viernes, 25 de octubre de 2019

El perturbado


El Impúber Rosalino, inquieto y afable,  lograba socializar con los niños de la misma edad. La vida rural en el campo, junto con los animales domésticos y lejos de la ciudad, preservaba en él, su más alta estima y querencia. En cuanto había concluido, con éxito, los estudios de primaria en la tierra natal XX, los padres preocupados por el porvenir del hijo, emigran a la capital de la provincia, Chiquian. Con el transcurrir del tiempo, poco a poco, se adapta a una nueva forma de vivir en medio de una multitud de gente extraña. 

Años después. Matinal, en un recodo del pueblo, al fondo de una abandonada y mustia callejuela, el punzante rayo solar se desplomaba sobre el rostro fatigado y los parpados inflados que protegían los ojos achinados de mirada penetrante de Rosalino, apelativo asignado por los amigos de la escuela.

 Rosalino, de 16 o, 17 años de edad, amaneció sobre la gélida superficie bordeada de nacientes plantas silvestres, sentado con la espalda estrecha, arrimado en la húmeda pared de adobe. La cabeza redonda, cubierta por una gorra con orejuelas, inclinada sobre su abatido pecho. El cuello aplanado, arrebujado con una afelpada bufanda negra. De los hombros laxos pendía el ajado e inconfundible poncho marrón, abrigaba su maltrecho torso. Los brazos y piernas, extendidos en la forma de x. Los zapatos viejos, descocidos y sin pasadores, embutidos en el pie. En semejante posición, pernoctaba con mansedumbre. Cuando, Rosalino, terminó de estudiar la secundaria, además de haber destacado como un excelente alumno, empezó a concebir incipientes delirios de persecución y este espacio, brumoso y apartado, era su ocasional refugio,

Al despertarse, atónito, examinó los rededores del callejón sin salida, sin recordar de cómo había llegado a este solitario rincón. Alzó los brazos y estirando el cuerpo entero como un gato, se desperezó. Con el reverso de la aterida mano, froto los ojos aun soñolientos. Se incorporó de manera torpe  y con la mente agitada  retornó a su casa.

Una mañana lluviosa, Rosalino, salió de su vivienda, ataviado con ropa apropiada, al enterarse que el último e incondicional amigo viajaba en busca de un destino incierto. Presuroso y apenado se dirigió al domicilio con el fin de despedirse. En su travesía por la calle mojada y vacía de gente, cada ruido imperceptible, provocado por el ligero viento, le llamaba la atención. Se detenía y observaba, sospechando con absoluta abstracción, el lugar de donde surgían aquellos incomprensibles murmullos. 


Próximo a alcanzar el final de la cuadra y el inicio de la siguiente, oyó pasos apresurados, de repente, por la calle ahogada, vio cruzar con inaudita carrera a un fornido mozo de su misma edad, luego, tras él, a dos personas de aspecto sombrío vestido de verde con una vara negra en la mano. Curioso, acelero los pasos para saber lo que ocurría. Cuando llegó a la esquina, estiró el cuello, giró la cabeza, para su asombro, encontró la calle en completo silencio, desierto. En seguida, el viento, una vez más, gimió, Rosalino se sintió horrorizado. Con la frente perlada, de lozanos surcos, empapado de un frio  sudor, se imaginó que vendrían por él con el objetivo de retenerlo. Estas penosas ideas, le atormentaba día tras día. Momentos después, en la otra acera, surgió un individuo desconocido que caminaba con solemnidad, ataviado de modo similar a los perseguidores que vio atravesar la calle. Temeroso, sin darle la cara, dobló la esquina, tornando la cabeza a cada instante, raudo, se alejó a lugares ignotos. Jamás llegó a la casa del compañero para despedirse.      
              
24 de diciembre del año xx. Mientras los hijos menores duermen, luego de haber asistido religiosamente a la misa de gallo durante varios días, la madre, prepara el desayuno. Por la tarde, en el mercado de abastos y en las surtidas tiendas, ubicados en las distinguidas calles, Dos de Mayo y el Comercio, las mujeres casaderas, casadas y viudas, las que más saben de estos menesteres, apremiadas, se encuentran comprando todo lo referente para la noche buena y los juguetes para obsequiar a los hijos, sobrinos…y quizás por ahí, una de ellas, de corazón magnánimo, a algún chiquitín vagabundo que se cruce en su camino. Luego del agitado día, ingresando las primeras horas de la noche, todo queda dispuesto para la cena familiar de media noche. Navidad. 

A las 11,45 de la noche, en medio de un profundo silencio, doblan las roncas campanas. La ondeante y aguda resonancia de cada  una de ellas se deja escuchar hasta el postrero e enigmático rincón del pueblo. El enorme bronce repiquetea, lento, sonoro, por segunda vez, don…don… alertando a la feligresía con el fin de alistarse para la tradicional celebración de la  misa de noche buena. Rosalino, se despertó del hondo sueño, alarmado, fue a la habitación contigua y lo halló vacío. Los padres no llegaron de la tierra natal xx. 

Los fieles se alistan para acudir a la iglesia. El cura Eusebio Velasco, de mediana estatura, cara redonda, en cuyos cuencos posan los ojos negros, en un rincón de la sacristía, con suma tranquilidad, leía uno de los versículos de la Biblia, alusivo a esta fecha tan importante para el mundo cristiano. Los devotos, hermanos de Cristo, presurosos llegan a la iglesia, Entre tanto, el sacristán, Simón Paredes, diligente, sale de la sacristía rumbo al altar llevando entre sus adiposas manos la parafernalia para el sermón de media noche. Las luces mortecinas de la iglesia reflejaban una rara languidez. El amplio salón que hasta ese momento reinaba un silencio de soledad, como en el cementerio en la noche, de repente, detrás de la gruesa y alta columna, surgió un sordo grito que hasta los vidrios de las ventanas vibraron: —¡Hijos del diablo! ¡Lárguense de la casa de Dios! 


Cuando los feligreses giraron la mirada de dónde provenía la voz increpante, se toparon con el rostro de Rosalino, desencajado por el delirio de persecución que sufría. Entre sus manos temblorosas levaba un grueso garrote, amenazaba a la concurrencia. El cura y el sacristán, sorprendidos y temerosos, se acercaron a la puerta de la sacristía y observan la azarosa e inusitada escena. El cura, de inmediato, mandó al sacristán a pedir ayuda a la policía. Por otro lado, Rosalino, con lentitud, de costado se deslizaba tras las anchas columnas para llegar a la altura del altar. Los aterrados fieles, mirando al agresor, dando la espalda al portón, retrocedían pasos a paso.  

—¡Ustedes, miserables pecadores, no merecen estar aquí! —vocifero de nuevo. En el instante que los fieles estaban en las inmediaciones de portón, llegaron los policías, dirigido por el corpulento oficial Humberto Llanos. Luego de coordinar, avivado, con los subordinados, veloz, se fue por detrás de la iglesia rumbo a la sacristía. Con cautela, ingresó al amplio salón. Cuando Rosalino era persuadido a detenerse y bajar el garrote, el oficial, detrás de él,  agazapado como un puma tras su presa, se aproximaba poco a poco y logra sujetarlo por el cuello con sus largos y macizos brazos. El agresor, al sentirse vencido, sin poner resistencia, soltó el grueso garrote. Lo enmaromaron y lo llevaron a la comisaria. Pasó la noche buena, detenido.  

Días después, Rosalino, caminaba por las calles y las periferias del pueblo sumergido en deplorables y perturbadores pensamientos. Las personas que lograban reconocerlo a cierta distancia, lejos, evitaban encontrarse con él, presurosos doblan por la esquina. Cuando se hallaban a media cuadra, sin escapatoria, detenían sus pasos en seco con el fin de regresar quien sabe adónde, simulando haber olvidado algo. En los días subsiguientes su conducta era cada vez más violenta. De un momento a otro empezó a agredir a cuanto transeúnte se cruzaba en su camino. Por esta actitud, infinidad de veces, pasó frías y turbulentas noches en la comisaria. Autoridades y policías, impotentes de tomar alguna acción para proteger a los pobladores, solo atinaban a comentar, “es un perturbado, inimputable a ser juzgado”.

Desfilaron días, semanas… Rosalino, en una tarde sombría, era conducido de la comisaria, donde había pernoctado, a la salida del camino de Cochapata trayecto a los centros poblados de Matara, Cuspon. Los severos policías, cumpliendo su deber y por  orden de las autoridades, lo expulsaron del pueblo.


Son las tres de la tarde, Rosalino, meditabundo, con la mirada hundida en el áspero camino, se echó a caminar. Tras su menuda espalda,  de rato en rato, volvía la mirada taciturna.   Minutos después les perdió de vista a  los policías que lo desterraron. En su andar solitario por el camino desconocido, desierto, le infundía un hondo temor. Cuando la copiosa copa de los alisos, molles, eucaliptos y las plantas silvestres florecidas en los bordes del sendero, siseaban con docilidad, se detenía. Alertado, oteaba arriba, abajo y a los costados, sospechando que alguien merodeaba cerca de él. Al no encontrar a  ningún ser vivo a su rededor, estúpidamente se refugiaba bajo un árbol. Se sentaba con vacilantes piernas encogidas y angustiado escondía la cabeza entre de los escuálidos hombros y el pecho, blandiendo fuertemente  con sus manos curtidas. 

Tres horas después de su agotadora travesía, llegó a una colina de donde pudo observar escasas y tenues luces que empezaba a centellear. El humo que emergía de las chimeneas de las espaciadas casas, desaparecía de su atenta mirada. La fría noche se acentuaba con inadvertida lentitud. Sus agitados pensamientos amainaron, entonces, en el momento de lucidez y tranquilidad, decidió descender a la aldea de Cuspon.

Luego de trajinar por trechos angostos y charcos dilatados, sin saber por qué, se acercó a una casa de primer piso, en cuyo zaguán pendía una gruesa aldaba. Lo asió y golpeo tres veces tac-tac-tac, la espera de la respuesta, le parecía una eternidad. De súbito, crujió la puerta en el instante que lo desplegaban, detrás de ella, surgió un rostro femenino y bondadoso, preguntando con tono afable: 

—¿Qué desea? ¿Quién es usted? —Rosalino, pensativo, dudó un segundo y con voz  quebrada, respondió: 

—Marchaba rumbo a mi pueblo y me ha ganado la tarde, por favor, le ruego que me dé auspicio solo por esta noche —La mujer de cara compasiva, sin sospechar en lo más mínimo de aquel joven perturbado, le ofreció pasar al patio junto al portón. Luego de haber ordenado, veloz, el comedor, le llamó desde la puerta. Rosalino, por invitación de la señora, se sentó junto a la mesa rectangular donde posaba un candil cuya lánguida llama, flameaba quieta detrás del vidrio con briznas de hollín. Al fondo, en la umbrosa cocina, las piras vivas del fogón humeante, abrasaba a las  fuliginosas ollas. 

Tolentino Villalobos, de sesenta años, de rostro marcado por canalillos finos en el borde de sus vivaces ojos negros. De mentón cárdeno, pequeño de estatura, de espalda ancha y de buen carácter, marchó rumbo a la chacra para traer el ganado vacuno, donde estuvieron pastando durante todo el día. Cuando arribó a su destino, se quedó pasmado de no encontrar ni uno de ellos. Regresó a su casa pensando “seguro que estarán haciendo perjuicios en otra chacra cercana y ajena, bueno iré tras ellos y de paso recolectaré leña en el camino”. Al llegar a su casa, agarró una pequeña y poderosa hachuela de singular filo y partió en busca del ganado, alejándose de su pueblo, Ticllos.


En su itinerario, por el camino de ralos fangos, cada cierto tiempo, contenía los pasos cansinos para ver si las nobles vacas estaban; figurándose más allá de su jurisdicción, en las chacras ajenas o extraviadas por una de las diversas bifurcaciones del camino principal, más estas no daban señales de su presencia. La ansiedad se apoderaba de su ser. Indagando, por aquí, por allá, de pronto se topó con rastros visibles de pezuñas, posiblemente de su ganado. Estas huellas se dirigían al centro poblado de Cuspon. Se aproximaba el ocaso de la tarde y la negra noche llegaba. En estas circunstancias decidió marchar detrás de las holladuras con la esperanza que fueran las suyas, sus vacas. Llegando al pueblo cerca de las siete de la noche, lo primero que hizo, sin pensarlo 2 veces, ir a paso ligero, directo al lugar donde los animales eran depositados por los dueños de las chacras damnificadas. Se asomó a la añosa puerta de maderas entrecruzadas y por una de las aberturas observó, dichoso, a las cinco reces, cada una con sus respectivas crías, rumiando con calma. 

Confiado, como en anteriores oportunidades, con pasos fatigados, se dirigió a la casa de su amiga de muchos años atrás, la señora de cara bondadosa. Golpeó la puerta con la maciza aldaba. Benigna, al abrir la puerta se encontró con la aplacada imagen de su entrañable amigo y con premura le invito a pasar al comedor. Mientras cruzaban el extendido patio bordeado de perfectas rosas y flores en botón, Tolentino, con voz cansada, le explicaba el motivo de su inopinada visita. 

Rosalino, degustaba con avidez, del plato hondo de porcelana, la sopa caliente de fideos cabello de ángel acompañado de exquisitas papas arenosas que la señora le había preparado con misericordia. Cuando ingresó Benigna, la señora de cara bondadosa, al comedor y tras ella Tolentino, Rosalino, percibió un vago desasosiego. Su endeble cuerpo se le crispó y se le puso como piel de gallina, de ver al visitante con el hacha en la mofletuda mano y sobre el riguroso hombro, la alforja. Luego de presentar al forastero, con amabilidad, le invito a compartir la modesta cena. Los invitados platicaban sobre el motivo de su estancia en aquel pueblo y el fortuito encuentro en aquella casa, Que más adelante sería un escenario insospechadamente fatal. Benigna, la señora de cara bondadosa, terminó de preparar el cuarto, voluntariosa y con esmero, para albergar a los casuales visitantes.

La magnánima anfitriona, iba delante de los ocasionales huéspedes guiándoles a la habitación donde pernoctarían. Se hallaba al frente de la cocina. Cruzando el patio, entró seguido de Tolentino y de éste,  unos pasos más atrás, Rosalino, que caminaba lerdo y enzarzado con la mirada fija sobre la hachuela que pendía de la mano derecha  de Tolentino. El lamparín de luz mortecina, ubicado en la ventana, iluminaba el frio cuarto. Benigna, desde la opacidad de la puerta, les indicaba el lugar correspondiente para cada uno de ellos. En ambos lados del sombrío cuarto, que manaba aromas de maderas rancias y a carrizos del techo, los pellejos y sobre ellos los colchones cubiertos con frazadas de lana, se hallaban tendidos en el piso apelmazado, La caritativa señora, les brindaba en la medida de sus posibilidades, una sencilla pero adecuada estadía. Se despidió de  ambos con un amable: —¡buenas noches!    


La noche era pesarosa. De la mecha del lamparín surgía un hilo de hollín y la lumbre fulguraba inmóvil. El arcano silencio se posesionaba paso a paso del cuarto, de los rededores de la casa y del mismo pueblo. Aquellos huéspedes estaban exhaustos por la extensa e involuntaria caminata. El destino los había llevado a la misma casa y ahora compartían el mismo aposento. Era tal el amodorramiento, que, luego de haber platicado por breves minutos, Tolentino, cansado y rendido, fue el primero en quedarse dormido. El tiempo ineludible seguía marcando los segundos, los minutos… De la parte posterior de la ventana llegaban indefinidos e imperceptibles murmullos. Aquellos ruidos no eran más que los pasos de los animales nocturnos que rondaban cerca de la ventana. Entre tanto, en su fuero interno, Rosalino, luchaba frente a su otro yo, su doble personalidad que empezaron a resquebrajar sus pensamientos, sus deliberaciones. Rosalino, se veía perseguido, aporreado, apresado y conducido por seres extraños a lugares apocalípticos que jamás había visto. Abatido e inconsciente, jadeante daba vuelcos sobre el colchón cubriéndose con las frazadas. Tolentino, extenuado, sin escuchar el menor ruido, continuaba dormitando.

Estremecido por sus figuraciones mentales, se sentó en el preciso  momento  en que los rayos alicaídos de la luz del candil hacia centellar, de manera  bizantina, el filo del hacha que estaba al pie de Tolentino que en ese instante se puso de costado para seguir soñando. Rosalino, perdiendo la razón, por completo, semidesnudo, se incorporó y veloz, como un rayo, cogió la hachuela…

La señora de cara piadosa, Benigna, que dormía tumbada en su cama sin preocupación alguna, en sus sueños escuchó una voz, atronadora y suplicante:

—¡Auxilio-o-o-o! ¡Auxilio-o-o-o! —Rosalino, asaltado por el trastorno mental, su doble y artificioso yo, inconsciente y aturdido; emprendió una violenta acción.  Con la hachuela en la mano, propinó un certero golpe sobre la pierna del indefenso Tolentino. En un segundo, por la presión, manaba la sangre caliente que regaba el cuerpo desnudo del agresor. Cuando estaba por ejecutar el segundo hachazo, Benigna, escuchaba la voz debilitada e impotente de su amigo, no era un sueño, era una realidad: 

—¡Me quiere matar! ¡Auxilio-o-o! ¡Auxilio-o-o! —Conmovida y desesperada, corrió al infausto cuarto, temerosa se detuvo, aguzo el oído tras la puerta y percibió el tercer hachazo, esta vez, hendiendo la cabeza y las manos encallecidas de Tolentino, que maquinalmente se protegía de la inmisericorde embestida sin control del perturbado, Rosalino. Tolentino, moribundo, jadeante, respiraba con dificultad. Benigna, espeluznada, corrió por el lóbrego patio,  franqueó el zaguán y la gruesa aldaba trepidó. Angustiada corría por la penumbra del angosto trecho, pidiendo amparo a mandíbula batiente:


—¡Auxilio-o-o-o! ¡Han matado a Tolentino! ¡Auxilio-o-o-o! ¡Auxilio-o-o-o! — Al oír los gritos desgajados, la gente, curiosa y aun soñolienta,  se acercaba a la puerta, temerosas lo desplegaban a medio abrir y asomándose detrás de ella, solo atinaban a aguaitar. Otros, decididos, salían de sus casas agarrando, con sus ateridas manos, palos, correas y todo lo que hallaban a su paso,  En medio del desconcierto, dieron alcance a Benigna que tenía el semblante cadavérico y  se encontraba en completo estado de zozobra y pánico al extremo de que no lograba expresar, de modo conciso y claro, el aciago acontecimiento.

Entre tanto, Rosalino, fue visto, sin más ni más, trastornado, corriendo a lugares ignotos, por uno de los vecinos que presto, iba en sentido contrario con el propósito de enterarse del acontecimiento. Sobresaltado llegó junto a la exaltada muchedumbre, aún desorientado, dio parte de lo que acababa de ver. Benigna, la Sra. de cara bondadosa, restablecida, contaba  que habían matado a su amigo Tolentino y el que huía era el agresor. El gentío, enterado de estos hechos macabros, fue tras el asesino para hacerse justicia por sus propias manos. Horas después llegaba la deplorable notica a Chiquian.

El Perturbado, Rosalino, desnudo, había llegado al pico de una colina, de abrupto acceso para cualquier mortal, más, si ya era cerca de las 10 de la noche. Amenazaba con una roca levantado por las nerviosas manos y sosteniendo sobre la cabeza. Presto a lanzarlo sobre quien se atrevía a acercarse. Abajo, los candiles de luz mortecina, del pelotón de pobladores enardecidos, reflejaba rostros de venganza. Arriba, en la cima de la colina, el viento aullaba y el frio azotaba. La trémula silueta desnuda, caminaba, raudo, de un lugar a otro.              
Cuando la enardecida población se veía imposibilitada de hacer justicia por ellos mismos, los miembros de las  fuerzas del orden llegaron con la camioneta y las sirenas apagadas con el fin de no exacerbar, más todavía, de la conmoción y el delirio que atormentaba a Rosalino. El oficial Humberto LLanos, luego de coordinar con sus compañeros, resuelto, empezó a trepar, a tientas, por la parte posterior de la loma. Rosalino, dotando extremada atención sobre la agitada gente que lo amenazaba, fue sorprendido cuando el policía, por la espalda, con potente voz le llamo por su nombre, al tornar veloz la cabeza, reconoció al hercúleo oficial y sin oponer resistencia, impotente, dejó caer la última piedra que sostenía entre sus yertas manos. En el instante que se prosternaba, abrazó las piernas de su captor y se echó a llorar a lágrima viva balbuceando que no era él el asesino sino otro el que había matado a Tolentino. Una vez más lo enmaromaron con los pesados grilletes. Los pobladores, al enterarse por los custodios que el agresor era un hombre que había perdido la razón desde hace tiempo, compasivas personas le proveían piezas de vestir para cubrirse de su total desnudes. Con una frazada, se le abrigó del inclemente frio de media noche. Del sombrío y silencioso cuarto, levantaron el desmembrado cadáver de Tolentino y con debido cuidado lo trasladaron hasta tolva de la camioneta. Rosalino resguardado por los guardias, era conducido a la caseta del mismo carro. Retornaron a Chiquian.


El  vehículo, que se trasladaba con extrema lentitud, era conducido por el oficial Llanos. En la caseta reinaba una prolongada inquietud. La noche presentaba un aspecto luctuoso. Las brumas densas cubrían de palmo a palmo la serpenteada y angosta carretera. En el trayecto, a una hora de viaje, el carro sufrió un desperfecto mecánico. Uno de los policías, empírico en mecánica, se vio frustrado de no haber solucionado la posible avería mecánica. A las dos de la mañana. Los policías, entre tinieblas y el viento que hacia estremecer sus cuerpos, partieron en busca de un experto mecánico. Mientras tanto, el oficial, pensando que en cualquier momento podía ser agredido por Rosalino, por temor y cuidando su integridad física, prefirió permanecer fuera de la camioneta soportando el despiadado frio durante la madrugada. La asistencia mecánica llegó recién a las 10 de la mañana.

Los curiosos pobladores de Chiquian, al enterarse que se aproximaba el carro de la policía con sus respetivos pasajeros, poco a poco se aglomeraban a lo largo de la calle Dos de Mayo. Cuando el carro hacia su presencia por la primera cuadra, como si hubieran sido contagiados por el Síndrome de Estocolmo, el gentío solidarizándose con el perturbado Rosalino, lo recibían entre aplausos y vivas  vociferando su nombre como si fuera un héroe. Fue conducido a la comisaria.

Al día siguiente, el fiscal don Juan Norabuena de tez cetrina, estatura mediana y fofa, ataviado de un traje de matiz negro, llegando a la comisaria saludo a los respectivos policías y al alcaide don Eustaquio Garro, de mirada soñolienta, de baja estatura y bonachón. El representante de la Ley, ingresó, pedante, a la sala de audiencias, donde Rosalino, nervioso, ya se hallaba sentado en la primera fila. Frente a frente, la autoridad de la Ley y el acusado, se dio inicio a la manifestación del reo. Con voz áspera, el fiscal preguntó:

—Señor Rosalino, diga y revele, ¿a cuántos ha matado? —El acusado de pie, con mirada indiferente, respondió quedo:

—No he asesinado a nadie.

—¡A nadie! ¡Ayer mataste al señor  Tolentino!

— Si usted lo dice…

—¡Como que lo digo! ¡Los hechos lo demuestran!

—Entonces…usted será el segundo.

Al fiscal, se le partió el alma. Al escuchar esta sentencia, percibió un hondo frio en su cuerpo fofo que hasta los vellos se le erigieron. Azorado y preocupado, en un santiamén se puso de pie y con voz entre cortada le dijo al bonachón alcaide:

—Don Eustaquio, por favor abra la puerta —Caminando, presuroso y con la mirada fija al piso, abandono la sala y la manifestación del inculpado.

Días después Rosalino era trasladado al Centro de Rehabilitación de Larco Herrera. Para asombro de las autoridades y la población en general, había regresado más rápido de los que lo habían llevado. Luego de unos días, lo trasladaron a Huaraz y jamás se llegó a saber de su paradero. Quedó en un misterio. 

El Pichuychanca
Chiquian, El Plaza Mayor, junio 2019        
P.D. Este relato de hechos reales  lo escuché, de manera circunstancial, por uno de sus actores, en la Plaza de Chiquian. Los hombres que participaron en este episodio fatídico, sus nombres reales  lo he suplantado por nombres que surgían al momento de escribirlo, para no fomentar susceptibilidades.   


viernes, 4 de octubre de 2019

Brisa - Alborada.


Brisa - Alborada.


¡Ay! brisa, brisa, 
como te escabulles, 
alborotada, ora aquí ora allá. 
Tú, que viajas ligera, 
¿Te puedo pedir un favor? 
Anda, ve donde mi dulce amada, 
llévale esta hermosa rosa 
recogido del florecido huerto.
¡Ay! brisa, brisa,
dile, asimismo, que mi corazón trepida 
y se desvive de amor por ella.
Dile, que estoy aquí, ávido, 
en este cotidiano y hermoso lugar, 
aguardando de dicha, 
para ver junto a ella, 
abrazados y arrullados, 
los misterios de la suntuosa alborada.

El Pichuychanca 
Chiquian, Tulpa Japana, 10 de setiembre 2019 

         



lunes, 30 de septiembre de 2019

Primeras luces en Chiquian.

Hermosa alborada. Chiquian.
Las madrugadas en la tierra natal son cruelmente frígidas. Sobreponiéndome a las vicisitudes del tiempo, sereno, marcho por los caminos, sombríos y misteriosos. 

Ya me encuentro avistando la excelsa alborada. Los primeros trinos de las madrugadoras avecillas hacen coro junto a la compañera de mis andanzas, la cámara, que ya emite los pitidos captando las siguientes vistas, claro, de modo aficionado pero con sobresaltada expectativa de que les agrade. ¿Me acompañan?























El Pichuychanca
Chiquian, Chicchog y Parientana, setiembre 2019

jueves, 26 de septiembre de 2019

Leyenda de Pisana María, oído en Capilla Punta


El despertador del celular tañe ruidoso e interrumpe mi apacible y profundo sueño, son las 4 de la mañana. Ya de pie, echo el agua en la tetera y en seguida lo coloco sobre la hornilla de la cocina, espero que hierva. Mientras tanto, en la mochila guardo y ordeno el fiambre preparado la noche anterior. Agarro un manojo de la aromática yerba de muña y lo vierto en el agua hervida, luego de uno minutos lo deposito en el duradero termo.       

Con la linterna en la mano y la mochila sobre mi espalda me encarrilo, por segunda vez, a la cima del atractivo cerro de Capilla Punta, generoso paraje que guarda desde hace siglos ignotas reliquias de nuestros antepasados. 

En vista de que el amigo Juan Garro no llegaba al lugar citado, La Plaza Mayor, a la hora convenida, resolví marchar solo. Cuando en mi andanza por la quieta calle Dos de Mayo percibía el abrupto ulular del gélido viento que azotaba  mi cuerpo, de repente, me tropecé con el  madrugador y andariego Toffe, junto a una jauría, husmeando por la ceñida vereda de cemento. El menudo chucho, que nos acompañó en el mes de febrero, a Perching y a mí, en nuestra correría mañanera rumbo a la escondida cascada de Usgor, le llamé: —¡Toffe!, —éste, alza las menudas orejas y gira la cabeza, me mira por varios segundos con los ojos calor caramelo que resplandecen reflejado por la luz ambarina ubicado en la cima del poste. Me reconoce y menea su corta cola y emprende a dar brincos, de alegría, a mí alrededor. Agitado, a manera de saludo, coloca sus frígidas patitas sobre mis aún tenaces y heladas rodillas, de nuevo, decide seguirme en esta aventura. 

Empezamos a caminar por el sendero empedrado que conduce al cerro de Huancar. Diez minutos después, marco al celular de Juan y me responde que recién está saliendo de su casa. Resuelvo  continuar con el viaje. A mi espalda, el pueblo está cada vez más distante. De tramo en tramo realizo un descanso. En la extendida andanza, extenuado, me animo a volver la mirada hacia el pueblo, ésta, aún duerme con total quietud.   

En la calle desierta, iluminada por el foco de luz fatigada, el absoluto silente de la madrugada causa placidez en mis 5 sentidos; escucho el dócil susurro de la copa tupida de la arboleda, el canto de los noctámbulos grillos, el trino matutino de las aves. La brisa mañanera roza ni rostro cetrino que empieza a curtirse por el frio. Percibo la fragancia, arrastrado por el aire, de plantas silvestres apostado en la orilla del camino,. Miro hacia el cielo oscuro adornado de estrellas que abraza la cima del piramidal cerro de Yauca Punta, hermano mellizo de Capilla Punta. Ambos cerros se ven frente a frente, desde antiguo atesoran construcciones y vestigios insospechados. Más allá a la derecha, en el confín, encima de la Cordillera de Huayhuash, apacible, se asoma la mágica aurora. 


Bajo mis pasos agotados crujen las menudas piedras y hojas violáceas de la floresta, desperdigadas en el pétreo suelo del empinado sendero. Entre tanto, Toffe, olisquea los rincones del enrevesado camino. Atravieso la falda del cerro de Jaracoto por el camino ceñido. Aún oscuro y confundido, me tropecé con una bifurcación que no tenía salida. Entre minúsculos aniegos, retorné con el fin de continuar por la senda correcta. Alcanzo el final del cerro y el comienzo de otro, cuya quebrada lo dividía el riachuelo rumoroso 

Ya me encuentro al otro bando del riachuelo con Toffe a mi lado. El chucho fatigado, resopla con la rojiza lengua fuera de la boca. Descansa, arrimado, al borde del camino y debajo de la penca, crecido sobre la montaraz pirca. De pronto en la ceja opuesta, emerge la luz luminosa de una linterna, que  llama mi atención. De nuevo me comunico por el celular con Juan. Me responde que era él, que caminaba por aquel lugar. Prendo la linterna como señal, con el fin de llegar al lugar exacto donde le esperaba. Cuando llegó, ya no era de noche tampoco de día. En aquella exuberante hondonada, el suave arrullo del riachuelo es música para el oído y es una maravilla ver el repentino albor de un nuevo día.

Reanudamos nuestra peripecia. Tomamos el camino, bañado de rusticas plantas, que va por la vertiente de tánas. Abordamos la planicie de Hullalpampa, pasamos por senderos perdidos con el objetivo de llegar a nuestro destino, la cima del cerro de Capilla Punta. Por un momento, una vez más, nos extraviamos. Desde una colina a unos 300 metros, cuesta arriba, alguien nos vigilaba. De pronto, oímos su voz desgañitada que hasta el tempranero eco respondió:    

—¡A donde se dirigen! —de inmediato, giramos la mirada en dirección de la silueta humana, Juan, expresó: 

—¡A Capilla Punta!                                                    

—¡Sigan el camino que está a la mano izquierda!

Aliviados, le dimos las gracias, Proseguimos nuestro viaje entre vizcaínas, chamizas y plantas todavía frondosas que cubrían el camino de orilla a orilla. Los arbustos dificultaba el acceso a nuestra meta. En el trayecto, con desconsuelo, volví a ver los antiguos muros de piedra, ocultos y abrigados de compactas plantas pedestres. Era las 6 de la mañana cuando arribamos al  recinto intangible de Capilla Punta.


El viento helado aúlla. De este fascinante lugar se puede ver, al frente, al arcano nevado de Tucu y a la derecha la cumbre de los sucesivos cerros, entre ellos, lejano, el desguarnecido Yauca Punta. Ante mis ojos, se presenta el llamativo nevado del Yerupaja, posado al centro de la cadena de nevados de la imponente Cordillera de Huayhuash. A medida que me acerco al borde del recinto, poco a poco,  aprecio en toda su magnitud el excelente valle de Aynin y el río caudaloso, en tiempos de lluvia. De pronto, ahí abajo, en la profundidad, rodeado de vertientes, quebradas, cascadas y colinas está asentado sobre una meseta, desde tiempos remotos, mi patria chica amada, Chiquian. 

Arrellanados en el límite del espacio circular y en un lugar cómodo, con solicitud y ávido a la vez, extraía el fiambre de la mochila. El golpe del viento matutino, los rayos dorados del sol desplomándose sobre el cuerpo aterido, contemplando, absorto, el bello paisaje, y cuando disfrutábamos del exquisito desayuno, de súbito, a nuestra espalda escuchamos una voz despepitada, preguntando:

—¿De quién es este guante? —Sorprendidos, al instante viramos nuestra mirada de dónde salió la voz masculina y nos tropezamos con la imagen de un hombre, detenido en la otra orilla del recinto por donde ingresamos, ataviado con el sombrero de paño que enfundaba su ovalada cabeza y protegía su rostro terroso de los rayos del sol, sobre el recio hombro pendía una chaqueta de percal y el pantalón buzo de lana arremangado hasta la altura de las rodillas, notándose sus resistentes pantorrillas y en ambos pies rugosos, las ojotas. El guante marrón entre sus dedos encallecidos se mecía provocado por el viento blando de la mañana. Al reconocer aquella prenda, le confesé: —Ese guante es mío —Entonces se echó a caminar hacia a mí y me lo devolvió, al mismo tiempo que me aconsejaba y explicaba que, no era buen augurio perder las prendas en el apu. Pasmado, quedé en silencio.  

Le invitamos a compartir el desayuno, oportunidad de preguntarle cómo se llamaba,  risueño, respondido: —Me llamo Miguel Ramírez Ocaña —La mañana transcurría en paz y en silencio. En el recinto intangible de Capilla Punta, nubes ariscas duermen sobre la cumbre, interponiéndose a los rayos encarnados del sol, que empezaba a resplandecer desde el horizonte. Miguel, revela que se dedica a la ganadería y la agricultura. Nuestra tertulia, como si nos hubiéramos conocido hace tiempo, se volvía cada vez más relevante. Se mostraba como un individuo muy informado acerca de los sucesos históricos de nuestra región. Uno de los tantos temas que expuso y el que más suscitó mi atención fue el legendario cuento de Pisana María. Cuento que recuerdo haber oído en la infancia, de modo estrecho y  escaso de detalles. Interesado por esta descripción quimérica, siendo un símbolo y parte de la historia de Matara y de Chiquian, sentí deseos de escuchar esta leyenda, de los labios de este hombre sencillo, entonces, en su momento, presté oído a  su relato que sigue remontándose desde hace 3 siglos atrás. Rodeados del imponderable paisaje, el viento que ruge de vez en cuando, Miguel se incorpora como si procediera a dar una clase, nosotros sentados, esperábamos oír ansioso, la narración de la inmemorial leyenda:


“Desde tiempos remotos, en Matara, palabra quechua que traducido al español significa, —lugar donde crece copiosa yerba—, habitaban personas audaces y  laboriosas dedicado al arte de la orfebrería, artesanía, a la agricultura e ingeniería. Como prueba de ello, aún subsisten extraordinarias fortalezas, canales y templos. Luego de varios años de resistencia, fueron conquistados por el Imperio Incaico, se supone que fue a partir del periodo de Capac Yupanqui. En este paraje, se yergue presumida, por su belleza, la Flor de la Cantuta con una decena de estupendos tonos. Los Incas al verlo, quedaron prendados por la existencia de esta singular flor. De ahí, en adelante, también se le conocerá como la Flor Sagrada de los Incas o, La flor Nacional

 Miguel, empezó a relatar esta fábula con voz cascada y en tono enfático, a la vez que se reproducía ante mí el estrépito del viento, en cuya cumbre de Capilla Punta, empezaba a  sucumbir los potentes rayos del sol…Continuó: 

“Para ese entonces, los frailes franciscanos llegaron a Matara y, con el tiempo, se construyó la iglesia cristiana católica, hoy Provincia de Bolognesi. La administración de la iglesia era conducida por un irascible cura de la misma orden franciscana, posteriormente por los dominicos. Como consecuencia del sincretismo religioso, entre lo andino; con los apus e idolatrías al sol, la luna y la lluvia y, el occidental con el culto a imágenes y términos abstractos como dios, ángel, diablo etc., surge como primer patrón, San Francisco de Asís, luego será Santa Rosa de Lima, la patrona de Chiquian.  

La encargada del amparo y limpieza del templo católico, era una virginal moza de 15 años de edad, llamada María, natural de Matara. María, puntual y comprometida con su tarea, apenas amanecía, con el cuerpo trepidante espoleada por el frio inclemente, presurosa, acudía a barrer la parte interior y exterior de la casa de recogimiento, la iglesia. Agotada, por un instante suspendía su trabajo y reposaba en la entrada principal. Las personas que franqueaban el santuario, a Maria, siempre le veían provista de la escoba (pisana, en quechua)  entre sus macilentas y laboriosas manos. Frente al Altar Mayor, hincándose sobre el piso empedrado, se santiguaba con entera veneración. Luego, con indiscutible  temor, que hasta su púber corazón palpitaba veloz, se acercaba a los iconos de mirada penetrante,  ubicado en el pedestal. La cándida adolecente se imaginaba que la vigilaban con celo. Con su pequeña y fina mano, temblorosa, con sumo miramiento y prontitud, sustituía el respectivo vestuario de la imagen. A María le atraía, desde hace tiempo, el brillante y precioso anillo dorado que fulguraba, inmóvil, en el dedo anular, delgado y frio, de la Virgen de la Asunción.


El tiempo viaja sin prisa. Llega, como cada año, el mes de agosto y con ello la temporada de los fuertes vientos, tornados y ventarrones. Por coincidencia, la peste de la viruela negra, trasladado desde el continente europeo, por los españoles, comienza a propalarse de nuevo por toda la región.

En Agosto, son las festividades de la Virgen de la Asunción. María, la agraciada doncella, como todos los días, apresurada llega a la iglesia. Luego de concluir la faena cotidiana se dispone a engalanar la hermosa imagen de la Virgen. Embelesada y minuciosa, ve una y otra vez el sereno rostro y el ostentoso encaje. En esta coyuntura, se da cuenta de un detalle, el anillo se encuentra, para su asombro, nebuloso. María, angustiada, despabilada, comienza a refregar la sortija para dotarle de un llamativo brillo. En esta escena, ocurre un incidente fortuito y fatal. El firme dedo anular, gruñe, desde la base de la mano, y termina por quebrarse por completo, quedando suspendido en el aire. María, estupefacta, no sabía qué hacer. Atormentada, con lágrimas que se desmoronan de sus ojos pardos, camina ligero frente a la Virgen, luego, desesperada corre por la sede central y al llegar al portón encuentra la escoba, su utensilio de trabajo. Se apoya sobre ella… apesadumbrada y con infinita impotencia.          

Es el día de la Virgen de la Asunción. Los pobladores evangelizados de Matara se alistan con el propósito de asistir a la iglesia. Mientras tanto, el cura… luego de haber inspeccionado todo el recinto y haber encontrado en perfecto orden, se acerca a la imagen de la Virgen con el fin de prestarle su reverencia y la contempla ensimismado. De pronto se queda pasmado…helado y con la boca abierta al ver el dedo anular mutilado, sin el anillo. De inmediato, pensó que habían profanado a la Virgen y a la Iglesia de Cristo, exasperado, corrió de tal manera que la sotana marrón flameaba cual estandarte, Llegó a la puerta y vio a la muchedumbre de fieles que se acercaba a la iglesia. María sobrecogida con el rostro desencajado y los cabellos desgreñados, ocultada, caminaba por el costado de la iglesia. El iracundo cura, levanta los brazos, frunce el entrecejo, con rostro escarlata, vocifera y lanza a diestra y siniestra mil maldiciones sobre el pueblo. En su imprecación anunciaba que el pueblo de Matara desaparecerá con la  peste y los aires huracanados por haber deshonrado a la Virgen y la iglesia de Dios. Al escuchar estas condenaciones por la  boca del furibundo cura, el gentío se horrorizó aún más porque en ese instante, lejano, comenzó a asechar un inmenso ventarrón de polvo. Entre tanto, la doncella María, enmudecida y escondida, se sentía extraordinariamente culpable de todo este absurdo contratiempo. El viento huracanado levanta y lleva todo objeto que encuentra a su paso. María, aterrorizada, rauda sale de su escondite con la escoba en la mano, entonces, el pelotón de gente al verla desaliñada e irreconocible, entra en pánico y la señalan como la autora de la profanación y la peste, vociferan: —¡Fue ella! ¡Fue ella!  ¡Fue Pisana María! —Más Pisana María, ya se encuentra corriendo desesperada y aturdida, delante del ventarrón de polvo (shucucuy en quechua) temiendo que la capturen, la aporreen y la condenen a la horca. Cruza vertientes, pircas y quebradas que a la gente en su confusión y el temor por las maldiciones del cura, les parece que está surcando por los aires dejando a su paso la peste para ir a esfumarse de los ojos espantados de los fieles matarinos.

El Pichuychanca

Chiquian, Capilla Punta. Junio 2019.



martes, 10 de septiembre de 2019

Elegía quechua anónima.


Flor de la cantuta


Elegía quechua anónima.

Thukuruyanñan sirkkaykipi
 Yawarniyki;
  Qhoqayarinñan ñawiykipi
   Rikuyniyki;
    Ancha qoullur lliphlliynillanpi
     Qhawayniyki.

Se ha acabado ya en tus venas
 La sangre;
  Se ha apagado en tus ojos
   La luz;
    En el fondo de la más intensa estrella
     Tu mirar.

      Apu Inka Atawlpanam.
       Elegía quechua anónima.

        Traducido, José María Arguedas 1955.
       
          El Pichuychanca.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Mes de mayo, hermoso panorama de mi tierra natal.

Fines de mayo.
Me incorporo, muy temprano, de la cama abrigada. Marcho derrotero por las faldas inclinadas del admirable cerro de Capilla Punta, en este lugar, el viento aúlla y azota mi rostro tostado por los punzantes rayos del sol. De estos espacios, rodeado de la aun reverdecida floresta, contemplo regocijado, el hermoso panorama de mi tierra natal, Chiquian.
Aquí algunas fotos.




































     El Pichuychanca