduce a Caranca, ven a los escurridizos huayhuacos que corren sobre las ramas del viejo eucalipto o del maguey. Triunfante, con ojillos usurpadores miran a su rededor, seguro de estar fuera de algún acecho, se echan a comer. Sobre las crestas de los cerros, se reviran las nubes viscosas cediendo escasas áreas de cielo azul por donde pasan los diagonales rayos del sol que hace brillar, con desanimo, la sugestiva cima de los cerros.


Del pueblo seductor de Chiquian al sibilino prado de Huaca Corral hay una distancia cerca de 5 Km, de colinas, declives y precipicios. Del sendero llano, que comienza de Caranca y dando la espalda al enorme nevado del Yerupajá, se aprecia, hasta donde alcance la vista, el prolongado campo del fastuoso Valle de Aynin y el curso del rio caudaloso que atraviesa de forma espiral y arrolla sus taludes. Por caminos desnivelados, arreado por el lechero, trota la acémila de regreso al pueblo, sobre el lomo carga los porongos de leche recién ordeñadas. Al borde del camino, sobre la pirca de la chacra, el abrojo, bañado por el rocío, ladea quejumbroso su minúsculo talluelo cuando sopla la brisa helada. Entre el barranco y la hondonada, vuelan bandadas de aves sobre la cabeza de los aparceros. Hirsutas y tenues nubes, dejan ver la cresta del nevado de Tucu.

La legión de comuneros, por la carretera afirmada, atraviesa el encumbrado altozano y la vertiente de Pucrupaj, avizoran el verdor del fresco retoño de las plantas rústicas y los pimpollos de la papa que desafiaba al chubasco. Melquiades, con el comunero Isaías, amigo desde la infancia y de poco hablar, caminan al mismo ritmo. Al ver el brote de la papa, sorprendidos, cruzan la mirada y cavilan en lo mismo, sobre las parcelas de Huaca Corral. Cruzan la discreta cascada de Matarrajgra, su cauce con la resonancia y el gorgoteo del agua corre por la quebrada poco profunda. De las riberas, los árboles de eucalipto, de copa tupida, meciéndose provocan un susurro coral. En ese ínterin, Melquiades, por fin se atrevió a desgarrar el mutismo profundo, que hasta ese entonces no habían cruzado palabra alguna, aun con los ojos liosos, hablo con voz grave:

—Esta temporada de lluvia ha tenido un buen inicio, ¿no crees tú?

Isaías, al escuchar esta pregunta, contuvo sus cortos trancos y con la mano curtida, asió el sombrero de paño que cubría su cabeza ovalada de los rayos frágiles del sol, lo situó en el torso y al mismo tiempo, con la otra mano, limpió el polvo de la frente amplia surcada de escalonadas arrugas. Hombre silencioso, de pequeña estatura, con voz carrasposa y mirada sombría, respondió ásperamente, pero con sentido solidario:

—Eso espero… eso esperamos todos… todos los comuneros, mi querido amigo Melquiades.

Isaías, abrió la boca, estiró las comisuras de sus labios lívidos, dio un bostezo largo y surgió un vaho gris claro, llevado por la brisa de la mañana, se evaporo en el espacio. Alzó los anchos hombros y los cortos brazos, desperezándose, y lo encogió, síntomas por el estado de extenuación por el dilatado recorrido por aquel camino. Marchaban detrás de los demás comuneros en medio de cuchicheos y comentarios que no llegaban a entender claramente, más que el soplo del viento que farfullaba los oídos.

Melquiades e Isaías, fieles devotos, los últimos de la legión, se detuvieron frente al santuario del Señor de Conchuyaco, milagroso, para los aparceros creyentes, ubicado en la ladera e incrustado en una peña, debajo del cerro del mismo nombre, con el fin de presentar su venia, santiguándose con fervor religioso y de manera escrupulosa. De la mediana hendedura rodeada de floras indómitas, alzaron vuelo una pareja de lerdas perdices.


Con muestras de agotamiento, luego de una prolongada peregrinación, contuvieron los pasos a una cierta distancia de la primera parcela, rodeado de hermosas lomas de forma elíptica, de donde desciende y recorre entre el mediano desfiladero el gozoso riachuelo y en cuyo vértice ya brotaba, incólume y pertinaz, el Ichu, compañero de los pastores. De pronto se topan con el diseminado verdor de las insondables depresiones de Huaca Corral. Son los primeros brotes de la papa que emergen de aquella tierra blanda y fecunda después de haber estado en su entraña por varias semanas, ahora, toleran con actitud impávida, el viento gélido y la lluvia de la temporada que recién abordaba.

Cada comunero se dirige a sus parcelas, Melquiades e Isaías, del mismo modo. Observan los surcos henchidos. Perciben el aroma a tierra rociada, transportado por el frígido viento. Regodean sus ojos al contemplar el cogollo, parecía que les esperaba desde el primer día cuando, con dificultad, brotaron. Los comuneros desbordados de regocijo, consideraban a cada uno se estos plantones, como algo muy preciado, pero también apenados, porque alrededor de los retoños había crecido las malas yerbas del cual lo dejarían crecer y pasar cierto tiempo para el momento propicio del desyerbado.

Continuara…

El Pichuychanca.

Chiquian Julio 2016





miércoles, 24 de mayo de 2017

Preparando la parcela. Cosecha de papas, Huaca Corral (II)


Los votos fueron registrados en el deslucido y penúltimo folio número 199, como sigue: 4 abstenciones, 120 en contra y 128 como aprobado, de este modo, los directivos  estamparon  su rúbrica en el viejo Libro de Actas  certificando el reparto de las parcelas.

El rumor que corría por las calles del pueblo, correspondía a los sucesos de la asamblea, tanto del lado de los que se oponían, como los que estaban a favor de la repartición de las parcelas. Pero, el cotilleo que destacaba era el incidente ocurrido al secretario de la Comunidad, cuando trastabillo y estaba a punto de caer en el piso del proscenio. Ocurrencia que hizo olvidar, por un momento, la animadversión y discrepancia entre los comuneros,              

La mayoría de los aparceros amanecía de buen humor, dejando de lado las rivalidades.  Transcurría los primeros días de octubre, mes  que armonizaba con la fiesta del segundo patrón del pueblo, San Francisco de Asís. Es tiempo propicio para los preparativos  de las parcelas en el bendito paraje de Huaca Corral. Desde la época de los  ancestros, ayer como hoy, familias unidas siguen con la costumbre y marchaban provistos del azadón y todo tipo de herramientas necesarias, auxiliado por la yunta para labrar feraz tierra.

Las avecillas, del nido ubicado en la tupida copa de los árboles, alzan raudo vuelo en busca de sustento. Posan en la cumbre del tejado o en la cruz y trinan sin cesar anunciando junto con el viento, la salida del sol, que aparecerá detrás del blanquecino nevado del Yerupaja. Mientras tanto, el gallo desde el corral anda desafiante ante los suaves trinos, pero trinos al fin; con cambios rápidos ascendentes y descendentes del inquieto pichuychanca; entonces, el gallo, concentrado, atiranta su cuello emplumado e inflando su gallardo pecho, comienza a cantar aflautadamente con un largo quiquiriquí. En el pueblo de Chiquián, en el alba, es un concierto de trinos y cantos de aves madrugadoras.

En los declives y las colinas de Huaca Corral se respira aire puro, se percibe el estoico silbido del viento, a veces monótono y de repente se vuelve hosco y furioso. Los arroyuelos se sienten encopetados, las primeras lluvias incrementan su minúsculo caudal de agua cristalina, que lleva hojas, helechos por el angosto cauce poco profundo. En las vertientes y pequeñas hondonadas, despunta la yerba silvestre, el Ichu, de tallos erguidos que soporta el frio inclemente y se aferra a la tierra, es el alimento ancestral de los auquénidos, ovejas y amigo de los pastores. La mediana y hermosa quebrada guardan un misterio que invitan a descubrir sus entrañas. Los secretos de la naturaleza que rodean al pueblo mágico de Chiquián, se refugian en Huaca Corral.


Por 3 semanas consecutivas, laboriosos comuneros, con su respectiva familia, limpian la parcela, regados con anticipación o humedecido gracias a la lluvia. En este paraje donde se percibe el silencio, la quietud con nitidez, se rompe con el concierto del coro de barretas, picos y racuanas, cuando encuentran terrenos duros, resistentes e irrompibles. De las sacrificadas palmas de la mano amoratada del labriego, brotan llameantes ampollas. Afanosos hunden los azadones sobre el suelo dócil, ocasión para voltear la tierra, cuyos terrones o bloques son golpeados 2, 3 veces con el reverso de la racuana o la parte plana del pico,  pag-pag, hasta desbaratarlo a tierra lisa. De este modo, extraen las  malezas, arbustos, para exponerlos al sol y dejarlos secar. En otras parcelas las yuntas uncidos por el yugo, el comunero, experto, toma la mancera unido al timón y penetra la reja en la tierra acuosa  y con la otra mano el boyero, golpea sobre el lomo de los bueyes, ordena con voz ronca:—“fuerza toro, fuerza” “usha carajo, usha”  —en la medida que avanza, abre surcos ondeantes listos para ser abonado con el estiércol seco, arrancado de los corrales, del coso o del costado de la entrada principal del estadio de Jircan.

Pasa los primeros días de noviembre, Chiquian, amanece cubierto por sombrías neblinas. Al poco tiempo, las nubes inmóviles se desplazan sin rumbo y abren agujeros azulinos por donde el sol aprovecha para proyectar su rayo ambarino con el fin de pintar la cima de los cerros de oro fundido. En ese ínterin, el ruido ensordecedor del reloj, ubicado en el velador, despertaba al comunero…todavía soñoliento estira su huesuda mano con el propósito de detener el escandaloso fragor del timbre que lo programó para las 5 1/2 de la mañana. Aun en la oscuridad sacudió el hombro de la esposa que dormía con placidez,  que ni el sonido estridente del timbre del reloj pudo despertarla. Prendió la vela colocado sobre el candelabro de acero de dos brazos, se puso de pie, y con tono de cariño…

 —Salome, Salome, ya levántate, tenemos que ir a Huaca Corral.

Se colocó la última prenda de vestir, el poncho. Acompañado de la luz lánguida de la vela y andando sobre el plañidero piso entablado, el par de zapatos producía sonidos  que parecían teclas falsetes de un piano desafinado…tac-top-tac-top. Con paso pausado se dirigía al fondo del único cuarto de la casa, donde duermen los cinco hijos,  todos ellos de  4 a 12 años. En la penumbra, observa  el semblante angelical de los infantes durmientes. Sacude el diminuto hombro con ternura,  empieza a despertarlos con tono suave:

-¡Samara, Evaristo, Esteban, Nazaret, Ezequiel, despierten! Huaca Corral nos espera —al momento de despertarse, expresan su rabieta propia de la edad infantil.

Continuara…

El Pichuychanca            

 Chiquian julio 2016       




sábado, 20 de mayo de 2017

Asamblea comunal, cosecha de papas, Huaca Corral (I)


Al rayar el nuevo día, un mar de lóbregas brumas cubre al pueblo por completo. Los comuneros, abrigado con el  poncho, la bufanda y el sombrero, después de tomar desayuno, marchan rumbo al local de la Comunidad Campesina. En su itinerario, por prolongadas y angostas calles, cruzan pequeños charcos de agua, originados por la lluvia de la noche anterior. En la entrada del amplio local, protegido por el añejo zaguán que chirriaba al instante de abrir o cerrarlo, el Delegado, ya les esperaba apoltronado en una  vetusta silla con los brazos cruzados sobre el pecho, y sobre la mesa, reposaba el padrón de los miembros de la comunidad. Era un hombre de semblante pálido, nariz aguilucha y mirada de búho.

Sobre la mesa apoyó las manos cárdenas y en seguida se levantó. Al ver a los puntuales comuneros, uno detrás de otro, en tono severo les advirtió: 

—Por favor, guarden el orden y la compostura que voy a tomar lista de acuerdo a su llegada.  

Luego de estampar su firma en aquel padrón de hoja amarillenta y doblada, ingresaban al espacioso local, construido con esfuerzo y entusiasmo por los afiliados de la pujante Comunidad. Cobijados bajo la sombra del techo de calamina, crecía el frio de la mañana. Tomaban asiento, uno al lado del otro, hombro a hombro, en las dilatadas y añejas bancas de madera, De pronto, el salón de reuniones se encontraba colmado, de canto a canto, por los ansiosos comuneros esperando el inicio de la Asamblea. 

El Presidente, con la directiva y el Consejo de Vigilancia con los respectivos delegados, presidían la Asamblea extraordinaria. Luego de haber dispuesto el tema a debatir, el secretario, de nombre Dionisio Días, hombre de baja estatura, cara ovalada con ojos saltones, carraspeando la voz, de forma pausada y grave, anunciaba:

—Estimados comuneros, La junta directiva les da la bienvenida a esta Magna Asamblea de la activa Comunidad —hizo una pausa, luego continuó: —Quiero hacer hincapié y evocar  que, en la Asamblea anterior, registrado en el Libro de Actas, por mayoría, se acordó  llevar acabo la deliberación y decidir para el día de hoy la repartición temporal de parcelas para la siembra de papa en Huaca Corral. Por otro lado, La Directiva les pide que guarden el orden y la disciplina que se merece esta Cámara. Sus ponencias serán oídas con atención. Gracias —Tomo asiento y el salón retumbo a causa del fuerte aplauso de los asistentes.      


Por las parcas ventanas, el agonizante rayo amarillo del sol, interceptado por la nube blanca y cristalina, forjaba una luz mortecina dentro del recinto, en  donde los comuneros, guardaban sepulcral silencio. De pronto, en medio de la penumbra del salón, se levantó una silueta y al momento de retirar el sombrero de la cabeza, relucía su prematura calvicie. Ya de pie por completo, se pudo notar que era un hombre de mediana estatura, cara redonda y con ojos de pocos amigos, alzó la mano con el que sostenía el sombrero, pidió la palabra y habló con voz estentórea:
 
—Mi saludo al Presidente y a los demás directivos que lo acompañan. —Tomó aire, prosiguió con su intervención. —Mi presencia en esta Asamblea extraordinaria convocada por la directiva, sobre la repartición de las parcelas, me veo en la necesidad de exponer mi sugerencia, esperando señor Presidente, que tomen en cuenta lo siguiente: Si le ceden las parcelas a los comuneros que son empleados públicos, poseen negocios, propiedades, los demás miembros de esta comunidad, privado de peculio y trabajo, nos veremos afectados  porque tendremos menos de lo que necesitamos. Por lo tanto, señor Presidente, mi opinión es que, a estos aparceros, no se les debe repartir las parcelas. Eso es mi pedido. Gracias por escucharme.    
   
Del fondo del salón, un grupo de comuneros se pusieron de pie  como empujados por  un resorte, alzando al unísono  la voz semejante a un coro y las manos estiradas hacia arriba, clamaban:

—¡Bravo! ¡Debe ser así! ¡Tierra para los verdaderos comuneros! —Al instante, se escuchó una voz solitaria y resonante:

—¡Bravo pelado, así se habla, bravo! —Era evidente el apoyo a la intervención del hombre calvo cuyo cuero cabelludo brillaba débilmente como una bola de billar. Por toda la anchurosa sala rugía el bullicio, el murmullo, los aplausos y las risotadas. El Secretario, enardecido por el alboroto, se puso de pie y con la palma de la mano golpeó 2,3…veces  sobre la mesa. Levantó la voz, hasta que la sangre se le subió al rostro, poco más o menos, con potente voz, vociferó: 

—¡Orden, orden! ¡Silencio! ¡Estamos en una Asamblea, no en un corral, orden!

Luego de la encendida batahola, volvió la calma. Los comuneros, todavía agitados, tomaron asiento. No obstante, el sol, sereno, proyectaba una luz agónica a través de las pequeñas ventanas. El salón presentaba un aspecto sombrío. El viento sopló violento y el zaguán crepito. Los aparceros lanzaban miradas furiosas, síntoma que aún no estaba de acuerdo con la propuesta.


El secretario, de pie, con el rostro exasperado, agitaba el brazo, con la mano tendida y el  dedo índice apuntando a la masa, amenazaba con suspender la Asamblea. Tomo aire por las gruesas aletas de su nariz de bola, tratando de guardar la calma, hablo con voz serena:

—Se les pide, una vez más, por favor, guardar el orden y la disciplina de lo contrario nos veremos obligados a suspender la Asamblea. —hizo una pausa y prosiguió: —Continuando con la Agenda del día, se les pide su opinión y lo más importante, su propuesta. 

Cuando el secretario, terminó de mitigar el ánimo de los asambleístas, se apoltronó en la silla, olvidándose que una de las cuatro patas estaba averiada. Como consecuencia, su cuerpo se balanceó hacia atrás y del mofletudo pie derecho, suspendido en el aire, el zapato, de visibles cercos y  suelas desgastadas, voló por debajo de la mesa hasta la primera fila de la concurrencia. De inmediato, surgió una estruendosa y unísona carcajada que se escuchó hasta el último rincón del lóbrego salón, Sin embargo, por la ágil e instantánea reacción del tesorero, logro agarrarlo del brazo y del otro, el vicepresidente, evitando que se cayera del todo al piso del estrado, construido especialmente para esta Asamblea, 

Acontecido este ocasional incidente, los asistentes volvieron a guardar la calma, cruzando miradas desafiantes, sin soslayar su disconformidad. En el salón, en completo silencio, solo se oía el resoplido de comuneros irascibles acompañado del zumbido del moscón negro que volaba zigzagueando, inquieto, de un lugar a otro. El frio penetraba por las ventanas y del viejo zaguán. Los comuneros estaban a la espera y expectativa de  la siguiente proposición.

De la segunda fila, una señora cerca ya a los 40 años, de tez trigueña, de menuda contextura, de cabello rizado y negro, cubierta de un rebozo de matiz  marrón con rayas cremas y los flecos del mismo color, al ver que nadie intervenía en el debate, se levantó, acomodó su manto sobre el aparente débil hombro, decidida, alzó la mano solicitando la palabra, del cual cedió el secretario, y al instante comenzó a hablar con voz aguda y mando:

—Señor Presidente y demás directivos que dirigen esta magna Asamblea, compañeros aquí presentes. Me siento honrada y satisfecha por la digna presencia de los comuneros que nos trae a este importante acontecimiento, la repartición de las parcelas, del cual debemos tomar decisiones en favor de todos los presentes en esta Asamblea. El compañero que acaba de intervenir, ha aludido a algunos de los miembros de esta digna comunidad, pues debo recordarle que, al margen de ser una trabajadora del sector público, soy una  comunera, cómo todos los presentes, desde los tiempos de nuestros abuelos,  Por otro lado, Señor Presidente, el instrumento que norma la vida Institucional de la  Comunidad son los Estatutos, y todos los afiliados nos  debemos a él —tomó una pausa y serena, de su pequeño canasto, extrajo dicho documento y prosiguió: —Aquí en mis manos tengo el Estatuto, yo pregunto, ¿Lo tienen todos ustedes? —Ante esta  pregunta incisiva de golpe y porrazo, los comuneros, inclinaron la cabeza y enterraron la mirada al piso, segundos después, uno al otro, de reojo. Una vez más el salón entró en otro silencio absoluto, esta vez se escuchaba el silbido del viento, tras un fuerte ventarrón detrás del vetusto zaguán.


Al ver que nadie mostro aquel documento tan importante para el debate de la Orden del día, de nuevo, tomó la palabra, esta vez dirigiéndose al Presidente y a su comitiva: —Con las disculpas correspondientes, Señor Presidente, veo también, que ustedes no tienen a la mano el Estatuto de la Comunidad. Señores directivos, por respeto a esta Asamblea, vosotros deberían dar el ejemplo práctico en este evento decisivo con el fin de tomar una decisión definitiva —al escuchar la sutil reprimenda de la intrépida comunera, el rostro de los aludidos se les desencajó por completo, la comunera continuó: —Permítame Señor Presidente, leer los Artículos del Estatuto con el propósito de esclarecer este asunto de la repartición de las parcelas. —Al instante, los sorprendidos comuneros, murmuraban con el que estaba a su lado. Desplegando las páginas del Estatuto, halló los artículos pertinentes. Esta vez, comenzó su intervención con mucha enjundia: —Señor Presidente, con su permiso, leeré los Artículos estipulado en el Estatuto, con el objetivo de hacerles saber a los comuneros presentes en esta Asamblea.   

—El comunero, lo resalto, para que se informen, escuchen y recuerden, según el estatuto, El comunero tiene derecho de hacer uso de los bienes y servicios de la comunidad. Elegir y ser elegido para cargos propios de la comunidad. Participar con voz y voto en las asambleas generales. Denunciar ante los órganos del gobierno de la comunidad, cualquier acto impropio contra los intereses de ésta. Por lo tanto, Señor Presidente, mi opinión y sugerencia, según los artículos mencionados  que rige en el Estatuto, y sin preferencia alguna y que le otorga ese derecho, se haga en forma ordenada a quien corresponda, la repartición de las parcelas en Huaca Corral para la siembra de la papa. Si no hay  un común acuerdo sobre el tema, que se someta a voto y si es posible a mano alzada. —Dirigiéndose a la mesa de la directiva y al auditorio, arengó con voz imponente: —Señor Presidente, tome a bien mí recomendación y mí propuesta —Al terminar su magnífica y clara intervención, los comuneros irrumpieron con estruendosos aplausos y murmullos que hasta el techo de calamina vibró. Los comuneros que estaban cerca de ella, le felicitaban efusivamente por su acertada y oportuna sugerencia. Mientras tanto en el bando opositor, comuneros,  enfadados e inconformes abucheaban y maldecían a la comunera. Una vez más tuvo que intervenir el Secretario para poner orden de la Magna Asamblea. 


Luego de batallar, por largos minutos, con ambos bandos, sobre todo, con los comuneros, iracundos e intolerantes, llegó a calmar los  ánimos caldeados. El Secretario, en donde más resaltaba su ajetreado trabajo, era en este tipo de circunstancias, en tiempos de Asambleas extraordinarias. Esta vez tomando precauciones, sentado no tan cómodo en la silla que aún estaba inestable, se dirigió a los intranquilos comuneros con voz parca:

—Hemos llegado al final de la Asamblea en el que decidiremos la Agenda  del Día mediante votación a mano alzada. Por favor se les pide orden y seriedad. Los que están en contra de la repartición de las parcelas, levanten la mano.

Corrían los segundos que parecían minutos y los minutos horas…las miradas se cruzaban como si estuvieran en un campo de batalla. Por fin el hombre calvo, con ojos de pocos amigos, observó a los comuneros, y al ver que nadie se atrevía a levantar la mano, él se animó en levantarlo y lo mantuvo en alto, Giró a su alrededor para ver si alguien más le seguía. Cuando por segunda vez giraba, vio que, del lado izquierdo, derecho, del fondo, y por ultimo de cara al proscenio del salón, unos escuálidos y regordetes brazos se elevaban llegando a contar el Secretario ciento veinte votos, confirmado por el delegado.
 
El secretario, registró en el Libro de Actas, con mucha prudencia los sucesos de la Agenda del Día. Anotó en el último renglón los votos en contra de la repartición de las parcelas.

Una vez más el Secretario exhortó a los miembros de la Comunidad a guardar el orden, aun sensibles, esperando el desenlace final  de la postrera Asamblea del año en curso. Desde la silla movediza, en medio de los directivos, se dirigió con las siguientes palabras: 

 —Los que estén a favor de la repartición de las parcelas, levanten la mano…

Los comuneros opositores, con ojos hundidos y las pupilas colmados de sangre y la mirada acerada, parecían amenazar a los indecisos. En la asamblea, existían comuneros que no les interesaba, en absoluto, tomar partida por uno u otro bando, carecían de principios e ideales. Tan es así, que solo velaban por sus intereses mezquinos. Temerosos miraban por otro lado. Sin embargo, desde la primera fila, una anciana comunera, de trenzas canas plegadas en su encorvada espalda, sobre su cabeza pequeña, el sombrero de color blanco humo, de ojos negros rasgados, con la nariz larga y el rostro surcado por los años vividos, arremangándose el pañalón sobre el enjuto hombro, torpemente se ponía de pie apoyándose de su añejo bastón, poco a poco,  erguía  su mano arrugada de tantos años de labrar la tierra. Bajo la penumbra del salón, todos guardaban profundo silencio, las centenas de  miradas se dirigían a aquella mano, elevada con firmeza en el aire. Fuera del salón, brillaba el sol. Los comuneros estaban a la expectativa. Con tono pausado y ronca, habló:

—Las parcelas de Huaca Corral se reparten, todos los comuneros tienen derecho sobre ella. —De este modo fue la primera en votar a favor, luego… alzaban 3, 15, 80, 115, hay…¡128 votos! Chillaba el Secretario desde su posición; confirme señor delegado, este respondió, con voz estrepitosa ¡Confirmado Señor Secretario!  ¡Registre en el Libro de Actas  128  votos a favor!
   
Continuara…

El Pichuychanca.

Chiquian, julio 2016 



 

martes, 16 de mayo de 2017

Visitando el Centro Cultural Inca Garcilaso.

En el Centro Cultural Inca Garcilaso, ubicado en el Jr. Ucayali N° 391 Lima  se está exhibiendo en la primera sala del primer piso LA MAGIA ESCULTÓRICA DE MIGUEL BACA ROSSI. Ciertamente, su talento plástico afloro desde que era un niño. Nacido en el puerto Pimentel, seguramente descubrió su habilidad de moldear figuras al tomar contacto con la arena y el mar. Después practicó esta inclinación en el taller de fundición de su padre, creando formas y volúmenes de yeso. A los 18 años viajo a Lima para seguir medicina. Sin duda, sus inquietudes artísticas se mantenían intactas, pero, en esa época, pensar en labrarse una carrera como escultor en el Perú era una quimera. No había salas de exposición y tampoco una crítica especializada. A pesar de ello, al cabo de un tiempo. Baca Rossi descubrió que no estaba dispuesto a renunciar a su vocación original y decidió correr el riesgo. Abandono San Marcos y se matriculó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde egresaría en 1943.

En el segundo piso en la sala número 2 se está exponiendo las pinturas de MANUEL ALZAMAORA, ANTOLOGIA. Nacido en el Cuzco, en 1900, este artista se caracteriza por una pintura estilísticamente unitaria y una pupila ricamente dotada para la captación cromática del paisaje andino con su aire transparente de esplendor solar. Este pintor no se dejó seducir por las soluciones fáciles de una pintura costumbrista ni por el pintoresquismo sino que abordó el tema social de la explotación del campesino siempre demostrando    un dominio del oficio caracterizado por juegos delicados de grises, azules y pardos, si como luminosidades andinas que hacen de la pintura de Alzamora el exponente más logrado de la imagen social de los tipos y costumbres de la sierra.

Aquí algunas fotos del maravilloso trabajo de su arte de cada uno de ellos.  

 
Revolución de Tupac Amaru

Revolución de Micaela Bastidas

Tupac Amaru

Micaela Bastidas

Cesar Vallejo

Cesar Vallejo


 
La ciega . 1925

Marinera arequipeña. 1930

La libertad camina 1920

La captura de Atahualpa 1920

La escuelita. 1920

El fin de la jornada . 1950

Yaraví 1932

Desfile de vencedores. 1930

Sin titulo. 1930.

Carnaval. 1930

La llegada del candidato. 1940

La Ley 1930

El Pichuychanca

sábado, 6 de mayo de 2017

Cesar Pardo Cáceres, celebrando sus 50 años desde las faldas de Racran, Chiquian




Un reconocimiento y un abrazo fraterno y cordial  al  primo, amigo noble, leal y sincero por su feliz natalicio que fue el pasado cinco de abril. Larga vida y buena salud Chechi. 
Aqui algunas fotos