jueves, 9 de agosto de 2018

El Jinkurú.(1)


Cuando, entre dos personas o más, hay objetivos, ideales, sentimientos por un bien social o por una u otra cosa en común, surge una amistad cordial y sincera. Hay ideales y propósitos  que me unen en amistad, con el amigo, Dante Aldave. 

Lunes 26 de marzo. Apenas aparece la luz en la mañana, el Pichuychanca, inquieto, se alimenta con la miga del pan que arrojé al frondoso jardín, la noche anterior. En seguida, alza raudo vuelo hacia el remoto alero. Infla el minúsculo pecho, eleva la cabecita, trina una y otra vez, obrando estiradas notas armoniosas. Pronto viaja a rumbo ignoto. De la casa vecina, se escucha el explayado canto matutino del desdeñoso gallo. Finas lágrimas, caído del cielo, amanece pegado sobre los pétalos de la rosaleda que mana aroma embriagante.   

El día anterior, con Dante, quedamos en buscar ramas de romero y flores  con el objetivo de asistir a Demetrio Novoa, experto en armar el monte que será fijado, como adorno, en una arista del Anda del Señor de la Humildad. En horas de la noche saldrá en cortejo religioso. 

En el pasado, las casas rebosaban de un bello  jardín, apostado en a la orilla o en el centro del patio. Ahora, están abandonadas. Por lo tanto, en aquel próspero jardín, las hermosas y coloridas flores, desaparecieron o se marchitaron. La vivienda perdió la alegría y la magia de antaño. Las flores están escasas.

Dante, muy temprano por la mañana, con rostro preocupado, se presentó en mi casa. Luego de haber compartido el nutritivo desayuno, una taza de leche acompañado con el pan caliente y crocante untado de queso, salimos en busca de  las flores necesarias para que el especialista elabore el monte con tiempo. 

Es la Celebración de Semana Santa. En estas ocasiones, las flores de llamativos colores pero carente de fragancia que se expenden en el mercado o las tiendas, proceden de Caraz o Carhuaz. Pueblos que están a 70, 80 kilómetros de distancia. Un día antes, la naturaleza inundo de furiosas lluvias al pueblo de Recuay, como consecuencia, causó un alud  que fragmentó  un tramo de la carretera, de tal modo que, era imposible el tránsito de los carros de todo tipo. No llegaron las ansiadas flores. 

Mientras  indagábamos en donde se podía conseguir  las ramas de romero y las flores, una ligera garua se desplomaba sobre la cabeza, adornada de manchas de nieve blanca. Un mar de nieblas se asoma palmo a palmo desde la hondonada, del rio y los riachuelos. A paso lento, circunda los cerros descollado por su atractivo verdor, en seguida, eclipsa las ceñidas calles del pueblo. Transcurren los ineludibles segundos y los minutos… 


El vaivén del tiempo juega con nosotros. Ahora el espacio se encuentra despejado de nubes oscuras que ya parece ser junio o julio, época de intenso estío. Sin embargo, hoy, 26 de marzo, escasa e inmovilizada nube desgreñada parece dormir sobre la cima de los cerros.

Al caminar por las inexpresivas calles reverdecidos de cemento, se percibe de cuando en cuando el zumbido del viento. Dante preguntaba a las personas que conoce, donde podía conseguir las flores tan preciadas y solicitadas de manera urgente. Perdiendo la esperanza, se acercó a un conocido suyo que estaba de compra, en la tienda de la calle Dos de Mayo cerca del mercado de abastos,  en tono de angustia, preguntó:

—¿Sabes quién tiene flores?, somos los encargados de mandar a  preparar el monte para la procesión de mañana en la noche, estamos buscando hace buen rato y no hemos encontrado ni uno solo. —El Señor, desconocido para mí,  de rostro pálido, con abstraídos ojos pardos, frotándose el lampiño mentón con los dedos flacuchos, y con la otra, estirando en dirección a la Plaza Mayor, con voz cansada, respondió:   

—Arri-i-i-i-ba, en el barrio de Oro Puquio, Don Zenobio Palacios o  la Señora Aurelia Rivera, en su huerta, deben tener las flores que estás buscando. —Al escuchar esta alentadora información,  Dante hizo una expresión de desahogo. 

La prolongada silueta nos acompaña al andar por la calle, callada y vacía, del barrio nombrado por el amigo de rostro lampiño. De repente del otro extremo, al fondo, una pequeña estampa humana, camina en sentido contrario con paso menudo y apresurado, los brazos caídos y  enarcados. Dante, reconoció aquella silueta, hablo con cierto susurro: 

—Es Muñequita, ha regresado de Lima, luego de tres meses, creo que estuvo delicada de salud. —a lo que respondí levantando la cabeza con un: —Ah…

La población en general casi nadie la conoce por su nombre y apellido. Pero cuando preguntan, por su apelativo, “¿conoces a una tal Muñequita?”, de inmediato, relacionan a una persona de una estatura de no más de un metro treinta, estimada por la población; risueña, alegre, despabilada, bromista y salerosa. Su edad es incalculable, pero… debe estar sobre los 75 años.     

—Hola muñequita, ¿cómo estás, has estado veraneando en Lima? —le habló Dante de manera amistosa, estando ya, frente a nosotros.           


Muñequita, aun con la edad predicha, conserva la alegría, su coquetería está a flor de piel. En esta persona pequeña y campechana, se presentan estas características singulares. Entonces, con espontaneidad colocó la palma de su menuda mano detrás de la cabeza de donde pendía una mediana prieta trenza que ondeaba sobre la escueta espalda, y con la otra, a la altura de su desmirriada cintura, bamboleando su pequeña cadera, provocó el ligero flameo de su faldita de percal que traía puesto, además, ayudado por la fría ventisca de la mañana, guiñando los ojos y con voz pizpireta, respondió: 

—Fui a la playa, a disfrutar de los rayos del sol, toda desnuda…pero… con biquini, mal pensados —jajá-jajá —nos echamos a reír  tan fuerte, de tal manera que, del techo de la casa de primer piso, un solitario Pichuychanca, alzó fugaz vuelo. Por un momento nos olvidamos del sobresalto de no hallar las flores y continuamos andando por la calle muda.   

Trayecto a la casa de un miembro de la hermandad del Sr. de la Humildad, en donde se armaría el monte, regresamos algo preocupados de las dos huertas recomendadas. Nuestra plática fue mínima. Solo habíamos conseguido una docena de gladiolos y cartuchos, ambos de color blanco. 

Dante, empuñó los dedos de la mano y tocó la puerta de la casa, ubicado en la calle Sauces. Logramos escuchar pasos forzados y reducidos, detrás de la puerta, en seguida, agarra el picaporte y cuando lo abría con lentitud, al mismo tiempo que crujía, la aldaba pendida frente a nosotros, tintineaba. Era la Señora Emiliana Peña, bajita entrada ya en años. Asomada en la puerta a medio abrir, su vistazo se encontró con el mío, no me conocía. Se queda pasmada al ver los gladiolos blancos bajo mi brazo. Luego echó una ojeada con sus ojos compasivos y se topó con la imagen conocida para ella,  pero esta vez con el rostro enervado de Dante. Nos invita a pasar al patio, hablando con voz aplacada: 

—¡Dante!, pasen…pasen —cruzamos la sala pavimentada, al llegar a la entrada del patio, la señora Emiliana que iba adelante, contuvo sus pasos cansinos y se colocó a un lado con el fin de señalar, con el diminuto dedo índice, el recodo del patio donde las flores frescas reposaban en los recipientes de todo tamaño. 

—No se preocupen, las hermanas de la hermandad han conseguido las ramas de romero y las flores que ven. Así que tenemos todo listo para armar el monte, mañana a primera hora. —caminamos por el borde de pequeño charco, causado por la lluvia de los días anteriores, con prudencia, situamos los gladiolos y los cartuchos en los recipientes donde posaban las flores de atractivos colores. Nos despedimos de la señora. Ella, nos dio su bendición.

Martes 27 de marzo. Amanece. De los nevados, los cerros y vertientes se perciben el armonioso silencio, como resultado, me colmo de espiritualidad y beatitud al contemplar aun aquellos hermosos panoramas que se resisten de manera estoica de la depredación y la contaminación ambiental  en la querida patria chica, Chiquian. 


En estas circunstancias, de tranquilidad y meditación, es cuando timbra el celular, era el mensaje por WhatsApp de Dante, cuyo tenor leía: “Hola Hugo, ven a tomar desayuno”. 

Llegamos a la hora puntual. Mientras escogíamos las tupidas y aromáticas ramas del romero, llegan los demás miembros de la hermandad del Señor de la Humildad. Luego, se presentaron uno tras otro los diestros en elaborar el monte. Al que esperaban con desvelo ingresaba por las 3 gradas de piedra que da acceso al patio, aún con los charcos de agua en el centro. Extrajo el sombrero de la cabeza de cabello ralo y cenizo, se inclinó y saludó con atención a los presentes. Era el Señor Demetrio Novoa Barreto, hombre delgado, frente amplia, rostro risueño, surcado por más de 70 años. Momentos después se presenta la señora María Luisa Cerrate, sencilla, colaboradora en estos ajetreos de festividad de Semana Santa. Entre ambos ven las flores con detenimiento, como aprobando su magnífico aspecto. Para la comodidad de ellos, apoyamos en colocar las palanganas, colmado de coloridos capullos, en lugares propicios y cerca a los 2 devotos de esta fiesta religiosa.  

El señor Demetrio arrellanado en una microscópica silla y bajo la sombra del techo, preguntó con voz susurrante: 

—¿Han traído el Jinkuru? —La señora María Luisa,  sentada junto a él, presurosa, se echó a buscar de entre las flores ya cortadas, pitas y tijeras, colocados sobre el manto colorido, tendido en la acera arremangada, encontrando el objeto extraviado, respondió con voz frágil: 

—Sí, si aquí está —le entregó el material vital para empezar a elaborar la copa del monte.

Demetrio, con las ateridas manos, paciente, habilidoso y experimentado, ata y adorna al jinkurú con las policromas flores, combinadas con ingenio y decoro por la señora Maria, que le da de manojo en manojo, una y otra vez, en el momento que lo solicita. Del mismo modo, a Lidia, mujer de mediana edad, sentada al lado izquierdo, que mira con intensa curiosidad, dispuesta a aprender el arte, del señor Demetrio, dotado de perseverancia y esmero.

Las hermanas, Emiliana y Orfila Peña, de la sala a la cocina mustia, ubicado en el fondo del patio, van y vienen con paso contenido y en fila india con el fin de alistar los ingredientes para el almuerzo, y al mismo tiempo, atizar el fogón. 

Con Dante, apoyamos en pelar la papa a  la Sra. Rivera, hija de Lolito, que llegó de Lima con el propósito de pasar Semana Santa en Chiquian, se ocupaba de preparar el almuerzo. Sobre el batán, dentro de la cocina y al costado de la pequeñísima puerta, por turno, se  molía con avidez y aplicación, el rocoto y el chinchu  y sobre el fogón, en una hornilla hervía la sopa de pari y en la otra, en el tiesto reventaba la cancha. Los cuyes, de ojos rojos, fisgonean y salen de sus guaridas, debajo del fogón y de las sillas, con el fin de alimentarse de la cascara de la papa, del sobrante de las verduras y de los granos de la cancha tostada que volaron del tiesto, estas últimas, rechinan entre sus fuertes incisivos.           


El señor Demetrio, hizo una pausa. Se levantó. Mientras observaba, meditabundo, aquel Jínkuru, adornado a medias, aun inconcluso, se condolía al no ver dentro de las personas reunidas, ahí presentes, a mozos y mozas con el fin de colaborar y por ende aprender de una u otra manera, la virtuosa costumbre del pueblo. Suspiró con melancolía y como si perdiera algo importante, con voz conmovedora, expresó palabras muy sentidas:

—Cuando nosotros partamos de este mundo, todo esto se habrá acabado… —Al oír estas vibrantes palabras, surgió en mí, una profunda conmiseración por el señor, la tradición y uso que se va abandonando de modo progresivo.  

Dante agarró el maguey y en la parte extrema hizo un agujero de 15, 20 centímetros de profundidad donde se empotrará el Jinkuru adornado de coloridas flores. Luego el otro extremo se plantó en el hoyo enlodado, cavado con anticipación. Sobre el maguey se colocará las ramas de romero y las flores, atando con prudencia y de manera ordenada con una larga y fuerte soguilla. Hasta convertirlo en la forma de un tupido árbol.

Concluido esta, afanosa y dichosa, jornada durante toda la mañana, como fieles devotos, quedan espiritualmente satisfechos de haber participado en la elaboración del hermoso monte que acompañará como ornamento del Anda del Señor de la Humildad. Luego, en la orilla del patio, sentados con comodidad, percibiendo aromas de las ramas del romero, degustamos la exquisita sopa de pari, servido con profusa atención por la Señora Rivera, acompañado del rocoto combinado con el chinchu, la cancha y el pan de piso. Entre tanto, de los irrisorios copos de nubes, se desploman imperceptibles garuas. Del sol, en su cenit del anchuroso cielo azul, los rayos perpendiculares reverberan sobre el charco de agua cristalina.    

 El Pichuychanca

Chiquian, 9 de agosto 2018 

Notas

(1)Jínkuru. (Horqueta de uno o dos ángulos) en otras palabras; del tallo principal de la planta,  se reúne y crece 2 o 3 ramas casi juntas una de la otra. El Jínkuru proviene de la planta conocido como huaromo. Crece en el borde del camino y la chacra, además es muy resistente cuando se deja secar.














jueves, 26 de julio de 2018

La Canga II.


Din…don…dan…

Domingo. Las antiguas campanas de la iglesia doblan en armonía. Las ondas sonoras, que viaja por todo el pueblo, irrumpen en el aposento de Rogelio y le despierta del sueño sereno y profundo. El escolar, de rostro redondo, tez trigueña y de ojos asiáticos, desperezándose con lentitud, se  levanta y en seguida se arropa con las prendas apropiadas con el propósito de repeler el agudo frio. Con pasitos contenidos se dirige al escritorio, toma asiento, y de los cajones extrae el cuaderno de dibujo, el estuche donde guarda los lápices de colores. Pensativo en lo que se había propuesto, dibuja, con determinación, las siete posiciones del juego de la canga. 

Lunes, amaneció con el cielo nublado. Los alumnos, marchan a la escuela a toda prisa. En la mano aterida o en la minúscula espalda lleva el cartapacio en donde guardaron, junto con los útiles escolares, la canga, elaborado con desvelo el día anterior. Llegando a la escuela, cumplen, al pie de la letra, con todas las actividades que se realizaban semana tras semana. Durante todo este tiempo, las miradas interrogativas de los estudiantes estaban puestas sobre Rogelio, que les había prometido exponer los bosquejos de la canga.

Los becarios de transición y del primer año, con los cuadernos de doble raya y el libro Coquito, concentrados, aprenden todo lo que les enseña el docente, las primeras vocales del abecedario y las silabas, como agarrar el lápiz y escribir lo que el libro guiaba. Por momentos, se distraen de las clases por estar pensando en la hora del recreo y el juego de la canga, entonces, el mentor reprocha a sus discípulos. El tiempo les parece una eternidad y esperan con inquietud escuchar el bullicioso pitido del silbato que anuncie el primer recreo, cuyo deseo, sucedió. Apenas escucharon el sonoro silbido, del cartapacio extraen la canga y salen raudos al patio. 

Rogelio, peinado con la raya al lado izquierdo, lucía un pantalón azul marino y una chompa de dos colores, verde y azul claro. Con pasitos circunspectos, acompañado de Marcelino, Negro y Alfredo, se dirige al centro del patio con el cuaderno de dibujo, forrado con papel azul y vinifan, posado en su inflado pechito y sujetado por la minúscula mano derecha. Los alumnos del primer y segundo año le salieron al encuentro, lo rodearon y de inmediato le preguntaron en coro:

—¿Dibujaste la canga y las posturas? 


Rogelio, andaba, ora aquí, ora allá, con la frente erguida. Curioso, observa con discreción la canga de cada uno de los escolares, pendido a la altura de los muslos y sujetados con las menudas y lívidas manos. Alumnos fisgones de otras aulas, junto con los del quinto, se arrimaron tan solo por ver los esbozos del genial pintor,  quien ordenó a los presentes:    

—¡Levanten la Canga!  —expeditos, como un resorte y al mismo tiempo, los escolares levantaron el juguete. Rogelio vio todo tipo de tablas que flotaban encima de las cabecitas esquiladas. Cavilaba para sus adentros, “Tienen formas amorfas. Están desalineados, sobresalientes y curvados. Otros excedían o eran muy pequeños del tamaño requerido”.

Felicitó a todos por desplegar sus esfuerzos en elaborar la canga. Cuando se disponía a mostrar los dibujos, los alumnos se aglutinaron, empujándose unos a otros, creando un caos  total. Tuvo que intervenir el Brigadier General. Buscaron un lugar adecuado, siendo esta, las gradas que daba acceso al pabellón principal y a los salones de la escuela. Rogelio se sentía  más cómodo en aquel lugar. Los escolares, calmados y ordenados se colocaron formando una media luna, de donde podían observar  con comodidad. El precoz dibujante, desde el séptimo peldaño de los diez que tenía la escalera, comenzó a abrir el cuaderno de dibujo de regular tamaño. Los alumnos estaban con angustiante expectativa. La primera imagen que mostraba era la canga y la tablita, ambos pintados de color marrón y su medida correspondiente. Antes de pasar  a exhibir la segunda imagen dijo:

—Las posturas que verán a continuación son los más fáciles de ejecutar. Estas son; manos libres, mano cruzada, piernas cruzadas y de rodillas —En seguida con extrema paciencia Rogelio, con el dedo índice, mojado con la punta de la lengua, folió el cuaderno y de inmediato, presento la segunda imagen, y así sucesivamente, hasta el quinto bosquejo. Los escolares, quedaron impresionados al contemplar aquellos diseños pintados con maestría y casi a la perfección, a pesar de su corta edad     

Desde las gradas, y antes de mostrar las siguientes imágenes,  Rogelio, con tono de un maestro experimentado en matizar hermosos diseños, habló:

—Las posturas que a continuación presentaré son más complicadas; se necesita tener  estabilidad, resistencia y agilidad.  

Los becarios, tomaron significativo interés. Conteniendo el aliento,  con los ojitos inmóviles, sin parpadear, ven el cuaderno de dibujo. Concentrados e inquietos esperan la siguiente ilustración. Rogelio anunciaba…:

—La siguiente postura se llama…culito…potito… —Sorprendido los becarios, veloz, giran la cabecita rapada, se miran, murmuran y sonríen. En un santiamén, en el patio de la escuela, surgió un silencio largo y sepulcral, cuando frente a ellos se presentaba un cuadro  esplendido  de la postura que había anunciado Rogelio. Quedaron absortos, contrayendo los hombros, con las manos tapándose la boca y con ojitos cautivados  al ver aquella imagen dibujado con mucha pericia. El esbozo reflejaba como sigue:


Un niño de cuclillas, los pies y las piernas muy juntos, la mano izquierda se apoyaba  sobre la rodilla  del mismo lado, la mano derecha cruzaba  debajo de los muslos y a la altura de las pequeñitas nalgas, sostiene la canga al nivel de la tablita. Estaba a una distancia de siete a diez centímetros a la cota de su talón izquierdo, colocado sobre una piedra que sobresalía del ras del piso. Su rostro  expresaba concentración y con una mirada atenta en dirección de la tablita. Los alumnos del quinto año reconocieron el arte inigualable de Rogelio con fuertes aplausos, seguido por los más pequeñitos, afortunados y alborozados de tener al precoz pintor frente a ellos que les mostraba las posturas del juego de la canga.

La postura siguiente era de pecho, una imagen de vivos colores, reflejaba un niño con los tirantes cuyas puntas quedaban suspendidos de los pequeños hombros,  estaba boca abajo con  el brazo  izquierdo  levantado y  recto. La palma de la mano del mismo lado con los dedos abiertos descansaba sobre el suelo, palma y brazo soportaban el peso del cuerpo. Tenía las piernas estiradas y levantadas con la punta de los pies sobre el suelo. La mano derecha cruzaba el pecho y mantenía la canga sobre la tablita a un costado de la muñeca izquierda y a una distancia de diez centímetros. De modo espontáneo los alumnos de todas las edades, irrumpieron de nuevo con fuertes aplausos al ver aquel increíble bosquejo, llamando la atención de algunos profesores que se acercaban con lentitud. Rogelio, nervioso, sonrió. 

Tranquilo foliaba la penúltima hoja  para exhibir el último bosquejo, la postura de espalda. El  pelotón de alumnos de todas las secciones, observaron con fascinación aquel diseño. La postura reflejaba a un niño boca arriba, La punta del cinturón suspendido de la cadera, La mano izquierda, levantada y tiesa, con las palmas y los dedos semiabiertos sobre el suelo. La planta de los pies firmemente pegados al suelo, con las rodillas un tanto separadas y dobladas, ambos miembros reflejan un ángulo de 90 grados, La mano derecha cruzaba debajo de la espalda y sujetaba la canga sobre la tablita que estaba a la altura de los pequeños pulmones y a una distancia de diez centímetros. En el rostro se nota el esfuerzo, la dificultad y la mirada se orientaba hacia la tablita.

 Aquellos dibujos quedaron pegados por mucho tiempo en las  retinas de la mayoría de los alumnos por su excepcional belleza. Los dibujos parecían ser  copias de algún libro. Dio así por finalizado su brillante exposición.   

Marcelino se encargará de hacer la presentación práctica de las cuatro primeras posturas y Alfredo el resto —expresó, Rogelio. —Los becarios, se disponen a observan con prolija atención. Con la canga en la mano, el primer nombrado, da un toque suave y certero a la tablita, ubicado a ras del suelo, sobre una piedra pequeña, éste, se eleva y cuando regresa  con la misma canga le da un golpe fuerte, enviándolo lo más lejos posible y no ser atrapado por las diminutas manos de los adversarios, dos o tres jugadores, que se colocaban a cierta distancia. Si logra atraparlo, uno de ellos,  antes de caer al suelo, perdía. El que agarró la tablita continuará con el juego en la postura donde se había quedado antes de perder.


Llega el turno de Alfredo. Del cartapacio, hecho de hilo, donde figuraba la estampa de un zorro, de pronto extrajo la canga, para la sorpresa y a la vista de todos, relumbraba como oro fundido bajo los rayos del sol de la mañana. El hermoso modelo fue pulido y barnizado de un color amarillo. Los escolares quedaron asombrados de ver aquella canga que hubieran hecho todo lo posible por tenerlo entre sus minúsculas manos. Alfredo, guardó la canga anhelada en el cartapacio y sacó otra confeccionado a  medias     

 —Con esta Canga laglachi*… —de inmediato,  el patio estalló en estruendosa carcajada por la espontaneidad de aquel. Después de la hilaridad de los presentes, con voz ahogada, habló:  —enseñaré las siguientes posturas…. 

Parecía no ser el día de Alfredo. Un alumno, del quinto año, alzó la mano y con voz a manera de imploración, sugirió lo siguiente:

— Antes que el camarada Alfredo demuestre las siguientes posturas, sugiero que los dibujos de Rogelio, expuestos en esta brillante mañana, creo que debe y merece ser  colocado en el Periódico Mural de la escuela para su exhibición —El pelotón de alumnos, escuchando tal petición, con vocecitas chillonas, clamaban: —Que lo pongan… que lo pongan… —El pintor,  generoso, marchó rumbo al Periódico Mural ubicado en la entrada de la escuela y al costado de la Dirección. Mientras el encargado abría las puertas de la vitrina, el eximio dibujante de la escuela, con sumo cuidado, arrancaba los diseños. Los excelentes dibujos fueron colocados en orden y en la parte más visible. Cada día, tanto en la entrada como en la salida, los alumnos no dejaban de ver aquellas imágenes. Por disposición del Director, jamás serian retirados, quedando estampado en aquel lugar para la posteridad, exhibiéndose para los  futuros niños que se iban incorporando a la escuela.  

En el siguiente recreo los niños ya juegan la canga. Unos llegan a la posición potito, por no tener estabilidad pierden el equilibrio cayéndose de potito y de espalda. Cuando logran llegar a la posición de pechito y no resisten, caen golpeándose  el mentón y quizás absorbiendo polvo… Así de divertidos eran los recreos de mi añorada escuela de Don Josué.

El Pichuychanca.     

Chiquian 26 de Julio 2018     

*Laglachi, término quechua que significa, viejo, deteriorado 





lunes, 16 de julio de 2018

Centro histórico de Lima

La mañana esta fría, con el cielo cubierto de nubes oscuras, aun así,  caminando por el Centro Histórico de  Lima, me topé con algunos lugares que guardan bellos balcones, iglesias coloniales, zócalos, calles y parques.

Aquí algunas fotos.      
Iglesia San Francisco. Calle Superunda. Lima Perú 

Iglesia La Recoleta. Calle Camaná. Lima Perú 


Zócalo de Lima. Lima Perú


Iglesia la Recoleta Plaza Francia Lima Perú


Balcones. Arzobispado de Lima. Zócalo de Lima


Balcón. Arzobispado de Lima 


Catedral de Lima. Zócalo de Lima


Balcón. Arzobispado de Lima. 


Iglesia San Francisco. Calle Ancash


Columnas de la entrada de la Iglesia San Francisco.


Balcón Ministerio de Relaciones Exteriores. Alameda Ucayali

Balcón. Ministerio de Relaciones exteriores. Alameda Ucayali.

Laterales del zócalo de San Martín

Zócalo San Martín

Teatro Colon, Zócalo de San Martín

Paseo de lo Héroes navales 

Paseo de los Héroes navales 

Palacio de Justicia

Museo de Arte

Paseo de los Héroes navales 

Parque de Lima

Paseo de los Héroes navales 

Parque de Lima

Parque de Lima

Parque de Lima

Museo de arte

Museo Italiano

Entrada, Parte alta, de la Iglesia San Agustín 

Entrada, lado derecho, Iglesia La Merced

Entrada Parte alta de la Iglesia San Francisco

Entrada, Lado izquierdo, de la Iglesia La Merced 

Entrada , parte alta, de la Iglesia San Francisco. 

Entrada , parte alta , de la Iglesia La Merced 

Calle Ancash

Parte lateral del Zócalo San Mrtín 

Parque de Lima

Parte alta de la Iglesia San Francisco.

Reloj Colonial , Correo Central de Lima 

Balcones del Arzobispado de Lima. Zócalo de Lima

El Pichuychanca
Lima, Centro Histórico de Li, julio 2018

jueves, 28 de junio de 2018

Tierras fecundas


Huaca Corral

Tierras fecundas

Osados aldeanos, de corazón franco, rostro atezado, por sinuoso camino marchan jubilosos al campo labrado. De la próvida entraña del fecundo campo, punzados por el estío primaveral, denodados, cosechan el trigo, el maíz y la papa. Desde antiguo preciado alimento. Celebran alegres festividades con tinyas, quenas y zampoñas, con bailes y danzas cadenciosas, con voces sonoras coreando coplas. Es una ofrenda a la Madre-Tierra que provee lluvia, ríos y lagunas. Cierto día, una turba de gente extraña, vestidos de verde uniforme, con rostro rabioso, con armas de fuego en mano, con impía violencia, los despojan de su fecunda tierra ancestral. Uno de los uniformados, de negros y grandes luceros, que destella bajo la luz del sol, de negras cejas pobladas, contra su voluntad, está frente al anciano y honrado padre. Por el anchuroso campo, por la cumbre de los cerros, la oscura puesta del sol, inaudito, postrera luz derrama. Ruge la estepa, un sombrío nubarrón se enarbola. Malignas profecías se aproxima. Volando debajo de la nube negra, anuncian los cuervos tarde de drama. Elevando entre las manos curtidas, un puñado de húmeda tierra, el padre clama con voz vibrante: ¡Ay hijo mío! en esta tierra bendita y fecunda, viste la luz por vez primera, creciste junto a tu madre, te crié con alegría y sacrificio. Por tus frescas venas corren mi sangre, ¿Quién te ordenó ponerte en contra de tus hermanos aldeanos, de tus antepasados? ¡Ay hijo mío! Una voz, ronca y amenazante, surge de uno de los uniformados, y advierte: ¡Es una orden del gobierno democrático!, ¡A ti y a todos, desterrarte de estas tierras! Los aldeanos están resueltos a preservar con su vida la solariega tierra fecunda. El gobierno burgués y corrupto, la despectiva oligarquía, llama a los aldeanos con descrédito, gente de segunda categoría, por custodiar su tierra prolífica con su digna y honrada vida. Autoridades del gobierno, holgados y con desdén apoltronados en su oficina, observan con expectativa, de cómo policías y aldeanos, hijos del pueblo, se matan. Madres y esposas; temerarias, hijas, hermanas y sobrinas, valerosas, resistiendo la angustia y el dolor, en compacta marcha, armadas de azadones, al feroz usurpador se enfrentan. Se oyen voces apocadas de policías asalariados, irritados de los bravíos aldeanos. La tarde está de duelo, el viento gime, brama el río torrentoso... Cual Ave Fénix, de sus cenizas, se yerguen los indómitos aldeanos, para seguir labrando su ancestral… ¡¡Tierra fecunda!! El Pichuychanca. Chiquian, Chinchu Puquio 30 de marzo 2018

viernes, 15 de junio de 2018

Yo, escucho tu silencio


Rosa del jardín de mi casa. Chiquian

Yo, escucho tu silencio

Amo la tierra porque tú vives en ella,
amo el aire porque él roza tu  rostro,
amo cada hierbecilla en que se posan tus ojos,
amo cada huella tuya en la arena húmeda
y amo el silencio nocturno,
porque entonces yo escucho tu  silencio,
y a la vez vuelvo en busca de la muerte.
Estoy casi seguro de ello.

Konstantín Paustovky.
Escritor de  la Unión Soviética

El Pichuychanca.
Chiquian, 18 de junio 2018