 |
Vista panoramica de Chiquian, desde Jaracoto |
Partí de la casa materna bajo el esplendoroso sol, y sus rayos oblicuos comenzaban a aguijonear mi espalda cuando andaba por el sendero inclinado, cuesta arriba. Era diez de la mañana. Llevaba una botella de agua, frutas, pan con queso, y el voto de retornar en horas de la tarde. Seguí el camino, regado de piedras y escaleras que los abuelos nos dejaron como herencia, con el fin de llegar al pico del cerro de Jaracoto donde cada 7 de junio, alumnos del cuarto año de secundaria del Colegio Coronel Bolognesi, izan el mástil y el emblema nacional flamea solitaria frente al cruel viento.
Al inicio de mi periplo por el empinado cerro quedé confundido. Encontrar pequeños precipicios, sobresaltado, me latía la mente y el corazón. De repente, en medio del cerro, el sendero, ante la mirada fija que traía puesta sobre él, desapareció entre yerbas silvestres de todo tipo y tamaño. El caso es que caminaba por primera vez por estos lares. Me extravié. No por distracción, sino porque Jaracoto tal vez quería que lo descubriera a mi manera. Meditaba, “será por aquí”, “será por allá”- Después de andar cierta distancia con mis pasos cansinos, levante la angustiosa mirada, y cerca de 200, 300 metros, por fin pude ver el pabellón plantado en la cumbre del cerro, ondeando gozoso. Y entonces, cruzando cercos y pircas, llegué a la deseada meta hasta ese momento desconocido para mí.
En lo alto, el viento no besa, no acaricia, silba y golpea fuerte. Aquí en la cima está el mástil, huérfano, inmóvil, resistiendo. Cuando el pendón bicolor remonta, no ondea. Combate contra el ventarrón de la altura, contra el frío, contra la indiferencia. De este lugar alejado y alto que roza con el cielo azul, se logra observar el distrito de Huasta, el Centro Poblado de Pampan, Quisipata y los nevados que circundan la planicie de Pampa de Lampas. Desde aquí Chiquián se ve menudo e inmortal a la vez. La santa tierra se ve enclavado en el fondo, entre cerros y nevados, como un heredero que no pretende marcharse de casa. Todavía se ven los escasos techos rojos, la iglesia, Plaza Mayor, el río que cruza el valle de Aynin, el espacio arqueológico de Capillapunta, y más allá el blanco nevado del Yerupaja y Tucu vigilando. No deseaba volver, por obvias razones, por donde vine a este mirador natural y apacible.
Entonces, decidí escalar el prado del cerro de Jaracoto, cuesta arriba. Atravesé atajos, cercos y pircas impenetrables. Bifurcación de caminos sin saber cuál era el que me llevaría a mi destino. Desorientado, terminé subiendo hasta dar con el canal de Tucu, mi propósito. Aquí el atroz viento golpea más fuerte. Estoy a casi 4,000 msnm y el agua helada, clara y apacible corre pegada a la ladera, de los cerros de forma parabólica, como si llevara siglos siguiendo su ancho cauce. El canal de Tucu no ruge. Murmura. En tanto andaba a su lado, con las piernas abrumadas y los pulmones pidiendo tregua, entendí que perderme era parte de la expedición. Estos solitarios y hermosos lares obligan a mirarlo bien.
De aquí en adelante el sendero se puso dadivoso. Ya peregrinaba por toda la cumbre del cerro de Huancar. Los prados inclinados estaba bañado de flores: amarillas, moradas, rojas, Abril y mayo es verdadera y rebosante primavera por estos lares. El cerro histórico, como le dicen los mayores, no es solo piedra. En agosto se viste de alfombra amarilla para dar la bienvenida a los hijos chiquianos, chiquianas y personas que lo visitan. En silencio, acompañado de dos chuchos, Frodo y Froda, bajaba por el camino de Huancar, sudado, cansado con el tambor del pecho latiendo. Se asomaba la oscura noche.
El cerro de Jaracoto me recuerda de dónde Soy. El canal de Tucu me enseña a no rendirme, las flores me recuerdan que hasta la piedra florece. El cerro de Jaracoto me dice que este pedazo de tierra, aunque esté incrustado entre montañas blancas y negras, vale la pena defenderlo.
El Pichuychanca
Chiquian, 7 de junio 2026.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario