jueves, 24 de agosto de 2023

El alba, puesta del sol...




¿Dónde estoy? ¿En qué rincón de la tierra me ha conducido mi sueño? ¿En qué bello pueblo estoy? 

Pero la realidad es que aquí no hay mar, ni selvas vírgenes, ni tampoco enormes desiertos. Lo que hay aquí y lo que mis ojos contemplan —en Chiquian— es un cielo muy anchuroso que se tiende sobre los tejados y de nuestra cabeza como si ansiara cobijarnos frente a toda adversidad. Aquí destella el sol en toda su brillantez en los meses de junio, Julio y agosto, para irse apagando dulcemente, como si se sintiera pesaroso por ello, no sin consagrar de antemano una o dos apesadumbradas miradas a La incontrastable y generosa villa ciudad de Chiquian. 

Todo el rededor de chiquian está moldeado por una pluralidad de animados y alegres paisajes. Caminando por abruptas faldas de los altos cerros,  me ofrecen sus caminos silenciosos a fin de descansar y contemplar de como en el oriente sale el alba desnuda o en  el poniente del ocaso de  la puesta del sol, en ambos casos, mostrando sus colores cálidos sin ningún pudor. En ocasiones, el tambor de mi pecho acosado por la nostalgia, halla aquí sosiego y extravío.

El Pichuychanca
Chiquian,  22 de agosto 2023
 
Aquí les invito a contemplar las siguientes fotos.


En pleno ocaso del dia, aguardo con inaudita paciencia a que se asome la luna por una de las hechiceras cimas de la Cordillera de Huayhuash.








Luna creciente. Atarcecer fascinante.

Luna y el primer lucero fisgón de  este llamativo atardecer.


Nevado de Tucu Chira y el cerro bañado de nieve.

Frio amanecer, desde la plaza de la Incontrastable y Generosa Villa Ciudad de Chiquian contemplo  este eterno y hermoso panorama

 No es un sueño, mi pecho tiembla de maravilla y mis ojos se deleitan de ver rayar el alba.


Atardeceres inolvidables









viernes, 11 de agosto de 2023

Cantando con todo desenfado

 


Cantando con todo desenfado


Del verde pasto
De donde se alza el vaho.
De la copa de frondoso pino
De la placentera plaza, un gozoso
Pichuychanca canta sonoro
Al ver a la luna alumbrando su nido.

Pasando 
Por debajo del pino plateado
Por la luz de la luna decorado,
La avecilla cantando con todo desenfado
Encandila a mi corazón transido.

El Pichuychanca
Chiquian, Plaza Mayor, agosto 2023 





domingo, 23 de julio de 2023

Confesiones de un danzante


A medida que las culturas lejanas se desarrollaban,  de manera simultánea,  el hombre  comenzó a bailar, y usó la danza para exteriorizar y trasmitir sus emociones más básicas a través del movimiento corporal con el propósito de comunicarse y entrar en contacto con el universo que lo rodea.

Observar la danza de los Negritos de Chiquian,  —estilo Yahuar Mayu, ríos de sangre— y ver en cada danzante trasmitir su inconfundible cadencia, sentimiento y emoción, eso quedó grabado como una tinta indeleble en mi infantil imaginación. En aquel momento siempre era mi deseo de bailar esta antigua y bella danza. Pero mi sentimiento ardía rebosante de orgullo en mi pequeño pecho por practicar mi deporte preferido, el futbol. Sin embargo, también debo confesar, que, por un lado me fascinaba ver las danzas tradicionales y por otro, lo digo con toda sinceridad, bailar frente al público me causaba una inconfesable e insospechada timidez.

La danza de los negritos representa la capacidad del arte de expresar la evocación de un momento emocional importante como el dolor intenso, el sufrimiento, físico y moral, del  hombre de raza negra ocurrido en la época de la esclavitud, y aquí en el Perú, en la época del aciago coloniaje español. Quizás por ello se le denomina Yahuar Mayu, ríos de sangre. No voy a escribir ni relatar sobre la historia de cómo y cuándo se originó  esta pesarosa danza que es parte de nuestra esencia cultural que debe perdurar en el tiempo, sino del sentimiento y la emoción que se advierte desde el momento que uno se engalana como danzante de la danza de los negritos de Chiquian. 

La danza ha sido es y será una incesante expresión de emociones que, a través del tiempo y del danzante, muestra más que el mero sentimiento de disfrute y satisfacción. Danzar la danza de los negritos, con el movimiento corporal, lento, melancólico y armónico, se expresa lo que se siente en cada momento, decir con el cuerpo aquello que percibimos los sentimientos de dolor, pena y sufrimiento del hombre de raza negra.

Percibir el baile es muy distinto a lo que expresamos y con ello, hacer sentir al otro, al espectador. En la coreografía de esta hermosa danza de los negritos de Chiquian, el danzante conecta y comparte su mundo interno, espiritual y mágico con la animada concurrencia liberando su cuerpo, su mente y su ser. El movimiento del torso, del paso calmoso y cadencioso, de los brazos, del regatón en la mano, el sonido de la campañilla dota al cuerpo de singular expresividad. Esta danza de los negritos está en función de la acción del suplicio y del lamento, luego en las mudanzas se muestra alegre y jocosa. Danza que se halla estrechamente ligada a la música sonora, pausada y doliente de los predominantes instrumentos del arpa, el violín, la sordina y el saxo.

Mi flamante experiencia como danzante de la danza de los negritos de Chiquian, en el concurso de música y danzas ancashinas, denominado Huascaran, organizado por el programa televisivo Cantos del Perú, en el cual ocupamos el honroso segundo puesto,  he expresado  aquello que lo tenía oculto por cuantiosos años. Gracias a la perseverancia y al tesón que me impuse, he vencido a mis propias dificultades y los apremiantes temores. Además, confieso con toda franqueza que hoy valoro con verdadero placer esta danza, que colma de ventura mi corazón otoñal. 

He percibido un encanto inexplicable en el entusiasmo del público. El movimiento de una multitud de espectadores, al apoderarnos de sus sentimientos y fundirlos en un sentimiento único mediante nuestra expresión corporal, hace que vivan un instante en nuestra vida, todo esto, es un goce del alma que embriaga el corazón y que no olvidaré jamás.     

También debo aseverar que bailar es parte intrínseca del ser humano y nos da la posibilidad de volver a los orígenes de nuestra autentica danza que debemos valorar con amor propio la cultura y el arte que nos han dejado como herencia nuestros antepasados.

El Pichuychanca.

Lima, 9 de julio 2023 


Danzantes de la Casa de la Cultura de la Provincia de Bolognesi Chiquian.

Dannyra Ramirez

Leonardo Cárdenas

Ever Reyes

Nuestro maestro. Cirilo Antaurco.

Fernando Ramírez

Hugo Vilchez

Victor Hugo Chapillaquen.
El Millisho de la danza de los negritos de Chiquian.

Conjunto Melodias Bolognesi.



viernes, 23 de junio de 2023

El precoz músico y el estadio de Jircan


Cuando por la mañana, de lunes a viernes, salía gozoso de la casa materna ubicada en la empedrada calle Tarapacá, con el objetivo de partir derrotero a la querida escuela de don Josué, el Director, de manera ineludible desfilaba por la tribuna sur del estadio de Jircan, hasta ese entonces, incierto para mis nacientes 6 años de edad.
Al pasar por la frontera del estadio, cubierto por un muro ancho hecho de adobe y de regular altura, curioso, detenía mis pasitos mesurados por el intenso deseo de saber lo que más llamaba mi atención: alcanzar el inalcanzable e intachable par de ventanillas, de forma ovalada, y ver lo que había detrás de ellas.
De este lugar —el estadio de Jircan— a mi morada, en el caluroso mes de julio, en el festivo mes de agosto y de octubre, cada fin de semana, alcanzaba oír el destemplado e intermitente bullicio de un entusiasmado gentío. A mi corta edad ya me imaginaba que eran los fanáticos del futbol, alentando al equipo de su simpatía.
Uno, dos... años después, paso a paso me fui familiarizando con este bucólico recinto. A unos metros antes de llegar a la entrada principal del acogedor estadio, al costado, en la calle inclinada, había un terreno, atractivo y llano, cuya superficie era como un tapiz de color marrón que vertía un intenso olor a estiércol de vaca, pulverizado. En este espacio de grato entretenimiento que me parecía correr sobre una alfombra de algodón, desafiante, bullanguero e impetuoso, jugaba futbol con los amigos de la infancia.
En el transcurso del disputado encuentro en el que participaba con ahínco, percibía las actitudes y emociones espontáneas propio de un infante retozón; de los cándidos abrazos con diminutos brazos, el contacto, el rozamiento ligero con los menudos cuerpos para proteger, acariciar y dominar la escurridiza pelota de jebe ya sea con el piececito derecho o con el piececito izquierdo. Luego sonrisas por el triunfo, enojos y lloros por la derrota. En fin, después de todo me sentía tan cerca y tan jubiloso con los caros amigos de mí venturosa inocencia.
Terminado el reñido partido, los noveles futbolistas del futuro, hacíamos una colecta, centavo tras centavo, monedas sustraídas en secreto de nuestro sacrificado ahorro, en mi caso, resguardado por mi madre —ahorro por la comisión de la venta de periódicos y de las propinas que me daban de vez en cuando los parientes cercanos— y junto con aquellos amiguitos que no podían aportar la cuota por alguna circunstancia desconocida para mí, todos, absolutamente todos, con el rostro húmedo, la frente perlada y oliendo a estiércol de vaca, en compacta y alborozada camaradería, sedientos, nos dirigíamos rumbo a la austera tienda de la señora Jesusa, mujer gordinflona de lento desplazamiento, con el propósito de comprar una jarra grande repleta de la sabrosa y refrescante chicha de jora.
Entre los 10, 12 exhaustos deportistas, sentados al borde de la vereda empedrada y pegados hombro con hombro, degustando la exquisita chicha, en eterna plática, acalorados y alzando atronadoramente la voz cual bandada de tiernos loros en pleno vuelo y de bullicioso cotorreo se comentaba del intenso encuentro de fútbol.
Uno de los chiuchis*, no conforme con el resultado, hablaba con vocecita chillona:
—¡Shay!,** por suerte nos ganaron.
—pero ganamos.
—y esa huachita que te hizo...
—fue un champazo***
—te hizo huachita y te quedaste picón, eso es, ¡picón!
—¡ya... ya... basta de hablar!
Y así, iban y venían los ardorosos comentarios al término de nuestro deporte favorito. Animados y en camaradería, cada uno con su vaso, compartíamos con delicia, sorbo a sorbo, la refrescante y milenaria bebida.
En el grupo de infantes retozones, había uno que resaltaba por su singular afición y querencia por doblar, en perfecta armonía, la tinya y el pincullo, instrumentos divinos y tradicionales del Perú Profundo. El precoz músico de rostro atezado como la corteza de la leña expuesta al sol, se llamaba Flavio. Con la baqueta de huaromo, consentida por su mano yerta, hacia vibrar la tinya con hondos y sordos sonidos agudos, marcando el ritmo de la melodía que el viento sereno del atardecer arrastraba hasta nuestros lozanos oídos. Del pincullo, entre sus fríos y húmedos labios, los movedizos y hábiles dedos sobre los agujeros, ondulaban sonidos, armoniosos y graves como el canto sonoro de los cisnes enamorados.

Cuando la serena tarde llegaba a su fin y empezaba la oscura noche, agazapado como un gato esperando lanzarse en el momento oportuno sobre su presa, el ratón, o con cualquier otro pretexto ingenuo, yo, huía o salía de la casa materna trayecto al estadio de Jircan. Lugar de encuentro, previo acuerdo con los amiguitos del barrio.
En apacibles noches, mimados por una multitud de luminosas luciérnagas, por el lunar albino del vasto cielo oscuro, e imaginando la época de carnavales; al son del melódico y sonoro pincullo, el repiqueteo constante y acompasado de la tinya ejecutado por nuestro predilecto y precoz músico, detrás de nosotros, arrebatados y festivos, enlazando nuestros minúsculos brazos, codo a codo, calcando a las personas mayores, íbamos por todo el ceniciento perímetro del estadio, bailando con garbo y cantando a todo pulmón numerosas canciones y una de ellas, que recuerdo con persistencia, es esta inolvidable comparsa del carnaval chiquiano... : —Esta será/ o no será/ la casa/ que yo buscaba / tal vez vengo muy…
En mis largas estancias en la patria chica querida, de estos 5 últimos años, he visitado el anacrónico y evocado recinto, desdeñado por los miembros de la comunidad campesina y despojada por el violento tiempo. Me perfora el alma de intensa pena y de dolor, de ver cómo las paredes de adobe, sin las ventanillas ovaladas que en mi infancia los veía con mucho aprecio y curiosidad, poco a poco, se caen, se caen a pedazos como si me estuvieran arrancando una parte de mi existencia.
En medio del sombrío y recóndito silencio, embargado por la añoranza, en mi soledad he vuelto a transitar los sectores de su superficie, cascajo y ceniciento, por donde corría, con fervor, con pundonor, tras la pelota de cuero de 32 paños, defendiendo con arrebato los colores de mi querida escuela. Y en mi adolescencia, la selección del CCB y al Club Atlético Tarapacá.
***
El estadio, las plazas y los parques, lugares adecuados para solazarse y congeniar de manera saludable con las amistades de toda edad, hoy en día se encuentran desiertos, silenciosos y sin vida, ausente de críos inquietos. Los niños de hoy ya no acuden a estos espacios para corresponder la naciente y franca amistad que surgen en edades tempranas, y sin duda, para no olvidarse nunca jamás. Han perdido el sentimiento de camaradería y de solidaridad para compartir un vaso de chicha de jora, ya no se miran a los ojos inocentes llenos de asombro, ira, jolgorio, no tienen contacto con los calurosos bracitos imberbes para abrazarse festejando un gol, disfrutar de algún otro juego infantil o de una incauta aventura. Percibo al niño de hoy, más solitario, individualista, egoísta y autómata porque supone que se divierte, feliz, frente al frío celular que no guarda ni trasmite la misma emoción y actitud natural de un niño de su misma edad. En nombre de la democracia y la tecnología, en posición de una minoría, el mundo y los humanos cada día se resquebrajan.
El pichuychanca. Chiquian, 9 de mayo 2021
(*) Chiuchis= pequeños, infantes, niños.
(**) Shay= amigo.
(***) Champaso= suertudo.
Las siguientes fotos corresponden a los hermosos atardeceres, recordando mi infancia, de mi querido Chiquian...






El pichuychanca.

Chiquian, 9 de mayo 2021

lunes, 12 de junio de 2023

Te prometo

 



Te prometo


Mientras me perdure la vida, 
mientras pasar las estaciones veo,
los hilos plateados naciendo en la azotea,
el tiempo surcando el rostro por los años vivido,
y hasta partir, donde todos temen ir,  
yo te prometo, patria chica amada,
cada segundo, cada hora cada día...
por siempre amarte,
y llevarte en mi corazón rebosante de gratitud. 
    
El pichuychanca.
Chiquian, 10 de junio 2023


Fotos captadas el sábado 10 de Junio. 
Huamgan, Huaylog y Usgor.

Tejado, nevado, cerro, cielo azul, contemplando de una de las calles de mi querido Chiquian.

Cordillera de Huayhuash. 


Singular y hermoso valle de Aynin.

Mis pasos pausados, cruzaron el misterioso lugar de Huaylog.

Cascada de Usgor, en el caluroso mes de Junio, languidece su rumorosa y hechicera agua, 

Sentado en la raíz del noble eucalipto, contemplo el sereno cielo azul.

Nevado el Yerupaja

Cordillera de Huayhuash.


De mi archivo fotográfico, casacada de Usgor tomada en febrero 2018

El pichuychanca.

Chiquian, 10 de junio 2023

viernes, 14 de abril de 2023

Da vida a los sedientos páramos

 
Nevado de Copa. Marcará


Da vida a los sedientos páramos

Triste... triste, se despertó el nevado de Copa.
Días... días, que se ha ausentado la ingrata lluvia.
Ya no tiene a la compañera quien mojaba su cima helada.
Tanta tristeza tiene 
que ya no puede contener más sus pocas lágrimas de plata. 
Conmovido por su tristeza de mis ojos saltan ríos de dolor. 
Sin embargo, nuestras dolorosas lágrimas al unirse,
da vida al risueño río de Marcará, 
da vida a los sedientos páramos,
da vida a los sedientos seres vivos.

El Pichuychanca
Marcará, 13 de abril 2023