lunes, 13 de febrero de 2017

Madre ausente.




Madre ausente


En la acera del patio
no se oye tu dulce andar 
como antes sucediera,
Perdió su encanto el alféizar de la ventana,
de iconos y flores por ti. adornado
Perdió el embrujo la rosaleda.
Desnudo quedó el jardín florido.

En la cornisa de la casa
no trina jubiloso el pichuychanca.
En la umbría cocina,
no tintinea el continuo retintín
del mortero de dos hoyos.
En el limitado cuarto de costura,
no murmura el esforzado pedalear
de la máquina de coser.

Del tiesto no brota el aroma del café 
tostado en ardientes atardeceres.
No mana la fragancia del tentador manjar blanco 
elaborado  de cuando en cuando,
en acogedora y abrigada cocina. 

En el recodo de la cocina, permanece
Inmóvil el pequeño molino de mesa
en donde molías el choclo maduro
para preparar la tentadora humita salada y endulzada.
La tinaja, depósito de agua,
reunida del munífico manantial, 
quedó vacía de por vida.

Tu piadoso corazón
dejo de latir…
Tus acaramelados ojos,
tus laboriosas manos de terciopelo,
tus perfiladas y ágiles piernas…
¡se quedaron inmóviles!… 

¡Madre!…
El Pichuychanca.  
Chiquian 13 de febrero 2917
 

sábado, 28 de enero de 2017

Matrícula escolar


En la cercanía de la escuela, los alumnos, escudriñaban con ojos saltones y ensimismados, los charcos de agua cristalina surgidos a causa de la estación lluviosa. Observan con inusitada aplicación, propias de la edad infantil, a los renacuajos que nadan de una orilla a otra en plena libertad, sin temor. Los intrépidos niños, con afán, se remangan las mangas de la chompa y la camisa más arriba de los pequeños codos. En seguida, cautelosos y con pasitos contenidos, se acercan al borde del pozo. Una vez listo para su proeza, uno de ellos, lanza su minúscula mano, a la rapidez de un rayo, dentro del pacifico pozo. Al instante  salpica una multitud de gotas de agua, junto con el lodo, estampándose sobre el reseco y encarnado rostro, causado por el vientecillo gélido. Segundos después, se limpia con la otra mano a la vez que ulula con voz potente y chillona:   

—¡Lo agarré, lo atrapé! —es el triunfo de aquel precoz cazador de renacuajos. De inmediato, lo coloca dentro de un tarro conteniendo el agua, para llevarlo quien sabe a dónde.

Más allá, otros estudiantes, felices, juegan futbol sobre el gramado de un reluciente pampón verde. En los extremos sobresalen dos pares de piedras rectangulares de mediano tamaño, representan las respectivas e imaginarias porterías, La pelota de jebe color rojo, escurridizo, daba botes más de lo necesario difíciles de controlar cuando permanecía en el liliputiense pie de los prometedores deportistas. Los niños, se reconocían con el nombre de los ídolos más notables del pueblo. Los zapatitos se humedecen al contacto con el rocío, pegados aún en el pasto. Corren con fervor tras la pelota deseando anotar el primer gol. Cuando uno de ellos encajaba el ansiado tanto, los demás van tras el autor para colmarlo de abrazos y felicitaciones. Toda esta camada de párvulos tenía 6 y 7 años de edad. En pleno receso, se divierten con ingenuidad. Son las primeras clases del  nuevo año escolar.
 
Bajo el ambiente de un raro color pardo purpúreo, los rayos ambarinos del sol, traspasan las nubes claras y diáfanas. Es una mañana fresca y agradable. Un Chiquitín de la misma edad, ataviado de manera impecable, con el cartapacio de cuero color marrón, pendido del rollizo hombro, a cierta distancia, sentado sobre un pequeño montecillo, absorto, observaba a los orondos escolares divirtiéndose cual cervatillo retozón.  
   
Los pequeños protagonistas, al oír el sonoro sonido del silbato, ejecutado por el Director, significaban el término del último recreo. El solitario becario, desapercibido, por los inquietos alumnos del primer año, del montecillo donde estaba sentado, siguió con los pequeños ojos negros, húmedos y lánguidos, al pelotón de estudiantes que regresaban con pasitos ligeros rumbo al salón. Sin darse cuenta y al mirar alrededor suyo, percibió un religioso silencio y una soledad absoluta. Su única compañía, era su misma sombra. En aquel momento, se puso a caminar hacia los charcos. 


Gracias al cielo despejado, los potentes rayos del sol calentaba el agua de los hoyos que poco a poco recobraba su armonía, su pureza. Entonces, los renacuajos  salen de sus escondites con el propósito de nadar con total libertad. El imaginario campo de futbol, estaba en absoluta mudez, no se escuchaba el bochinche de aquellos niños que momentos antes estaban recreándose. Solo percibía el murmullo de la copa de la arboleda, provocado por el  soplo apacible del viento templado de la mañana. Oía, el trino sonoro del pichuychanca, del zorzal y los gorriones. Se quedó quieto junto a la piedra que representaba al arco. Se dejó caer para acomodarse sobre ella, con la mirada sombría, coloco los menudos codos sobre sus mofletudos muslos y en las palmas de su menuda mano reposaba las mejillas escarlatas. Meditaba en la otra escuela de donde había huido en el primer día de clases…

De pronto, llevado por el airecillo frio de la mañana, por segunda vez se escucha las graves vibraciones de la campana… tilín- tilín- tilín… momento que vio salir, veloz, a los hermanos mayores, para él, a rumbos desconocidos. Mientras tanto, la madre, que puso los escasos útiles escolares en el nuevo cartapacio lo acomodó  sobre el pequeño hombro del último hijo. Se dirigió frente al espejo para verse por última vez, arregló su mediana cabellera negra y se dio un retoque facial. Ella, ataviada con un  traje azul floreado, con los zapatos que  brillaban a la luz del día, sujetó la rolliza mano del hijo y partieron, para él, a derroteros ignorados. 

Madre e hijo, cruzaron el patio, junto al jardín cargado de aromas de la rosaleda. Las ramas del manzano siseaban por el peso de los frutos que empezaban a crecer, abrió el viejo zaguán… alcanzaron  la calle que vislumbra por su pulcritud. Pasaron el mercado que olía a verduras frescas. El sol era apenas una aureola radiante que se disipaba tras la cálida nube. Cuando se disponían a atravesar la Plaza Mayor, las ondas sonoras  de la campana se dejaban oír por tercera vez… tilín-tilín-tilín…la madre aceleró los pasos sobre las amplios corredores de la plaza. Su aterciopelada y afectuosa mano no lo desprendió, en todo el trayecto, de los de su hijo, que en ese momento  parecía correr tras ella.   
      
Por fin, llegaron al plantel, elegida por ella, en donde le había inscrito.  Era la renombrada escuela N° 378  ubicado en el Jr. Comercio. En la entrada, protegida por el arcaico portón color verde, la profesora Albina Aldave, daba la bienvenida a los nuevos alumnos, de preferencia a los que estudiarían el primer año de primaria. Cuando la madre le presentaba a su nueva maestra, los alumnos alineados en el patio, del primero al quinto año, prestos para entrar a las aulas, de un momento a otro, y al mismo tiempo voltearon su minúscula cabecita en dirección de la entrada y las incontables miradas se clavaron con las del nuevo estudiante que impacto y confundió su pequeño ser. Zafándose de las manos de la madre se echó a correr y correr, sin mirar hacia atrás. Sus pasos lo conducía por calles desconocidas, alejándose cada vez más de aquella escuela. Luego, extenuado, fue alcanzado por la madre y llevado al hogar materno. Sorprendida por esta acción del pequeño hijo, que esperaba un castigo, apretó al retoño contra su regazo, beso su pequeña frente de imperceptibles ranuras y, le pregunto con dulce voz:


—¿No quieres ir a la escuela donde estudian tus hermanos?     
          
Agarró los cabellos negros de la madre y movió negativamente su pequeña cabeza. Ella comprendiendo  la expresión del hijo, lo acuno en sus tibios brazos  y le advirtió:

—Bueno, si no quieres ir a la escuela donde estudian tus hermanos, veremos otro. Por el momento te quedaras en la casa de la señora Bernita, ella te cuidará.

En la casa vecina de la noble y hacendosa, señora Bernita, reemplazaba el cariño de la madre ausente. El niño andaba tras ella; entraba y salía del cuarto, del patio y la cocina, de este lugar, cogió del plato las canchas recién tostadas y guardó otro tanto en los bolsillos del pantalón de percal. Al ver a la señora Bernita concentrada en los quehaceres del hogar, con sigilo, sin hacer ruido, abrió la entrelazada puerta y salió con pasitos circunspectos rumbo a su casa con el fin de agarrar el cartapacio que lo puso en su pequeño hombro, en seguida, aguaito y a hurtadillas franqueo la puerta de la casa vecina para dirigirse en sentido contrario  cuando su madre lo llevó por primera vez a la escuela. Con su andar acelerado, llegó al lugar en donde  un conglomerado de escolares se divertía con total albedrio.

Al día siguiente, en horas de la tarde, realizaba de nuevo esta  inocente picardía. Esta vez, fue más allá de aquellos charcos y el improvisado campo de futbol. Llegó al límite de la escuela. Las ventanas, orientados en dirección a la calle, estaban al alcance de poder ver el interior de cada una de las 4 aulas y el quinto, la oficina del Director. Luego de asomarse, estiró el cuello con mesura, para husmear de lo que sucedía en cada aula, sin percatarse, se sentó sobre el gramado, en la parte alta, frente a la ventana de la oficina del Director. Contemplando la tierra calcárea y amarillenta de la calle, los escasos fangos de agua sobre el que reverberaban los rayos del sol y al mismo tiempo quemaba su pequeña espalda, en ese preciso momento, fue sorprendido por el director. Con autoridad y voz grave le preguntó:

 —¿Cómo te llamas?- Sorprendido aun, aferrando el cartapacio, con voz débil y agitado respondió:

—Me llamo Hugo… 

—¡Aja!, pero Huguito, a esta hora deberías estar en la escuela. —dijo el directivo, cambiando el tono de voz, como llamando la atención por no asistir a las clases. Le invito a pasar a su oficina, le ayudo a sentarse sobre una silla de madera que crujió en el momento en se arrellanaba, y frente al infante, hizo una serie de preguntas:


—¿Cómo se llama tu mamá?

 —Luz… 

—Luz que… pronuncio el director, observando al infante.

—Romero… Milla

—Conozco a tu madre, trabaja en la oficina de correos, dependencia del Ministerio de Transportes y Comunicaciones.   

—Si… —respondió, tomando confianza. 

—¿Porque no vas a la escuela, todavía no te ha matriculado tu madre?

 —Me matriculó en la escuela N°378

—¿Si ya estas inscrito, porque no vas a clases? —Preguntó, inquisitivo el directivo.

Entrelazando sus diminutas manos, encogiendo los hombros, y mirando al vacío, respondió con tono titubeante y bajito: 

—No me agrada ir… a esa escuela…—Entonces, sin rodeos y resuelto le propuso lo siguiente: 

—¿Te gustaría estudiar en esta escuela? 

Al escuchar esta proposición, sus ojos lánguidos y húmedos bailaron de felicidad infinita, su rostro se transformó de tribulación en festividad. Y no era para menos, dándose cuenta de la metamorfosis del estado de ánimo de aquel crio, de inmediato, el director, saco una ficha del cajón, lo  colocó sobre el  escritorio blandió la pluma que estaba sobre un pomo de tinta y se  puso a escribir los detalles para su matrícula. Mientras tanto, él, observaba con atención las lunas oscuras con montura gruesa de sus anteojos, el bigote cenizo de forma triangular, su frente rugosa y amplia, con la cabeza inclinada, el rostro sereno y  la  mirada concentrada en aquel papel, para él desconocido hasta ese entonces. Desde aquel instante seria su principal y querido tutor, secretamente llevado en su tierno corazón.    
        
Una vez concluido la inscripción, adhirió  una nota, a la ficha, dirigido a la madre, explicando para que llene los datos faltantes en  los espacios en blanco,  situó dicho oficio  en un folder, le pidió su cartapacio para  guardar con cuidado el documento de su MATRICULA. El Director Don Josué Alvarado Cruz, despidió al alumno con un abrazo paternal y una sonrisa, esperando su  feliz retorno para el día siguiente con el documento firmado por la madre. 


De regreso, en su itinerario por la calle ladeada, iba meditando si le exhibía el documento tan importante de su corta existencia  o esperar que la madre termine de laborar, cuyo horario era hasta las 6 de la tarde, la hora de salida. Levantó la mirada, contempló la cresta de los arcanos cerros bañados de copiosa floresta, aquí, allá, las sombra quieta de las casas o de algunas personas, parados en las esquina, que hablan rumores de algún habitante del pueblo, en estas circunstancias, decidió ir a la oficina, en el segundo piso de la casa, ubicado en la intersección del Jr. Comercio y Leoncio Prado. De manera diligente subió  por las escaleras, recorrió el balcón para entrar en el lugar donde laboraba. En ese instante, la madre, trasmitía los telegramas por medio del teléfono de color negro. Entre tanto, el hijo, arrastró la silla con el propósito de sentarse delante de ella. Ya sentado, en tanto la madre seguía trasmitiendo los telegramas, con parsimonia y delicadeza extraía del cartapacio nuevo, el documento de su matrícula para colocarlo sobre el pupitre. 

Paso como 5 largos minutos para terminar de redactar aquellos telegramas. La madre, observando al hijo, colgó el teléfono y agarro el sobre, extrajo el documento y se puso a leer detenidamente. La mirada, del par de ojos negros y afectivos que parecía emanar del alma, conmovida no los  apartaba de la nota y la ficha de la matrícula. No pudo contenerse. De los dulces luceros, brotaron tibias lágrimas desplomándose cual cascada por las aun frescas y tersas mejillas. Se levantó, en profundo silencio, silencio de madre abnegada, con el fin de abrazar al último hijo, por largo, largo tiempo, expresando, de esta manera, el sublime e inigualable amor, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, mostrando así  el cariño y el afecto con sus espontaneas actitudes y acciones. Aquel abrazo de madre e hijo parecía una eternidad.  
 
Fue uno de los primeros en llegar a la escuela y admitido por el Director, don Josué Alvarado Cruz. Entregó la ficha de matrícula, en plena formación, en el patio central y presentado  ante la multitud de alumnos. De esta manera empezaba su vida de estudiante en la escuela más conocido como el de Don Josué.

El Pichuychanca.                                                          
Chiquian 18 de enero 2017

 




sábado, 17 de diciembre de 2016

Vida cotidiana de ayer, las lámparas del Jr. Comercio.


— ¡Es hora de ir a colocar las lámparas!

— ¡Todavía no es hora!, ¡además, hay 4 que no tiene combustible!

— ¡Mientras colocas las primeras, mandaré comprar el combustible!

Así, con el rostro encendido de pasión, se encaraban el jefe y el encargado de ubicar las luminosas lámparas en cada cuadra de la calle principal y la Plaza del pueblo.    

El atractivo y mágico pueblo de Chiquian invita a visitarlo por la energía cósmica que emiten los cerros señoriales. La atracción de su hermosa y acrisolada cordillera blanca. El inefable valle de acentuadas quebradas colmado de tupidas florestas y de seductoras cascadas. De restos arqueológicos que aún se puede restaurar, en suma, este pueblo, tiene la fortuna de atesorar primorosos paisajes. En este paradisiaco lugar, de cielo intensamente azul, en ausencia de las lluvias, parece que el tiempo se hubiera detenido. A los ojos de cualquier visitante, ofrece un panorama de indecible embrujo.

En los meses de abril a setiembre, las alboradas son frías e intensas. El resto de los meses, el cielo se cubre de densas y variadas nubes prietas. El clima  por lo general es frio y templado, sin embargo, el tiempo es inconstante. El viento enfurecido arrastra heladas insoportables, a su paso, golpea las ramas de los robustos árboles, sacudiéndolos del profundo letargo de la noche. Ya despiertos por completo, empiezan a sisear. Hojas ingrávidas, que oscilan sin prisa pero sin pausa, separándose de la magra copa, giran en el vacío con el propósito de besar el suelo de algún camino pedregoso, mustio o húmedo, acoplándose con otras  hojas de  variadas plantas silvestres.  

En el corral, cercado de una vetusta pared de adobe, el gallo cantor, en medio de su harem de gallinas, extiende las amplias alas rojas y comienza aletear una y otra vez como desperezándose de la prolongada quietud de la noche. Camina con arrogancia, levanta el cuello frente al zorzal y el pichuychanca que lo contemplan con cierta candidez desde el alero del zaguán. El gallo, mientras mueve la cabeza, observa de aquí para allá y de allá por aquí, su alta cresta roja oscila, alza el seso y con el pecho inflado arranca los  primeros cantos. Su canto es tan impetuoso y conmovedor que no solo despierta al amo de su profundo sueño, sino también, al de los vecinos de toda la cuadra. El pichuychanca, de la cornisa de las casa, participa con su trino sonoro y acompasado en un hermoso canto coral, a primera hora antes del amanecer. 

Luego de varias noches, silenciosa y misteriosa, afloran las centelleantes estrellas junto a la fiel compañera de tiempos inmemoriales de la tierra, la bruñida luna vanidosa. El lunar blanco del cielo oscuro, alumbra las calles empedradas y los senderos, escolta a los errantes nocturnos que marchan por senderos sinuosos, a derroteros ignorados. De pronto,  poco a poco, dejan de fulgurar las estrellas, el alba aflora en el horizonte. Mientras tanto, de  la luna, el brillo es cada vez más frágil ante la presencia de la luz amarilla del sol. Arriba, en el cielo azulado, nubes inmóviles y desgreñadas ensombrecen el flamante día. Instantes después, el viento,  con su soplo suave, empuja cuesta arriba a las nubes dormilonas con el propósito de que los pobladores puedan apreciar el resplandor de la cumbre de los inclinados cerros que rodean al mágico pueblo. Es un nuevo día de esperanza  


Los pobladores; cuando abren la pequeña ventana, perciben sobre su rostro tostado, el roce acariciador de la ventisca templada de la mañana e invaden el cuarto, el aroma de los claveles, rosales, geranios y jazmines, transportados desde el frondoso jardín. Los bebés despiertan y lloran de hambre, la madre magnánima, con ese amor inigualable que pueda habitar en la tierra, lo acuna y lo mece con ternura  entre  sus  tibios brazos y amamanta al hijo querido, este, devora con avidez los pezones de la madre. Sacia la  angustiosa apetencia y calma su primer llanto de la mañana.  

De la puerta de la casa, luego de haber retirado la tranca, surge el primer crujido al momento de abrirlo y da paso para ir a realizar diferentes actividades del nuevo día. Mientras los rayos amarillos del sol abriga la falda de los cerros y el techo de las casas, el gentío de múltiple edad, marchan a la panadería de su preferencia, con el fin de adquirir la crocante carioca, el pan de punta con abundante miga, el delicioso biscocho o el pan de piso; muy original y tradicional, el preferido y el más agradable de todos cuando es untado con el exquisito queso o la sabrosa mantequilla en el momento de comer y tomar  junto con una taza caliente de café con leche. El queso y la mantequilla son productos del pueblo  mágico, Chiquian. En el mercado y el baratillo, apiñado de clientes, se oye con ingente escándalo, las primeras voces de la mañana, lo mismo ocurre en  las diferentes tiendas del Jirón Comercio y Dos de Mayo.

Plantas silvestres, posado en el borde del  sendero, en la falda del cerro, derrama efluvios balsámicos. Del nido, los pájaros alzan raudo vuelo para buscar el primer alimento del día. En el campo, el rocío amanece adosado en la hoja del maíz, el  trigo y la alfalfa. Becerros, separados de la madre desde el día anterior, berrean con lastima por su ausencia. Luego, serán enlazados en la pata trasera de la altruista vaca, hasta cuando el  ordeñador termine de sacar la leche de la  generosa  ubre que almacena este alimento divino.

El tiempo inexorable, avanza. De pronto la calle se encuentra solitaria y muda. De vez en cuando se ve cruzar con lentitud, a los lejos, de una acera a otra, a personas ancianas apoyado por un viejo bastón. Alumnos y maestros marcharon rumbo a la escuela, los empleados públicos, a la correspondiente oficina, otro al taller; como el herrero, el sastre, el talabartero, el carpintero, el zapatero; al campo, el campesino que en su andar por el camino, se topa con límpidos charcos de agua, formado después de haber regado los sembríos el día anterior. Ahora,  le sirve de espejo,  para las aves y los animales, saciar su sed y para los marranos echarse a bañar.


Las manecillas del reloj marcan las doce del mediodía, es hora de salida de los  centros de labores, de las escuelas. La mayoría de las personas adultas se coloca el sombrero de paño o  de paja con el propósito de resguardarse del sol, que ahora abrasa y brilla en el cenit. Las calles recobran su alegría porque sobre el piso empedrado pasan pelotones de escolares haciendo alboroto y travesura y media. Corren de un lugar a otro, becarios vocingleros perturban la paz de alguna persona de mal humor. 

El heladero con perspicacia se coloca por donde más se apilan tanto las personas de mayor edad como los alumnos, entonces, uno de ellos, el que tiene la buena fortuna de recibir la propina, presuroso, va a comprar el delicioso helados. Desde la otra acera, un escolar, en silencio y de reojo, ve y le apetece probar aquel postre congelado, posado en el barquillo crocante, sostenido entre las manos liliputienses del compañerito, imagina, se hace la idea, que también lo saborea. La boquita sedienta, se le hace agua. Será para otra oportunidad cuando me den mi propina, piensa con candidez. En seguida, marcha rumbo al hogar. La madre le preparó con mucho amor, un sencillo plato de comida. Es la hora del almuerzo.

El atardecer comienza  a declinar. Es el momento de  retornar a la escuela, al taller y a la oficina. El viento ruge y sopla fuerte, abre la ventana y la puerta de par en par, en el campo crepitan el inmenso árbol. Estar cobijado bajo la sombra de un techo o, de uno de los cuatro árboles de la plaza, hace frio. Estar expuesto a los rayos del sol se siente bochorno, quema y seca la humedad de la piel del rostro bronceado. 

La hora desfila paso a paso. Arriba el eterno ocaso y la nube rosácea, se desplaza con extremada lentitud con el propósito de dar permiso a la postrera y oblicua luz amarilla del sol, que proyecta lánguida silueta del árbol, la pirca sobre el terso  verdor de la falda de Mishay, Cochapata. Se percibe la fresca brisa que viene del valle y el rio de Aynin. Los pájaros, piando, regresan al nido, llevan alimento al pichón que no deja de trinar. Las crestas de la cordillera cambian de color a medida que la luz del sol se hunde en el poniente. El cálido atardecer es fantástico. Irremediable, el día pierde la batalla frente a la noche que se acentúa de manera progresiva. Es el momento de ir al puquial con el fin de acarrear el agua. Comprar el pan para tomar el lonche. Abraza el frio, tirita el cuerpo.   

Llega la oscura noche. En la casa se enciende la primera  vela que se encuentra encajado en el viejo candelabro de bronce o la lamparilla para iluminar la cocina, el comedor, el cuarto y la acera del patio. De Pronto, zumbando, aparece la mariposa nocturna con el objetivo de volar sobre la aplacada luminaria. El intrépido insecto cae chamuscado. El cielo esta regado de una alfombra descomunal de brillantes estrellas. Puntual, Bonifacio Peña, como todos los días, a partir de las seis de la tarde, por el Jirón Comercio una de las calles principales, camina con paso prudente llevando las lámparas con supremo cuidado…


Bonifacio Peña, con calma y cuidado, sube los peldaños de una resistente escalera de madera, con el fin de colocar la lámpara sobre una percha especial, enganchada en la pared de la casa, al final de cada cuadra. Los 8 o 10 apreciados y potentes faroles, 4 ubicado en cada esquina de la Plaza Mayor, donde acude la muchedumbre a pasar momentos de tertulia, eliminara la lóbrega oscuridad hasta las 10 de la noche.                             

El campesino, luego de a haber concluido su bravía jornada, errando por el camino inclinado de la falda de Capilla Punta, detiene el apurado paso al ver, impactado, que el extendido jirón Comercio brillaba con luz amarilla como si hubiera sido invadido por una multitud de caprichosas luciérnagas. Son las maravillosas lámparas que  llameaban con aplomo. 

A su debido tiempo, adolescentes y jóvenes se cobijan con el poncho y la bufanda para protegerse del agudo frio. Presurosos, salen de la vivienda para encontrarse con los amigos, citados en aquella calle iluminada, Descansar con sosiego en las  frías orillas de las  veredas angostas y debajo de aquellos abrigadores quinqués, para platicar con simpatía, asuntos personales. 

Más allá, a una cuadra del Jr. Comercio, en una calle transversal, iluminado bajo la luz mortecina de la lámpara, en el silencio sepulcral de la noche, acompañados de la luz fresca de la argentada luna, una pareja, flechados por cupido, tomándose las trémulas manos y  susurrando, quedos, declaran su cariño. El corazón le palpita. Cuanto más cerca está uno del otro, no hacen falta las palabras.  

Son los maravillosos años de vida social de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, en aquel pueblo mágico, Chiquian. 

El Pichuychanca.

Chiquian 3 de agosto de 2016




lunes, 28 de noviembre de 2016

Rumbo a los cien años, Club Atlético Tarapacá cumplió 77 años


El club Atlético Tarapacá, celebro sus setentaisiete años de vida institucional deportiva, social y cultural, dando un homenaje de reconocimiento al conjunto los Yabar Junior´s por su labor  artística como músicos chiquianos que  en su momento complacieron a cientos de miles, con  la música y ritmos  de moda de la década de los setenta y ochenta.

Otro reconocimiento  fue para el  Dr. José Saldivar Alva, como jugador  integrante del Club Atlético Tarapacá, posteriormente como delegado y miembro de la directiva de los años setenta y ochenta.

Por otro lado, contamos con la presencia de artistas que se proyectan para ocupar un lugar preponderante en el arte de  la canción popular de nuestro Perú milenario.

 Rossy Lemus con su voz grave, lírica y profunda nos deleitó e hizo bailar al público asistente con huaynos de nuestra tierra añorada y la región de Ancash. Margarita Romero con un sentimiento que llega al alma, con su voz templada y una brillante sonoridad y a veces aguda nos encandilo con música del acervo ayacuchano.

 Y para cambiar de ritmo con música variada,  estuvo Aroma & huellas banda show de Abel Alvarado.

En la parte de la coreografía y baile se presentó Raquel Farfán Robles, bailando de forma rítmica,  sincronizada, con pasos ligeros, movimientos brillantes y rápidos, una pieza de salsa, luego, escenifico un ballet con la música insignia del Perú, el Cóndor pasa, danzando con majestad y gracia.

A todos ellos, nuestro agradecimiento infinito de parte de la comisión del CAT

Para alegrar aún más la festividad  de nuestro aniversario,  no podía estar ausente la banda, que es parte de nuestras costumbres, arraigados al corazón de cada hijo chiquiano. Esta vez nos acompañó la Banda Sensación Chiquian cuyo Director es nuestro dilecto amigo, tarapaqueño también, Roberto Alvarado Aldave.
Agradecer al público asistente que nos acompañaron en este aniversario, va nuestra especial consideración al Presidente del Club Sport Cahuide Sr. Valderrama y su comitiva y, a la delegación del Distrito de Pacllón.

Hacer mención horrorosa a la Sras. Dina Isabel Vasquez Damian y Nataly Ibarra Robles que nos hicieron llegar sus generosas pero importantes donaciones, Gracias por su apoyo incondicional.  

Aquí algunas fotos    
Campeones del cincuentenario Don Anatolio. Calderon y Magno Diaz


Entrada triunfal de nuestros viejos campeones, sobrevivientes.

Foto para el recuerdo









 
Reconocimiento al Dr. José Saldivar Alva


Raquel Farfan , Bailando salsa

Ballet El Condor pasa



Reconocimiento a los Yabar Junior´s
















Rossy Lemus


Margarita Romero Martel


Banda Sensación Chiquian

Foto del recuerdo, Tarapaca, campeon del cincuentenario

El Territorio del Pichuychanca.