miércoles, 27 de julio de 2016
martes, 5 de julio de 2016
El Maestro
| Cordillera de Huayhuash |
“Yo
nací en la más oscura ignorancia, y mi maestro espiritual me abrió los ojos con
la antorcha del conocimiento. A él le ofrezco mis respetuosas reverencias”.
Con
este verso védico de profunda reflexión y significado, saludo a los maestros
que nos impartieron conocimiento desde las aulas del jardín, ahora llamado nido; primaria,
secundaria, y los que tuvimos la oportunidad de pisar las aulas universitarias,
a todos ellos agradecer con gratitud por
tal dedicación para con sus alumnos.
Todos
en este mundo material nácenos en ignorancia, esta instrucción védica nos dice “No
permanezcan en esta oscuridad; vengan a la luz”. En realidad este mundo
material es un lugar oscuro, eso es su naturaleza y, está siendo iluminado por
la luz del sol, la luz de la luna y la electricidad. Así que cualquier persona que nace en este
mundo material, empezando desde la persona más erudita hasta la hormiga más insignificante,
todo el mundo está en la oscuridad.
| Nevado del Yerupaja. |
Todo
el mundo está en la oscuridad, y aquel que abre los ojos con la antorcha del
conocimiento es el maestro. Oscuridad significa sin conocimiento, Por lo tanto,
el deber del maestro es abrir los ojos de los alumnos que están en la oscuridad
con la antorcha del conocimiento. La persona que abre nuestros ojos así, es el maestro, así pues, uno debe dar y
ofrecer reconocimiento y reverencias a
dicha personalidad.
La
responsabilidad del maestro es comportarse correctamente, incluso antes de
empezar a enseñar con principios de valores ética y moralidad.
“El
hombre que posee una comprensión tal, actúa con la mente y la inteligencia
perfectamente controlada, abandona todo sentido de propiedad de sus posiciones
y actúa únicamente para satisfacer las necesidades básicas de la vida. Obrando así,
no es afectado por las reacciones indecentes”. BG 4-21
P/d
Saludos
a los maestros de mi escuela N° 292 los que
ya no están, pero queda en el recuerdo
de cada uno de sus alumnos; Josué Alvarado, Hernan Reyes,Teódulfo Ramírez, Luisa Silva, Moisés
Rayo, a los que están presentes; Romeo Reyes, Leonor Fuentes, Nila Zúñiga y Wife
Ortiz
A
los maestros del CCB Eloy Cox, Orlando Ñato, Elva Colquicocha, Cucha Yábar,
Flora Vazquez, Rubén Robles, Carlos Callantes, Elisa Cossío, Luis Villavicencio,
Luis Chiri, Alejandro Zullón, Jesús Ayala, Chale Rivera, Cesar Cubas, Hortensio
Balarezo, Zoraida Padilla, Alfonso Padilla, Irene Torres, Guido. Facundo Jara,
Elsa Anicama, Soledad Zuñiga, Gilberto Angulo y la plana administrativa, Don Carmelino
Carrillo, Ambrosio Gamarra, Luis Jaimes, Garay, Ernestina Garro, Elida Rivera.
El
Pichuychabca.
sábado, 2 de julio de 2016
El fabricante de cirios y el sacristan
El sacristán, cruzó el añejo zaguán de su casa y éste sollozó con hondo dolor al momento de cerrarlo. En seguida, se hecho a andar por la vereda y la calle deprimida, testigo mudo de las huellas que dejaba a su espalda. Caminaba derrotero a su jornada espiritual.
Cuando el nuevo día derrotaba poco a poco a la glacial aurora, de manera simultánea, dos siluetas humanas emergían por distintas arterias. El primero de ellos, el sacristán, se asomaba con pasos perezosos por la primera y amplia cuadra del jirón Comercio. Para protegerse del frio y de la leve llovizna de la mañana, traía puesto sobre su cabeza plateada, el sombrero de paño y sobre los hombros cortos un saco color negro. Del cuello rollizo, pendía la bufanda blanca. Las, parvas piernas estaban protegidas por el pantalón, planchado con esmero, y los pies encajados en los zapatos, marca diamante, embetunados con pulcritud. A la luz del día, su aspecto parecía como si estuviera de luto.
El sacristán, llega de los arrabales del pueblo, a un kilómetro de distancia. Marchó por el húmedo y amplio sendero. La suela de los zapatos quedó embadurnada de barro por cruzar infinidad de nimiedades de pantano. Ya en medio camino, se detiene por un momento y los ve con diligencia. Con una mano se apoya en el viejo poste de alumbrado público e inclina el cuerpo, estira el pie al filo de la vereda adoquinada y lo encoge una y otra vez para desprender el barro engomado en la suela del zapato. Repite esta operación con el otro pie. Queda aliviado al quitar este peso. Sin demora, de la cabeza separa el sombrero, adheridas de fulgurantes gotitas de agua, y de inmediato, lo sacude dos, tres veces con la mano entumecida. Torna la mirada tanto al norte como al sur y con pasos contenidos, se desplaza por el Jr. Comercio hasta llegar a la sosegada Plaza Mayor.
En medio de la bifurcación de las calles y los corredores de la plaza, opta por el que va directo a la iglesia. Al Llegar, con extremada devoción, mira el crucifijo punteado en el portón. Extrae el sombrero de la cabeza, estira el mediano brazo derecho con el fin de formalizar el signo de la cruz…en nombre del padre del…. Sin perder el tiempo, se dirige por el costado de la iglesia rumbo a la sacristía, es el momento, en el que, Julio Alvarado, emprende sus labores como sacristán.
Al abrir la puerta de la sacristía, que da acceso al espacioso templo de paredes anchas, crepita con desaliento. El frio vientecillo que revolotea de un rincón a otro, transporta el aroma de remota construcción. El amplio salón, esconde un aspecto sombrío en donde prevalece el sosiego y un religioso silencio. De las imágenes que están en el Altar Mayor y de los que están ubicados en los costados, desde y sobre sus pedestales, varios pares de ojos adormilados y fijos, titilan por la luz exhausta que ingresa por los pequeños y redondos ventanales que están estacionados en la cima de las gigantescas paredes de adobe.
El sacristán, con el primer cirio encendido, sostenido en la mano aterida, la llama amarilla flamea en la medida que se acerca a la Santísima Eucaristía. Con cierta dificultad, se postra frente al Santísimo con el propósito de dotar su pertinente reverencia, persignándose por segunda vez. Luego enciende cuatro cirios y lo sitúa en los extremos de la mesa en donde el anciano reverendo, el cura Tello, realizará todos los ritos de la homilía. De modo minucioso ojea el mínimo detalle, y al momento, sube con absoluta entrega y veneración por la estrecha escalera, incrustado en la ancha pared, con el objetivo de llegar junto a los iconos del Altar Mayor. Presto, da un par de suaves palmadas para despertarlos del profundo sueño. Sin dilación, empieza a colocar con desvelo los dilatados cirios y, cuando los enciende, de cada imagen, prorrumpe el rostro lozano, penitente, de mirada sumergida en contemplación.
Antes de doblar las campanas, por tercera y última vez, el sacristán, con ímpetu desmedido, agarra las pesadas y aceradas manijas del portón con el propósito de abrirlo, y cuando empieza a jalarlo, cruje de manera consternada. Al quedar abierto de medio a medio, ingresa vivamente la luz natural de las siete y media de la mañana y despeja la lóbrega penumbra del amplio recinto de las plegarias y del encuentro con la divinidad. Es la misa del día domingo previo a las ceremonias de Semana Santa. Días de cuaresma.
Una vez más, está próximo la distinguida celebración de Semana Santa, trasladado por los españoles desde la época de la invasión y posteriormente la colonización a esta parte de América, a través de las humillaciones y laceraciones ejecutadas por la Santa Inquisición. En el Perú, implantaron esta nueva fe, en el laborioso y noble espíritu del hombre andino, como consecuencia, trasmitieron un nuevo símbolo de tradición y particularidad en cada pueblo, Chiquián, no es ajeno a esta fiesta religiosa.
----------------Aborda los primeros días de marzo; son horas matutinas de un nuevo día. Sopla la ventisca helada. Alrededor del pueblo, la atmosfera se torna turbia e imperceptible. Hilos fríos de garua comienza a descender, fenómeno natural que funda la Cordillera blanca, el manto verde de los prados. A medida que se disipa el alba, se aleja la gélida llovizna. La ordeñadora, abrigada del pañalón y el sombrero cubriendo la cabeza, lleva entre sus delicadas y solícitas manos pequeños porongos de leche. Se dirige con paso ligero al amplio corral, propiedad de Crisologo Ramírez, en donde cada mañana, sin interrupción y percibiendo aromas de estiércol, ordeña la voluminosa ubre cargada de leche, alimento divino de la noble vaca, catalogada como una de las siete madres del ser humano.
Al frente de este redil, durante varias semanas, por la mañana, Julián Soto, el fabricante de cirios, con ponderación, despliega la ruidosa puerta de madera de la fábrica artesanal de velas. El piso apelmazado, regado el día anterior, difunde el aroma a tierra mojada.
En el centro del local, se encuentra el fogón hecho de adobe y de regular tamaño, las leñas arden a fuego lento. El par de peroles, sobre la resistente plancha de fierro con 2 orificios de mediano tamaño, calienta el agua. Por encima de los peroles se halla ubicado un recipiente pequeño en el que se verterá, paso a paso, los materiales como la cera de parafina, la estearina los colorantes y esencias, todo ello mezclados con previa fórmula, conocido de modo empírico por el fabricante. El baño María, va derritiendo la cera.
Son tiempos de faenas en conjunto y de camaradería. Los fieles colaboran por voluntad propia. Alinean los moldes que penden de un prolongado cordón que esta sujetado en un par de maderos, plantados firmemente en los flancos de los peroles. Luego, con esmero, se turnan con el objetivo de surtir la aromática cera sobre el pabilo.
La siguiente silueta humana, el segundo, emerge del taller de cirios ubicado en la intersección de las calles Bolívar y Tarapacá. De aspecto compasivo, rostro triangular y nariz aguilucha, de los cuencos resalta los ojos relativamente saltones y negros. Del hombro descarnado cuelga el tradicional poncho Chiquiano y sobre su cabeza ovalada, posa el sombrero color marrón. Camina por las orillas de la calle Bolívar con pasos contenidos. De pronto, en su circunspecto andar, el fabricante de cirios, Julián Soto, se cruzó con un encopetado personaje del pueblo que traía puesto un abrigo y las manos enterradas en los bolsillos de aquella prenda marchita…repentinamente:
—¡Buenos días Julián! —Saludó atentamente, mostrando la mano enguantada. El nombrado, levantó la mirada que lo tenía hundido en la acera empedrada, respondió con parquedad: —Buenos días… —continuaron su camino. Mientras se alejaban, las espaldas quedaban al frente uno del otro. —“Y a este que le sucedió, siempre anda mirando por encima de los hombros a los demás y sin saludar; hoy, ¿le habrá picado algún bicho?, ¿se levantó con el pie derecho o, será porque se acerca Semana Santa?” —Pensaba Julián, mientras seguía su acompasado andar por la angosta y empedrada calle.
Llegó a la Iglesia San Francisco, con rostro contrito se aproximó a la Pira Bautismal en donde duerme la fría y cristalina agua bendita. Palpó aquel líquido, dobló la rodilla y en seguida, hizo la señal de la cruz con respetuosa reverencia ante el Altar Mayor y a los iconos presentes. A continuación, arrastró los pasos con lentitud, atravesó la entrada protegido por el portón con el propósito de dirigirse a la sacristía.
Era el encuentro de los dos personajes del pueblo que durante varios años, cada uno de ellos emprendían de manera consecuente y diligente sus actividades religiosas. El fabricante de cirios, traía bajo los consumidos brazos un paquete de regular tamaño envuelto con papales dobles. Arremangándose el gabán sobre su estrecho hombro, prudente, depositó el envoltorio de los dilatados cirios, recién fabricados, sobre una mesa ubicado en el lóbrego recodo de la sacristía.
Estos cirios dilatados, fabricados de manera artesanal, quedaban satisfechos a la vista del sacristán que aprobaba lo impecable de su presentación en cuanto a la elaboración y las respectivas decoraciones. La multitud de fieles acompañará la procesión nocturna con el cirio en la mano, junto a la afamada banda de músicos de Florentino Aldave, por las calles ceñidas del pueblo. Son las festividades de Semana Santa.
El Pichuychanca. Chiquian 3 de julio 2016
viernes, 24 de junio de 2016
Techa casa y el Rayan
La espada y la cruz orientaron la proeza de la conquista e invasión de América por parte de los españoles. En el “extirpador de idolatrías“, del jesuita Pablo de Arriaga describe:
“En hazer sus casas tienen como en todas las demás cosas muchas supersticiones, combidando de ordinario a los de su Ayllo, rocían con chicha los cimientos como ofreciéndola y sacrificándola, para que no se caigan las paredes, y después de hecha la casa, también la asperjan con la misma chicha… y en algunas partes le ponen el nombre de algún Ídolo, a quien dedican la casa.” (Arriaga: 64)
La instauración del cristianismo triunfa frente a los tótems de los indios, Pedro de Villagómez, obispo de Arequipa (1635) condenaba los ritos ancestrales de los indígenas con la pena de recibir 100 latigazos y, establece ceremoniosamente la Fiesta de Santa Cruz a celebrarse “cada año para siempre jamás… en memoria del triunfo que mediante ella se ha tenido de la idolatría” (Villagómez; 73).
Desde aquel momento se pondrá la cruz en la cima de las huacas, como emblema de la evangelización cristiana de un pueblo, que también sería impedido y se impuso, por último, el hábito de colocar la cruz sobre el techo de las flamantes casas, recién construidas.
Es así, como desde tiempos inmemoriales, sin una fecha precisa, el experto constructor, auxiliado por la indispensable plomada, con mucho esmero y esfuerzo, encumbran y alinean casi a la perfección las paredes de las diseñadas piezas de la estrenada casa: los cuartos, la cocina, la sala, el comedor y las medianeras del amplio patio con los pesados y macizos adobes, elaborado por hombres diestros, por lo menos, con dos meses de anticipación.
El hombre experto en armar la viga central para el techo de la nueva casa, blande entre su mano aterida el martillo de regular tamaño, con el propósito de golpear una y otra vez sobre la cabeza del clavo largo y acerado, que tañe con honda lastima.
Laboriosos jornaleros, además de combinar la arcilla, la arena y el limo, agregan la paja, el crin de caballo y el heno para elaborar el adobe, que mide cerca de 10X20X40 Cm. Terminada la primera etapa de su elaboración los ladrillos de barro son expuestos a los rayos del sol durante 40 días, para orearlo y secarse.
Por otro lado, un grupo de rudos operarios en medio de una batahola y el ajetreo eligen a un compañero de trabajo para acarrear el agua desde las periferias donde se hallan los generosos puquiales de Oro Puquio, Parientana, huamgan y otros.
El cumplidor ayudante, con paso presuroso, acompañado por la sombra dilatada de su ruda complexión, marcha derrotero al manantial. Cuando llega, sin perder el tiempo, llena el agua en el par de vetustas latas. Con diligencia, los sujeta con una soguilla en los extremos de una resistente y delgada viga. Él, a un costado del puquial y de las diminutas salpicaduras que se desploman sobre los pies desnudos y las ojotas, se acuclilla, calcula el vaivén del par de latas con el fin de lo colocarlo sobre sus nervudos hombros. Acabada esta acción, con habilidad y en un santiamén se yergue. En seguida, estira hacia adelante el rostro, bronceado por los rayos del sol, instante en el que se distingue el abultado paladar derecho por la coca recién masticada. Con las manos encallecidas, empuña de manera impetuosa la viga, observa con cautela una y otra lata colmado de agua, y al instante, se echa a caminar por las calles empedradas.
Luego de un tiempo prudencial de perseverancia y expectativa, la familia observa la flamante vivienda enaltecida, tanto del primero como del segundo piso y sus respectivos recintos, con las ventanas, puertas y los balcones de madera ubicados al frente de la ceñida y adoquinada calle, como en el interior, frente al patio y al jardín. El techo de doble agua, está cubierto de tejas rojas elaborado de manera magistral. Por los rededores del patio están los maceteros con diversas y pequeñas plantas, adornando la nueva morada.
Todo está dispuesto. La familia y las amistades, jubilosos, satisfechos, con los ojos de variadas formas, llenos de refocilación, observan las diferentes piezas de la estrenada vivienda. El hogar anhelado, tanto, para los padres, en donde pasarán el resto de su vida y para los hijos; su niñez y adolescencia, y quien sabe, por cuánto tiempo más o, hasta que un buen día, de repente, alcen vuelo por otros lares ignotos. Pero por el momento, para complementar el colmado bienestar y ventura de toda la familia, se lleva a cabo los rituales de la fiesta ancestral del TECHA CASA.
El Propietario de la naciente morada, de sus íntimos parientes y amigos, recapacita una y otra vez con el propósito de nombrar o elegir, de entre todos ellos, al padrino. Acompañado de alegres y acompasadas melodías de la tinya y del pincullo, ejecutado por el eximio músico, PADUA, el padrino lleva, de la iglesia a la flamante casa, la cruz, decorado de flores y frutas, bendecida por el cura en una ceremonia especial.
Mientras tanto, el Masha —identificado por llevar un cordón de chilligua que va desde el hombro derecho hacia el costado izquierdo de la cintura, en cuyo extremo está colgado la coronta de maíz— es el encargado de todos los detalles de la fiesta tradicional del techa casa. El jubiloso séquito, que viene de la iglesia, es recibido con una deliciosa fuente de cabra canca.
En medio de la algarabía, continuando con la costumbre ancestral, heredado de nuestros antepasados, en el interior del techo, en los altillos, se colocan dos recipientes, cada una colmada de maíz y de coca. Esta festiva ceremonia, es una ofrenda a la Madre Tierra y a los apus, con el objetivo de proteger la novísima e inaugurada casa. Luego, influenciado por la fuerza del cristianismo, la cruz bendecida con el agua bendita, será puesta en el vértice y al centro del tejado.
La cadencia del pincullo y la tinya no dejan de repicar. Entre tanto, los familiares y amistades, al borde del patio, colocan manteles limpios sobre el piso y sobre ellos esparcen la cancha, las habas cocidas (el shinti) oca, mashua y la tradicional bebida, la chicha de jora, todo esto como tributo a la Pachamama, la Madre Tierra, que brinda de manera munífica todos los elementos para construir la vivienda. En tanto los amigos, los invitados, que festejan y bailan, colocan billetes de 5, 10, 50, y 100 soles sobre el traje, a la altura de los hombros y el torso, del anfitrión y de los demás familiares, como mérito al esfuerzo logrado. Durante ese tiempo, las mujeres, cantan en coro: están en su nueva casa / aquí vivirá la familia / tu nuevo aposento / será testigo / de flamantes lunas de miel / con el tiempo / la casa / será un concierto / de voces infantiles…
El festejo continúa, saborean las deliciosas comidas típicas, reparten la exquisita chicha de jora. La fiesta del techa casa alcanza su mayor expresión de regocijo con el original baile del famoso RAYAN al compás de la perfecta entonación del pincullo y la tinya. Instrumentos que hace vibrar y conmover el corazón de hasta el hombre más parco y poco de animarse a bailar. Mientras el viento ulula, la estrella del día, con su lánguida luz que va despidiendo poco a poco del hermoso atardecer, da la impresión de percibir el redoble del tambor místico, del artista señero del pueblo, PADUA. El apasionado músico, que repiquetea notas alegres y melodiosas, aguijonea a los invitados a danzar y moverse con agilidad, gracia y ventura al son de aquellas piezas tradicionales de viento y percusión. Anima los asistentes a bailar a un solo pie y, la otra pierna levantando la rodilla y con la punta del pie zarandeando de un lado a otro a la altura de la canilla, todo a contra punto.
La fiesta del techa casa continuará hasta altas horas de la noche.
El Pichuychanca.
Chiquian 24 de junio 2016
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