jueves, 24 de julio de 2025

Fiesta patronal Santa Rosa de Lima I

Llantay -leñada- foto cortesia Dante Aldave

En La incontrastable y generosa villa ciudad de Chiquian, capital de la provincia de Bolognesi, fundada el 22 de octubre del año 1903, año tras año, generación tras generación, hasta el día de hoy, con sentimiento de espiritualidad y afinidad, ha preservado, guardado con celo, la identidad, la tradición de las actividades religiosas, sociales de la fiesta patronal, Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian, que involucra, desde antaño y en orden, la leñada, el Wilacuy, la salva, la víspera, el día central, el segundo día, el shoccacuy, la entrada, las dos tardes taurinas y en el último día se realiza las elecciones de funcionarios, personas que se ofrecen voluntariamente a cumplir con la fiesta del próximo año. En esta fiesta patronal reconocida a nivel regional, nacional e internacional, interactúan los siguientes funcionarios: Capitán, abanderado, acompañantes, la estandarte, cuatro mayordomos secundados de cuatro mayoralas, inca y Rumiñahui, cada uno acompañado de cuatro hermosas pallas, seis comisarios encargados de realizar la segunda tarde taurina y novenantes.   

A continuación alcanzamos referencias históricas de esta costumbre religiosa, social y la razón fundamental por lo que fue declarado según Resolución Viceministerial N° 129-2018-VMPCIC-MC como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.  

La leñada, (Llantacuy, Llantay)

Los funcionarios, con sentimiento de pertenencia y parte de la cultura, comprometidos desde el primer día, por su fe a Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian, a efectuar la festividad religiosa y costumbrista de todo un pueblo, ya viven un tanto preocupados por conseguir: cocineros, cocineras, peroles, cuntus, aswanas —recipientes de barro que sirve para transportar la chicha con el fin de repartirlo al público— local, camachico, cohetero, amasadores, horneros de pan, banda de músicos, orquesta típica y el lugar donde hará el llantacuy —la leñada— la primera actividad a ejecutar de esta vieja tradición.

En la antigüedad, el funcionario, acompañado de familiares, de amigos y gente de alma bondadosa, de modo estoico, partían de madrugada a la florida, Timpoc, hasta el centro poblado de Quisipata, con el propósito de ir en busca del coralillo, planta que solo crecía en estos lugares lejanos, adecuado para el uso imprescindible como leña. Los eucaliptos eran escasos en aquel tiempo. Mientras el gentío, luego de haber chacchado, con ardor y con el machete en la mano iba cortando el arbusto silvestre, y las mujeres que preparaban un plato típico, oían alegres melodías del telúrico pincullo y la sonora tinya ejecutado por un experto músico. El camachico, de vez en vez, repartía la chicha de maíz a los loables leñadores. La leña, acumulada en gran cantidad, era cargada sobre el lomo de decenas de asnos. El funcionario y su comitiva, agotados llegaban a Chiquian en altas horas de la noche.  


Los años corre aprisa. Llega el mes de abril, viene mayo, luego junio, en estos tres meses es el momento propicio para efectuar el llantay —la leñada— Los funcionarios, un día antes, con esmero y  en medio de una batahola, elabora el peccan caldo, —caldo de mondongo— el infaltable chinguirito y la chicha. A las cinco de la mañana del día siguiente se oye el estruendoso ruido de uno…tres…cinco… avellanas, es el anuncio del convite a los voluntariosos leñadores, que se acercan cada uno con su respectiva hacha. Luego de probar el plato típico a su entera satisfacción, marchan al lugar donde se hará la leñada. Los hacheros, los apoyadores ofrecen la coca, el licor a la madre tierra. Empiezan a chacchar. Con cierta gracia sacuden el puro, contenido de cal, sobre la rodilla, sobre la mano. Pronto del puro extrae el caldeador anegado de cal e introduce con gusto y arte en la bola de coca previamente masticada, que ya se encuentra a un costado de la boca. Para darle mayor gusto a la chacchada degustan del cigarro artesanal con un sorbo de licor. En esta gama de personalidades hay quienes solo van a ver la faena y hablan por demás, se las pasan de cantores como el cuento de la hormiga y la cigarra, no rajan ni cargan la leña,  pero eso sí, ávidos esperan que les llegue un vaso de cerveza, y a la hora del descanso, el almuerzo, se les conoce como los lajuas. 

El árbol elegido, antes era cortado con la corvina —serrucho que media cerca de un metro y medio con su respectivo mango en cada extremo— Con este instrumento, agarrado por dos audaces leñadores; uno que se encargaba de empujar y el otro de jalar y viceversa, cortaban, fortalecidos y con potencia, el tronco tumbado en el suelo. Cuando estaban a punto de terminar, uno de ellos, el que empujaba de pronto soltaba la corvina y el otro, el que jalaba, sorprendido, caía de espalda piernas arriba. Ahora se ha facilitado el corte de los arboles con la motosierra que ahorra tiempo y energía. Sin embargo, el hacha vil para el noble árbol, sigue vigente. Dos hacheros, uno frente al otro, con ímpetu rajan el tronco del árbol caído hasta desmenuzarlo en pedazos de leña. Al mediodía, hasta que llegue la comida, los acomedidos leñadores vuelven a chacchar. Degustan moderadamente de una variedad de licores, y la respectiva chicha, infaltable en esta faena de camaradería. Ya por la tarde, los apoyadores lanzan la leña acopiada sobre la tolva del volquete para trasladarlo al local donde lo apilan de manera ordenada, expuestos al sol con el fin que se seque y esté listo para su eficiente combustión en el momento que empezará la fiesta patronal.            

Por la noche, en el local donde se realizará la fiesta, el funcionario acoge con amabilidad a los que participaron en el llantay —la leñada— y a la multitud de gente con los platos típicos de, el caldo de fiesta y el jacarocro,  además los recibe  con una orquesta o una banda con el fin de que baile el público presente.   


Guellis.  Donantes

Pasó la leñada, y llegó julio, mes de agudo bochorno- El funcionario se alista para efectuar el primer Wullacuy —avisar— Invita a los familiares y amigos a su casa con el fin de participar a un convite, donde se les servirá potajes típicos acompañado de licores, una orquesta o de una banda. Este evento lo hace con el sano propósito de avisar a los invitados que lo acompañen y le apoyen con los gastos que afrontará para realizar la fiesta patronal. Este apoyo puede ser pecuniario o en especies como: banda de músicos, orquesta típica, cerveza, castillos, avellanas, sacos de arroz, azúcar, harina, papas, licores, utensilios de cocina, reses, cerdos y cuyes

El tiempo no se detiene. Los amigos y familiares, Shinka shinka —achispados— se comprometen en donar al efusivo funcionario ya sea en especie o económicamente, de manera voluntaria y según sus posibilidades. El compromiso queda firmado en un cuaderno de actas.  Este acto de apoyo viene desde la cultura ancestral, uno para todos, todos para uno.

El funcionario acepta este donativo con la condición de devolver lo mismo cuando el donante asuma un cargo de responsabilidad para la próxima fiesta patronal: 

Patata prestamay rantinpaq —préstame papa para devolverte igual—                                      .                  

Aswacuy. Preparación de la chicha

En el mes de agosto, se vive intensa actividad para los preparativos de la fiesta patronal, Santa Rosa de Lima, Patrona de Chiquian. La primera semana  o días antes del segundo Willacuy —avisar— que explicaremos más adelante, los familiares y amigos junto con el funcionario elaboran a raudales la milenaria y tradicional chicha de jora o de maíz. 

En una habitación se cavan pozos de regular tamaño en el cual se colocará el pesquillo —vasija de barro grande— donde se verterá con sumo cuidado la chicha. Mientras se entierra la chicha, almacenado en el pesquillo, desde antiguo cuentan que… “para evitar que las almas metan la mano y corten la chicha se colocan a los costados ramas de ortiga —planta que provoca escozor— en la forma de cruz”. El camachico comienza a  lanzar las avellanas rumbo al cielo.  

La chicha efervescente, luego de haber estado enterrado durante 20 días, se repartirá al público en general en cuntos y aswanas —vasijas de barro mediano—  desde el primer día de la fiesta que comienza a partir del 28 de agosto por la noche y los días siguientes hasta culminar la festividad.


Segundo Willacuy —avisar—      

Con este evento que se realiza el 15 de agosto, se da inicio oficial a la fiesta patronal en honor a Santa Rosa de Lima, patrona de Chiquian, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Las campanas, de la iglesia matriz de San Francisco, repican por tercera y última  vez a las dos de la tarde, hora que empieza la misa con la presencia puntual de las autoridades, funcionarios y público en general. Luego de la liturgia, el depositario retira al Niño Jesús de las manos, rosadas y tersas, de Santa Rosa de Lima con el fin de entregarle al Alcalde, presidente del Patronato.

A continuación, el Niño Jesús sale del templo en procesión cargado en brazos del Alcalde, acompañado de los demás funcionarios, la concurrencia en general y la orquesta contratado por la Municipalidad. La procesión recorre las calles acogedoras del pueblo con el fin de dirigirse, en orden jerárquico, a la casa de los funcionarios. El Alcalde visita primero la casa de la estandarte. La estandarte será la encargada de llevar al Niño Jesús a la casa del Capitán y así sucesivamente. Del  primero al cuarto  mayordomo, De la primera a la cuarta  mayorala, del primero al sexto comisario. El inca recibe al Niño Jesús de las manos del sexto comisario y el Rumiñahui del Inca. 

El inca y el Rumiñahui con el Niño Jesús en brazos, marchan en búsqueda de las primorosas pallas de voz suave y dulce que se sienten bendecidas, regocijadas y agradecen por haber sido escogidas y se comprometen acompañar a Santa Rosa de Lima durante toda la fiesta. 

El propósito de la visita del Niño Jesús a la casa de los funcionarios,  donde es recibido en una capilla familiar con devoción y homenaje, es con el objetivo de avisarles para la renovación del compromiso asumido con la fiesta patronal,      


Ensayos

Luego de haber renovado el compromiso asumido para esta festividad religiosa, el diecisiete de agosto se inicia el ensayo del baile, la coreografía y los cantos durante diez días, cinco en la casa del Rumiñahui y el resto en la casa del Inca. El capitán, el abanderado y los acompañantes, como el Inca y el Rumiñahui asisten a los ensayos con la indumentaria típica, el poncho, la bufanda blanca y el sombrero de paja de alas cortas adornado de una cinta con los colores alusivos de la bandera peruana, y las pallas ataviadas del pañalón negro o azul y el característico sombrero de mujer chiquiana. Mientras se realizan los ensayos con el fin de coordinar los pasos, el saludo del sombrero, la entrada y salida del ruedo, los anfitriones, con amabilidad,  reparten al público presente el café de cebada acompañado de un bocadito, y el chinguirito  para matar el frio. El veintisiete de agosto se descansa. 

Amasijo               

Santa Rosa de Lima, en su fiesta,  pone en aprietos a los devotos, a los funcionarios. A partir del veinte de agosto se da inicio al amasijo. Se amasa en grandes cantidades con el fin de compartir con los familiares, amistades y Ghellis —donantes— y con la masa sobrante se elaboran los cristos,  molletes, pan de punta, pan en la forma de paloma, rosquitas, wawas, pan de maíz,  bizcochuelo y el ruracuy. 

El Lushtupacuy

Días antes o durante el día 28 de agosto, que se da inicio a la fiesta por la noche, re realiza el colgado de la carne luego del sacrificio de reses, carneros, la limpieza de mondongo, viseras, el pelado de mote de maíz con ceniza y el inconfundible preparativo de los ingredientes para los diversos potajes típicos que se servirá mientras dure la fiesta.

Campeonato de futbol en honor a Santa rosa de Lima

Todas estas actividades previas al inicio de la fiesta patronal es un acto de devoción y de camaradería social de todo un pueblo ferviente de religiosidad. Y por supuesto no podía estar ajeno el futbol,  deporte que aglomeraba a distintos equipos como el Sport Jaimes, Tarapacá, Cahuide, Alianza Chiquian, y de los distritos de la provincia. El estadio de Jircan  desbordaba de emblemáticos simpatizantes. Era la algarabía social de la fiesta patronal.             

Continuará… 


El Pichuychanca

Chiquian, 13 de julio 2025             

 













  Fotos cortesia Dante Aldave.






sábado, 12 de julio de 2025

Abrázame! ¡abrázame!

 


¡Abrázame! ¡Abrázame! 


En la estación de otoño de carácter inconstante: por un instante candente. por un instante refrescante, allende, en el vasto horizonte, su término eterno llegó para el bucólico atardecer de luz cálida. La densa negra noche, de luciérnagas tachonado el cielo, cautelosa, recelosa, sombría, arrebuja al ondeante trigo de espigas doradas, cubre el susurrante pico de los cuatro pretéritos árboles de la plaza apacible, arropa con arrebato a los angostos angostillos del cautivador pueblo, oculta con ímpetu el balsámico florido vergel, el adoquinado mudo patio de la mesurada morada. ¡Ay!, Amada mía. La sombría noche todo lo arrebata. No tiene compasión de nada ni por nadie. ¡Abrázame! ¡abrázame! Tengo la inquietud, tengo la sensación de que a ti, cariño mío, de súbito, ¡te arranque de mis embelesados brazos! ¡Abrázame! ¡abrázame! El Pichuychanca. Chiquian, calle Tarapacá, marzo 2020.










viernes, 4 de julio de 2025

Acrofobia, Wacaulla, cementerio de momias

 

Los abuelos del pasado. Foto cortesía
Dante Aldave.

Quien ha tenido la ocasión de conocer un pueblo y haya gozado; de sus calles ceñidas, de la Plaza Mayor donde se ubica desde antiguo la Iglesia colonial o de un moderno templo, de haber ganado la afectuosa y desprendida amistad de los habitantes, de contemplar vistosos paisajes de cerros de cumbre elevada, de prados adornados de alfombra verde y de flores lozanas causada en época de lluvia o de tapiz amarillo promovido en el periodo del violento estío, habrá notado con sorpresa ciertos cambios cuando uno regresa luego de un tiempo indefinido. Y así fue.

El día 19 de junio, en La casa de la cultura, luego de haber terminado la reunión de los días miércoles, de pronto se realizó una tertulia sobre cuentos de aparecidos, ánimas y duendes. Cuando Zuly narraba estos mitos, calcando los ademanes y tonos de estos seres, en cada cuerpo de los presentes, como si fuera de un infante, urdía un cierto terror. Sin embargo, Manuel con un gesto inusual, espontaneo y jocoso, nos hizo reír a carcajada limpia. El coloquio concluyo a las 11 de la noche. Acto seguido, en la medida que avanzábamos derrotero a nuestro domicilio, todos moradores de Jana barrio, uno a uno se despedía con unas buenas noches. Antes de irnos a dormir, aun cuando la temperatura de 4 grados acechaba y mordía el cuerpo ya aterido, Dante, Coquí, Manuel y yo decidimos dar una ronda por la plazuela de Quihuyllan. De regreso, a la altura de la calle Sáenz Peña, Manuel contuvo sus pasos y se despidió de nosotros con un enérgico apretón de manos. 

En la Plaza Mayor, donde reinaba un silencio mortal, cerca de medianoche, estancamos nuestro andar cansino. Entonces, Coquí cada vez que visita la tierra natal, Chiquian, andante por antonomasia y ya con dos días de visita, como es habitual en él, nos propuso visitar algún lugar que todavía no conocía, De inmediato, pensé lo que se me vino veloz a la mente:   

—Vamos a Torre Pata.  

—Nooo, mejor a Huarampatay, el camino es más llano —planteó  Dante. Luego de una larga pausa… 

— ¿Y por qué no visitamos a las momias que está ubicado en uno de los cerros de Huasta? —en seguida, con ojos otoñales, de Dante y el mío, que reflejaban como luceros bajo la luz blanca de la Plaza, le lanzamos la mirada y de manera simultánea, moviendo la cabeza regado de cabello cenizo, asentimos de manera positiva la propuesta de Coquí. 


Al día siguiente, por suerte, el cielo azul de junio amaneció cubierto de bondadosas nubes, anchurosas, blancas y grises, que, con derroche de humildad, nos cobijaba  de los nacientes y punzantes rayos del sol. Luego de tomar desayuno, un vaso de quinua, nutritiva y caliente, acompañada de crocante tortilla de verduras embutido en el pan de corteza dorada, subimos a la combi junto con los trabajadores del sector estatal, los maestros y de ciertas personas que se dedicaban al oficio de la ganadería y agricultura. Partimos a nuestro destino a las 7.20 de la mañana.

Mientras Coquí, en compañía de Dante, se dirigía a la quesería con el fin de comprar moldes de queso que luego lo recogería al retornar del paseo a Wacaulla, yo, devoto y apasionado a la  fotografía, curioso, me quedé en la Plaza con el fin de captar algunas imágenes de la preservada iglesia colonial de Huasta, construido en el siglo XVI. En seguida, al mirar alrededor, ante mis ojos se asomaba el mural alusivo a las costumbres de este bello distrito. Al terminar el recorrido por el perímetro de la Plaza, que se encontraba en completo silencio, me senté en una de las bancas con el propósito de esperar a los amigos paseantes.

Como todavía no llegaban los amigos, decidí avanzar por la angosta y empedrada calle, abordado de casas muy antiguas, cubierto de tejas con caída de dos aguas, cuyas paredes se encuentran pintadas de blanco, las puertas, ventanas y balcones todos de color azul, sin excepción. Los atraídos peregrinos, como yo, para satisfacción y orgullo de sus habitantes, apreciamos con cierto embeleso el ornato tradicional del pueblo andino de Huasta. Nuestra excursión seguía su derrotero.

Cerca de la parda carretera, que nos conduciría al lugar elegido, al tornar la vista advertí a Coquí y a Dante, amantes al arte de la fotografía, captando fotos con extremada paciencia y de su entero gusto. Yo continúe la andanza realizando con pasión la misma afición. Durante todo el recorrido, cuando, de repente, aparecían los paisajes delante de nuestros ávidos ojos, cada uno escogía el lugar apropiado, entonces poníamos en acción la cámara con el fin de robar la excelente belleza de estos lares. Sin darnos cuenta del tiempo ni la distancia del periplo, avistamos la señalización con el nombre de: Wacaulla.

Nos pusimos en marcha por el camino estrecho, circunvalado, en uno y otro lado, de tupidas plantas silvestres. Por el sendero zigzagueante que amaneció húmedo por la llovizna de la noche anterior y de escasas barandas de madera, plantadas al borde del camino, que daba cierta seguridad, con paso pausado trepábamos cuesta arriba el cerro inclinado, Y en la medida que avanzábamos cada vez más se notaba el ligero abismo. En tanto que, Coquí y Dante se detenían con el objetivo de tomar fotos de este sesgado collado, yo me adelante con el fin de vencer mis temores que  iba surgiendo de pronto en mi sutil sentido, la  mente inquieta. 

Foto cortesía Dante Aldave.

Fatigados por el trajín de subir el camino serpenteado, buscamos un lugar aparente con el propósito de comer plátanos y mandarinas que traíamos como fiambre. De este empinado paraje se podía apreciar los pueblos de Huasta, Pampan y Chiquian adornados de bellos y singulares panoramas. Sin perder el tiempo, los tres errantes, nos pusimos a tomar fotos para el recuerdo. Luego de este breve descanso y con energía renovada, Coquí y Dante reanudaron la andanza. Esta vez yo iba, retrasado por unos minutos, detrás de ellos que ya me esperaban en la empinada ceja que daba cara al otro lado del cerro. 

Al llegar al lugar donde se ubicaban los amigos, advertí un profundo vacío que se apoderó de mí un temor involuntario. De inmediato y sin decir una sola palabra, pasé delante de ellos con el fin de seguir caminando. Durante el camino iba al paso, sin prisa, mirando solo la pared del cerro, abarrotada de yerba pedestre, y sin pensar en nada, como no fuera para decirme a mí mismo: “¡Hugo, vence tu acrofobia!” dándome este valor, amaino mí acelerado corazón otoñal y removía las ideas estúpidas acumulada en la mente.

Persistí con la andanza solitaria, tratando de vencer a toda cuanta idea se me venía a la mente inquieta. Lo estaba logrando, hasta cuando de nuevo llegué a un precipicio que me quede parado e inmóvil como un tronco. El último escollo para llegar al cementerio de las momias. Como muerto en vida, regresé con el cuerpo estremecido y me senté en la primera piedra que vi en el angosto sendero. En el fondo de mi alma se incubaba una vaga tristeza.

Cuando Coquí y Dante llegaron, me vieron sentado con el rostro sobre las palmas de mi mano, y seguramente con la cara pálida o como una cera, aterrados, me preguntaron en coro: 

— ¡Qué te sucede! ¡Qué te ha pasado!        

—Yo me quedo aquí, ustedes sigan caminando. —pasaron delante de mí y desde la ceja, Coquí contagiándome su elocuente serenidad, insistió

—Hugo, ven con nosotros, mira solo el camino. 

—Vayan ustedes, yo me quedo. —y me quedé. 

Con cierto temor regresé por el empinado camino, hasta llegar a la cenicienta carretera. Mientras los esperaba, bajo la sombra de una frondosa yerba silvestre, colmado todavía de lozanía y verdor, y sentado sobre una piedra semejante a un banco, bajo un silencio de muerte, me puse a leer el libro de: “Critica a la Literatura soviética”. Unos minutos después, los dos amigos se presentaron con el rostro rebosante de alegría de haber llegado a la meta. Por otro lado, se lamentaban que yo no haya logrado conocer, como era mi deseo, los restos de los abuelos. Las momias de Wacaulla.        

 El Pichuychanca

Chiquian, 19 de junio 2025






Chiquian, desde la carretera que conduce
al cerro de Wacaulla.




Foto cortesía, Dante Aldave

Coqui, Hugo. Foto cortesía Dante Aldave

Trepando el cerro inclinado. Foto cortesía
Dante Aldave.

Coqui. Momento oportuno para tomar una
Foto.
Foto cortesia Dante Aldave

Rumbo a las cuevas donde descansan las 
Momias de Wacaulla.
Foto cortesía Dante Aldave.



Chiquian, desde el empinado camino que 
conduce al cerro de Wacaulla, cobijo de 
nuestros antepasados.



Cuevas y momias. Foto cortesía
Dante Adave.

Cueva. Foto cortesía Dante Aldave.

Resto de nuestros abuelos. Foto cortesía Dante
Aldave

Foto cortesía Dante Aldave.

Coqui, tomando foto. Foto cortesía
Dante Aldave

Foto cortesia Dante Aldave.

Mallas protegiendo a las momias.
Foto cortesía Dante Aldave

Rostros de los antiguos abuelos.
Foto cortesía Dante Aldave.

Foto cortesía Dante Aldave.

Foto cortesía Dante Aldave.

Foto cortesía Dante Aldave.

Foto cortesia Dante Aldave.

Foto cortesía Dante Aldave.

Foto cortesía Dante Aldave.

Camino en medio del precipicio, que conduce
a las cuevas de Wacaulla.
Foto cortesía Dante Aldave.

Camino en medio del cerro
Foto cortesía Dante Aldave

Desde el cielo. Me tomaron esta foto.
Foto cortesía Dante Aldave.