viernes, 15 de abril de 2016

El hombrecito que no podía hablar

Foto cortesia, Roberto Aldave

El pequeño hombrecito, durante el día y a paso lerdo, desfila de un pueblo a otro con el propósito de solicitar una desprendida caridad. Su existencia, desconocido para la mayoría de las personas, lo cubría un velo sibilino. Casi a diario, en su ardua andanza por senderos tortuosos —anegado por la lluvia, árido en la estación de verano—  era auxiliado del viejo cayado que el mismo lo elaboró, con esmero, de una de las ramas del dadivoso árbol de eucalipto que lo halló en uno de los solariegos caminos. Su menudo cuerpo, maltrecho desde su infeliz nacimiento, necesitaba de algún sostén para mantenerse firmemente de pie.

De ojos caídos color verde claro, de rostro redondo donde posaba la barba espaciada que parecían púas; cuando lo dejaba crecer. Había en él, una sonrisa natural e ingenua. Sobre su cabeza, posaba el sombrero de paja, de copa redonda con ala mediana, un tanto caída. Con el morral colorido sobre la espalda y el hombro enjuto, se echaba a trajinar varios kilómetros, en busca de sustento. 

Aun con el cielo cubierto de delgados nubarrones, en el claro amanecer, sopla la suave brisa. El pequeño hombrecito, camina por senderos envueltos de charcos, bajadas, subidas y planicies. Observa con detenimiento el invariable campo, desocupado y despoblado, pero también, nota que en otras praderas crecen, rumbo al cielo, la papa, el maíz y el trigo. El Tiempo sigue su curso inexorable. Aprovecha la oportunidad de enaltecer los antiguos espacios y agradecer a la madre naturaleza de respirar el aire inmaculado, contemplar los alrededores, y soñar como, a la salida del sol, se enfrenta la cumbre del señorial nevado del Yerupaja con el de Tucu. El imponente verde cerro de vertiente florida, de Jaracoto, Huancar, Capilla Punta con el de Yauca Punta. En medio de los nevados y collados estáticos, como si se estuvieran viendo, uno frente al otro, se halla el admirable y vistoso valle de Aynin de fértiles y generosas tierras por donde viaja el ondeante y enronquecido rio, surcando barrancos para llegar a morir en el océano.

Con paso cansino,  torpe y bobo, deja atrás a su querida querencia de Huasta, a los verdes campos, meditando que pueblo visitar. Entre tanto, siente el aire fresco de la mañana. En su andanza, por el sendero reverdecido, se topa con una serie de plantas aromáticas, medicinales y frutas silvestres, muy apreciadas por él y los pobladores de la zona. Sin perder el tiempo, lo recolecta y guarda con singular diligencia en su colorido morral. Una porción de estas frutas, el muchiki y el shuplak, lo coloca con mucha cautela entre los bolsillos de su pantalón de percal, desgastado y anticuado pero resaltado de una intachable limpieza, con el fin de ir comiendo a lo largo de su recoleto y penoso desplazamiento. 

En su andanza solitaria  por el estrecho camino, de pronto, delante de los ojos cándidos, aparece con vuelo impetuoso y veloz, el pequeño y hermoso colibrí. Con aleteo acelerado y vertiginoso se desplaza de un lado a otro sobre las policromas flores, erguidos en la orilla de la abrupta trocha. El acrobático picaflor, surca los aires  de arriba, abajo, hacia adelante y atrás, el errante mortal lo contempla meditabundo, de cómo la rauda avecilla, hunde el pico largo y delgado en la nutritiva flor con el propósito de atiborrar el agradable néctar. Los pájaros, cantan en coro y vuelan de un lugar a otro, con el fin de buscar su alimento. El llano y pequeño hombrecito, no podía oír ni hablar. Era sordomudo. Los pueblos que visitaba, la mayoría de sus habitantes lo conocían con el apelativo de “El mudito de Huasta”   


Al llegar a la entrada del pueblo elegido, Chiquian, con el semblante afable y fatigado, busca el lugar adecuado con el objetivo de descansar bajo la sombra de la cornisa del techo de una de las casas, ubicado en la periferia de la villa. Posado ya sobre la empedrada y fría acera, saluda con candorosa sonrisa a las personas que pasaban presurosos delante de él. En una de sus numerosas visitas, cerca de él, observó a una joven señora que corría detrás de su engreída hijita de dos años, de vivaces y grandes ojos almendrados, que llevaba entre las maniatas un pedazo de pan de piso. La atrapó y la  cargó entre los calurosos brazos. Abrazándola, con cariño maternal. Mientras su cabello largo y lacio se levantaba por el ligero viento y mecía de un lado a otro a su nenita, la falda de percal, que le llegaba hasta sus contorneadas pantorrillas, revoloteaba.

La madre, al notar que se acercaba el pequeño hombrecito, con intenso cariño, besó la frente limpia de la niña y le hablo con tono de ternura: —Ahí está el mudito de Huasta; te daré a él para que te lleve… —Después de dar unas vueltas y, cantarle con  una modulación vanidosa… con voz sonora, continuó hablando, —¡Oiga señor! ¿Necesita usted, una niña?

Él no escuchaba pero entendía el gesto de aquella desprendida madre. Su respuesta era de una sonrisa querendona como el de un niño cándido, bajando la quijada sobre el estrecho pecho e inclinando la cabeza a un lado, abriendo aún más los brillantes ojos verdes. La niña, sin  inmutarse, sin preocupación alguna, siguió comiendo su pedazo de pan recién sacado del horno. La madre le decía en broma que se lo diera al mudito de Huasta, que se había acercado aún más, sonriendo con ternura.

La madre consentida, extrajo un pan del bolso, se lo dio a su hijita, expresando:  —“Entrégale, nenita” —ésta, lo tomo entre sus finos deditos  y estirando el liliputiense brazo,  se lo entregó. El mudito de Huasta, se alegraba complacido  de ver el júbilo de aquellos dos seres. Dando una venia, tomo el pan y se fue comiendo, mientras se alejaba de la vista de la madre y de la niña, caminaba con lentitud auxiliado por su innato cayado. 


El hombrecito que no podía hablar, caminaba despacio por las calles ceñidas, apoyado de su viejo bastón, que lo dirigía  hacia adelante, siendo objeto de muchas miradas y saludos. Algunos niños, que jugaban muy concentrados al trompo, al percatarse de  su repentina presencia, corrían a su encuentro con los brazos extendidos moviendo la palma de sus enanas manos y los dedos abiertos con el objetivo de darle la bienvenida al pueblo. Otros, que lo veían por primera vez, sorprendidos por su asistencia a estos lares, aturdidos, huyen rumbo a su casa. Empujan el vetusto y quejoso zaguán de donde  aguaitaban, con erizados cabellos, al indefenso, noble y desconocido visitante. Los más pequeñitos, con los ojos saltones y el cuerpo vibrante corren, casi a trompicones, para refugiarse detrás de las piernas, de todos los tamaños, de su protector y querido padre, más el mudito de Huasta, sonriendo inofensivamente, pasaba delante de todos ellos hasta llegar a una de las casas que siempre visitaba.

En aquella casa rodeada de geranios, claveles, rosas y el manzano en el centro del patio, la madre (mi madre) instruía a los hijos la forma de recibir a un visitante aun cuando no fuera una persona importante, decía:

 —A todos se les da la mejor acogida, sin hacer diferencias de estratos sociales y por otro lado —continuó enseñando reglas de educación y solidaridad —si uno no está en la opulencia, lo mínimo que se le puede ofrecer a un visitante, es un asiento y un vaso de agua.

El mudito de Huasta, era proveído de un asiento y de comida. Satisfecho por la cortesía y además, por el regalo de algunas prendas de vestir, agradecía dando constantes venias, colocando la pequeña y delgada palma de la aterida mano sobre su noble corazón y dando sonrisas por tal atención, regresaba por la misma senda de donde había venido.

El Pichuychanca.

Chiquian 16 de abril 2016





lunes, 21 de marzo de 2016

El constructor de pircas


El constructor de pircas, hombre, cerca de los 75 años de edad, en los ojos estrechos y  negros, guardaba una mirada melancólica, reflejaba de lo complejo que era la vida. En su penosa existencia, la única labor que dominaba a la perfección y a la vez que lo disfrutaba, a pesar de los severos aprietos, fue haber sido un encumbrado y noble JORNALERO. 

De pequeña estatura con la espalda aun recta y hombros erguidos, vivía con su inseparable compañera de toda su existencia, el alma de su alma. Su esposa padecía de una ceguera parcial a consecuencia de las cataratas. Cuando ambos salían a disfrutar del corto momento de descanso, él era su guía. Habitaban en una humilde casa cuyo techo estaba cubierto de paja; en el pequeño cuarto y en el lúgubre recodo se hallaba la cama, sobre ella, un colchón de paja, cubierto con la frazada de lana. En el piso apelmazado, se encontraba extendido un largo y ancho pellejo de buey que lo utilizaba cómo alfombra con el objetico de protegerse del intenso frio matinal y de crudos atardeceres. Al frente, pasando un minúsculo espacio, el patio empedrado, se ubicaba la cocina, en un rincón, el fogón y al lado opuesto una pequeña mesa de apenas  sesenta centímetros, de alto de igual modo las sillas en proporción a aquella mesa. En la parte alta y a un costado de la pared quedaba una pequeña ventana por  donde pasaba la luz y los frescos rayos del sol, despejando la oscuridad de  aquella lóbrega pieza. 

Sin darse cuenta había desarrollado cierto desapego por los objetos materiales, sus necesidades eran básicas, no deseaba más de lo que ya tenía, quizás por esa razón, su rostro redondo y arrugado, reflejaba paz y serenidad. Sin inquina de nada ni por nadie

De tantos años en este rígido oficio de jornalero se volvió un maestro, un sabio, en la construcción de pircas. Trabajaba con todas las formas y tamaños de familiarizados granitos. Con total  paciencia y concentración; con las manos generosas y encallecidas, resoplando, colocaba con mucho esmero, una sobre otra, las pesadas piedras sin necesidad de utilizar alguna herramienta propia de este sacrificado trabajo. El constructor de pircas, en su momento, blandía una piedra apropiada, que lo utilizaba como una pequeña comba, con el fin de golpear con suavidad. Cuando el trabajo le resultaba arduo,  golpeaba con ahínco y fuerza que causaba sonidos estridentes, rompiendo el silencio de aquellos sinuosos caminos y en los reverdecidos prados. Para no sentirse solo, su amigo el eco reproducía aquellos sonoros golpes tac-tac-tac. Su jornada, en medio del campo abierto y bajo los penetrantes rayos del sol, del silbante y frío viento de la mañana, curtía su rostro  bronceado y acanalado. Luego de varias horas de laboriosa pero digna faena, terminaba de construir o reparar, casi a la perfección, los muros de piedras que dividían a las chacras o de los senderos serpenteados.            


Don Manuel, se levantaba muy temprano de la cama, cuando apenas la mañana adquiría un esplendor a consecuencia de la luz dorada del sol que iluminaba la cumbre de los cerros, orlado de hierbas pedestres.  Agarraba el pico, la lampa y la racuana y los colocaba sobre el grueso y recio hombro. Con pasos cansinos, surca los empedrados e inclinados caminos, bordeado de frondosos arbustos. En su dilatada caminata, percibe el agradable aroma de las plantas, arrastrado por el viento matutino. Cuando por fin llega al canal principal, sin descansar, de inmediato, abría y cerraba las bocatomas. Con el alegre riachuelo, su cauce cuesta abajo, cargado de rumorosa y fría agua, marchan juntos, como compañeros inseparables, por pendientes, curvas y llanuras, da la impresión que hay un dialogo ameno entre ambos. El jornalero, con sonrisa cándida, junto al riachuelo sonoro, llegaba a la chacra sembrada de maíz, trigo, papa, habas y la quinua, en seguida,  respirando aire puro y resoplando a todo pulmón, empieza  a regar, con diligencia los prolíficos y sedientos surcos. 

No estaba solo, se sentía acompañado por la presencia de los gorriones, el colibrí, el zorzal, y el pichuychanca que pian  constantemente, como si les diera un saludo de bienvenida y de un nuevo día, de esta manera alegraban su viejo corazón y la jornada de la mañana. Mientras el viento fresco hacia estremecer los tallos, las hojas de los pimpollos, don Manuel, extrae la mala yerba que había crecido, de modo profuso, en los  alrededores del maíz, el trigo y la papa. La alicaída luz amarilla del sol poniente se inclina esta vez sobre la cima de la blanca y enigmática cordillera. Así como a don Manuel, se podía observar a varias personas del mismo oficio laborando en las distintas chacras de las periferias de Chiquian. 

Por fin, llega el ocaso. La lámpara del día se hunde en el horizonte y su luz ambarina causa un cálido atardecer que la nubes, en un abrir y cerrar de ojos contemplativos, en minutos, se transforman en diferentes y llamativas tonalidades; por un momento se pinta de rojo… amarillo… naranja, El atardecer muestra un panorama majestuoso. Las sombras de los imponentes cerros cubre al reposado pueblo. Don Manuel, a su regreso, por el camino empedrado y ondeante, con el viento cálido y terso, a su rededor, percibe un silencio y una armonía absoluta. Los arboles están quietas, las aves retornan a sus nidos y su esposa afectuosa le espera con una cena sencilla, basado en un plato de  mazamorra de tocosh y la sopa de habas (shakui), asistido de papas arenosas, comida  propia de los jornaleros.

Los propietarios de aquellas chacras, que decían ser pequeños latifundistas y terratenientes,  a cambio de su  extenuado trabajo de ocho horas, le pagaban, de manera injusta, una mísera jornada. 

El Pichuychanca.                                                                    

Chiquian 16 de marzo 2016




sábado, 5 de marzo de 2016

El Laberinto


Muy temprano, por la mañana, Shapra*, hombre apreciado, extravagante y despabilado, está acostumbrado a detenerse en la esquina de la sosegada Plaza Mayor con el propósito de observar, ensimismado y el cuerpo zarandeado por el viento frio, el maquinal trabajo del Pichuychanca que lleva la pajita, en su rugoso y tenaz piquito, del verde jardín a la densa copa del centenario árbol en donde día tras día, afanoso, construye su valioso nido. La pareja, que la contempla lleno de ternura, se mece en la delgada rama, hiende el pico, extiende el cuello, trina con extremada pasión.  

Por los años de 1960, viajar de Chiquian a Lima o viceversa, era todo una odisea. El tedioso viaje dura de 9 a 12 horas, por tal razón era frecuente de parte de las agencias de transporte partir en las primeras horas de la mañana. Shapra, se gana la vida llevando los livianos y pesados paquetes de los pasajeros, de la casa a la agencia y de la agencia al domicilio. 

En chiquian, las agencias de transporte, Landauro y Bolognesi, se ubican en la plaza. Por lo general, en ambos puntos, tanto en la ciudad de Lima como en el pueblo de Chiquian, los carros llegan con normalidad a las 5 o 6 de la tarde. En esta ocasión, por algún percance de un pasajero o de un desperfecto mecánico del vehículo se demora en llegar a su destino final. Mientras los preocupados familiares murmuran los últimos acontecimientos del pueblo, de repente aparece con la luminosa luz amarilla y con estrepitosos bocinazos en la curva de Caranca. El ómnibus, arriba a la agencia con los espejos de las ventanillas cubierto de polvo y repleto de viajantes, unos minutos después, a las 8 de la noche, para el alivio de los parientes y amigos que esperaban impacientes desde las 5 de la tarde. 

Pasajeros de diversas edades, presuroso, descienden del vehículo y estampan su huella en el suelo natal. Los estudiantes de primaria como de secundaria llegan colmado de gozo, luego de haber pasado las vacaciones escolares en Lima. Los mayores con el propósito de reanudar su labor como maestro, como empleado público y del  negocio. Entre los viajeros conocidos, hay uno de rostro ignoto que arriba por primera vez a Chiquian.  

El asistente, un adolescente, trepa con agilidad la escalerita ubicado en la parte posterior del ómnibus con el objetivo de llegar a la azotea en donde fue colocado el equipaje, asegurado y protegido con un inmenso toldo. Mientras desata y retira veloz la extendida carpa, abajo, algunos adolescentes y adultos  ofrecen, a los pasajeros, su servicio para trasladar el equipaje al domicilio o al hotel. 


Uno de ellos, el hombre de nuestro relato,  que aparenta tener 45  años de vida, de ojos vivarachos, rostro macilento, de mediana estatura y delgado. Con paso prudente y la cabeza erguida, de manera solicita se acerca al pasajero desconocido y con voz pausada le habla en tono de amistad:

—Oiga señor, buenas noches, es usted  nuestro ilustre visitante y sea bien venido a este pueblo, generoso y hospitalario. ¿Me permite ayudarle con su equipaje?, le llevarle al Hotel Inca, está cerca de aquí.

—¿Cuánto me cobrará por su servicio? —manifiesta el visitante, algo desconfiado, mientras mira con suma atención que su maleta se desliza a través de las manos de otro agitado y voluntarioso ayudante, que se halla en el piso empedrado.

 —Señor mío, el servicio por llevar su equipaje es  módico —por el modo de platicar y los finos ademanes que mostraba, se gana la confianza del ignoto pasajero. Luego, saleroso, le propone el precio de su humilde pero digno trabajo:

—Un sol de oro con sesenta centavos ¿de acuerdo?

 —De acuerdo —sonríe el visitante, acepta la propuesta. 

El atento adjunto, vestido con relucientes ojotas, pantalón de bayeta, una camisa afranelada y una chompa negra  algo raída, cuando se apresta a levantar la maleta  pequeña y una caja del mismo tamaño, del poncho, agarra la punta para cruzarlo por el torso enjuto de cal y canto y quedar encajado a la perfección a la altura del hombro izquierdo. El ritmo del movimiento y el gracioso gesto llama la atención al forastero. En seguida, sujetó el  sombrero de copa baja y alas caídas  Agarró la caja y lo acomodó en el hombro derecho, luego con la mano izquierda cogió la maleta pequeña y emprendieron el camino rumbo al Hotel. 

Las singulares calles, angostas y empedradas, se hallan húmedas con pequeños charcos de agua y baches. Se encuentra alumbrado con la luz del quinqué, de fulgor ambarino y lánguido, que a duras penas se puede observar las proximidades de aquellas sombrías y solitarias arterias. El asistente, partió bajo las tinieblas del corto trecho del jirón Tacna con dirección a la dilatada calle principal y el entumecido visitante tras él. Cuando alcanzan la susodicha arteria, comienza a explicarle con una intensa cháchara, habitual en él, de los recintos más importantes del dichoso pueblo. 

Shapra, anda con candidez y le cuenta con detalle que están recorriendo la tercera vía principal del pueblo, 28 de julio, y que en tiempos de lluvia, se asemeja a un ancho riachuelo. Con el fin de evidenciar de lo que le explicaba, la dilatada y citada calle aun contenía el despojo de las piedras de todo tamaño, el ripio y arena por donde dejan sus huellas a medida que avanzan derrotero al hotel. Luego de caminar por unos minutos, giran a la derecha, la calle Sáenz Peña. Llegan al mercado de abastos, oportunidad para comentarle los pormenores de aquel concurrido lugar. Gracioso y con palabras convincentes le recomienda y garantiza que al día siguiente puede venir, con toda la confianza del mundo, a degustar de las comidas típicas elaborado con sumo esmero por excelentes cocineras. 


Continúan el ajetreado trayecto y se topan con la calle Bolívar. El visitante, camina a paso lerdo y en absoluto mutismo. Escucha atento al espontaneo guía, que le da a  conocer con detalle aquellos espacios y vías contiguas. Shapra, de ojos vivaces, le observa de reojo e inquieto, advierte el constante resoplido del forastero a causa de su total agotamiento. Hasta entonces, entre la penumbra y la luz anémica del foco, cruzó la mirada con una persona con síntoma de estar shinka, shinka**, este, al reconocerlo caviló: “por donde y que calle le hará andar ahora”. Transitaron ya más de ¡ocho cuadras!, ocasión para detener los exhaustos pasos, descansar un momento y acomodar el sombrero, el poncho y coger todo el equipaje de modo inverso. 

Reanudan la marcha. La calle San Martin, sinuosa y empedrada, se halla desierta, reina un profundo silencio. Acompañados por la luz mortecina de los focos que se encuentran en la cúspide de vetustos postes, llegan a la altura de la escuela de mujeres, mandil blanco… Mientras caminan, el visitante cada vez más se agita debido al premioso itinerario. En ese ínterin, Shapra, le explica que están pasando por la espalda del baratillo donde se expende los mejores jugos y las  deliciosas frutas de la zona. Unos pasos más adelante, el ayudante de repente se plantó a secas, y sin soltar el equipaje,  estiró el cuello y meneó la cabeza con el objetivo de explicar lo siguiente:

—Aquí, tiene usted, el mejor teatro de la provincia, y quizás de todo el departamento de Ancash. —al oír esta revelación de este espacio cultural, el forastero quedó gratamente maravillado.  

Extenuados, por fin logran arribar al Jr. Comercio, doblan por el lado izquierdo, caminan cerca de 30 metros y alcanzan su destino final, el Hotel Inca. Shapra al recibir su propina, de inmediato, se puso en marcha. Mientras el agitado forastero toca la puerta del hotel, ve como el servicial ayudante de equipajes, se aleja bajo la opacidad de la calle, con paso presuroso y gallardo, desapareciendo de su vista en un santiamén. 

Al día siguiente, el aire se halla fresco, los pajaritos vuelan aun medio dormidos, las luminarias pierden su brillo, las nubes se dispersan y empieza a amanecer. El ilustre visitante se apresta a realizar su aún misteriosa actividad, pero antes, se le antojó tomar un vaso de jugo especial y se acordó del baratillo que le recomendó el atento y simpático  ayudante. Sale del hotel, observa las calles ceñidas, camina una cuadra y media y llega a la Plaza  Mayor. Se detiene en la esquina, junto al árbol centenario, aguza el sentido visual con el fin de saber en dónde se encuentra ubicado, con exactitud. Indaga todo lo que hay a su rededor y  frente a él, de pronto aparecen los letreros… Agencia de Transportes… sorprendido y con el espíritu exaltado,  reflexionó para sus adentros:


“¡En que laberinto me llevo este señor!, ¡Si el hotel está cerca, a dos cuadras! ¡Menos todavía!  ¡Me hizo caminar Doce, más de lo debido!” “se ha burlado de mi”

El forastero burlado, se hallaba enojado por tal astucia del simpático ayudante. En ese preciso instante, un hombre, bizarro y ataviado de modo apuesto, se acerca con paso contrito y al pasar por su lado, oculta su estado de agitación y  le pregunta: 

—¡Oiga usted!  ¡Buenos días! ¿Quién es el Señor que ayuda a llevar las maletas de los pasajeros? 

El advertido señor vestido de traje, que sobre la cabeza traía colocado el sombrero de paño color negro, los zapatos color marrón que brillaban bajo los primeros rayos del sol, sin embargo, aún cuando la indumentaria lo tenía algo raído, se le advertía presentable. En el pueblo, ese día, se realizaba una actividad importante, le respondió con suma gracia:

—Estimado Señor, la persona por quien pregunta usted y quiere saber… ¿quién es?  Se lo diré, pero…espero y le suplico que no se enoje —El ilustre visitante estaba ansioso de saber quién era aquella persona que le hizo caminar más de lo debido.

El hombre ataviado con elegancia, dando una reverencia con las manos juntas delante del forastero, luego,  sacándose el sombrero de paño, habló en tono grave:

—Señor mío, míreme, la persona por quien pregunta usted… 

—¿Quién es…? Dígame

—No se va a molestar, ¿verdad?

—¡Dígame de una vez, quien es!

—Pues…  esa persona...  soy yo… el mismo de anoche que le ayudó a llevar su pesado equipaje al hotel…estoy a su orden…aquí en mi pueblo me conocen con el nombre de Shapra.  

En el visitante hubo una metamorfosis de su estado emocional.  Quedó boquiabierto por  el civismo y por tal mutación de la noche a la mañana de aquel. Respondió su atención con un fuerte cruce de manos, una sonrisa disimulada y se marchó.  

Esta vez, el eficaz ayudante y guía, observa como su cliente se dirige al baratillo, quizás a tomar un exquisito vaso de jugo especial, preparado por la señora Huarmicha. Por otro lado, él marcha en sentido contrario, para asistir a una ceremonia importante del pueblo y sentarse, en primera fila, como un funcionario más, al lado de las principales autoridades.    

El Pichuychanca.                                                                           

Chiquian 5 de marzo 2016 


*Shapra, sobre nombre de un personaje extravagante y mítico del pueblo de Chiquian. 

**Shinka, ligeramente embriagado





jueves, 18 de febrero de 2016

El Clarinete y la Batuta de Don Florentino


Don Florentino, luego de haber cumplido una de sus actividades habituales, regresaba a su domicilio con pánfilo paso, ubicado en la cuarta cuadra de la bucólica calle Tarapacá. Entre los dedos de la mano plegada, a través de una tirilla, pendía una larga y dentada llave de madera de la puerta del corral (el coso) de donde surgía un profuso efluvio a estiércol. La llave revelaba que había liberado o encerrado a algún animal de cuatro patas por haber hecho perjuicios en chacras ajenas, 

Don Florentino casado con la señora Sofia Montoro, era el tronco de una familia numerosa. Cómo un hombre docto y  entregado al arte de la música, al percibir en cada uno de sus hijos y nietos que demostraban tener interés y talento por redoblar uno de los instrumentos, que estaban al alcance de su afamada banda fundado hace mucho tiempo, con suma perseverancia, les incentivaba a continuar de lo que a él le fascinaba, la musicomanía.

 …Tiempo después, los nietos, con el instrumento de su preferencia, junto con algunos miembros más de la banda, instruidos con sapiencia por el abuelo, ejecutaban sonoras melodías. De tarde en tarde, alegraban aquella ceñida y empedrada arteria, concurrida por personas de heterogénea  edad.

En la cotidianidad del pueblo, las horas trascurría con dilación. Parecía que el curso de la calurosa mañana, tiempo implacable, se detenía. Cuando el sol estaba en el zenit del anchuroso cielo azul, salpicado de pequeñas máculas de nubes desmelenadas, de pronto, las agujas del reloj, marcaba las 12 del mediodía. En ese preciso momento, el señor Garay, campanero del Colegio Coronel Bolognesi, agarrando la dilatada cuerda, doblaba con pausa inaudita la solitaria campana… tan… tan…  por doce veces cada cinco segundos. El lento  sonido del carrillón inundaba todos los sectores del pueblo. Era el anuncio del receso de todas las actividades de la mañana, tanto del sector público cómo las clases en las escuelas y los colegios, así mismo para las personas que se dedicaban a diversos oficios. 

Los maestros, alumnos, empleados y demás personas retornan presurosos por las usuales calles y aceras, con dirección a sus hogares. Unos, para preparar el almuerzo con rapidez, para los hijos ávidos por almorzar, luego, regresar de nuevo al colegio o a la escuela. Otros, encontraban la mesa servida de apetitosos platos típicos, acompañado de la cancha, tostado en el tiesto con mucha anticipación, el rocoto y el chinchu molido sobre el batán o el mortero, ingredientes  que le daba una mayor delicia a la comida serrana, De esta manera satisfacen el estómago momentos antes de una devoradora apetencia. 


Mientras tanto, en el sosiego del mediodía, hora exacta, en la expandida casa del músico, con la puerta a medio abrir, de una de las salas que daba a la calle, desértica y en reposo; fluían inmaculados ritmos y sonidos armoniosos del arpa. Personas de diversas edades que circulaban de manera circunstancial por aquella arteria, fisgones, se detenían para prestar atención, a la cadencia de una pieza musical, sea éste, de un alegre vals de la guardia vieja, de un asonante paso doble o de un animado huayno chiquiano o ancashino. Concluido estos acordes acompasados y primorosos, daban un gesto de alegría y admiración de escuchar aquellas melodías ejecutadas con magnificencia.  

Más allá, a unos pasos, en la otra sala de la misma casa, algunas personas curiosas al oír la perfecta e intercalada ejecución; un día, de los melodiosos acordes del acordeón, y al día siguiente, de los afinados y sonoros repiqueteos del saxo de donde fluían ritmos pegajosos, emocionados, por breves segundos, danzan al son de un vals, o un placentero huayno. Culminado la pieza musical, se retiran con pasos ligeros de aquella jubilosa calle.  

La empedrada y armoniosa calle Tarapacá, era la más alegre y privilegiada que las demás. Cuando llegaba la hora del medio día, en las casas vecinas, mientras las madres preparan el almuerzo, de manera simultánea, escuchaban con atención, de forma clara y definida, la hermosa sinfonía y la cadencia de estos maravillosos  instrumentos de música. El que hacia repiquetear, de modo esplendido, las decenas de cuerdas del arpa, era el notable músico Don Florentino Aldave, y el Maestro Carlos Alvarado Aldave, las clavijas del saxo y del acordeón. Abuelo y nieto, músicos por excelencia.  

Los días jueves y sábado, a las 5 de la tarde, Huayto, hombre delgaducho, integrante de la banda, coloca el bombo sobre su torso, seguido de curiosos y guasones niños, se dirige apasionado y con el hombro erguido a la intersección de las calles Dos de Mayo y Tarapacá. Blande la baqueta entre la palma de la mano y los  huesudos dedos, empieza a tañer el redondo instrumento con aire acompasado y de modo ensordecedor, con el fin de llamar la atención de los demás miembros de la prestigiosa banda. Es la hora de que asistan a los respectivos ensayos...  

La calle Tarapacá, en los fríos atardeceres de los días de ensayo, era aún más seductora para los curiosos aficionados a la música y también de aquellos que les encantaba escuchar. Al enterarse de las prácticas de la banda de música, la multitud de personas de matizadas edades, alborozados, se aglomeraban uno tras otro, uno al costado del otro,  codo a codo, hombro a hombro procurando estar en la primera fila de las inmediaciones de la puerta principal que daba acceso al acogedor local. La concurrencia  y el ansia del público rebasan más allá de las aceras de la calle. Los infantes, inquietos y entrometidos, avanzan introduciendo sus enanos hombros entre las piernas de la muchedumbre, unos les impiden el paso, sin embargo, no se amilanan, entonces, buscan por donde seguir avanzando hasta llegar frente a los integrantes de la banda que ya se hallan alineados en  círculo listos para iniciar los primeros tanteos. 


Uno de los traviesos integrantes de la banda, liderado por Don Florentino Aldave, como su máximo exponente y Director, luego de afinar el instrumento, entre juegos y bromas, con sigilo se separa por breves instantes de la formación y de sopetón, resopla  la trompeta muy cerca del oído de un espectador distraído, éste, tapándose el doliente sentido auditivo, voltea con rostro encrespado y sobrecogido, causando estruendosas carcajadas de parte de los músicos y del público asistente, produciendo ecos en todos los rincones del local. 

Los músicos cada uno con su respectivo instrumento, concentrados con los cinco sentidos, bajo la dirección de Don Florentino; de mirada serena, de pasos pausados, con su recortado y bien cuidado bigote grisáceo, siempre vestido, con prestancia, de su infaltable saco, de igual modo, con el sombrero de paño, siempre colocado sobre su redonda cabeza, con don de mando  y con acompasado movimiento de los brazos y la batuta en mano, la notable banda, inicia los ensayos con innumerables melodías y armoniosos ritmos, alegrando a los concurrentes. De esta manera quedan listos  para los  principales acontecimientos sociales del pueblo que se llevará a cabo en los siguientes días. 

Don Florentino gozaba de un oído muy agudo, oído de un excelente músico. Cuando de repente escuchaba algún desliz imperceptible de uno de los integrantes de la banda, en el compás atildado de una composición, de inmediato, alzaba la batuta y sin perder la paciencia,  interrumpía el ensayo. Como buen director que era, encarrilaba e instruía a cada uno de los músicos, dando las pautas y practicas sobre el solfeo expresadas sobre la partitura, que  se hallaban en el pentagrama con sus respectivas notas musicales posados en un pedestal, enfrente de cada músico. 

El instrumento de su predilección de Don Florentino, fue el clarinete, instrumento  con el que se sentía familiarizado que apreciaba y formaba parte de su ser. Cuando llegaba el momento de ejecutar una pieza musical, sus dedos se transportaban junto con su espíritu a mundos desconocidos, las notas fluían con increíbles ritmos y sublimes melodías trascendiendo los linderos más sutiles del oído contagiando a todos los demás integrantes y a los que lo oían.   

Esta era la razón por lo que Intervenían en memorables tardes  y noches de verbena o fiestas sociales, en donde los caballeros y damas acudían con distinción, ataviados de  trajes y vestidos, éstos, los danzantes trasportados de emoción y estimulados por las singulares melodías que ejecutaba la  banda, bailan con destreza y gracia, pañuelo en mano, alegres huaynos, bailar acompasadamente el vals y de manera rítmica el paso doble hasta altas horas de la noche. 

Participan en los encuentros de tardes gloriosas e inolvidables de futbol en el estadio de Jircan, ejecutando, con pasión, con armonía y a la perfección de todos sus integrantes, con variadas piezas musicales, especialmente el vals para la complacencia del público presente. Presentes también, recorriendo por las angostas calles del pueblo, en las ceremonias lacerantes, de las nocturnas y alumbradas, procesiones de semana santa o, para acompañar en masa a los deudos y amigos del difunto, desde la iglesia hasta el panteón, ejecutando marchas fúnebres en todo el trayecto.


El Pichuychanca.

Chiquian, calle Tarapacá,  19 de febrero 2016


lunes, 1 de febrero de 2016

Patios y balcones de Lima Colonial


Todo ciudadano de pie y consiente de su pasado histórico tiene el deber y la responsabilidad de preservar, apreciar y valorar el patrimonio arquitectónico del Centro Histórico de Lima.  

Aquí algunas fotos.


Segundo patio, Convento Santo Domingo.


Primer patio, Covento Santo Domingo.


Vista desde la torre de la Iglesia Santo Domingo
Convento Santo Domingo

Convento Santo Domingo

Arzobispado de Lima

Arzobispado de Lima

Arzobispado de Lima


Patio central del Ministerio de RE, Alameda Ucayali






Patio central de la Biblioteca Nacional. Alameda Ucayali



Casona colonial , Jr Junin cuadra dos

Calle Superunda

Alameda Ucayali.
Alameda Ucayali
Alameda Ucayali.

Alameda Ucayali
Correo Central
Casa San Martin de Porres



Balcon colonial- Av. Tacna-Jr ica

Casa Museo Riva Aguero. Calle Camana
Balcon colonial, Calle Huancavelica - Camana

Leon . Entrada Correo Central
Correo Central
Correo Central

Patio. Convento San agustin. Calle Ica.
Patio, Convento San Agustin. Calle Ica

El Pichuychanca

Lima. Centro Histórico de Lima , febrero 2016

viernes, 29 de enero de 2016

Mi infancia en mi adorado Chiquian

 


Son mis primaverales cinco años de edad y unos meses más, próximo para cumplir los seis. Los cinco sentidos empiezan a despertar. Advierto, escucho y descubro todo lo que hay en mi rededor. Nuevos sonidos, nuevos paisajes, nuevos amiguitos, nuevas experiencias…

Ya despunta la fascinante alborada. De la casa materna, del dilatado balcón de madera y  del patio circundado de una frondosa rosaleda, plantas y tres manzanos, cultivados con esmero, mis sentidos infantiles se agudizan al distinguir, absorto, el vasto cielo cubierto de nubes semejante a realzados mantones de algodón, instantes después, se transforma en nubarrones desgreñados. Mostrando sus oquedades acuña discordantes sombras sobre los tejados y los cerros anunciando la primera y esporádica lluvia para el regocijo de los ganaderos, los agricultores. Son los postreros días del mes de Octubre. 

En los siguientes meses, la lluvia se avecina, no siempre, por el solitario nevado de Tucu, que baña el magnífico valle de Aynin donde ha brotado el pimpollo del maíz, el trigo y la papa, a lo lejos parece ser una llamativa alfombra verde. De Las nubes prietas se desploman las gotas de cristal, es el aguacero que se desplaza por las vertientes de los cerros, de las pequeñas colinas, al llegar al pueblo riega las apretadas calles, el patio y los tejados. Del jardín fluye el aroma a tierra mojada.

De repente, allá, en el horizonte, asombrado, percibo el relámpago producido por la fugaz y  extendida luz del rayo que, veloz, desciende de las nubes sombrías en  la forma de prolongadas e incesantes zetas, y en un santiamén, escucho el sordo y estrepitoso sonido del trueno. Fenómenos naturales que me infunden temor y mi cuerpo infantil se estremece. Unos minutos después, para mi desconcierto, aparece el extenso y parabólico arcoíris sobre los erguidos cerros, mostrándose presuntuoso con sus colores vivos. Detrás de los nevados, sigue lloviendo. Mis ojos se regodeaban viendo aquel hermoso paisaje. Empiezo a comprender la reticencia de la Madre Tierra.    

En la primera hora de la mañana, escucho con atención, el suave susurro de las plantas  y de los manzanos del jardín, de los árboles, en el campo. Percibo El alegre canturreo, interminable y sonoro, del Pichuychanca posado en la cima del tejado, gracioso, da saltitos acrobáticos y giros sincronizados, sacude las menudas alas a fin de desprenderse de las partículas cristalinas de la madrugadora llovizna  que se precipitan sobre su inquieta figura. Desde el corral de los vecinos, capto el canto aflautado, matinal, de los gallardos gallos. 

Cada sereno amanecer, noto de como en las faldas de los cerros, colmados de plantas pedestres hollados por el intenso estío de junio a setiembre, se transforman, paso a paso, en vivificante floresta verde, causada por la nueva temporada de lluvia. De las plantas campestres que empiezan a crecer, brotan los primeros aromas, seductores y embriagantes. Aumenta el caudal en los susurrantes manantiales de agua cristalina, también, en los alegres riachuelos. En las hondas quebradas, rodeado de plantas rusticas que  se encuentra bañado de roció, afloran las arcanas cascadas con su linda y serpenteada caída del agua.

Me parece oír una copla. El florido campo, es un concierto de trinos que regocija el espíritu. De las quebradas de Chibis y Ninan, surge el sordo canto del admirable ruiseñor, pájaro de pecho color amarillo intenso y las alas de tono negro. El pájaro carpintero, golpea con su pico rugoso, de modo constante y afanoso, el rudo tallo de algún árbol…tac —tac— tac. Deseo, ansioso, descifrar lo que quieren decir con sus encantadores gorjeos. Más allá, en las ignotas covachas, los sapillos comienzan a croar. Mis sentidos inofensivos, al oír estos trinos sonoros de los hermanos menores, es un espectáculo grandioso que surge desde el fondo de mis entrañas una sensación de placer indefinible.


En este pueblito mágico, en un rinconcito del mundo, ver el atardecer, dotado de una hermosura sin igual y el cielo garzo sembrado de titilantes luceros da la impresión que comienzan a cercar la cresta de los cerros, no con el designio de castigarle, sino de apapacharlo con todo el cariño del mundo, cual buen padre protector; —¡Yo, cuanto lo necesitaba!—, para cobijar de cualquier desamparo a mi pueblito preferido. Mi adorado Chiquian.  

Además de los cerros encumbrados y esplendidos, cuenta con las faldas de Cochapata, Parientana, Oro Puquio y Huamgan, lugares adonde acudo con una bandada de chiuchis* con el fin de jugar en sus blandas faldas. Sentado, cada uno, encima de la penca, raudo, con las piernitas erguidas nos deslizamos rozando la parva espalda sobre el pasto húmedo. En otro instante, busco un sitio adecuado, para posar en una piedra lisa o, sin darme cuenta, en los helechos rociados por la ligera llovizna, con el propósito de ver y admirar el ocaso del risueño sol que proyectaba diversas y largas sombras con sus oblicuos rayos. Ver el preciso momento, de asomase a la vana luna, detrás de la cordillera, que empieza a adornar con su luz albina, la noche serena de mi pueblito mágico.    

El agua, de las escondidas cascadas de Umpay Cuta y Putu, al desplazarse por riachuelos vanidosos causa sonidos indolentes y extensos y en su recorrido jubiloso y sinuoso, sus cuchicheos me incitan a soñar dulcemente. A lo largo de su trayecto carga todo lo que encuentra a su paso, piedritas, helechos que se fundirán con el caudaloso río Aynin que viene formando espacios y escasos lugares arenosos formando curvas, pendientes suaves y bruscos en sus orillas.

En este lugar mágico, la vida transcurre con tranquilidad, tanto de unos como  para otros, sin percibir que los cabellos ya habían nevado en la azotea. EL tiempo, sin tiempo, parece detenerse, hasta encontrarse, de repente, con la sorpresiva expiración grata, ingrata e impredecible.

En los meses de mayo a julio, el sol,  en pleno ocaso, va dispersando sus últimos rayos dorados provocando susurrantes airecillos fríos que golpean con finura mi rostro amoratado. Baja la temperatura. Es cuando en las acequias y en los arroyuelos se forman finas escarchas sobre el agua que corre, con lentitud, en las estepas y raudos por las quebradas cuesta abajo, produciendo sonidos místicos que me invitan a contemplar el bello atardecer de mi pueblito mágico. Escucho el canto de los grillos, cri-cri-cri, el murmullo de las ramas que se balancean de un lado a otro, y desde el cielo despejado, de repente, me miran sonrientes las pepitas luminosas pestañeándome con mucho afecto.

Las lluvias se despiden de su temporada, se alejan los nubarrones de  diferentes matices y formas, dan paso al sol que aparece  en su plenitud. Alzo la cabeza en dirección al vasto espacio y observo que está sin máculas de nubes. Todas las chacras florecen  y están en el tiempo de cosechas, los agricultores, al contemplar las colinas, los prados y el horizonte, se regocijan. Del rostro cobrizo surge una afable y suave sonrisa, sienten eterna dicha. 


Por los alrededores de aquel pueblito mágico, en los pequeños pozos de agua cristalina,  podía observar a los renacuajos que nadan y flotan en plena libertad. También, habitan ranas tiernas, que cazaba con los inquietos amiguitos, con el propósito de llevarlo al huerto y al jardín de la casa con el fin de que hagan guardia atrapando a los insectos trepados en las plantas y la rosaleda como en las hortalizas.

Los campesinos se colocan los sombreros, a fin de protegerse de sol que comienza a brillar, la bufanda, del viento frio y seco de las primera horas de la mañana. Agarran las herramientas y lo acomodan sobre su nervudo hombro adonde se halla el manto para amortiguar el peso de las mismas. Dan un severo latigazo sobre el lomo de la yunta que, todo perezoso, todavía está durmiendo bajo el ancho alero del cobertizo. Optimistas se dirigen al campo donde les espera agotadoras jornadas 

Terminado el despajo (trilla) del trigo, observo a las laboriosas campesinas, ayudadas por el suave viento, como separan el trigo de la paja. En la cosecha de las papas se trasladan ollas de regular tamaño, de la casa a la chacra. Se elabora el fogón en un rincón apropiado a fin de preparar la exquisita cachizada o el pari de 7 yerbas con la  papa  recién cosechada, acompañados con el queso y el  rocoto, sabor y aroma  a chinchu, y la  infaltable cancha. En todos los sectores, se percibe efluvios a tierra mojada,

La vida en aquel pueblito mágico, en un rinconcito del mundo,  bendito por la naturaleza, es apacible. Cuando los habitantes están ocupados en sus distintas actividades laborales, las idílicas calles empedradas se hallan en absoluto silencio, solo circulan unas cuantas personas. Todas las puertas de las viviendas se encuentran abiertas. En estas calles ceñidas, solo se oyen los zumbidos de las abejas, abejorros y las moscas, el gorjeo de los pájaros. Por alguna razón, se habían quedado algunos animales domésticos en el patio de la casa de donde se escucha el balido de una cabra o un borrego; el cacareo de un  gallo o el de una gallina; el aullido del perro o el gato maúlla. Jamás había escuchado un escándalo de notoriedad, salvo algunos robos o hurtos de hortalizas de un huerto o el de una gallina de un corral. Hasta que un día, ciertos intrépidos mozos que regresaban a la tierra natal, de distintos puntos del país, con el objetivo de pasar las vacaciones universitarias y reencontrarse con sus familiares, amigos en el pueblito mágico, en un rinconcito del mundo,  bendito por la naturaleza. Sucedió lo siguiente: 

Fue un fin de semana, cuando el sol se hundía  detrás del pico de los cerros, 4 jóvenes, se aventuraron a ingresar, de modo furtivo, a un corral para  escamotearse un lechón muy bien proporcionado. Al día siguiente, en Obraje, a las orillas del torrentoso rio Aynin, celebraban los carnavales con un sabroso plato de pachamanca, una de las variadas carnes era de aquel lechón escamoteado. El escándalo surgió cuando el propietario se sorprendió al no encontrar, en su corral, aquel animal preciado, de inmediato, denunció la desaparición ante las autoridades respectivas, propagándose el toletole en todo el pueblito  mágico, ubicado en un rinconcito del mundo. 


Irrumpía los siguientes tres meses, agosto setiembre y octubre, todo se encuentra en silencio, reina la misma paz en las periferias del pueblo y en los campos. La naturaleza no había castigado a este pueblito mágico  con epidemias y plagas salvo aquel terremoto de mil novecientos setenta, que destruyó parcialmente el techo y la torre de la  antigua iglesia y algunas casas, sin una desgracia de pérdidas de vida humana que lamentar. En este pacifico pueblito, en un   rinconcito del mundo, de entre miles de personas, unos cientos o quizás decenas de personas y, dentro de ellos, surgía en mí, con edad infantil, regodear y admirar con ojos de contemplación el inesperado atardecer. Mientras curioseaba asombrado el paisaje, el vuelo de regreso de los pájaros a sus nidos y escuchando sus trinos, arriba en el  colosal espacio, de súbito,  aparecía la luna coqueta que, decorada de nubes cálidas, se desplazaba con lentitud y recato por detrás de las ramas de los aromáticos eucaliptos desparramando  fasces de rayos plateados que caían en mis inocentes ojos y, tal vez, en otro lugar, en los  ojos de otros admiradores mayores  y de corazones enamorados.

En la aurora de aquel pueblito mágico, observo el maravilloso panorama. Por el horizonte y sobre el nevado del Yerupaja, el sol emerge con solemnidad causando expandidas sombras; de los árboles, de la torre de la iglesia, de las casas, de las pircas de las chacras, así como también de la vaca, del toro, del caballo, todos, exhibían sus siluetas  alargadas. Ya es las doce del día, el tiempo en ese momento es candente. Arriba en el cielo garzo,  no se descubre ni una sola mácula de nube. En el cenit, el sol, acomodado sobre las cabezas de los habitantes de aquel pueblito mágico, quema las hierbas, los pastizales con sus rayos crepusculares del mediodía. 

En las afueras del mágico pueblito. En la superficie del agua límpida de los pequeños pozos que se habían formado en la estación de lluvia o, los labriegos, de haber regado las chacras, observo  ensimismado, como las ramas de los árboles reflejadas en el agua, se bambolean remisamente. Sopla el viento grave, provocando  imperceptibles ondulaciones, desapareciendo el reflejo de aquellas ramas profusas. Me quedo sorprendido.     

En los serenos atardeceres, da la impresión que a los rededores de aquel pueblito mágico, escondido en un rinconcito del mundo, está  deshabitado, En el horizonte, las crestas de los cerros y de los nevados parece unirse con el cielo garzo. Así de cautivador es mi pequeña patria celestial. En los campos se extiende una imperturbable mudez, a unos cuantos pasos  escucho el vuelo y el zumbido de una abeja laboriosa, llevando el polen a su panal, y más allá,  el salto de un salta monte que apresurado se escabulle de mis pasitos discretos... 

El  Pichuychanca.

Chiquian 29 de enero del 2016


*Chiuchis, infantes, niños