jueves, 8 de octubre de 2020

Aire.

 LOS CINCO ELEMENTOS (II)

Aire

El aire está sufriendo un atentado pero la inercia en la forma de entender la economía, el desarrollo y el progreso hace borrosa la imaginación y la osadía para explorar otros caminos. Es más fácil imaginarse viviendo sin aire que sin capitalismo

Yayo Herrero 6/08/2020

<p>Termoeléctrica en la zona de Quintero-Puchuncaví (Chile).</p>

Termoeléctrica en la zona de Quintero-Puchuncaví (Chile).

GREENPEACE

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Dice Galeano que en el aire tiende la araña sus hilos de baba.

Metiendo y sacando aire del cuerpo, nosotros, los seres humanos y muchos otros, aéreos, acuáticos o terrestres, perduramos. Somos cuerpos animados por el aire.

La risa, el suspiro y el llanto son aire.

El aire es la mezcla de gases que se encuentra en la atmósfera.

La atmósfera es el manto de gases que rodea un cuerpo celeste. La del planeta Tierra se divide en cinco capas: troposfera, estratosfera, mesosfera, termosfera y exosfera.

La troposfera es la capa más pegadita a la superficie terrestre. En ella está el aire que respiramos. Tiene unos siete kilómetros de altura en los polos y dieciséis en los trópicos. Acoge a las nubes. Es el escenario de fenómenos atmosféricos que determinan el clima. Un poco más arriba, en la estratosfera, se encuentra la capa de ozono que protege a la Tierra de los rayos ultravioleta. 

El aire está formado por átomos y moléculas de gases diferentes. Oxígeno, que la mayor parte de los seres vivos necesitan para existir; dióxido de carbono, que participa en procesos biológicos y climatológicos fundamentales como la fotosíntesis, ayuda a retener el calor que proviene del sol (efecto invernadero) y es el residuo de la respiración y de las reacciones como la combustión del petróleo, carbón y gas natural; ozono, que absorbe la mayor parte de los rayos ultravioleta procedentes del Sol; vapor de agua en cantidad muy variable, que participa en la formación de las nubes y la niebla y también es uno de los gases de efecto invernadero; partículas sólidas y líquidas en suspensión como, por ejemplo, polvo, polen o agua. 

En la larguísima historia de la vida, no siempre la atmósfera fue así, pero esta composición del aire ha permanecido dinámicamente estable durante miles de años

En la larguísima historia de la vida, no siempre la atmósfera fue así, pero esta composición del aire ha permanecido dinámicamente estable durante miles de años y a ella es a la que están adaptadas las especies existentes, también la nuestra. 

El viento es el movimiento del aire a gran escala. Las dos variables que influyen en la  circulación del viento tienen que ver con la temperatura y con la fuerza centrífuga producida por la rotación del planeta. Como todo lo que importa, los vientos tienen nombre. Cuando su velocidad aumenta súbitamente durante un tiempo muy corto se llama ráfaga. Si es de larga duración, según la fuerza que tenga, puede llamarse brisa, tifón, temporal, huracán o tormenta. Los pueblos también reconocieron los vientos locales. Ábrego, bochorno, cierzo, galerna, levante, leveche, poniente, siroco o  tramontana... 

Los vientos –como el agua– cambian el paisaje. A veces, la caricia lenta de la erosión. Otras, una irrupción violenta que deja el paisaje irreconocible tras su paso. 

Puede detener o acelerar incendios, disemina y esparce semillas e insectos. El polvo de los desiertos  recorre grandes distancias a lomos de viento.

El cóndor, el cernícalo,  el vencejo y el colibrí se sostienen, cada uno a su modo, sobre el aire. 

El paisaje, el molino, el barco y el aerogenerador son hijos del viento.

Para los seres vivos el aire es vida y relación. 

La música es un regalo del aire. Sin aire, en el vacío, el sonido no se propaga. El duende de Estrella Morente, el fado de Dulce Pontes y la morna de Cesaria Évora llegan planeando en el aire. 

Y también el lenguaje oral que se produce cuando el aire pasa a través de las cuerdas vocales desde los pulmones hasta la faringe y la laringe. Este aire baila en la boca con la lengua, los labios y la mandíbula que lo transforman en conversación o canto. No es la única forma de hablar. También se forman palabras con las manos y el cuerpo a través del hipnótico lenguaje de signos. Pero lo de la oralidad, si te paras a pensarlo, es para flipar.

La relación más íntima entre humanos y aire se da en la respiración. Gabriel Celaya no encontró mejor forma de explicar la necesidad de la poesía que compararla con el aire que exigimos trece veces por minuto... para ser. (Trece veces clavaditas, que lo comprobé ayer mientras escribía esto).

Inspiramos aire cargado en oxígeno y, con él, los otros gases y partículas que están presentes en el aire. En nuestros pulmones, la sangre captura ese oxígeno y se desprende del dióxido de carbono, residuo que producen las células al respirar. Trece veces en cada minuto si estamos en reposo. 

Defred, la criada de Margaret Atwood, se hace fuerte en la República de Gilead en la respiración. “Estoy viva, vivo, respiro, saco la mano abierta a la luz del sol”.

Respirar. Ese acto, sencillo cuando estás bien, penoso cuando estás enferma, triste, cansada, asustada o el aire está sucio. Ese continuo inflarse y desinflarse es el pedaleo del cuerpo. Nos mantiene en equilibrio y nos separa de la muerte.

Llamamos contaminación del aire a la modificación de la composición del aire. Más gases de efecto invernadero que incrementan las temperaturas medias globales y cambian las reglas del juego de lo vivo, dioxinas emitidas en las incineradoras, moléculas de ozono fuera de su sitio a causa de las olas de calor, partículas procedentes de los tubos de escape de los coches, polvo de metales pesados, radiaciones… A través de ellas, una civilización que le declara la guerra a la vida coloniza el aire y con él, plantas, agua, animales y personas. 

Muchas son las dimensiones en las que unos seres humanos pueden explotar, someter y humillar a otros. Lo sabemos bien. Creo que obligar a respirar mierda es una de las más atroces. Uno enferma respirando y como no puede dejar de respirar, no puede evitar enfermar. La mierda muchas veces no huele. Pasan años hasta que la enfermedad aflora.

En la civilización industrial, el capital se abrió paso a machetazos contra los pulmones de trabajadores y trabajadoras y los pulmones de la tierra

En la civilización industrial, el capital se abrió paso a machetazos contra los pulmones de trabajadores y trabajadoras y los pulmones de la tierra, convirtiendo el trabajo en una venta de órganos forzosa e inadvertida. Silicosis por inhalación de polvos de sílice; antracosis por inhalación de carbón mineral; siderosis por inhalación de polvos de hierro; beriliosis por inhalación de polvos de berilio; estañosis por inhalación y manipulación de polvo de óxido de estaño y humos; saturnismo debido al envenenamiento producido por el plomo, asbestosis causada por la inhalación de fibras de amianto... 

Todas ellas son enfermedades propias de minas, fundiciones, plantas de concentración mineral y diversas industrias. Afectan a trabajadores y trabajadoras, a sus familias y a los animales y plantas que les rodean. 

Luis Pino, presidente de la agrupación de extrabajadores de Enami-Codelco en Puchuncaví, Chile, es testimonio vivo de la enfermedad de los hombres verdeslos trabajadores del cobre.  Los casos empezaron a conocerse en la década de los ochenta del siglo XX. Les llamaban así porque a través de las llagas y grietas de la piel les brotaba un líquido verde. No fue al principio, empezaron a enfermar cuando llegaban a los cuarenta o cuarenta y cinco años. “Estoy contaminado con plomo, arsénico, cobre y otros metales pesados”, dice Luis, “a los cuarenta años ya no me quedaba ningún diente en la boca”. Muchas de las que ahora denuncian son mujeres, ya abuelas, que siguen hablando por sus maridos muertos. Cuentan, ellas, que los trabajadores no se lo podían creer. El cobre era el sueldo de Chile, igual para Allende, que lo quería repartir, que para Pinochet, que despojaba al pueblo de sus beneficios y lo torturaba.  

Dicen quienes viven allí ahora que la situación sigue siendo dura. Varias termoeléctricas, fundiciones, refinerías… todas en el mismo territorio que llaman zona de sacrificio.  Zonas de sacrificio. Un nombre brutal que evoca sin tapujos la cantidad de vidas, las más pobres, que se sacrifican en nombre del desarrollo. 

Muchas mujeres se han organizado en el colectivo Mujeres de Zona de Sacrificio Quintero Puchuncavé en Resistencia. Empezaron porque parían criaturas enfermas y con malformaciones. En el verano de 2018, mil setecientas personas se desmayaron por la inhalación de un químico que todavía no han conseguido que sea investigado. “Los niños y las niñas se desvanecían en las escuelas”.  

Su demanda principal es la de poder criar criaturas sanas y disponer de agua y aire limpios. Buscan formas alternativas de organizar la vida y la economía. En sus reivindicaciones, a veces, se han encontrado enfrentadas a sus propios maridos. Si ellas organizan una manifestación, las empresas organizan otra, y si ellos –sus maridos– no van, les echan. Pueden encontrarse en el mismo lugar, unos defendiendo el trabajo y el pan, y otras defendiendo la salud de hijos e hijas. La incompatibilidad entre ambos es el fracaso de una civilización.

Un compañero de Ecologistas en Acción de Asturias me hablaba sobre su madre. Quedó viuda jovencísima, él casi no conoció a su padre minero que murió con los pulmones comidos por el aire de la mina. Ella también había sido criada por otra madre viuda de un trabajador muerto. Cuando murió el padre de mi compañero, su madre y su abuela dijeron “a este niño no se lo lleva la mina”. Se marcharon a la ciudad y allí trabajaron como bestias para sacar al niño adelante.

En los últimos años, se han celebrado varios juicios a raíz de las denuncias de los afectados por el amianto. Trabajadores enfermos –sus familiares si ellos ya habían muerto– denunciaron a Uralita. Ahora reciben las indemnizaciones, algunas de ellas póstumas, por haber estado años respirando aire colonizado por las fibras de asbesto.

Trabajadores enfermos denunciaron a Uralita. Ahora reciben indemnizaciones, algunas de ellas póstumas, por haber respirado durante años aire colonizado por amianto

Se han ido ganando casi todos los juicios. Hubo uno de ellos que se perdió en primera instancia. Fue el de las mujeres de los trabajadores. Denunciaron porque ellas también habían enfermado mientras sacudían y lavaban la ropa de sus marido e hijos. Pero en el Tribunal Supremo se ganó el juicio contra Uralita. La sentencia es para tenerla siempre bien cerquita. Uralita no solo explotaba al trabajador, sino también a su mujer o a su madre, a la que no pagaba. Se reconocía así que el trabajo no termina en la puerta de la fábrica. Hay, como hemos aprendido a partir de la economía feminista, una incautación de tiempos de trabajo, que mayoritariamente realizan mujeres,  que son imprescindibles para la regeneración cotidiana y generacional de la mano de obra, y por tanto imprescindibles, explotados y no pagados por al empresa. 

Van Gogh conoció el Londres sucio, cubierto por una niebla de humo permanente y contaminado que Dickens fotografió magistralmente en su narrativa. También conoció el  origen mismo de la energía que contaminaba Londres a la vez que la desarrollaba. En lugares como las minas de Le Borinage convivió con los mineros. En sus primeras pinturas, comprometido con lo que había visto y olido, pintó cuerpos retorcidos, mal respirados y alimentados, en casas sucias y arruinadas por la pobreza. Al trasladarse a Provenza,  en contacto con el aire limpio del campo en Francia, se rebeló contra los excesos del industrialismo y comprendió que el humo y la suciedad despojan, además de la salud, de los sentidos. Descubrió un mundo de colores y transparencias negados en las ciudades del progreso. 

La visión de tanto color fue inaceptable para muchos de sus contemporáneos. Como otros impresionistas, nos cuenta Lewis Mundford, fue denunciado por impostor porque los colores que pintaba no estaban amortiguados por la niebla y opacados por el humo; porque el verde de su hierba y el brillo de las flores cegaba. Se negaba el color para legitimar la normalidad de su ausencia.

En cierto modo, pudieron ser los primeros negacionismos. Hemos asistido a la negación sistemática de las consecuencias del extractivismo e industrialización sin límites. Se negaron la lluvia ácida, el agujero de la capa de ozono y el cambio climático. Se financia la negación y la duda, y se acusa de interesado, magufo o antisistema a todo bicho viviente que denuncie. Si además eres mujer, eres loca, golfa, puta ignorarte o ridícula. Si has enfermado, lo que tienes es una depresión o trastorno psicológico. Solo cuando años después se ponen los muertos encima de la mesa se actúa, porque la cautela, la prevención o el cuidado requieren anticipación, freno, autolimitación colectiva, y son misión imposible si la vida digna y la salud son solo un subproducto de los beneficios.

Que el aire que exigimos trece veces por minuto sea limpio para todo el mundo no se puede conquistar sin poner patas arriba la normalidad de la racionalidad económica vigente 

La lucha del movimiento obrero ha conquistado importantes mejoras en las condiciones laborales en muchos lugares. Sin duda, los salarios y los horarios de trabajo o las edades de jubilación de los mineros, principalmente de los países enriquecidos, han mejorado notablemente. Demuestran que la organización y la unión consiguen doblar el brazo de quienes explotan. Merecen ese triunfo, sin lugar a dudas. Por su lucha y su sacrificio. 

Sin embargo, no diría que estos triunfos hayan conseguido superar la dimensión más brutal de la alienación y la explotación: el que haya gente que para poder vivir tenga que dar a cambio la salud. 

La legítima reivindicación del aumento salarial, es casi la única encajable por el capital. No hace mella en la racionalidad económica. No es fácil conseguirlo y requiere una lucha intensa. Han matado a gente por ello. Cuando se gana, los dueños de los medios de producción, privados o estatales, terminan ofreciendo mejoras salariales y pluses a cambio de riesgos y salud. 

Pero que el aire que exigimos trece veces por minuto sea limpio para todo el mundo, que el clima no expulse a grandes sectores de población o que la prosperidad de unos no esté correlacionada con el despojo - en términos biofísicos -  y la enfermedad de otros, esos triunfos,  no se conquistan sin poner patas arriba la normalidad de la racionalidad económica vigente. No encajan. Menos en tiempos de límites desbordados.

La civilización industrial se ha erigido clavando cimientos, engranajes y pernos en los pulmones de los mineros y otros trabajadores en las fábricas. Tiene contraída una deuda impagable con quienes se dejaron la vida arrancando minerales de la tierra y respirando su polvo. Es responsabilidad del conjunto de la sociedad, de nosotros y nosotras, garantizar su seguridad y la de sus familias hasta que mueran. Eso no es exactamente lo mismo que seguir manteniendo los beneficios de quienes les explotan. 

Voy terminando. La cuestión de la calidad del aire no es una batalla solo en el ámbito laboral. Está presente también en las vidas cotidianas. El aire es un campo de batalla desde el que se agrede a todo lo que está vivo.

Según Ecologistas en Acción, en 2019, 44,2 millones de personas respiraron aire contaminado en España. Los datos eran mejores que los del año anterior y, aún así, el 94% de la población y el 88% del territorio estuvieron expuestos a unos niveles de contaminación que superan las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Tomando como referencia los estándares de la normativa de la Unión Europea, más laxos que las recomendaciones de la OMSla población que respiró aire contaminado por encima de los límites legales fue de más de doce millones de personas.

Cada año se registran alrededor de treinta mil muertes prematuras en el Estado español a causa de la contaminación del aire

Cada año se registran alrededor de treinta mil muertes prematuras en el Estado español a causa de la contaminación del aire. La principal fuente de contaminación en áreas urbanas, donde se concentra la mayor parte de la población, es el tráfico motorizado. Julio Díaz y Cristina Linares, del Grupo de Investigación en Salud y Medio Ambiente Urbano, hacen un trabajo ingente en la pedagogía e información clara y precisa sobre, entre otras cosas, la incidencia del uso masivo del coche y las olas de calor en la salud. Acudir a sus informes es encontrar información rigurosa y analizada sin medias tintas. 

El aire y los pulmones han sido privatizados. Dicen algunos que restringir el tráfico y la movilidad motorizada o en avión atenta contra la libertad; que ajustar los consumos a lo que es posible para no destruir la vida y matar a otros seres vivos es restringir la libertad. Pero no se puede, no se debe, disfrutar la libertad individual en los pulmones de otros. No se puede ganar dinero a costa de los pulmones de otros. La libertad como la justicia es relacional. Repudiamos una idea de libertad individual que colisiona con las posibilidades de vida decente de muchos otros seres vivos, aéreos, terrestres y acuáticos.

“No puedo respirar”.

George Floyd, cuando los policías le aplastaban y le arrebataban el aire, dijo: “I can’t breathe”. Por ser negro, latino, gitana, por no tener papeles, por ser pobre, por estar explotada.

No pudo respirar Eleazar Blandón, abandonado en la puerta de un hospital después de sufrir un golpe de calor. La cultura del usar y tirar llevada a lo humano.

Es el grito de denuncia a una forma de organizar la vida estructuralmente racista, injusta y ecocida.

La crisis de la covid-19 ha iluminado dolorosamente la encrucijada en la que estamos atrapadas: hay que aprovechar para respirar hondo cuando la economía se desploma, pero entonces lo que está en riesgo es la comida, la casa o la luz. Sin salir de esa trampa, no hay vida buena, no hay vida futura decente posible.

El aire está sufriendo un atentado pero la inercia en la forma de entender la economía, el desarrollo y el progreso hace borrosa la imaginación y la osadía para explorar otros caminos. Es más fácil imaginarse viviendo sin aire que sin capitalismo.

La posibilidad de pensar desde la complementariedad las dicotomías salud y economía, aire y economía, cuidados y economía o justicia y economía pasa por la reconstrucción de una visión de lo económico radicalmente diferente. Una economía centrada en los límites, las necesidades, la suficiencia y el reparto.

Tenemos un problema y no es atmosférico. Es político. Desde todas partes hay que sumar para hacerle frente. Mucha gente lo está haciendo ya, pero tenemos que ser más.

El grito, el esfuerzo y el eco también son aire.


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Los cinco elementos (I): Agua.

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Yayo Herrero

Es activista y ecofeminista. Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y diplomada en Educación Social.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Fotografiando en pleno confinamiento...

Mes de junio, es mi tercera salida, luego de una semana, para un control de mi salud. Justo en plena pandemia. Creo no faltar las normas establecidas por las razones expuestas.

El panorama en las avenidas, calles, parques y plazas, se halla en sepulcral silencio, camino por estos lugares y percibo cierta paz y beatitud en una ciudad de 12 millones de habitantes. 
Capte las siguientes fotos.

Museo de Arte. Paseo Colón.


Plaza Grau.

Edificio colonial. Paseo de los Héroes Navales. Lima.


Paseo de los Héroes Navales. Paseo de la República. Lima.

Estación central. Grau. Lima


Parque de Lima.

Museo Italiano. Lima.


Centro Cívico. Av Garcilaso de la Vega. Lima.

Casa colonial. Jr. Ucayali. Centro Histórico de Lima.

Convento Santo Domingo. Centro Histórico de Lima

Museo José de la Riva Aguero. Calle Camana
El Pichuychanca
Lima, junio 2020
Centro Histórico de Lima.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Mi maestro, la escuela y el futbol.

Romeo Reyes, Josué Alvarado, Moisés
 Rayo, Nila Zuñiga, Luisa Silva, Leonor Fuentes.

Estudiaba en la distinguida escuela conocida como don Josué. Denominado así,  porque en aquel entonces el encargado de la Dirección era el maestro, Josué Alvarado Cruz. El Director, hombre de mediana estatura, con anteojos de espejos oscuros, bigote delta color cenizo y negro, que con sus buenos oficios, tres años atrás, efectuó los preparativos de mi matrícula escolar. Más adelante, la escuela será reconocida con el N°86214. 

En los primeros días de setiembre, cuando cursaba el cuarto año de primaria, el Núcleo Educativo Comunal (NEC) organizaba los juegos deportivos escolares, por lo tanto, teníamos que enfrentarnos con las 3 escuelas que existían en aquel entonces, el N° 351, la Pre vocacional, el N° 378 y la Aplicación, este último, de reciente creación como institución educativa.

Luego de varios días de riguroso entrenamiento, en frías madrugadas de otoño, bajo la tutela del efusivo maestro Romeo Reyes, llegó la ansiada inauguración de los juegos deportivos, el futbol. Maestros y, sobre todo, los alumnos de las 4 escuelas, presurosos, abarrotaban las campechanas tribunas del memorable estadio de Jircan con bullicioso vocerío infantil. 

Cuando el Presidente del Comité Organizador disertaba, desde la tribuna de oriente, con gestos de aliento y entusiasmo sobre las razones del competitivo evento infantil, los pequeños futbolistas de cada escuela ataviados con  el impecable uniforme deportivo, frente al estrado, bajo los aguijónenles rayos del sol de tarde primaveral, atentos y de pie, oíamos la inauguración de este apasionado deporte. Mientras tanto, el entrenador, el profesor Romeo reyes, inquieto, caminaba, con las manos en la espalda, de un extremo a otro por el costado de los futbolistas. Entre los dedos, pendía una cinta de color blanco. De pronto, percibí que aquel lienzo era colocado en mi rollizo y menudo brazo. El tutor, me confería el honor y la responsabilidad de ser el capitán de la selección* de mi evocada y querida escuela. 

Con apasionamiento y dignidad afrontamos reñidos encuentros y como resultado del sacrificio de parte de los integrantes de la selección de la escuela y la aplicada orientación del caro entrenador, Romeo Reyes, prorrumpimos como flamante campeón de aquel indudable certamen. 

Al año siguiente, el apreciado plantel configurado por los mentores, Moisés Rayo, Luisa Silva, Nila Zúñiga, Leonor Fuentes y Romeo Reyes se sumarian los docentes Teodulfo Ramírez y Wilfredo Ortiz (Wife) éste último, reemplazaría el cargo de entrenador al polifacético y estimado profesor Romeo que además de trasmitirnos los fundamentos básicos del futbol, también nos aleccionaba, con singular entereza y tesón, el arte de la actuación escénica, canto coral y artes manuales, enseñanzas que de una u otra manera  labró el camino de nuestra particular y optima conducta dentro de la sociedad. 


Nuestro preceptor, no perdía el tiempo con nosotros. En cuanto a la actuación escénica, con denuedo y singular pasión, nos enseñaba un sucinto acto teatral sobre la Revolución de Túpac Amaru II. Esta escena se llevaría a cabo en la escuela del distrito de Huasta, por una invitación muy especial, la celebración de un nuevo Aniversario de su creación educativa. A la luz del alba, a paso firme, partimos muy bien pertrechados con los sencillos vestuarios de pequeños actores. Por el mudo y largo camino; cuesta abajo, acompañado del nutrido trino matutino de avecillas cantoras, un grupo de compañeritos, con chilligua en mano de 50 metros, concentrados y aplicados, medían la distancia entre los dos pueblos, de Chiquian a Huasta. El maestro, en la práctica, nos enseñaba el curso de geografía. 

Los alumnos de la escuela de Huasta nos recibieron con júbilo y entonados cánticos. El ajetreo estaba a la orden del día. Profesores y padres de familia colaboran con ardor, junto al maestro con el propósito de dejar listo, lo que faltaba, el pequeño escenario del sencillo y rústico teatro. En el agudo frio de la noche, en el centro de la sala, en fila y columna de dos, las bancas de madera, largas y crepitantes, ya se encuentran repletas de ansiosos espectadores. En los bordes, la grada, construido a base de piedras lisas, colmado de concurrentes, todos ellos, estudiantes de la escuela. Y junto al imaginario telón, al costado del escenario, arriba y en los ángulos, bajo la helada noche, alumbra con luz ambarina el par de potentes lámparas, acompañados de numerosas estrellas titilantes. Delante y al centro de la sala, en medio de la muchedumbre, sentado sobre una silla, con las piernas y los brazos cruzados, el apreciado guía, emocionado, observaba atento a los pequeños actores, escenificando el justo levantamiento de nuestro héroe, Túpac Amaru II.    

Ya cursaba el quinto año de primaria y próximo a cumplir 12 años en el décimo mes del año. Todos los días, con puntualidad, durante 3 semanas, en gélidas mañanas, antes de iniciar las clases, fortalecidos y vibrados, ensayábamos una sentida y consagrada canción al maestro, nuevo para nosotros. Era indescriptible el incentivo y la dedicación, de parte del querido profesor Romeo, en distinguir en cada uno de sus inquietos discípulos, la apropiada voz aguda, grave y de tenor para asimilar y cantar en coro las cadencias de las conmovedoras coplas.  

Días después… El reloj de péndulo, situado en la oficina del Director, al frente de nuestro salón, cuando el tic-tac de sus extendidas agujas punteaban las 3 de la tarde, dobló con rumoroso ruido, en ese preciso instante, de rondón, por la puerta del aula, surgió la luminosa presencia del apreciado profesor. Al pasar delante de nosotros, le seguimos con cándida mirada. Con pulcritud, traía puesto el terno color plomo, camisa blanca almidonada de cuyo cuello pendía una corbata negra con oblicuas rayas blancas. Los lúcidos zapatos de charol color negro tañían contra el piso de cemento en el momento que hacia su airoso ingreso. En un santiamén, nos incorporamos. De las viejas carpetas bipersonales que surtieron estridentes susurros unido al saludo en coro con vocecitas vocingleras y de respeto: 


—¡Buenas tardes querido profesor! 

—Buenas tardes queridos alumnos —replicó y en seguida añadió con voz flemática:

—¿Están listos para cantar?… —con algarabía infantil, respondimos:

—¡Si-i-i-i, mi querido profesor!    .         

Mediados del mes de Julio. Bajo la sombra de una nube amplia y arisca, los becarios, acicalados y presentables tal como nos había exhortado, por la mañana, nuestro preciado profesor, en fila de 3, nos pusimos en marcha  por la angosta e inclinada calle empedrada de Figueredo. El maestro, Romeo, iba delante de nosotros, con señorío y paso acompasado. Sabedores de cantar la romanza en coro que con tanto ímpetu lo habíamos aprendido, hasta ese momento, ignorábamos de que se tataba el evento.

Luego de caminar 3 cuadras, llegamos cerca a la bifurcación del jirón 2 de Mayo justo a dos puertas antes de alcanzar aquella calle principal. El profesor se detuvo al frente del zaguán de una casa, desconocido por mí hasta ese entonces, Cruzó el estrecho y corto espacio donde se apreciaba, al lado derecho, un minúsculo jardín florido y tocó la puerta, tac-tac-tac, cuando intentaba tocar por tercera vez, ésta, llorona, se desplegó con pereza y detrás de ella, para mí asombro, se asomaba la figura gentil de nuestro honrado Director don Josué Alvarado. Sorprendido, al vernos alineados, de modo impecable, cómo un batallón, luego de haber intercambiado algunas palabras con el profesor, que no alcanzamos a escuchar, se aproximó para saludarnos con mucho afecto.                

En medio del sepulcral silencio de la despejada calle Figueredo, el primer grupo de concertistas, carraspeando su diminuta garganta de tenor, comenzaron a cantar con voz suave y cadenciosa, la siguiente estrofa:              

“Iba yo pensando que injusta es esta vida/ que fácil se olvida a quien nos dio su amor/ de pronto vi a lo lejos a alguien que conocía/ iba con paso lerdo, mi viejo profesor/ grité entonces su nombre corrí a estrechar su mano/ era el encuentro noble de un ayer que fue mejor/ estaba frente al hombre que es mi amigo, mi hermano/ a quien mucho le debo lo que tengo y lo que soy/ Había en su rostro huellas de antiguo sufrimiento/ sonrisas casi muertas que dejó la ingratitud/ no mata tanto el tiempo como lo hace el olvido/ la indiferencia nuestra acabó su juventud ”…


Al escuchar con deferencia esta romanza, de los añejos ojos del Director, cubiertos por los oscuros cristales de los impertinentes, brotaron fervientes lágrimas regando los surcos de su tostada mejilla, entonces… el segundo grupo, al instante con voz aguda que retumbaba en la silenciosa calle y en los oídos del homenajeado, continuamos entonando, con arrebato, el siguiente fragmento:  

“Maestro  que en el aula sembraste mil riquezas,/ te admiro porque llevas tu pobreza con honor./ Sus ojos te nublaron por sabe Dios qué pena/ y qué la lección tan buena me dio al contestar/ para mí no hay riqueza más grande que el cariño/ que encuentro en mi camino, soy un viejo  feliz/ ni hay más grande alegría que al saber que mis niños/ hoy triunfan en la vida, ¿qué más puedo pedir?/ ¿quién tiene más fortuna, dígame que fortuna/ vale más que la dicha de poder morir de pie?/ vencido el tiempo, tan solo por el tiempo/ de pie siempre orgulloso de haber sido lo que fui”

Cuando terminamos de cantar estas sentidas letrillas, todavía no acabábamos de entender esta sencilla y conmovedora gratitud, aleccionado por el mentor. De repente, nos dimos cuenta que estábamos rodeado de un pelotón de personas curiosas, arrimados en la acera de ambos lados de la calle, al escuchar aquel resonante y acompasado coro infantil de los becarios de rostro purpúreo y de cabecita rapada. Delante de nosotros, observamos en silencio, como el querido tutor y el dilecto Director se confundían con un sincero y prolongado abrazo. Contagiados por la inevitable pesadumbre de nuestro directivo, trayecto a la escuela, regresamos en absoluto silencio. En el salón, continuaba la afonía y en nosotros se había apoderado la tristeza. Esta melancolía se acentuó aún más cuando el profesor nos comunicaba con voz interpolada,  que al Director ya no lo volveríamos a ver… porque su carrera como tal, había culminado aquel pesaroso día. Sobrevino su jubilación, luego de haber convivido con sincera fraternidad durante 5 años. Al oír ésta adversa noticia, los compañeros, pasmados, enterramos la mirada al yerto piso. Causando hondo tormento en mi novel corazón.


El tiempo es un aliado para olvidar profundas penas o arrebatadoras alegrías del pasado. Desfilaron los días, semanas, meses. En el salón de adobe; abrigado por el reluciente cascote blanco y sobre los  tijerales, la extendida plancha de eternit, el júbilo tornaba con gradualidad del mismo modo en el patio, a la hora del recreo. El jolgorio infantil aumentó cuando anunciaron que una vez más intervendríamos en los juegos deportivos escolares,  además del futbol, con la disciplina del basquetbol cuya entrenadora seria la solícita profesora Nila Zúñiga, destacada basquetbolista que en base a su experiencia nos trasmitiría los fundamentos y técnicas de dicho deporte. Los ensayos del futbol, en esta jornada, bajo el amparo del profesor Wilfredo Ortiz (Wife), acontecían, por la mañana, en el polvoriento patio de la escuela o en el estadio de Jircan. Por otra parte, el básquet se llevaba a cabo, en el horario de la tarde, en la loza de la escuela N°351, con quienes definiríamos el campeonato en un reñido encuentro; con el coliseo, de principio a fin, colmado de entusiasmada algarabía de parte de los alumnos, alentando a su seleccionado. Triunfamos de modo contundente, gracias a la inverosímil canasta ejecutado por el compañero de equipo,  Pepe Montes, desde un ángulo imposible de encestar. Conquistamos un nuevo lauro para la gloriosa escuela de don Josué.

La competencia deportiva seguía su curso y el entrenamiento del futbol sucedía con excesiva exigencia. Luego de las bonísimas condiciones de resistencia física y la distensión de nuestros infantiles músculos, el entrenador decidía que ya era  la oportunidad de tener contacto con la pelota. En la víspera del primer encuentro oficial y en uno de los postreros entrenamientos, para mi buena fortuna, recibí un pase perfecto  de un compañero, la pelota enfilaba por el aire, guardando apropiada distancia lo amortigüé con el minúsculo pecho, en el instante que  un compañero venía a marcarme y antes de que el balón se hunda en el suelo, con habilidad, le hice un sombrero, en seguida, acudió otro marcador y repetí el sombrero, cuando la pelota estaba por llegar al diamantino suelo  alcancé a darle un certero golpe con el empeine del pie izquierdo, para mi mala suerte no fue gol pero me concedió la felicitación del entrenador, Wife, que se aproximó para decirme con voz estimulante y de admiración: 

 —Cuanto hubiera querido ver en un partido oficial, lo que acabas de hacer con esta vistosa jugada —luego de abrazarme con mucho afecto, agregó:

—Esta mañana ha sido tu consagración, por lo tanto, te has ganado el mérito de seguir siendo el capitán.

Los padres de familia, con entusiasmo, se afanaron por conseguir el uniforme para los pequeños futbolistas que integraban la selección de la apreciada escuela, don Josué. La camiseta era de color guinda y blanco. El short y los calcetines íntegramente de matiz guinda. Derrotados, en pugnados encuentros, los bravíos seleccionados  de las acreditadas escuelas N°378 y la Aplicación, definiríamos el título  con la prestigiosa escuela N°351. Encuentro soñado por los pequeños alumnos y profesores de cada plantel.   


Profesores y discípulos de cada sección, colmados de frenesí, elaboran minúsculos gallardetes con tonos que identifica a la selección de la escuela de donde partimos uniformados y acompañados en compacto cortejo de bulliciosos escolares. Blandiendo entre sus liliputienses manitas, agitan las banderitas y con agudas  voces bullangueras alientan a los pequeños futbolistas. Con indescriptible algarabía de los becaros, ingresamos al estadio de Jircan saturado de expectantes escolares de las 4 escuelas.

Los minutos, marca su paso con prisa. El encuentro se torna muy contendido. Hasta que llegó el minuto 30 del segundo tiempo que sería el desenlace final del  partido. Un jugador contrario comete una falta a un compañero, próximo a la línea central del campo, al lado izquierdo. Apasionados y fieles barristas, encabezado por el bizarro mancebo David Cruz Rubina, que, con inusitado fervor, a mandíbula batiente y oscilando, ora aquí, ora allá, sus liliputienses manitas, estimulaba a los compañeritos con bulliciosos hurras, nosotros los futbolistas, recibíamos su absoluto respaldo y ánimo. Por otra parte, nuestro entrenador, encendido por el trámite del vibrante partido, me llama con evidente agitación, cuando me acerqué, dotándome de plena seguridad, me dijo: 

—¡Tú!, ejecuta ese tiro libre, ¡anda, ve! —Mientras el árbitro ordena la barrera del equipo contrario, yo, frente al balón, desde la tribuna, de nuevo escuche su sonora y alentadora  voz: 

—¡Tú, puedes! ¡Tú, puedes! 

Aquí, hago un pequeño paréntesis. Apuesto por testigo a los amigos, mis rivales de aquel encuentro, que certifiquen lo sucedido.

Nuestra trinchera de apasionados escolares, continúan alentándonos. Entre el arco y la pelota; entre Chatu, el arquero, yo, el ejecutor, para mi edad, era una distancia inalcanzable. Más, en ese instante infundió en mí, la voluntad  de afrontar ese imposible con la proeza. Con el apoyo emocional del entrenador y el desahogado alboroto de nuestros incondicionales barristas, tomé distancia, escuché el estridente pitido del silbato del árbitro, luego de correr unos metros, con el nervudo empeine del pie derecho acompañado con la fuerza de la menuda y mofletuda pierna, pegué a la pelota, este, comenzó a volar raudo de norte a sur por aquel espacio del estadio, debajo del cielo azulado. Mientras Chatu, sorprendido, retrocedía…retrocedía con angustia cada vez que la pelota avanzada, reaccionando tardíamente, no le quedó otra cosa que ver como la pelota, ya en declive, se introducía al arco. Con este improbable y apoteósico gol ---semejante y premonitorio, que realizara tres años después frente al sport Jaimes--- logramos el angustioso triunfo que nos llevó a conseguir el bicampeonato. En la clausura del año escolar, para mi sorpresa, me designaron como el jugador sobresaliente de la selección de mi escuela y de aquel certamen.

***

El nostálgico y acogedor coliseo, ubicado en la escuela N° 351, era el lugar de concentración de los deportistas que practicaban uno o varias disciplinas deportivas de su preferencia. Aun siendo limitado, sus auspiciosos espacios nos proveía la oportunidad para desplegar nuestras aptitudes en el básquet, voleibol, fulbito y en las 2 piscinas suministrado de impía agua fría, se cultivaba la natación. Para aquellos que se inclinaban por el futbol resultaba el lugar apropiado para un aprendizaje nuevo y significativo en este deporte. Con el tiempo, en este llano coliseo, con los francos amiguitos del colegio, antes del encuentro por una apuesta, experimentábamos las tretas de los futbolistas experimentados.


Para los profesores, empleados públicos, alumnos que cursaban los últimos años del colegio y de los que venían a pasar vacaciones de distintos lugares a Chiquian, los días sábados y domingos, por la mañana, era el horario elegido para jugar fulbito. Cuando faltaba algún jugador para completar en uno de los varios equipos que esperaban su turno para jugar con el ganador, dentro de los mancebos fisgones que íbamos a ver aquellos palpitantes partidos, me elegían para mi júbilo, asimismo con el  temor natural de un infante. Acostumbrándome a participar en estas enzarzadas contiendas con mis adversarios mayores, unos se quedaban admirados y otros no podían ocultar cierta inquina, al verme jugar con las mismas tretas que ellos ejecutaban y de algunas nuevas jugadas que me había aprendido.   

En cierta ocasión, me hallaba practicando natación junto a unos niños, desconocidos para mí. Cuando me disponía a salir de la piscina de agua fría, de improviso, aparecieron por el borde un par de barbilampiños de rostro cárdeno y preocupado. Uno de ellos, el que más resoplaba, con ahogada voz, me dijo: 

—Hugo, tienes que ir a Jircan, rápido, el Tarapacá está perdiendo... —Me quedé helado más de lo que ya estaba al oír aquel infante abrumado y de voz trémula. Además, sorprendido, al enterarme recién, en ese momento, de aquel partido. Veloz me cambie y marché a mi casa. Llegué al estadio, listo para jugar, sólo faltaba que me dieran la camiseta para entrar al campo. En ese ínterin, el delegado del equipo contrario, apoyado por decenas de simpatizantes, reclamaba airadamente ante los organizadores, aduciendo que yo ya tenía 16 años, viejo, para aquel campeonato de menores de 13-14 años, cuando en realidad faltaba escasos días para cumplir los 14.Culminado la ardua discusión, finalmente me permitieron participar en aquel encuentro. En los pocos minutos que jugué, no se pudo igualar ni remontar el marcador de 2-1.     

Intervenir al lado de jugadores mayores y talentosos desde temprana edad, me permitió obtener las primeras destrezas en el futbol para reflejarlo a continuación en el estadio de Jircan. Y eso sucedió en una de las festividades programadas por el aniversario de la Provincia, del cual destacaba los emocionantes y polemizados encuentros de futbol. En el nublado mes de octubre, en horas de la tarde, se enfrentaban los tradicionales equipos de Chiquian, el  Club Alianza Chiquian y el Club Atlético Tarapacá. 

Cada encuentro de futbol tiene su propia historia en el tiempo y el tiempo es el principal enemigo cuando el marcador es adverso. Cuando el partido es detenido por alguna falta, hay un tiempo para meditar fugazmente, dependiendo claro está, para ejecutar un penal, un tiro libre o un córner. Pero cuando el antagonismo de los tradicionales equipos de futbol, que apasiona a multitud de seguidores, está en plena efervescencia, no hay tiempo que valga para pensar, la inspiración deportiva resulta una alternativa. 

Precisamente, en ese escenario, junto a la tribuna del Club Alianza Chiquian, la pelota está en mi pie derecho. No hay tiempo para pensar, me marcaba Rodolfo Minaya, conocido por jugar con reciedumbre. Por su lado, sólo lograba pasar; o bien la pelota o bien el jugador, jamás, los dos a la vez. Por otra parte, los ensayos en el coliseo, de algunas de mis nuevas jugadas, era el momento de mostrarlo ante el público y en un encuentro oficial. 

Escuché desde la tribuna del Alianza Chiquian, que alguien vociferó con voz gangosa:

—¡Márcalo!, ¡Plánchalo!   

—¡No se puede! —respondió con voz crispada.

En un espacio muy corto, por el piso cascajo, hice rodar la pelota, mi marcador retrocede, de repente aflora la inspiración: en milésimas de segundo, presionando la pelota que se halla entre el talón y el empeine realizo el veloz movimiento de la bicicleta, ésta, con el impuso del talón de mi pie izquierdo, dibujando una línea parabólica, se encumbraba por mi lozana espalda, sorteando raudo y hábilmente el faul de mi marcador, corrí como tres metros al compás del balón que pasó sobre la cabeza de mi oponente y aparecía delante de mis ojos. La  pelota, en pleno declive y antes de llegar al pétreo suelo le di de alma un sonoro taponazo, estrellándose en el poste derecho. Mi marcador, desairado y en silencio, no cazó al jugador ni la pelota.  

El Pichuychanca

Lima 8 de julio 2020         


lunes, 7 de septiembre de 2020

Paseo de Umpay a Caranca

 Luego de almorzar y de una ligera siesta, me animo a pasear de Umpay a Caranca. Surgen estas fotos.


Cerro de Capilla Punta. Atesora Restos arqueológicos









El Pichuychanca

Chiquian setiembre 2020

Foto archivo 2017