jueves, 21 de noviembre de 2019

Yauca Punta II (fotos)

Luego del importante y significativo paseo con los miebros de la Casa de la Cultura Bolognesi Chiquian,  les presento las siguientes fotos.
Esperando que sea de su agrado.

Portada y el nevado de Tucu

Foto desde el camino yendo al  Cerro de Yauca Punta. 

Chiquian desde el camino (Huasta) que nos conduce al cerro de Yauca Punta




Un descanso en la primera ceja- a la espalda el profundo barranco y una parte de la Cordillera de Huayhuash.

Subiendo, el lado izquierdo de Yauca Punta

Los primeros en llegar. Pero aun falta uno metros cuesta arriba 

Un descanso para la foto del recuerdo. Miembros de la Casa de la Cultura  

Unos se adelantan para llegar a la importante cumbre de Yauca Punta

Rumbo a Yauca Punta. Al fondo Vista panorámica de Chiquian


Bonita planta. cuyo nombre no recuerdo

Seguimos cuesta arriba y ya se asoma el nevado del Yerupaja

Nos topamos con uno de los Antiquísimos muros.

El margen derecho de Yauca Punta, desde los alto en sus faldas ya se vislumbran muros antiguos  


Sobre la piedra en la forma de sapo. Hay que empezar, por nosotros, a cuidar nuestro Patrimonio  

Seguimos subiendo. Avistando el hermoso paraje. 

Detrás de los muros, desperdigados por toda la falda.

Muros abandonados. Por decidía de los pobladores y las autoridades irresponsables. 

Todos se toman fotos sobre la piedra en la forma de sapo

Cerca de la meta. 

Especia de pequeñas cuevas junto al abismo. debajo de la cumbre de Yauca Punta

el valle de Aynin. fluye el río por las vertientes de Coris,Quisipata la Frorida.   

Construido al unos pasos del abismo. Son Chulpas

Desde las faldas de Yauca Punta. El camino por donde hemos atravesado.

Edificaciones muy antiguas en plena falda del cerro de Yauca Punta.

Primera Portada


La Portada y el nevado de Tucu.

Hermosa construcción de nuestros predecesores. resisten al tiempo. y las autoridades miran por otro lado. ¿Que hacer a tanta indolencia cultural? 

Segunda Portada

Chiquian desde la cumbre de Yauca Punta.

Caminantes, camino se hace al andar- Agotados pero entusiasmados por esta gratificante visita.  


Desde la cima de Yauca Punta

Pequeña ceremonia al Apu

Avistando nuestro agotador recorrido. 

Chiquian desde la cima de Yauca Punta.




Muros

De regreso



Que pena. observo consternado. Los muros cubiertos por las plantas silvestres. ¿Nuestra historia se va apagando?

Seguimos descendiendo.


Nos vamos despidiendo con la promesa de volver 

El Perfil del cerro de Yauca Punta


Saludando al agotado fotografo

muros escondidos tras las plantas. 

Otro perfil de la piedra en la forma de sapo

Portada

Muros y mas construcciones

Desde la Quebrada. metros mas abajo  esta la cascada que se logra ver desde Chiquian

Cañon. y el cerro de Yauca Punta 

Para el recuerdo, junto a la muralla que desparrama mucha energía. 






Muros frente del nevado de Tucu.



  •      El Pichuycanca

jueves, 14 de noviembre de 2019

Yauca Punta I (relato)


Desde que tuve uso de razón lo veía, de cualquier punto de la tierra natal, Chiquian, lejano, inalcanzable y enigmático. El cerro de forma triangular, se ubica en el distrito de Huasta, al otro lado del atractivo valle de Aynin por donde fluye el serpenteado rio del mismo nombre. En la falda todavía permanece la cicatriz terrosa causada por el desprendimiento de tierra y piedras, producido por el repentino e infeliz terremoto del año 1970. Pasaron un sinnúmero de años para recién conocerlo. 

La directiva, presidido por el profesor, Aynor García y los miembros de La casa de la cultura de la provincia de Bolognesi-Chiquian, invitan e incentivan a la ciudadanía en general a integrarse a esta magna entidad, sin fines de lucro, para participar, durante el año, a eventos culturales y sociales. Practicar las danzas típicas de la región. Rescatar el temple de la guitarra chiquiana y forjar nuevos valores en la ejecución del arpa que representan los usos y tradiciones del entrañable pueblo. 

La Institución, ha recibido la donación de libros, de manos del propio autor, en la forma de cuentos, crónicas, narraciones, novelas e historia. Personas generosas amantes de la lectura y la cultura, también han hecho llegar importantes compendios y obras con el propósito de estar a disposición del público.   

La Casa de la Cultura, estimula a la población a propalar y explorar lugares jamás visitados. La provincia de Bolognesi es única y privilegiada por atesorar imponentes nevados. Hondonadas de donde surgen atrayentes cascadas. Pueblos que aún conservan su iglesia colonial. Cerros enigmáticos en cuya cresta guarda restos arqueológicos, legados por nuestros predecesores, Comarcas con  atractivos y prodigiosos panoramas. Lagunas que almacenan el agua de distintos colores. Es decir, esta institución   concientiza y promueve, con entusiasmo, todo lo que concierne al turismo de su jurisdicción.


Como flamante integrante de esta Institución, para mi fortuna, se planificó una excursión que se llevaría a cabo la primera semana de junio. El destino designado fue el enigmático e inalcanzable cerro de Yauca Punta. Mi sueño se cumplía luego de dilatados años. La salida, programada para la 6 de la mañana, tardó por breves minutos. La razón es que tuvimos que esperar casi media hora porque uno de los caminantes de La casa de la cultura, que fue el primero en llegar, se confundió de vehículo y lugar. Cuando el carro se disponía a arrancar, de pronto uno de nuestros viajeros lo vio caminando por la calle transversal, con pasos lerdos y cortos, con semblante taciturno pensaría: —“ya se fueron, me han dejado”— El mismo que lo reconoció, de inmediato le silbó para llamar su atención, luego le llamó por su nombre diminutivo: —Anchi-i-i —Al oír, la mirada que lo tenía enterrado en el piso asfaltado, veloz lo levantó y sonriendo caminó media cuadra. Al arribar al carro fue recibido en medio de la algarabía y  bromas por no haber llegado a la hora señalada, a lo que contestó: —Mis nahuis (ojos) ya no distinguen bien, pues. —hizo reír a todos los presentes dentro del abrigado carro. El nombre de Anchi es Andrés Allauca Vicuña, natural de Matara, es un hombre bilingüe, habla el quechua con fluidez, bajito, de cara redonda y rugosa, de ojos negros aún vivaces, es jocoso y hablador. Cuando va al campo escudriña todo tipo de plantas medicinales. Es curandero y posee 86 años de edad. A sus años es un incansable andarín y en los momentos de ocio, es un empedernido bebedor.    

Al cerro ignoto, partimos henchidos de expectativa. A través de la ventana, en silencio,  observo con singular atención el valle, las pocas sementeras sembrados de maíz, trigo. En cada curva de la asfaltada carretera de pronto se muestra la admirable cordillera de Huayhuash y tras de ella, se asoma la luz del sol que proyecta lánguidas sombras de la escasa arboleda, la copa, monótono se mece con lentitud de donde los pájaros alzan raudo vuelo.

Ya estamos en el pueblo andino de Huasta. Al andar por la calle,  ceñida y  empedrada,  las paredes de las casas, colma nuestra curiosidad, están  pintado de blanco, adornado con hermosos murales de los usos y costumbres del lugar. Las puertas, las ventanas y los balcones sobresale el color celeste. Es un pueblo bicolor que hace juego con el impalpable espacio celeste y la arisca nube blanca. En la plaza; ataviado de  una pileta ornamental, de pretéritos árboles frondosos, de floridas y coloridas plantas, cuidadas con afán, se encuentra, desde los tiempos de la colonia, la hermosa iglesia cuyo vistoso retablo está en la entrada y a la vista del visitante. En esta villa, en uno de los cerros que lo rodea, en recónditas cuevas, se han encontrado momias de la época incaica en perfecto estado de conservación, dos de ellos, se exhiben actualmente en el Museo de Historia de Huaraz.

De la Plaza, marchamos por una de estas expresivas calles hasta el final, alcanzando el inicio del relimpiado e inalterable sendero que nos conduciría al cerro de Yauca Punta. Al inicio, el  camino, bordeado de eucaliptos, es empinado y ancho por un corto trecho. A medida que camino, disimulado, me acoplaba al centro del grupo, pensando en mi fuero interno que en cualquier momento empezaba la senda angosta, no solo eso, sino también, el profundo precipicio que se logra ver desde Chiquian. 


Debo confesar, sufro de acrofobia, fobia a la altura. Con esta idea, en medio de los paseantes me sentía algo seguro. En todo el recorrido, entre amenas pláticas sobre el paseo  y deteniendo los pasos cansinos con el propósito de tomar algunas fotos, jamás me acerque a la orilla. En todo momento estuve junto a la falda del cerro. De este lugar alcanzaba ver, por primera vez y asombrado, el atractivo y diferente panorama de Chiquian. Bordeamos el barranco y franqueamos la quebrada por un tembloroso puente que se encuentra encima, pero apartado, de la cascada de Tuntur, que se logra visualizar desde Chiquian. El camino se torna asequible, es llano. Al frente de nosotros, el pico del Cerro de Yauca Punta, aun esta distante. De su falda aun verdosa, surgen a lo lejos las confusas murallas de piedra. 

Un grupo se adelantó. Del llano, se les ve que trepan el cerro por  el pétreo camino inclinado surcado de chamizas y vizcaínas. Entre los rezagados se encuentra mi tío Romeo y el señor Andrés. Me quedé junto a ellos, previniendo cualquier percance que podía presentarse. Andrés cargado con sus 86 años caminaba como un joven de 25, Romeo con sus 73 años, no se quedaba atrás. Los tres juntos llegamos a la ceja del cerro donde nos esperaban. De este paraje, al margen izquierdo, nervioso, por segundos puede apreciar el barranco de cerca de medio kilómetro o quizás más de escalofriante profundidad. A partir de aquí, en adelante el camino, cuesta arriba, se encuentra junto al abismo. Yo andaba distante, trémulo. 

Al avanzar por el inclinado camino, aparecen mudas reliquias de las murallas de piedra labrada y rectangular, situado, para mi admiración, contiguo al barranco. Con Ever y Zuly, hijo y madre, nos separamos del resto del grupo siguiendo el camino por el margen derecho. Ahora, desde lo alto de este lugar, observo pasmado, que, en plena falda empinada, todavía se hallan diseminados numerosos edificios de antiguas murallas de diferente tamaño, pidiendo auxilio de las plantas silvestres que lo acechan sin piedad, Una vez más, sin temor, confirmo la indolencia humana, sobre todo de las pérfidas autoridades insensatas o por maligna ignorancia, de no salvaguardar el patrimonio que en herencia lo hemos adquirido de nuestros remotos y audaces habitantes de estos extraordinarios lares. 

Derrotero a la cresta del cerro, encontramos dos hermosas portadas. De uno de ellos se puede observar, mientras el cielo se encuentra despejado, libre de nubes pardas, el adusto nevado de Tucu ¡Maravilloso paisaje! Cuando ensimismado volví a ver el nevado, desde la portada emblemática construido de manera fantástica por los ingeniosos ingenieros, arquitectos y eficientes manos callosas de nuestros antiguos pobladores, me quedé hondamente extasiado. ¡Como lo disfruté! Señores autoridades que esperan para restaurar estos monumentos históricos para promover el turismo en nuestra Región de Bolognesi. ¡Háganlo, pero ya!


Colmados de entusiasmo, continuamos fisgoneando aquellos insospechados lares hasta situarnos en la misma cumbre del impresionante cerro de Yauca Punta, inalcanzable. ¡Mi sueño se hizo realidad! Por un instante, con los ojos nublados de emoción, conmovido, por primera vez percibía, desde este alejado y adusto apu, por fin explorado y conquistado, el hermoso panorama de la tierra natal, Chiquian, incrustado entre enormes y celosos cerros: Los tejados aun rojos, las cascadas, el estadio de Jircan, la iglesia, los colegios, coliseos y las típicas calles angostas, el canal de Tucu, mi pueblo en miniatura. El viento es apacible. El sol con sus punzantes rayos nos acecha, pero no nos impide vislumbrar con admiración, desde esta maravillosa cúspide de 3, 700 msnm, los cerros de pináculos heterogéneos, vertientes y prados fértiles de Huaca Corral, impresionantes hondonadas y barrancos hasta más allá del pueblo de Pacllón situado en una de las reclinadas faldas de aquellos cerros. Abajo, por el atractivo y estrecho valle de descomunales despeñaderos, atraviesa el ondeante río con agua torrentosa por los bordes de las chacras de Obraje, la Florida. Coris, Timpoc y Quisipata, hasta desaparecer de mi vista. El paisaje es inenarrable. También se observa por el lado derecho el monumental nevado del Yerupaja que es el emblema de nuestra provincia por ser lugar inexcusable de peregrinaje, turismo por la excelsa belleza que atesora y a la izquierda, el desamparado nevado de Tucu.

Después de una breve y empírica ceremonia de ofrenda al apu de Yauca Punta y disfrutar de un ligero fiambre, nos disponemos a regresar por la empinada vertiente. Esta vez, cuando descendíamos por los caminos bifurcados, olvidados y escabrosos, las murallas, que lo veíamos lejos, desde lo alto, ahora, estaba frente a nosotros y para nuestro asombro, ocultado por la tupida  floresta, inconmovible, sobreviviendo a través del tiempo. Más allá, se logra ver Infinidad de murallas, las torrecillas reverberan por los ambarinos rayos del sol que inexorablemente decae hasta llegar a su ocaso. No pudimos acercarnos por falta de tiempo  

Ha culminado nuestra visita, con la promesa de volver pronto. Falta mucho por conocer, por explorar estos lugares de esplendidos panoramas y sobre todo la historia de toda esta zona. Es un motivo más, para que los profesores de historia, conscientes de su especialidad, visiten junto con sus alumnos e inculquen el valor historio de estos importantes y representativos recintos. 

De nuevo, un grupo se adelantado y otro quedó rezagado. Entonces, tomando valor, decidí ir solo por aquel barranco de camino llano y angosto. Sin acercarme a la orilla ni detenerme, con paso ligero, estremecido, llegué a la entrada del atractivo pueblo de Huasta,  Venciendo mi acrofobia. 

El Pichuychanca.                                                

Chiquian, 14 de noviembre 2019



Cerro de Yauca Punta


jueves, 31 de octubre de 2019

Clavel blanco

Clavel blanco


Los solícitos jardineros, plenos de candor,  
sin saber lo que ha de acontecer mañana
plantan frágiles rosas y flores que florecerá
con magnificencia en primavera templada,   
los selectos huertos y campos esmaltando.    

Ver con atención la preciosa rosaleda
de la afectiva morada, mana en mi memoria
dos sucesos del pasado, opuestos del todo,
que creía haber curado con el paso del verdugo
tiempo, ironías de mi existencia temporal. 

Rosas, tulipanes, peonia y hortensia 
ya se halla en forma de bouquet    
en la tersa mano de la feliz novia,
mi amiga Marisol, en su boda.

de manera simultánea, 
en lóbrego recinto,
afligido y consternado,
abordaba el cadáver insepulto 
de María, mi novia.
Con el pecho temblando,
con el cuerpo estremecido,
con la mano trepidante,
sobre su frio féretro
el postrero clavel blanco colocaba.

El Pichuychanca
Chiquian, calle Tarapacá agosto 2019

viernes, 25 de octubre de 2019

El perturbado


El Impúber Rosalino, inquieto y afable,  lograba socializar con los niños de la misma edad. La vida rural en el campo, junto con los animales domésticos y lejos de la ciudad, preservaba en él, su más alta estima y querencia. En cuanto había concluido, con éxito, los estudios de primaria en la tierra natal XX, los padres preocupados por el porvenir del hijo, emigran a la capital de la provincia, Chiquian. Con el transcurrir del tiempo, poco a poco, se adapta a una nueva forma de vivir en medio de una multitud de gente extraña. 

Años después. Matinal, en un recodo del pueblo, al fondo de una abandonada y mustia callejuela, el punzante rayo solar se desplomaba sobre el rostro fatigado y los parpados inflados que protegían los ojos achinados de mirada penetrante de Rosalino, apelativo asignado por los amigos de la escuela.

 Rosalino, de 16 o, 17 años de edad, amaneció sobre la gélida superficie bordeada de nacientes plantas silvestres, sentado con la espalda estrecha, arrimado en la húmeda pared de adobe. La cabeza redonda, cubierta por una gorra con orejuelas, inclinada sobre su abatido pecho. El cuello aplanado, arrebujado con una afelpada bufanda negra. De los hombros laxos pendía el ajado e inconfundible poncho marrón, abrigaba su maltrecho torso. Los brazos y piernas, extendidos en la forma de x. Los zapatos viejos, descocidos y sin pasadores, embutidos en el pie. En semejante posición, pernoctaba con mansedumbre. Cuando, Rosalino, terminó de estudiar la secundaria, además de haber destacado como un excelente alumno, empezó a concebir incipientes delirios de persecución y este espacio, brumoso y apartado, era su ocasional refugio,

Al despertarse, atónito, examinó los rededores del callejón sin salida, sin recordar de cómo había llegado a este solitario rincón. Alzó los brazos y estirando el cuerpo entero como un gato, se desperezó. Con el reverso de la aterida mano, froto los ojos aun soñolientos. Se incorporó de manera torpe  y con la mente agitada  retornó a su casa.

Una mañana lluviosa, Rosalino, salió de su vivienda, ataviado con ropa apropiada, al enterarse que el último e incondicional amigo viajaba en busca de un destino incierto. Presuroso y apenado se dirigió al domicilio con el fin de despedirse. En su travesía por la calle mojada y vacía de gente, cada ruido imperceptible, provocado por el ligero viento, le llamaba la atención. Se detenía y observaba, sospechando con absoluta abstracción, el lugar de donde surgían aquellos incomprensibles murmullos. 


Próximo a alcanzar el final de la cuadra y el inicio de la siguiente, oyó pasos apresurados, de repente, por la calle ahogada, vio cruzar con inaudita carrera a un fornido mozo de su misma edad, luego, tras él, a dos personas de aspecto sombrío vestido de verde con una vara negra en la mano. Curioso, acelero los pasos para saber lo que ocurría. Cuando llegó a la esquina, estiró el cuello, giró la cabeza, para su asombro, encontró la calle en completo silencio, desierto. En seguida, el viento, una vez más, gimió, Rosalino se sintió horrorizado. Con la frente perlada, de lozanos surcos, empapado de un frio  sudor, se imaginó que vendrían por él con el objetivo de retenerlo. Estas penosas ideas, le atormentaba día tras día. Momentos después, en la otra acera, surgió un individuo desconocido que caminaba con solemnidad, ataviado de modo similar a los perseguidores que vio atravesar la calle. Temeroso, sin darle la cara, dobló la esquina, tornando la cabeza a cada instante, raudo, se alejó a lugares ignotos. Jamás llegó a la casa del compañero para despedirse.      
              
24 de diciembre del año xx. Mientras los hijos menores duermen, luego de haber asistido religiosamente a la misa de gallo durante varios días, la madre, prepara el desayuno. Por la tarde, en el mercado de abastos y en las surtidas tiendas, ubicados en las distinguidas calles, Dos de Mayo y el Comercio, las mujeres casaderas, casadas y viudas, las que más saben de estos menesteres, apremiadas, se encuentran comprando todo lo referente para la noche buena y los juguetes para obsequiar a los hijos, sobrinos…y quizás por ahí, una de ellas, de corazón magnánimo, a algún chiquitín vagabundo que se cruce en su camino. Luego del agitado día, ingresando las primeras horas de la noche, todo queda dispuesto para la cena familiar de media noche. Navidad. 

A las 11,45 de la noche, en medio de un profundo silencio, doblan las roncas campanas. La ondeante y aguda resonancia de cada  una de ellas se deja escuchar hasta el postrero e enigmático rincón del pueblo. El enorme bronce repiquetea, lento, sonoro, por segunda vez, don…don… alertando a la feligresía con el fin de alistarse para la tradicional celebración de la  misa de noche buena. Rosalino, se despertó del hondo sueño, alarmado, fue a la habitación contigua y lo halló vacío. Los padres no llegaron de la tierra natal xx. 

Los fieles se alistan para acudir a la iglesia. El cura Eusebio Velasco, de mediana estatura, cara redonda, en cuyos cuencos posan los ojos negros, en un rincón de la sacristía, con suma tranquilidad, leía uno de los versículos de la Biblia, alusivo a esta fecha tan importante para el mundo cristiano. Los devotos, hermanos de Cristo, presurosos llegan a la iglesia, Entre tanto, el sacristán, Simón Paredes, diligente, sale de la sacristía rumbo al altar llevando entre sus adiposas manos la parafernalia para el sermón de media noche. Las luces mortecinas de la iglesia reflejaban una rara languidez. El amplio salón que hasta ese momento reinaba un silencio de soledad, como en el cementerio en la noche, de repente, detrás de la gruesa y alta columna, surgió un sordo grito que hasta los vidrios de las ventanas vibraron: —¡Hijos del diablo! ¡Lárguense de la casa de Dios! 


Cuando los feligreses giraron la mirada de dónde provenía la voz increpante, se toparon con el rostro de Rosalino, desencajado por el delirio de persecución que sufría. Entre sus manos temblorosas levaba un grueso garrote, amenazaba a la concurrencia. El cura y el sacristán, sorprendidos y temerosos, se acercaron a la puerta de la sacristía y observan la azarosa e inusitada escena. El cura, de inmediato, mandó al sacristán a pedir ayuda a la policía. Por otro lado, Rosalino, con lentitud, de costado se deslizaba tras las anchas columnas para llegar a la altura del altar. Los aterrados fieles, mirando al agresor, dando la espalda al portón, retrocedían pasos a paso.  

—¡Ustedes, miserables pecadores, no merecen estar aquí! —vocifero de nuevo. En el instante que los fieles estaban en las inmediaciones de portón, llegaron los policías, dirigido por el corpulento oficial Humberto Llanos. Luego de coordinar, avivado, con los subordinados, veloz, se fue por detrás de la iglesia rumbo a la sacristía. Con cautela, ingresó al amplio salón. Cuando Rosalino era persuadido a detenerse y bajar el garrote, el oficial, detrás de él,  agazapado como un puma tras su presa, se aproximaba poco a poco y logra sujetarlo por el cuello con sus largos y macizos brazos. El agresor, al sentirse vencido, sin poner resistencia, soltó el grueso garrote. Lo enmaromaron y lo llevaron a la comisaria. Pasó la noche buena, detenido.  

Días después, Rosalino, caminaba por las calles y las periferias del pueblo sumergido en deplorables y perturbadores pensamientos. Las personas que lograban reconocerlo a cierta distancia, lejos, evitaban encontrarse con él, presurosos doblan por la esquina. Cuando se hallaban a media cuadra, sin escapatoria, detenían sus pasos en seco con el fin de regresar quien sabe adónde, simulando haber olvidado algo. En los días subsiguientes su conducta era cada vez más violenta. De un momento a otro empezó a agredir a cuanto transeúnte se cruzaba en su camino. Por esta actitud, infinidad de veces, pasó frías y turbulentas noches en la comisaria. Autoridades y policías, impotentes de tomar alguna acción para proteger a los pobladores, solo atinaban a comentar, “es un perturbado, inimputable a ser juzgado”.

Desfilaron días, semanas… Rosalino, en una tarde sombría, era conducido de la comisaria, donde había pernoctado, a la salida del camino de Cochapata trayecto a los centros poblados de Matara, Cuspon. Los severos policías, cumpliendo su deber y por  orden de las autoridades, lo expulsaron del pueblo.


Son las tres de la tarde, Rosalino, meditabundo, con la mirada hundida en el áspero camino, se echó a caminar. Tras su menuda espalda,  de rato en rato, volvía la mirada taciturna.   Minutos después les perdió de vista a  los policías que lo desterraron. En su andar solitario por el camino desconocido, desierto, le infundía un hondo temor. Cuando la copiosa copa de los alisos, molles, eucaliptos y las plantas silvestres florecidas en los bordes del sendero, siseaban con docilidad, se detenía. Alertado, oteaba arriba, abajo y a los costados, sospechando que alguien merodeaba cerca de él. Al no encontrar a  ningún ser vivo a su rededor, estúpidamente se refugiaba bajo un árbol. Se sentaba con vacilantes piernas encogidas y angustiado escondía la cabeza entre de los escuálidos hombros y el pecho, blandiendo fuertemente  con sus manos curtidas. 

Tres horas después de su agotadora travesía, llegó a una colina de donde pudo observar escasas y tenues luces que empezaba a centellear. El humo que emergía de las chimeneas de las espaciadas casas, desaparecía de su atenta mirada. La fría noche se acentuaba con inadvertida lentitud. Sus agitados pensamientos amainaron, entonces, en el momento de lucidez y tranquilidad, decidió descender a la aldea de Cuspon.

Luego de trajinar por trechos angostos y charcos dilatados, sin saber por qué, se acercó a una casa de primer piso, en cuyo zaguán pendía una gruesa aldaba. Lo asió y golpeo tres veces tac-tac-tac, la espera de la respuesta, le parecía una eternidad. De súbito, crujió la puerta en el instante que lo desplegaban, detrás de ella, surgió un rostro femenino y bondadoso, preguntando con tono afable: 

—¿Qué desea? ¿Quién es usted? —Rosalino, pensativo, dudó un segundo y con voz  quebrada, respondió: 

—Marchaba rumbo a mi pueblo y me ha ganado la tarde, por favor, le ruego que me dé auspicio solo por esta noche —La mujer de cara compasiva, sin sospechar en lo más mínimo de aquel joven perturbado, le ofreció pasar al patio junto al portón. Luego de haber ordenado, veloz, el comedor, le llamó desde la puerta. Rosalino, por invitación de la señora, se sentó junto a la mesa rectangular donde posaba un candil cuya lánguida llama, flameaba quieta detrás del vidrio con briznas de hollín. Al fondo, en la umbrosa cocina, las piras vivas del fogón humeante, abrasaba a las  fuliginosas ollas. 

Tolentino Villalobos, de sesenta años, de rostro marcado por canalillos finos en el borde de sus vivaces ojos negros. De mentón cárdeno, pequeño de estatura, de espalda ancha y de buen carácter, marchó rumbo a la chacra para traer el ganado vacuno, donde estuvieron pastando durante todo el día. Cuando arribó a su destino, se quedó pasmado de no encontrar ni uno de ellos. Regresó a su casa pensando “seguro que estarán haciendo perjuicios en otra chacra cercana y ajena, bueno iré tras ellos y de paso recolectaré leña en el camino”. Al llegar a su casa, agarró una pequeña y poderosa hachuela de singular filo y partió en busca del ganado, alejándose de su pueblo, Ticllos.


En su itinerario, por el camino de ralos fangos, cada cierto tiempo, contenía los pasos cansinos para ver si las nobles vacas estaban; figurándose más allá de su jurisdicción, en las chacras ajenas o extraviadas por una de las diversas bifurcaciones del camino principal, más estas no daban señales de su presencia. La ansiedad se apoderaba de su ser. Indagando, por aquí, por allá, de pronto se topó con rastros visibles de pezuñas, posiblemente de su ganado. Estas huellas se dirigían al centro poblado de Cuspon. Se aproximaba el ocaso de la tarde y la negra noche llegaba. En estas circunstancias decidió marchar detrás de las holladuras con la esperanza que fueran las suyas, sus vacas. Llegando al pueblo cerca de las siete de la noche, lo primero que hizo, sin pensarlo 2 veces, ir a paso ligero, directo al lugar donde los animales eran depositados por los dueños de las chacras damnificadas. Se asomó a la añosa puerta de maderas entrecruzadas y por una de las aberturas observó, dichoso, a las cinco reces, cada una con sus respectivas crías, rumiando con calma. 

Confiado, como en anteriores oportunidades, con pasos fatigados, se dirigió a la casa de su amiga de muchos años atrás, la señora de cara bondadosa. Golpeó la puerta con la maciza aldaba. Benigna, al abrir la puerta se encontró con la aplacada imagen de su entrañable amigo y con premura le invito a pasar al comedor. Mientras cruzaban el extendido patio bordeado de perfectas rosas y flores en botón, Tolentino, con voz cansada, le explicaba el motivo de su inopinada visita. 

Rosalino, degustaba con avidez, del plato hondo de porcelana, la sopa caliente de fideos cabello de ángel acompañado de exquisitas papas arenosas que la señora le había preparado con misericordia. Cuando ingresó Benigna, la señora de cara bondadosa, al comedor y tras ella Tolentino, Rosalino, percibió un vago desasosiego. Su endeble cuerpo se le crispó y se le puso como piel de gallina, de ver al visitante con el hacha en la mofletuda mano y sobre el riguroso hombro, la alforja. Luego de presentar al forastero, con amabilidad, le invito a compartir la modesta cena. Los invitados platicaban sobre el motivo de su estancia en aquel pueblo y el fortuito encuentro en aquella casa, Que más adelante sería un escenario insospechadamente fatal. Benigna, la señora de cara bondadosa, terminó de preparar el cuarto, voluntariosa y con esmero, para albergar a los casuales visitantes.

La magnánima anfitriona, iba delante de los ocasionales huéspedes guiándoles a la habitación donde pernoctarían. Se hallaba al frente de la cocina. Cruzando el patio, entró seguido de Tolentino y de éste,  unos pasos más atrás, Rosalino, que caminaba lerdo y enzarzado con la mirada fija sobre la hachuela que pendía de la mano derecha  de Tolentino. El lamparín de luz mortecina, ubicado en la ventana, iluminaba el frio cuarto. Benigna, desde la opacidad de la puerta, les indicaba el lugar correspondiente para cada uno de ellos. En ambos lados del sombrío cuarto, que manaba aromas de maderas rancias y a carrizos del techo, los pellejos y sobre ellos los colchones cubiertos con frazadas de lana, se hallaban tendidos en el piso apelmazado, La caritativa señora, les brindaba en la medida de sus posibilidades, una sencilla pero adecuada estadía. Se despidió de  ambos con un amable: —¡buenas noches!    


La noche era pesarosa. De la mecha del lamparín surgía un hilo de hollín y la lumbre fulguraba inmóvil. El arcano silencio se posesionaba paso a paso del cuarto, de los rededores de la casa y del mismo pueblo. Aquellos huéspedes estaban exhaustos por la extensa e involuntaria caminata. El destino los había llevado a la misma casa y ahora compartían el mismo aposento. Era tal el amodorramiento, que, luego de haber platicado por breves minutos, Tolentino, cansado y rendido, fue el primero en quedarse dormido. El tiempo ineludible seguía marcando los segundos, los minutos… De la parte posterior de la ventana llegaban indefinidos e imperceptibles murmullos. Aquellos ruidos no eran más que los pasos de los animales nocturnos que rondaban cerca de la ventana. Entre tanto, en su fuero interno, Rosalino, luchaba frente a su otro yo, su doble personalidad que empezaron a resquebrajar sus pensamientos, sus deliberaciones. Rosalino, se veía perseguido, aporreado, apresado y conducido por seres extraños a lugares apocalípticos que jamás había visto. Abatido e inconsciente, jadeante daba vuelcos sobre el colchón cubriéndose con las frazadas. Tolentino, extenuado, sin escuchar el menor ruido, continuaba dormitando.

Estremecido por sus figuraciones mentales, se sentó en el preciso  momento  en que los rayos alicaídos de la luz del candil hacia centellar, de manera  bizantina, el filo del hacha que estaba al pie de Tolentino que en ese instante se puso de costado para seguir soñando. Rosalino, perdiendo la razón, por completo, semidesnudo, se incorporó y veloz, como un rayo, cogió la hachuela…

La señora de cara piadosa, Benigna, que dormía tumbada en su cama sin preocupación alguna, en sus sueños escuchó una voz, atronadora y suplicante:

—¡Auxilio-o-o-o! ¡Auxilio-o-o-o! —Rosalino, asaltado por el trastorno mental, su doble y artificioso yo, inconsciente y aturdido; emprendió una violenta acción.  Con la hachuela en la mano, propinó un certero golpe sobre la pierna del indefenso Tolentino. En un segundo, por la presión, manaba la sangre caliente que regaba el cuerpo desnudo del agresor. Cuando estaba por ejecutar el segundo hachazo, Benigna, escuchaba la voz debilitada e impotente de su amigo, no era un sueño, era una realidad: 

—¡Me quiere matar! ¡Auxilio-o-o! ¡Auxilio-o-o! —Conmovida y desesperada, corrió al infausto cuarto, temerosa se detuvo, aguzo el oído tras la puerta y percibió el tercer hachazo, esta vez, hendiendo la cabeza y las manos encallecidas de Tolentino, que maquinalmente se protegía de la inmisericorde embestida sin control del perturbado, Rosalino. Tolentino, moribundo, jadeante, respiraba con dificultad. Benigna, espeluznada, corrió por el lóbrego patio,  franqueó el zaguán y la gruesa aldaba trepidó. Angustiada corría por la penumbra del angosto trecho, pidiendo amparo a mandíbula batiente:


—¡Auxilio-o-o-o! ¡Han matado a Tolentino! ¡Auxilio-o-o-o! ¡Auxilio-o-o-o! — Al oír los gritos desgajados, la gente, curiosa y aun soñolienta,  se acercaba a la puerta, temerosas lo desplegaban a medio abrir y asomándose detrás de ella, solo atinaban a aguaitar. Otros, decididos, salían de sus casas agarrando, con sus ateridas manos, palos, correas y todo lo que hallaban a su paso,  En medio del desconcierto, dieron alcance a Benigna que tenía el semblante cadavérico y  se encontraba en completo estado de zozobra y pánico al extremo de que no lograba expresar, de modo conciso y claro, el aciago acontecimiento.

Entre tanto, Rosalino, fue visto, sin más ni más, trastornado, corriendo a lugares ignotos, por uno de los vecinos que presto, iba en sentido contrario con el propósito de enterarse del acontecimiento. Sobresaltado llegó junto a la exaltada muchedumbre, aún desorientado, dio parte de lo que acababa de ver. Benigna, la Sra. de cara bondadosa, restablecida, contaba  que habían matado a su amigo Tolentino y el que huía era el agresor. El gentío, enterado de estos hechos macabros, fue tras el asesino para hacerse justicia por sus propias manos. Horas después llegaba la deplorable notica a Chiquian.

El Perturbado, Rosalino, desnudo, había llegado al pico de una colina, de abrupto acceso para cualquier mortal, más, si ya era cerca de las 10 de la noche. Amenazaba con una roca levantado por las nerviosas manos y sosteniendo sobre la cabeza. Presto a lanzarlo sobre quien se atrevía a acercarse. Abajo, los candiles de luz mortecina, del pelotón de pobladores enardecidos, reflejaba rostros de venganza. Arriba, en la cima de la colina, el viento aullaba y el frio azotaba. La trémula silueta desnuda, caminaba, raudo, de un lugar a otro.              
Cuando la enardecida población se veía imposibilitada de hacer justicia por ellos mismos, los miembros de las  fuerzas del orden llegaron con la camioneta y las sirenas apagadas con el fin de no exacerbar, más todavía, de la conmoción y el delirio que atormentaba a Rosalino. El oficial Humberto LLanos, luego de coordinar con sus compañeros, resuelto, empezó a trepar, a tientas, por la parte posterior de la loma. Rosalino, dotando extremada atención sobre la agitada gente que lo amenazaba, fue sorprendido cuando el policía, por la espalda, con potente voz le llamo por su nombre, al tornar veloz la cabeza, reconoció al hercúleo oficial y sin oponer resistencia, impotente, dejó caer la última piedra que sostenía entre sus yertas manos. En el instante que se prosternaba, abrazó las piernas de su captor y se echó a llorar a lágrima viva balbuceando que no era él el asesino sino otro el que había matado a Tolentino. Una vez más lo enmaromaron con los pesados grilletes. Los pobladores, al enterarse por los custodios que el agresor era un hombre que había perdido la razón desde hace tiempo, compasivas personas le proveían piezas de vestir para cubrirse de su total desnudes. Con una frazada, se le abrigó del inclemente frio de media noche. Del sombrío y silencioso cuarto, levantaron el desmembrado cadáver de Tolentino y con debido cuidado lo trasladaron hasta tolva de la camioneta. Rosalino resguardado por los guardias, era conducido a la caseta del mismo carro. Retornaron a Chiquian.


El  vehículo, que se trasladaba con extrema lentitud, era conducido por el oficial Llanos. En la caseta reinaba una prolongada inquietud. La noche presentaba un aspecto luctuoso. Las brumas densas cubrían de palmo a palmo la serpenteada y angosta carretera. En el trayecto, a una hora de viaje, el carro sufrió un desperfecto mecánico. Uno de los policías, empírico en mecánica, se vio frustrado de no haber solucionado la posible avería mecánica. A las dos de la mañana. Los policías, entre tinieblas y el viento que hacia estremecer sus cuerpos, partieron en busca de un experto mecánico. Mientras tanto, el oficial, pensando que en cualquier momento podía ser agredido por Rosalino, por temor y cuidando su integridad física, prefirió permanecer fuera de la camioneta soportando el despiadado frio durante la madrugada. La asistencia mecánica llegó recién a las 10 de la mañana.

Los curiosos pobladores de Chiquian, al enterarse que se aproximaba el carro de la policía con sus respetivos pasajeros, poco a poco se aglomeraban a lo largo de la calle Dos de Mayo. Cuando el carro hacia su presencia por la primera cuadra, como si hubieran sido contagiados por el Síndrome de Estocolmo, el gentío solidarizándose con el perturbado Rosalino, lo recibían entre aplausos y vivas  vociferando su nombre como si fuera un héroe. Fue conducido a la comisaria.

Al día siguiente, el fiscal don Juan Norabuena de tez cetrina, estatura mediana y fofa, ataviado de un traje de matiz negro, llegando a la comisaria saludo a los respectivos policías y al alcaide don Eustaquio Garro, de mirada soñolienta, de baja estatura y bonachón. El representante de la Ley, ingresó, pedante, a la sala de audiencias, donde Rosalino, nervioso, ya se hallaba sentado en la primera fila. Frente a frente, la autoridad de la Ley y el acusado, se dio inicio a la manifestación del reo. Con voz áspera, el fiscal preguntó:

—Señor Rosalino, diga y revele, ¿a cuántos ha matado? —El acusado de pie, con mirada indiferente, respondió quedo:

—No he asesinado a nadie.

—¡A nadie! ¡Ayer mataste al señor  Tolentino!

— Si usted lo dice…

—¡Como que lo digo! ¡Los hechos lo demuestran!

—Entonces…usted será el segundo.

Al fiscal, se le partió el alma. Al escuchar esta sentencia, percibió un hondo frio en su cuerpo fofo que hasta los vellos se le erigieron. Azorado y preocupado, en un santiamén se puso de pie y con voz entre cortada le dijo al bonachón alcaide:

—Don Eustaquio, por favor abra la puerta —Caminando, presuroso y con la mirada fija al piso, abandono la sala y la manifestación del inculpado.

Días después Rosalino era trasladado al Centro de Rehabilitación de Larco Herrera. Para asombro de las autoridades y la población en general, había regresado más rápido de los que lo habían llevado. Luego de unos días, lo trasladaron a Huaraz y jamás se llegó a saber de su paradero. Quedó en un misterio. 

El Pichuychanca
Chiquian, El Plaza Mayor, junio 2019        
P.D. Este relato de hechos reales  lo escuché, de manera circunstancial, por uno de sus actores, en la Plaza de Chiquian. Los hombres que participaron en este episodio fatídico, sus nombres reales  lo he suplantado por nombres que surgían al momento de escribirlo, para no fomentar susceptibilidades.   


viernes, 4 de octubre de 2019

Brisa - Alborada.


Brisa - Alborada.


¡Ay! brisa, brisa, 
como te escabulles, 
alborotada, ora aquí ora allá. 
Tú, que viajas ligera, 
¿Te puedo pedir un favor? 
Anda, ve donde mi dulce amada, 
llévale esta hermosa rosa 
recogido del florecido huerto.
¡Ay! brisa, brisa,
dile, asimismo, que mi corazón trepida 
y se desvive de amor por ella.
Dile, que estoy aquí, ávido, 
en este cotidiano y hermoso lugar, 
aguardando de dicha, 
para ver junto a ella, 
abrazados y arrullados, 
los misterios de la suntuosa alborada.

El Pichuychanca 
Chiquian, Tulpa Japana, 10 de setiembre 2019